Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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¿Se silencia la figura de Baronio?

Cesar Baronio“Con Belarmino se llegó a la canonización y al doctorado; sobre Baronio se calla, se calla y quizás aún por más tiempo se callará” escribía en 1961 D. José de Luca en la presentación de la reedición de una conferencia que el joven sacerdote Ángel Roncali, el futuro Beato Juan XXIII, ofreció en el Seminario de Bérgamo con ocasión del III centenario de la muerte del gran Cardenal oratoriano.

Hoy –aunque no se pueda decir que la figura y la obra de Baronio tengan toda la atención que merecen- D. De Luca atenuaría probablemente su afirmación.

De hecho, después de 1961 han visto la luz valiosas publicaciones entre las cuales, citando las principales, recordamos las siguientes: “A César Baronio. Escritos varios” (Sora, 1963); los dos voluminosos tomos del Centro de Estudios Sorianos que contienen las Actas de los Convenios internacionales desarrollados en Sora en 1979 y en 1984: “Baronio historiador y la Contrarreforma” (1982) y “Baronio y el arte” (1986); la monografía de A. Pincherle en el “Diccionario Biográfico de los Italianos” (Vol. VI); las publicaciones de M. Borrelli, C.O.; la biografía “César Baronio” de V. Pullapilly (Notre Dame, Londres, 1975), la primera de una larga lista después de aquella clásica de Calenzio; la monografía “El Cardenal César Baronio” (Morcelliana, Brescia, 1982) con la que H. Jedin sellaba su larga y meritoria obra historiográfica; las interesantes contribuciones de M. T. Bonadonna Russo: “Baronio oratoriano” (“Memorias Oratorianas”, 14, 1984) y de A. Cistellini, C.O.: “César Baronio, Siervo de María” (Memorias Oratorianas 18, 1977), hasta la recientísima publicación de José Finocchiaro: “César Baronio y la Imprenta del Oratorio. Obra e ideología” (Olschki, Florencia, 2005).

Es nuestro gran deseo –y empeño- que el IV centenario de la muerte del Ven. César Baronio suscite en la Iglesia y en el mundo de la cultura un nuevo interés por aquel que fue renovador de los estudios históricos, “el hombre que ha provocado –escribía Hubert Jedin en la Introducción a la obra citada- el inicio de la historiografía eclesiástica católica de la época moderna”; hacia el restaurador de lugares sagrados, actividad de la que Ángel Roncalli afirmaba: “obra ejecutada con tan delicado criterio estético y con tal respeto a la tradición y a la historia, como para recomendar aún hoy a Baronio a la admiración y a la gratitud de los promotores de la arqueología sacra”; hacia el hombre sensible al arte, que tuvo relaciones con artistas en activo en la Chiesa Nuova [Iglesia Nueva]: Pomarancio, Rubens, Caravaggio, el cual –si es verdadera la intuición de De Maio- habría dado el rostro robusto y marcado de César Baronio a la figura del hombre fascinado en un abrazo de amor y de piedad a las piernas de Cristo, en el célebre Descendimiento de la Cruz pintado para la Vallicella; hacia el Prelado que tanta participación tuvo en la Iglesia de la Reforma derivada del Concilio de Trento.