Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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César Baronio del Oratorio a la Congregación

César BaronioEl Ven. César Baronio, que empezó a ser discípulo de S. Felipe Neri cuando aún no tenía veinte años y que lo fue durante toda su vida, con una humildad y una convicción conmovedora, es piedra angular en la fundación de la Congregación del Oratorio, y es aquel a quien Padre Felipe -dos años antes de morir- eligió como su primer sucesor, además de como su confesor.

Siempre el Santo rechazó ser llamado fundador de la Congregación: en la base de este rechazo estaba, ciertamente, la humildad en la que se ejercitó toda la vida, pero estaba también el reconocimiento de un hecho evidente: la Congregación había nacido espontáneamente, sin que él hubiese programado instituirla.

La vocación de algunos discípulos a la vida sacerdotal floreció en la relación filial con él, y en ellos fue espontáneo el deseo de dedicarse al servicio de la Iglesia dentro de aquel “movimiento” que Dios había suscitado a través de Felipe Neri.

Inclinado por naturaleza y por planteamiento espiritual a no organizar, sino a confiarse al Espíritu Santo, Padre Felipe -que había orientado a otros muchos discípulos hacia antiguas Órdenes y nuevos Institutos- acogió aquellas vocaciones y las envió a la Iglesia nacional de los Florentinos, de la cual había tenido que aceptar, por presiones de las autoridades, el cuidado parroquial.

Corría el año 1564, al que los historiadores definen como el primer año de la Iglesia post-tridentina. El 26 de enero se promulga la Bula de aprobación de las Constituciones y de los Decretos conciliares; Carlos Borromeo es distinguido con el Palio arzobispal de Milán e inicia decididamente su nuevo itinerario espiritual; Roma anuncia la fundación del Seminario Romano; comienza la reforma de las Órdenes religiosas y son redactadas las primeras disposiciones para la Visitas a las Diócesis; el 13 de noviembre se promulga la Bula sobre la Profesión de Fe.

No es ajeno a este ferviente clima de renovación el deseo de los florentinos de la urbe de conceder a su comunidad parroquial un sacerdote, un compatriota ya conocido en Roma por su santidad de vida y por el ardor apostólico.

Padre Felipe aceptó a regañadientes, debemos decirlo: el apostolado parroquial no era connatural a su espíritu ni a la particular vocación que le animaba; en el convictorio de S. Jerónimo había renunciado sin más a los estipendios para poder servir a la Iglesia de la Confraternidad con total dedicación, pero con la libertad de plantear de forma personal su apostolado.

Aceptando el nuevo oficio se quedó en S. Jerónimo y envió a San Juan de los Florentinos a aquellos primeros discípulos que en la tradición oratoriana serán llamados los “mayores”: entre ellos, el veinteañero César Baronio, ordenado sacerdote el 27 de mayo de aquel mismo año.

La decisión de unirse al Padre Felipe en el Oratorio había sido para todos un paso de decidida conversión: “nos habíamos convertido en desertores, pero sin deshonra –escribirá Baronio- y tránsfugas, pero con honor”; ya habían sido elegidos por el Padre -por su ministerio- como el grupo más fiel, la parte más genuina y disponible del Oratorio.

Atendiendo a la parroquia, según la disponibilidad de cada uno, continuaban participando de las actividades del Oratorio en San Jerónimo, donde iban tres veces al día para un coloquio con el Padre. Vivían comunitariamente en S. Juan, donde el Padre Felipe seguía enviando a otros hombres, quizás sin pensar en una institución particular y contentándose probablemente con una “familia” de sacerdotes seculares auténticamente “espirituales”, que convivían de una forma libre, a la manera de los Padres de San Jerónimo; sin embargo, vivían ya sujetos a una regla general de convivencia y unidos, sobre todo, por un profundo vínculo espiritual con aquel que entre ellos era considerado el Padre espiritual, el pater familias de una ordenada comunión.

Algunas cartas nos transmiten bellos aspectos sobre el modo de vida adoptado por aquella comunidad “filipense” –donde Baronio escribió, con un carbón, sobre la chimenea de la casa: “Caesar Baronius, coquus perpetuus” [“César Baronio, cocinero perpetuo”]- que ambicionaba reproducir, en un clima de familia fervoroso y al mismo tiempo festivo, la comunidad cristiana ideal descrita en los Hechos de los Apóstoles. La caridad fraterna era la regla esencial, y se vivía bajo la guía de Felipe, jefe indiscutido y único moderador.

No sin algunas dificultades por parte de quienes miraban con cierta sospecha la singularidad de la nueva convivencia y la originalidad del método oratoriano, la comunidad crecía.

El paso más significativo en la fundación de la Congregación fue la resolución tomada en 1574 de construir un nuevo edificio para el Oratorio junto a San Juan de los Florentinos, resolución seguramente aprobada por el P. Felipe, ya que es impensable que cualquier cosa -aunque fuese de la menor importancia- se hiciese sin su consentimiento.

En un denso artículo publicado cuando avanzaba la preparación de su mayor obra, el P. Cistellini se preguntaba: “¿Fueron conscientes y promotores de la empresa, e incluso del alcance y de las consecuencias de tales obras? En realidad, estas manifestaban una cierta intuición en sus miembros de conformar una realidad autónoma y orgánica que no estaba unida al Oratorio, quizás repitiendo por ello sus orígenes y reafirmando en ello su justificación. Se sigue la separación efectiva de S. Jerónimo e incluso de S. Juan, donde los ejercicios oratorianos no habían recibido más que hospitalidad, […] y la reglamentación comunitaria de entonces irá separándose cada vez más del sistema paternalista del principio”.

En el corazón del Año Santo de 1575, Gregorio XIII, a petición de los miembros de la comunidad, promulgó la Bula Copiosus in misericordia el 15 de julio, que asignaba a “Felipe Neri, Sacerdote Florentino y Prepósito de algunos sacerdotes y clérigos” la iglesia parroquial de Santa Mª in Vallicella y erigía, al mismo tiempo, “en la susodicha iglesia una Congregación de Sacerdotes seculares que se deben llamar del Oratorio”.

Padre Felipe es de pleno título el “fundador” de la nueva Congregación: ella nace, de hecho, del regazo del Oratorio, que es obra suya; son sus mismos discípulos quienes se estrechan a su alrededor y constituyen aquella familia; bajo su autoridad se dan los pasos que conducen al reconocimiento canónico, aunque es evidente -junto a la acción del Fundador- la intervención de otros Padres que colaboran con él en dar forma a la Congregación. Entre ellos, ciertamente no es de poca importancia César Baronio.

“Felipe Neri es el maestro de Baronio, es la vida de nuestro historiador, el sarmiento más fiel” escribe el P. de Libero. Y el mismo Baronio, en el “Agradecimiento” que escribió al “B. Felipe Neri, Fundador de la Congregación del Oratorio” en el tomo VIII de los Anales, afirma: “Qué diré de aquel Padre que habiendo estado a mi lado y habiéndome ayudado en todas las cosas, me ha parido tantas veces con el espíritu apostólico, que […] me ha sujetado de la facilidad de resbalar en la edad juvenil, tan inclinada al mal, y, tornando obediente a la Ley Divina al indómito potrillo de mi juventud, me ha hecho ser representante de Cristo? […] Estaba constantemente pendiente de mí, me animaba con su presencia, me apremiaba con las palabras, siempre exigente hacedor (perdóname si lo digo) de aquello que quería de mí.”