Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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portada cardenal cesar baronio

 

Su vida y su obra

César BaronioCésar Barone –Baronio, según la difundida latinización del apellido- nació en Sora el 30 de octubre de 1538; vivió en Roma tras haber realizado en Veroli los primeros estudios y después de haber iniciado los jurídicos en Nápoles.

Abandonada bien pronto la capital del Reino, por la preocupante perspectiva de una guerra entre españoles y franceses, aunque también por la atracción ejercida por la urbe, había comenzado su período romano viviendo con un compañero de estudios en la plaza del Duque (la actual plaza Farnese), a un par de pasos de San Jerónimo, donde vivía el Padre Felipe; frecuentaba la Sapienza, escuela del gran jurista César Costa.

Encontró en nuestro Santo, recientemente ordenado sacerdote, al verdadero maestro de su alma, como él mismo contará recordando la impresión que le hizo el Padre tras la primera vez que -con veinte años- lo encontró, y se quedó tan impresionado por su dulce caridad y por sus santas palabras que decidió no dejarle nunca más.

“En cuanto comenzó a dirigirse con el Santo –escribe Primo Vannutelli- Dios le comunicó tan gran abundancia de espíritu y desprecio de esta tierra que, si Felipe no le hubiese mandado por obediencia continuar los estudios jurídicos, habría dejado el mundo y se habría retirado a cualquier orden religiosa estricta para servir más perfectamente a Dios […] Pero el Santo Padre no le quiso dar nunca licencia, diciéndole que el Señor quería otra cosa de él”.

La víspera de la fiesta de la Epifanía del Señor de 1558, en la habitación del Padre Felipe -llena de personas- el Padre le mandó decir algo improvisado sobre la próxima fiesta. César, que nunca había hablado en público, cayó en la cuenta de que el Padre Felipe empezó en aquel mismo momento a cuidar intensamente la vida espiritual del discípulo, ocupándose sobre todo de su humildad y sometiéndole a arduos ejercicios de mortificación interior, a los que Baronio se obligó con gran libertad de espíritu.

Sus intervenciones en el Oratorio mostraban una particular predilección por los temas de la muerte y del más allá: Padre Felipe, con una de sus extraordinarias intuiciones, quiso que se dedicase a estudiar la historia de la Iglesia. César lo hará durante treinta años, retomando desde el principio, cada cuatro años, su exposición, uniendo al estudio serio de los documentos un intenso y filial amor por el “Cuerpo del Señor” que es la Iglesia sobre la tierra.

El 16 de diciembre de 1560 informó a su familia de la decisión de recibir las Sagradas Órdenes y en los siguientes días fue ordenado subdiácono. En una carta del 21 de mayo de 1561 anunciaba a su padre: “Ayer por la tarde, por la gracia del Señor, cumplí mi deber y he satisfecho vuestro deseo: he sido doctorado en civil y en canónico”, omitiendo decirle, sin embargo, que había rasgado el título doctoral y destruido el libro de poesía que había escrito.

El primero entre los discípulos de Felipe será ordenado sacerdote el 27 de mayo de 1564 para la Iglesia de San Juan de los Florentinos, habiendo renunciado a la buena canongía que la diócesis de Sora le ofrecía; desde entonces, su vida estará totalmente entrelazada con el florecimiento y desarrollo de la Congregación. En abril de 1577, con los hermanos que habitaban en S. Juan de los Florentinos, se traslada a la nueva sede: mientras pronuncia el último sermón, una misteriosa paloma que había entrado en el Oratorio, espera la conclusión; después, vuela hacia la nueva morada de los Padres.

A partir de 1588, por decisión de la Congregación, inicia la publicación de los Anales Eclesiásticos, fruto del meticuloso estudio con el que el P. César preparaba los sermones del Oratorio.

Ya había sido acogido, con unánime agradecimiento, el Martirologio, a cuya revisión Baronio se dedicó con arduo estudio desde 1580 por encargo de Gregorio XIII, y que vio la luz en 1584; dos años después, aparecería un gran volumen con las Nota”. “Más preciosos que el oro y el topacio” escribió San Francisco de Sales a Baronio agradeciéndole los Anales. Y Justo Calvino, pariente del homónimo ginebrino, que por la lectura de los Anales comprendió las mentiras de la propaganda protestante, volviendo a la Iglesia Católica quiso cambiar su nombre por el de Justo Baronio en reconocimiento de aquel.

P. Baronio se había convertido en objeto de asombro por los visitantes de Roma, algunos de los cuales no se iban de la ciudad sin haberle conocido y haberse firmado ante un notario –lo atestigua el P. Pateri- acta autentificada de aquella visita.

Su fama crecía, por esto, Padre Felipe no dejaba de ejercitarle en todo tipo de pruebas de humildad. En la misma medida crecía en el piadoso sacerdote el anhelo de un camino de perfección siempre más intenso: el espíritu de oración y penitencia, el ejercicio de las virtudes (humildad y caridad, en primer lugar), las fatigas apostólicas -sufridas incluso tras un constante trabajo intelectual y diversas enfermedades- están acompañadas de dones sobrenaturales que honran al Padre César con un inmenso valor.

De algunas enfermedades fue milagrosamente curado por obra de Padre Felipe: como aquella de 1572, por ejemplo, de la que César salió por la fervorosa oración del Santo, que dijo a Dios con humilde resolución: “¡Restitúyemelo, lo quiero!”.

En 1593, tras la partida de Tarugi nombrado arzobispo de Aviñón, Padre Felipe le eligió como su sucesor y, en julio del siguiente año, por expresa voluntad de Baronio, tal nombramiento fue sometido a la elección de la Congregación que, por unanimidad, lo eligió Prepósito.

El Papa Clemente VIII, que lo apreciaba en gran medida, quiso conferirle una dignidad eclesiástica, pero Baronio, arrojándose a los pies del Padre Felipe, obtuvo el ser eximido; sin embargo, no pudo rehusar a ser nombrado confesor del Papa, ya que el mismo Padre Felipe le pidió que aceptara, intuyendo el beneficioso influjo que Baronio habría podido ejercer sobre las decisiones del Pontífice, como la reconciliación de Enrique IV de Francia con la Iglesia.

Padre Felipe había llegado ya al final de sus días terrenos; será el Padre César quien pida al Santo la última bendición sobre la familia oratoriana.

Privado de las autorizadas intervenciones que Felipe podía ejercer sobre el Pontífice, César fue obligado bien pronto por orden del Papa a aceptar el nombramiento de Protonotario Apostólico, habiendo conseguido ya rehusar por tres veces varios episcopados; en 1596, apenas reelegido Prepósito para un segundo mandato, tuvo que aceptar por obediencia al Papa, que le conminaba a la excomunión si hubiese rehusado la Sagrada Púrpura, recibiendo como título cardenalicio la Basílica de los santos Nereo y Aquiles –el antiguo y venerable Titulus Fasciolae [Título Cardenalicio de Fasciolae (“la Cinta”)] verdaderamente elegida por él ya que extenuante y necesitada de restauración, era rechazada por todos los demás Cardenales.

Nombrado bibliotecario de la Santa Iglesia Romana, vivió austeramente en el Vaticano, conservando en el bolsillo la llave de su habitación en la Vallicella, “amado nido” donde, cada quince días acudía a decir sus sermones al Oratorio.

El Año Santo de 1600 se le ve como humilde siervo de los peregrinos pobres a los que abre su casa, arrastrando con su ejemplo a los más altos dignatarios eclesiásticos. Al morir el Papa Clemente, estuvo bastante cerca de ser elegido Papa en el cónclave de 1605, pero fueron a recaer los veintiocho votos sobre el amigo “filipense” Card. Alejandro de Medici, quien durante pocos días –como le había predicho Padre Felipe- fue Papa con el nombre de León XI. También durante el cónclave, del que salió elegido el Cardenal Camilo Borghese con el nombre de Pablo V, Baronio convenció a los demás cardenales a que renunciasen a elegirle.

La meditación sobre la muerte fue constante en el Siervo de Dios, quien muchas veces se preparó para ella con gran compunción. Agravándose la enfermedad del estómago que sufrió durante muchos años, fue llevado a Frascati, a la modesta casa que poseía –“Morituro satis” [“el que va a morir satisfecho”] había hecho escribir sobre la puerta- pero, sintiéndose cercano a la muerte, hizo que le llevasen a Roma, a la Vallicella, diciendo: “Vamos a morir a Roma para que “non decet Cardinalem mori in agro” [no se diga que un cardenal ha muerto en el campo]: vamos, no deseo otra cosa que morir en mi Congregación, en las manos de mis Padres”.

Llegó a Roma el 19 de junio por la noche, en una camilla, y se le llevó el Santísimo Sacramento a la habitación. Despertándose sobre la media noche y preguntado sobre si querría recibir la Stma. Eucaristía, respondió: “¿Dónde está, dónde está? ¡Vamos, deprisa, traédmela!”. Con gran humildad pidió perdón de sus pecados, renovó “como habitualmente” las promesas bautismales y comulgó con gran devoción.

Después, cantó alternativamente con el sacerdote el “Nunc dimittis” y se quedó absorto en oración. Por la mañana quiso que le llevaran a la capilla para asistir a la Santa Misa, y que se celebrase todos los días en su presencia.

Llamó a Camilo Bandini, su pariente, a quien dio sabios consejos sobre la pobreza y sobre las virtudes cristianas, especialmente sobre la humildad y el desprecio del mundo. A los Padres y Hermanos del Oratorio les contó las penas y el agotamiento que le ocasionó el cardenalato, que se consideraba indigno de ser un simple sacerdote y les recomendó a todos buscar siempre a Dios.

Al día siguiente también comulgó entre las lágrimas de los presentes, mientras en la Iglesia se exponía el Santísimo Sacramento. Sufría atroces dolores del estómago, pero bendecía a Dios, se encomendaba a la oración de todos y pedía la Bendición Papal.

A todos manifestaba sentimientos de humildad y desprecio de sí mismo. Cuando fue a visitarle el Cardenal Roberto Belarmino, le pidió: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”.

Recibió la Unción de los Enfermos dos días antes de su muerte, de manos del P. Flaminio Ricci y se hizo traer las imágenes de Jesús y de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, quedando largo rato en oración. Sus últimas palabras fueron: “¡He aquí! ¡Aquí está el momento tan esperado del gozo!: ¡muramos!”. Besó la imagen de la Virgen y las reliquias de los Santos, respondiendo a las preces como mejor podía. Rodeado de sus hermanos de comunidad expiró a las 14 h. un sábado, 30 de junio de 1607.

Tenía 69 años, la edad que le fue misteriosamente revelada como la de su muerte, en una visión de 1572 narrada por el P. Sirmond, quien la supo por el mismo Baronio. El número LXIX [69] encerrado en un rectángulo y sobre él una cruz, fue puesto a menudo por el mismo Baronio en la primera página de los libros de su propiedad; por ejemplo, en una Biblia latina, editada en Venecia en 1588, lo encontramos encolado en la primera tabla; abajo, una explicación a mano: “Aetas Card. Baronii ab ipsomet per multos annos ante suum obitum multis in libris notate” [Edad del Card. Baronio muchas veces reflejada por sí mismo en sus libros muchos años antes de su muerte].

Sor Mª Francisca Checchi, del monasterio de la Purificación, cuenta que, apenas había expirado, se le apareció “vestido con un traje riquísimo”. Su rostro tras la muerte se volvió bello y sereno, las manos y las demás partes del cuerpo blancas. Llevado a la Iglesia, treinta cardenales celebraron sus exequias y una cantidad inmensa de fieles que le estropeó los vestidos y el cabello, como “suele ocurrir en la muerte de una gran siervo de Dios”.

Descansa en la cripta de la Chiesa Nuova, en la humildad más absoluta, sin otro monumento que una lápida en el lateral derecho del presbiterio: sencillísima en su elegancia, recuerda que reposan uno junto a otro en el sepulcro de la Congregación, César Baronio y Francisco Mª Tarugi, Cardenales de la Santa Iglesia Romana, esperando la resurrección en aquella comunión fraterna que vivieron en la escuela del P. Felipe: “Ne corpora disiungerentur in norte quórum animi, divinis virtutibus insignes, in vita coniunctissimi fuerant” [No serán separados los cuerpos de aquellas almas, inflamadas en virtudes divinas, que íntimamente unidas estuvieron en vida].