Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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portada cardenal cesar baronio

 

Penitente de S. Felipe Neri

Baronio y san felipe“Llegué a Roma el año 1557, y en aquel mismo año me comencé a confesar con el P. Felipe Neri en San Jerónimo de la Caridad” atestigua Baronio al comienzo de la primera de las tres declaraciones que realizó en el Proceso para la canonización del Padre Felipe, el 1 de septiembre de 1595. Los años de la incipiente experiencia romana del joven César se sitúan en el tiempo en que el Concilio de Trento está llegando a su fin; su ordenación sacerdotal será cinco meses después de la conclusión del Concilio Tridentino. El compromiso por la salvación de las almas, motor de toda la actividad apostólica de la Iglesia, volvía a resplandecer con nueva luz, como escribe Jedin: “El concepto nuevo era que la salus animarum [salvación de las almas] fuese concebida como idea central de la Iglesia, como la principal ley no escrita. Se vio que era necesario encontrar guías y médicos de almas para el pueblo católico”.

Padre Felipe era un ejemplo clarísimo: se sentaba en el confesonario y su actividad apostólica se ajustaba en su máxima expresión a la obra reformadora, un componente de aquel vasto diseño de reforma que la Iglesia estaba persiguiendo con determinación.

Entre los que frecuentaban el Oratorio había humildes artesanos y hombres ilustres, por cultura y por posición social: a unos y otros el P. Felipe les conducía por el camino del Espíritu, dedicando al Ministerio de la Reconciliación horas del día y de la noche, hasta el último día de su vida terrena.

La originalidad que el Padre demostraba en el arte de confesar y de guiar espiritualmente estaba en la dulzura con que atraía hacia el bien: los penitentes se sentían amados como personas en su propia situación, y tratados con una paciencia que era auténtica caridad. Todos percibían que P. Felipe era “para” ellos; y la propuesta a seguir de camino espiritual que cada uno recibía no nacía de un abstracto sistema moral sino del encuentro cálido y humano, de la comunicación de un don que pasaba de corazón a corazón.

César Baronio fue llevado al P. Felipe por un cierto Marco, proveniente de Sora lo mismo que él, cuya piedad al principio brillaba pero que “después no perseveró en el propósito”, escribe Barnabei. Con la humanidad y la alegría que le caracterizaba, Felipe abrazó a César, dejándole la sensación de que aquel singular sacerdote era el padre que él buscaba para su alma.

Tras los primeros sermones de Baronio en el Oratorio, Padre Felipe comenzó a cuidar del alma del discípulo, como ampliamente demuestran los testimonios del Proceso canónico de San Felipe Neri.

Entre muchos otros, elijo un episodio que revela la pedagogía de San Felipe confesor, el cual, para formar a las almas no se limitaba a exhortaciones verbales, sino que a menudo educaba con gestos concretos:

“Un domingo por la tarde –testimonia Baronio- yendo a San Jerónimo a confesarme, el padre, sin quererme escuchar dijo: - Id al “Espíritu Santo”, a aquellos enfermos; y replicando yo que ya había pasado la hora de comer y que allí no había nada que hacer, él me replicó que fuese a hacer lo mandado. Fui al Espíritu Santo y no sabiendo qué obras hacer, fui donde estaba el Crucifijo con la lámpara que se suele colocar junto a los moribundos que han recibido los Santos Óleos. Aquel individuo había llegado al hospital el día antes, fuera de hora, y seguro que le habrían metido en la cama en seguida sin confesar, como era costumbre; en efecto, supe que se les había olvidado confesarle y darle la comunión, pero viéndole moribundo le dieron el Óleo Santo.

Entonces, me acerqué a aquel pobre preguntándole sobre su estado y, viendo que no había confesado ni comulgado, en seguida le ayudé a confesar y comulgar; después de haberlo hecho entregó su alma a Dios. Volviendo al Padre le conté el suceso y me dijo: - Aprende a obedecer sin replicar.

“Aprende a obedecer sin replicar”: obediencia y humilde reconocimiento de sí son, para el P. Felipe, la base de un verdadero camino de vida espiritual. Baronio fue moldeado en esta disponibilidad que realmente deseaba pero que fatigaba cuando se asumía. Había en Baronio una adhesión a la propia voluntad que llegará a desaparecer con el tiempo; en su fuerte carácter tendrá lugar la altivez sólo en defensa de la verdad, como ocurrió –cito sólo uno entre los numerosos ejemplos- cuando el Cardenal Aldobrandini, sobrino de Clemente VIII, disgustado por la franqueza con la que Baronio le reprochaba sus omisiones, le recordó sus deberes para con su Familia Purpurada; Baronio respondió: “Yo nunca he buscado ni deseado la dignidad cardenalicia; por eso, sin dolor dejaré aquello que sin amor poseo. Tome su Púrpura; voluntariamente me revisto de mis pobres hábitos: nada deseo más que volver a mis hermanos y a mi celda, de la cual aún llevo conmigo la llave; quedaos para Vos vuestros honores; a mí me basta la conciencia tranquila”.

Aún a punto de morir dirá al P. Ángel Saluzzi que le asistía: “No he tenido nunca en esta vida cosa que me haya producido más grandes molestias y dolores que el cardenalato: anótelo bien y hágalo manifiesto a todo el mundo. Verus honor est serviré Deo cum omni humilitate. Quaerite Deum, quaerite Deum [Es un verdadero honor servir a Dios con toda humildad. Buscad a Dios, buscad a Dios]”.

“Fue obedientísimo a su Padre San Felipe –escribe Ricci- a la obediencia a aquel a quien se había ligado con voto, siguiendo siempre sus indicaciones en todas las cosas, incluso en las más arduas y mortificadoras, en las cuales el Santo Padre, para su propio provecho le ejercitaba a menudo, y experimentando la utilidad que le producía la abnegación continua de sí mismo, decía: «Quien más se mortifica, más gana, no hay cosa más agradable a Dios que el negar la propia voluntad».

Padre Felipe, como confesor, debió someter al joven César al discernimiento sobre el estado de vida al que Dios le llamaba. Él se sentía inclinado a la vida retirada del claustro, creía saberse llamado a una orden religiosa de estricta observancia, e insistía tenazmente. Padre Felipe comprendía la sinceridad de aquellas intenciones, pero veía claramente que el joven tenía necesidad de crecer antes que nada en la pura sencillez del Evangelio.

Es el mismo Baronio, en la citada declaración, quien cuenta la obra del Padre Felipe en este campo: “Habiendo querido muchas veces hacerme religioso, capuchino, teatino, y de otras órdenes reformadas e insistiendo pertinazmente, nunca me quiso dar licencia: de tal forma que muchas personas religiosas se escandalizaron del Padre, diciendo que retenía a los hombres para que no fuesen a las órdenes religiosas; y eso era porque no veían lo que Dios mostraba a dicho padre”.

Durante tres años –recuerda Ricci- estuvo César “con agitación de ánimo” con respecto a este tema. Padre Felipe, que no se sentía propietario de las almas, decidió mandar a Baronio a recibir el consejo de Constanzo Tassoni, “sacerdote de mucho espíritu”. También él “sopesó el juicio durante muchos meses y maduró el asunto con mucha oración, hasta que […] le dijo con resolución que Dios no quería de él el estado religioso, pero sí que fuese sacerdote y se entregase a la ayuda del prójimo”. Baronio “se calmó” concluye Ricci, y añade un detalle con el que no deja de subrayar su excelencia: “Para satisfacer de cualquier modo el deseo que tenía del estado religioso, César se quiso obligar a su Divina Majestad (cosa no acostumbrada en la Congregación del Oratorio) con cuatro votos: de castidad, de pobreza, de obediencia y de humildad; entendiendo la obediencia bajo la dirección de S. Felipe”.

Lo mucho que este discípulo amó de corazón al P. Felipe es evidente, lo mismo que el afecto con el que el padre se preocupaba de su salud, teniendo con él gestos de conmovedora atención. Cuenta Ricci: “En la mesa, a César nunca se le quitaba el hambre; así pues, después de que él había acabado, a menudo S. Felipe le mandaba cenar por segunda vez; […] aunque estaba ocupadísimo, no se dejó nunca persuadir de dejarse ayudar en las necesidades de la habitación, excepto cuando San Felipe –con caritativo engaño- mandó hacer una segunda llave de su celda y se la dio a un joven de la Congregación, que era el P. Juan Mateo Juvenal Ancina, de santa memoria, para que ocultamente entrase en ella y la barriese”.

El mismo afecto manifestó P. Felipe a Baronio también con ocasión de diversas enfermedades, durante las que siempre estuvo cerca de él, visitándolo y orando por él, a menudo obteniendo una imprevista curación.

Es hermoso el relato de un episodio famoso, testimoniado por el mismo Baronio en la citada declaración y por el P. Germánico Fedeli. Ricci lo narra en estos términos: “Mientras que con gran utilidad, propia y para otros, trabajaba en la Viña del Señor, [César] fue visitado por su Divina Majestad con diversas y graves enfermedades. Solía el buen sacerdote, en las calamidades públicas de la Iglesia, multiplicar sus penitencias; y por eso, en los movimientos de tropas que hizo Solimán en perjuicio de Malta, con el consiguiente terror de toda la cristiandad, consumía las noches casi enteras en oración y lágrimas: se afligía sobre sí con vigilias, con ayunos, con disciplinas, con cilicios y con todo aquello que hubiese podido aplacar la Justicia divina: así, su pobre naturaleza cayó gravemente enferma, con gran peligro para su vida”.

Estaban a punto de darle la Extremaunción, cuando S. Felipe, lleno de fe pidió a Dios por la vida de César y fue escuchado. Y el modo de su impetración fue mostrado al mismo moribundo, quien imprevistamente deprisa [el P. Germánico Fedeli precisa en su declaración: “mientras el Santo Padre hacía oración por él se adormeció”] pareció ver a Nuestro Señor en su trono de Majestad y a su derecha la Santísima Virgen y a sus pies Felipe, el cual pedía en ese momento: Da mihi Cesarem, Domine; Cesarem, redde: sic cupio, sic volo, Domine [Dame a César, Señor; salva a César: lo deseo, lo quiero, Señor]. Y le pareció que la gracia no le fuese concedida; pero volviendo Felipe su oración a la Madre, ella lo obtuviese del Hijo.

Se despierta del sueño el enfermo, viendo recuperada su salud y refiere el suceso a Felipe; Felipe le regaña, diciéndole que no crea a los sueños pero que esté siempre dispuesto a todo lo que agrada a Dios, y que no busque ninguna otra cosa. Así César se encontró curado con el asombro de los médicos, que reconocieron la milagrosa curación por el Santo”.

El don de la previsión le hacía conocer a P. Felipe la fama que Baronio habría tenido por las publicaciones de sus estudios, así como el nombramiento cardenalicio y, de forma solapada, se lo predice a Baronio no sólo una vez; por ejemplo, testimonia, Marcelo Ferro: “Estando yo en la habitación del P. Felipe y discurriendo con dicho padre, me dijo: -Mira la birreta cardenalicia que ha llevado el Papa Gregorio XIII, quien me la envió para hacerme Cardenal y yo la acepté con esta condición, que yo le diría cuándo querría ser Cardenal, y así el Papa quedó contento y yo me quiero hacer un trapo para la barriga-. Sabiendo después que dicha birreta sería puesta en la cabeza del P. César Baronio más veces”.

El afecto que el Padre tenía por el discípulo no le impedía, precisamente por este motivo, someterlo a distintas humillaciones a lo largo de toda su vida -algunas ciertamente pesadas- como no sufrió en igual medida ningún otro discípulo: por ejemplo, aquella en que le obliga a cantar “Il Miserere per Allegrezza” en un banquete de bodas; el someterlo a bromas e ironías sobre su estilo poco refinado (le llamaba en público “bárbaro”); el mandarlo al vendedor de vino con una enorme garrafa para comprar “una pequeña cantidad” de vino, para pagar con un billete grande; el obligarle a ocuparse constantemente de la gata que se quedó en San Jerónimo; el imponerle, como premio por la publicación de cada volumen de los Anales, servir treinta misas; el someterlo a las críticas pesadas del P. Gallonio, encargado expresamente de denunciar en los “Anales” errores inaceptables… la lista de ejemplos como estos es extensísima y podría continuar. Quien no tiene tiempo u oportunidad para leer el gran volumen del P. Generoso Calenzio, lo puede constatar en el sencillo libro de Renzo Chiozzotto.

Pablo VI –así lo atestiguan los Padres del Oratorio presentes en una Audiencia privada concedida a ellos- reconoció que Baronio habría podido ser canonizado por el solo hecho de haber soportado con tanta paciencia y humildad las bromas curiosas y extravagantes de su santo padre Felipe. Sin embargo, parte integrante de la obra educativa en lo referente al discípulo era también la voluntad del P. Felipe de no sobrecargarlo con ninguna responsabilidad, considerando el inmenso trabajo que Baronio desarrollaba en la investigación y en el estudio:

“Trabajaba mucho en la ardua y vasta tarea de los Anales Eclesiásticos –escribe Ricci- […] Y era algo asombroso cómo aquel digno sacerdote pudiese respirar soportando tal cantidad de estudio […] y todo sin ninguna ayuda […] Con todo esto, S. Felipe quería que al mismo tiempo tuviese el encargo de la parroquia, que ejerciese el ministerio de la confesión como los demás de la Congregación, que hiciese en la Iglesia los acostumbrados discursos al pueblo tres veces a la semana, que fuese Prepósito de la Congregación y que dirigiese puntualmente a todo el Instituto; suplicando él poder decir Misa a aquella hora que le fuese más cómoda, el Santo sólo le concedió que eligiese la hora, pero con la condición de no poderla cambiar nunca más, encargando a los sacristanes que siempre, con todo rigor, le llamasen a la hora prescrita”.

Son actitudes que pueden parecer hasta crueles, pero Padre Felipe conocía la razón de aquel rigor.

“Viéndolo ya de avanzada edad pero con la sencillez y humildad de un muchacho –escribe Ricci- solía decir de él: Aquí está mi novicio; y a continuación le daba un cachete, con el que Baronio se sentía lleno de divina consolación”. ¡Misterioso camino de grandes almas!, la decisión por la que Padre Felipe eligió a este discípulo entre los Padres de la Congregación para ser su confesor no es ciertamente ajena al camino de humildad recorrido por el gran Baronio.