Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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portada cardenal cesar baronio

 

Baronio confesor

Santa maría in Valliecella“Poco antes de morir, siendo yo su confesor –asegura Baronio en el testimonio del que partimos para presentarlo como penitente de S. Felipe- hablando conmigo, [el Padre] siempre se lamentaba de que la gente le apreciase más de lo que él era; de lo cual sentía amarguísimo arrepentimiento, considerándose grandísimo pecador”. P. Felipe le había elegido en 1593, el mismo año en que, renunciando al cargo de Prepósito, había querido que fuese Baronio su sucesor en el gobierno de la Congregación: “Teniendo el Padre Felipe muchos hijos similares a él por virtud y santidad de costumbres en la Congregación –afirma Barnabei- eligió sólo a Baronio para abrir su conciencia y para pedir el perdón de Dios”.

Al mismo P. Felipe habían asistido para que Baronio, obedeciendo el mandato del Pontífice, aceptase el encargo de confesor del Papa Clemente VIII.

Además de los testimonios sobre el encargo desarrollado por Baronio como confesor del Papa, en el proceso de San Felipe Neri, encontramos también referidos los nombres de otros penitentes de Baronio llamados como testigos: Juan Atrina, Pablo Maggi, Pedro Ruiz, Virginia Ruiz Crivelli, Artemisia Cheli, Curzio Massimo, Mateo Guerra, Constanza Crescenzi del Drago, Claudio Rangoni, Fiammetta Cannoni, Fenizia de Domino. Sin embargo, es lógico pensar en muchos otros hombres y mujeres –que no comparecieron en el Proceso- con los que el P. César había ejercido el ministerio de confesor, que él mismo pudo confesar en una carta a su padre: “discúlpeme si al regreso dejo de responderle; porque me lo impide el confesonario, y tan a menudo soy tanto de los otros que me falto a mí mismo”. La dedicación a confesar, quitándole tiempo a los indispensables estudios para la realización de los Anales, le era ciertamente gravoso.

Padre Felipe no dejó de “fastidiarle” también a este respecto. Lo hizo hasta en unas memorias dirigidas al Papa Clemente VIII, el cual, preocupado por la salud de Felipe –a quien tanto amaba y estimaba- le había invitado a cuidarse y le había mandado no bajar más a la Iglesia a confesar. Pidiendo el Papa quererle rehabilitar para confesar en la iglesia, el Padre, jocosamente como de costumbre, escribió que no le quedaban más “que cuatro mujercitas y hombres de poco talento, ya que Mons. César le había quitado la superioridad, Mons. Panfilio y el abad Maffa” y añadía: “Y los Sres. Cardenales le habrían confesado en el lecho, si no me hubiese sido robado por ellos mismos”.

¿Cómo ejerció el ministerio de la confesión el P. César con su Padre amado? No sabemos nada porque él, obviamente, no nos ha dejado ni una palabra. Sin embargo, tenemos esa significativa declaración en el Proceso: “…hablando conmigo, [el Padre] siempre se lamentaba de que la gente le apreciase más de lo que él era; de lo cual sentía amarguísimo arrepentimiento, considerándose grandísimo pecador…”, incluso revestido de confesor, el P. César no podía más que sentirse humilde discípulo en la escuela de aquel que le había modelado.