Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares
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portada cardenal cesar baronio

 

Pax et oboedientia. Oboedientia et pax

Juan XXIII“Cada día –escribe De Libero en la obra citada- iba hasta la gran estatua de San Pedro, en verano y en invierno, colocaba la cabeza sobre el pie del Apóstol y decía en latín “Paz y obediencia”. Luego confesaba: “Creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólic”, y se quedaba de rodillas ante el sepulcro del Apóstol. Desde entonces, millones y millones de fieles renuevan el gesto sublime de fidelidad, y aquel pie se ha ido desgastando. Hay quien ha dicho que no ha sido Baronio el primero que introdujo la pía y simbólica práctica, aunque si es cierto -como no parece- se trataba, en todo caso, de un acto de devoción personal y no de una costumbre general y significativa”.

Para su escudo episcopal y después como Papa, Ángel José Roncalli asumió el lema de Baronio Oboedientia et pax. No fue una elección casual, sino una expresión de la devota admiración con que, desde los años de la juventud sacerdotal, Roncalli se había alimentado en la imitación del autor de los Anales testimoniada con numerosos gestos hasta llegar al umbral del Cónclave, cuando con toda sencillez, se acercó a la Chiesa Nuova para visitar la tumba de Baronio, o cuando en los primeros días de Pontificado, volviendo de la toma de posesión de la Catedral de Roma, se quitó respetuosamente el capelo ante la Iglesia afirmando: “Estamos ante la tumba de S. Felipe y de Baronio”.

Algunos años después, el 26 de mayo de 1960, quiso visitar de forma imprevista a estos personajes queridos por él –con la alegre sorpresa de los Padres- mientras se encontraba de paso ante la Chiesa Nuova.

Con respecto al primero, es de gran belleza la declaración referida en la conferencia de 1907, donde no faltan observaciones personales que, examinadas a la luz de la historia posterior, contienen en germen y revelan el secreto de todo el Pontificado de Juan XXIII: “No olvidemos nunca el lema de Baronio. El gran Baronio nos mira. Repitamos con el corazón y los labios: oboedientia et pax. Qué grandeza sería un día también la nuestra: por el camino de la obediencia, salir exultantes a la gloriosa conquista de la paz”.

Con respecto al segundo, es adorable en Diario de un alma la espontánea invocación salida del corazón del Papa que, desde joven monseñor, se inscribió como hermano en el Oratorio Seglar de Roma: “¡Oh mi buen Padre Felipe, sin hablaros me entendéis! El tiempo se acerca; ¿dónde está vuestra imagen en mí? Haz que yo entienda los auténticos principios de vuestra escuela mística para cultivar el espíritu, y los aproveche: humildad y amor. Sensatez, sensatez San Felipe, y santa alegría, purísima, y empuje fecundo de grandes obras. Beato Felipe, ayúdame a preparar la casa, apoya mi gélido pecho sobre el vuestro, ardiente de amor, de Espíritu Santo. Fac ut ardeat cor meum [Haz que arda mi corazón]. Amén”.

Así mismo, la decisión de conceder a Don De Luca la facultad de reeditar la conferencia de los años de juventud se coloca en el ámbito de la admirada veneración de Ángel José Roncalli por Baronio y por San Felipe.

En la Introducción a la reedición, D. De Luca aclara que aquel texto juvenil, lejos de verse superado a causa del tiempo transcurrido o del contenido expresado por la conmemoración, esboza, a través de la lectura atenta de la obra baroniana y del examen de la actividad sacerdotal del discípulo de San Felipe, un retrato general pero real, que evidencia la unidad entre el hombre Baronio –visto en su tiempo- y el Baronio escritor, autor fundamental de la historiografía eclesiástica. De hecho, escribía Roncalli:

“Su vida en Roma, como sacerdote y cardenal, fue un reclamo para todos de una conducta menos mundana, más cristiana; tuvo un significado de reproche y de enérgica reacción contra el lujo de aquel tiempo; fue un signo de retorno a la pureza de los principios evangélicos. Su obra de escritor, su obra inmortal – los Anales eclesiásticos - fueron una batalla admirablemente dirigida, ganada triunfalmente contra los enemigos de la Iglesia y aún hoy, ante el fin de muchas obras que no se recordarán más, queda ella como un monumento”.

Baronio –afirma el joven estudioso, con una definición que tiene el valor de una poderosa síntesis- fue “el profeta bíblico que por primera vez lanzó el solemne grito de resurrección, pues puso los documentos de la historia al servicio de la verdad”.