Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

Iniciación cristiana de niños San Felipe Neri. 

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portada cardenal cesar baronio

 

Contemplando su rostro…

rostro baronio“César Baronio era alto y una persona bien parecida, grave y majestuoso en el semblante, de formas distinguidas y delicadas. Los ojos, cerúleos de celeste luz centelleante y casi siempre entrecerrados, advierten de una modestia virginal y un alma recogida en meditación. Tenía la frente amplia y rugosa, la nariz larga y aguileña, cejas densas, las orejas pequeñas, el pelo negro y encrespado, y también la barba; sin embargo, cuando llegó a la madurez, se tornó densa y blanca. Se quedó estupefacto quien al verle con el traje pontifical tuvo la sensación de reconocer a Basilio, al Crisóstomo, a Ambrosio; tal era el áurea celeste que difundía a su alrededor” (Jerónimo Barnabei, 1651).

Recuerdo una imagen del Cardenal que tuve la sorpresa de ver en Goa, en la entrada del Seminario Patriarcal de Rachol. El fresco –debido probablemente a la iniciativa de los Padres del Oratorio goano, que por dos veces en el siglo XVIII se encargaron de la dirección del Seminario- presenta un Baronio que se reconoce sólo por la inscripción “Em.mus Card. Caesar Baronius” situada al lado del personaje… La fisonomía del Cardenal está bastante alejada de aquella que la no escasa iconografía baroniana nos ha transmitido; el rostro oscuro se asemeja más al de un indio que al de un europeo. El pintor local, sin embargo, no dejó de caracterizar al personaje con dos elementos que muy a menudo acompañan las representaciones de Baronio: la pluma y el libro, instrumento y resultado de la inmaculada obra compuesta por Baronio al servicio de la verdad.

Que el Cardenal esté representado en aquellas tierras lejanas testimonia la difusión de la fama que, desde el principio, incluso fuera de Italia, acompañó al autor de los Anales, cuya santa vida ha contribuido no poco al renacimiento de la Iglesia en el tumultuoso período del post Concilio Tridentino.

En las dependencias de la Chiesa Nuova, podemos contemplar a Baronio en algunos hermosos retratos; por ejemplo, aquel que adorna la sala llamada “de los Cardenales”, puesto que están representados Cardenales y personajes ilustres. En esta bella tela, el desconocido autor del siglo XVII plasma a Baronio en recogimiento: postura escultural, barba fluida, frente reveladora de los altos pensamientos que ocupan la mente. En la mano izquierda un libro que apoya sobre la rodilla; entre el pulgar y el índice de la otra mano, casi abandonada sobre el brazo de la silla, una pluma. El rostro hierático y austero, como el de un maestro que ha buscado el secreto del pasado y sabe que puede proponerlo también en el presente.

Pero el retrato más interesante de Baronio es el conservado en la “sala roja” de los recuerdos de San Felipe. Pintado en 1605 –cuando Baronio tenía 67 años- por el sienés Francisco Vanni (1563-1619), seguidor del Barroco, fue donado por el hijo de éste al P. Mariano Sozzini; este cuadro es la base de los retratos de Baronio como aquel que ha transmitido a los artistas la verdadera efigie del Cardenal. El pintor, que conocía a Baronio, no tuvo dificultad en verlo más veces sentado en su escritorio o en otras circunstancias. En el octógono de Vanni, el Cardenal está retratado en la madurez de los años y del pensamiento: la frente está surcada de arrugas que esconden una voluntad tenaz; los ojos son los de quien está habituado a la meditación; pero la mirada manifiesta la intensidad de quien posee una visión amplia y segura. Observando aquel rostro vienen a la mente las palabras del biógrafo Barnabei: “Se quedó estupefacto quien al verle con el traje pontifical tuvo la sensación de reconocer a Basilio, al Crisóstomo, a Ambrosio…”.