12-X-2026
«Si no creéis, no subsistiréis» (Is 7,9)
El libro de los Hechos de los Apóstoles muestra una vinculación estrecha entre el grupo de los Doce y María. Ella había estado presente en la vida pública de su Hijo desde el comienzo. No hay más que recordar las bodas de Caná. Desde ese instante se mostró cercana no solo a su Hijo, sino a todos los que están con él. María implora por ellos: «No tienen vino»; y los acerca a él: «Haced lo que él os diga». Luego, María estará presente, a veces en la distancia, dependiendo de lo que su Hijo requiriese. Pero, sobre todo en Jerusalén, en la última etapa de la vida de Cristo, María está con él y con los discípulos. Los vínculos entre los apóstoles y María se hicieron cada vez más estrechos, hasta ese momento clave en el que Jesús, en la cruz, amplía la maternidad de María señalando a Juan como hijo, y con él a toda la Iglesia: «He ahí a tu hijo»; cuando nos la da también como madre: «He ahí a tu madre».
Muerto y resucitado Jesús, María sigue estando con ellos. El pasaje que hemos escuchado del libro de los Hechos da noticia del momento anterior al envío del Espíritu Santo: «Después de que Jesús fue levantado al cielo, los apóstoles volvieron a Jerusalén […]: Pedro y Juan y Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo y Simón el Zelotes y Judas el de Santiago. Perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos». Lo que quiero decir es que el vínculo de María con los Doce se hizo muy estrecho, no solo desde el punto de vista natural, sino sobrenatural. Teniendo esto en cuenta, se puede entender mucho mejor la tradición que nos cuenta que el apóstol Santiago, venido a España para traer el Evangelio y desanimado, recibiese la visita en carne mortal de María, mientras ella aún vivía, junto al apóstol Juan.
La evangelización de la España romana por parte de Santiago, quizá también de Pablo en un último viaje misionero, y la visita de María marcarán el signo y la naturaleza de España, vinculada a los Doce, a la fe apostólica y a María, la Virgen del Pilar. San John H. Newman dice que cada cristiano tiene una misión insustituible: «Dios me ha creado para que le ofrezca un determinado servicio. Me ha confiado un trabajo que no ha confiado a otros. Tengo mi misión»[1]. Pues bien, me parece, sin que esto sea dogma de fe, que también cada nación cristiana tiene su propia misión. España la tuvo, lo digo en pasado. Y espero que España la recupere, volviendo a la fe apostólica, volviendo a ser una nación cristiana, volviendo a ser de María. Hoy pedimos fundamentalmente por esto. La misión de España ha sido defender la integridad de la fe apostólica y difundirla generosamente por el mundo entero, pagando un precio enorme en vidas y en riquezas. En una ocasión, el 10 de octubre de 1984, Juan Pablo II se disponía a viajar a Hispanoamérica para celebrar los 500 años de su descubrimiento y evangelización, pero quiso parar en El Pilar de Zaragoza. La evangelización de América fue «una tarea ingente que tuvo su origen aquí, en tierras ibéricas —dijo—. Una siembra generosa y fecunda la de aquellos misioneros españoles y portugueses que sembraron a manos llenas la Palabra del Evangelio, en un esfuerzo que llega hasta hoy, y que constituye una de las páginas más bellas en toda la historia de la evangelización llevada a cabo por la Iglesia»[2]. Recordó que la Virgen del Pilar es la patrona «de la Hispanidad», no ya de España, sino de la Hispanidad, de esa vida humana y divina que la abnegación de nuestros antepasados y la gracia de Dios extendieron más allá de la península, por todo el mundo. Y siguió el Papa: «En el umbral de un viaje eminentemente misionero, y en nombre de toda la Iglesia, he querido venir personalmente para agradecer a la Iglesia en España la ingente labor de evangelización que ha llevado a cabo en todo el mundo, y muy especialmente en el continente americano y Filipinas. […] ¡Gracias, España, gracias, Iglesia de España, por tu fidelidad al Evangelio y a la Esposa de Cristo!». Y el Papa hacía un pequeño repaso del esfuerzo misionero de la Iglesia española y luego tocaba otros temas importantes. De esas palabras, subrayo dos aspectos en los que se ha sustentado esta misión de España: la firmeza de la fe, representada en el pilar sobre el que pone sus pies la Virgen María; es la fe apostólica, la fe revelada por Dios en Cristo, anunciada por los apóstoles, madurada por la Tradición, definida por el Magisterio, la fe que nos dice la verdad de Dios y del hombre. Y luego, además de esta firmeza de la fe, la cercanía de María: España, tierra de María.
Antes os decía que cada cristiano tiene una misión concreta, y que las naciones cristianas, a mi modo de ver, también tienen una misión concreta: la nuestra ha sido durante muchos siglos la defensa y la expansión de la fe. Nuestra misión y lo que somos tienen dos pilares: la fe apostólica y la cercanía de María, la madre de Jesús. Sobre la fe y con la compañía de María España se configuró como nación, superando el yugo del Islam y llevando el Evangelio, con una energía y un derroche humano no comparables al de ninguna otra nación. Pero, si olvida sus pilares, no habrá futuro para España. Dios dará esta misión a otro pueblo que le sea fiel. El futuro de España no se juega en las próximas elecciones, por importantes que sean, ¡que lo son!, no está en ningún líder político, de derechas o de izquierdas. El futuro de España está en volver a recuperar la fe eclesial, es decir, la fe apostólica, y la compañía de María. Sin Dios no tenemos futuro, ni como personas, ni como comunidad nacional.
Hablamos de la fe cierta y firme recibida de los Apóstoles, y hablamos de María, la Madre de Jesús, nuestra Madre, la Virgen del Pilar. A Santiago le bastó la fe y la compañía de María para continuar con su misión entre nosotros cuando éramos una tierra de paganos. A nosotros nos basta eso mismo para evangelizar de nuevo nuestra tierra y continuar nuestra misión en el mundo. En el Evangelio, le dice a Jesús una mujer: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Sí, María es dichosa por haber llevado en su vientre a Jesús y por haberlo amamantado, pero no solo ni fundamentalmente por eso. Jesús responde a la mujer: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen». María es más dichosa por haber sabido escuchar a Dios y haber obedecido por la fe, más dichosa por ser de Dios, por haberse hecho su esclava. Y solo así fue Madre de Cristo. Aprendamos de esto: nuestra grandeza, la de cada uno de nosotros, y como comunidad nacional, dependerá de ser de Dios, de obedecer a Dios, de nuestra fe. «Si no creéis, no comprenderéis», «si no creéis, no subsistiréis» (Is 7,9. Cf. LXX).
Que la Virgen del Pilar reanime nuestra fe y nuestro ánimo, que nos enseñe a ser de Cristo, que nos acompañe en el camino, como acompañó al apóstol Santiago.
Bendita sea María
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O. Homilía en la fiesta de la Virgen del Pilar, 12 de octubre de 2026. Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares
[1] JOHN HENRY NEWMAN, Meditaciones y devociones (Edibesa, Buenos Aires - Madrid 2007) 225-226
[2] JUAN PABLO II, Homilía del 10 de octubre de 1984. (vatican.va/content/john-paul-ii/es/homilies/1984/documents/hf_jp-ii_hom_19841010_celebrazione-saragozza.html)