Domingo, 8 de noviembre de 2026
«¿No sabéis que sois templo de Dios?» (1 Cor 3,16)
Queridos todos:
En la archidiócesis de Madrid –Alcalá, Getafe y Madrid– mañana celebramos la fiesta de Ntra. Sra. de la Almudena. Eso adelanta a hoy la fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán, que la Iglesia universal celebra mañana. Es la dedicación de una iglesia de piedra y ladrillo, pero muy especial, donde tiene su sede el Papa, San Juan de Letrán. Querría explicar qué significa dedicar una iglesia; y luego, también, qué significa celebrar la dedicación de la Basílica de Letrán.
San Pablo escribía a los Corintios: «¿No sabéis que sois templo de Dios?». He aquí una certeza que tienen los Apóstoles desde el principio: que el conjunto de los creyentes es el templo de Dios, la casa de Dios, su Iglesia. Dicho de otra manera: si uno pregunta dónde conocer a Dios, dónde tener una relación familiar con Dios, dónde recibir la salvación que Cristo ha ganado, ha de señalar a la comunidad de varones y mujeres que desde hace más de XX siglos vive unida a los Apóstoles. Quien quiera entrar en comunión con Cristo y con Dios, ha de entrar en esta comunión que se extiende en el mundo a lo largo de la historia: la Iglesia Católica. Solo en ella encontramos a Cristo de forma plena, y en él al Padre. De ahí lo que dice san Pablo: «¿No sabéis que sois templo de Dios? […] Vosotros sois ese templo». En la historia del cristianismo, el término iglesia fue dirigido, primero, a la comunidad de los creyentes, que se reúnen para celebrar la Eucaristía, hasta que el Señor vuelva. Solo más tarde se dio también el nombre de iglesia al templo donde se reunían, sobre todo, para la Eucaristía.
Dios se ha hecho presente en el mundo en la persona de Cristo; y Cristo se entrega a la muerte y vence la muerte. Es un hecho irrepetible y único: Dios muere por el hombre y se entrega a él, con un amor que salta por encima de todos los cálculos, que se desborda en un derroche gratuito y rompe todos los límites naturales. Este hecho irrepetible nos lo hace actual la Eucaristía. La imagen del crucificado nos recuerda la entrega de Cristo por nosotros, pero la Eucaristía nos la hace realmente presente: «Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros». Y porque es un hecho único, separamos nuestros mejores edificios de otros usos y los dedicamos a esto que nos da la vida: la Eucaristía.
Cuando entráis en esta iglesia, ¿dónde van los ojos instintivamente? Van al altar. Todo está pensado para dirigir nuestra atención al altar, donde Cristo se hace presente y se entrega amorosamente. Hasta la gran imagen del crucificado mira hacia el altar. Y el sagrario está sobre el altar, para indicar que allí, en el centro de las miradas, se custodia el fruto del altar, el fruto que nos da la vida: «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37). También cuando celebramos la Eucaristía, todos los gestos preparan o se dirigen hacia el altar. Lo primero y lo último que hace el sacerdote, al entrar y al salir, es besar el altar, porque de él brota la vida divina que llega a nosotros para sanarnos, para asimilarnos a Cristo, para divinizarnos y arrebatarnos al cielo.
Otro lugar destaca en el presbiterio, con la misma estética que el altar, pero más pequeño: es el ambón, un altar para la Palabra de Dios, porque cuando Dios nos da su palabra, ya está dándonos lo que hay en su corazón, se nos está entregando. Después, el sacerdote se dirige al altar, lo inciensa, y se coloca en la misma dirección en la que estáis vosotros, todos mirando al altar, donde brota el torrente de gracia.
La primera lectura nos habla de un torrente que mana del Templo y llega hasta el mar de Sal, donde reina la muerte. Las aguas del torrente sanan las aguas salobres y todo recobra vida. Más aún, en las orillas del torrente crecen árboles frutales, que permanecen verdes todo el año, que dan frutos que no se agotan, frutos todos los meses, hojas y frutos medicinales.
La liturgia toma estas palabras de Ezequiel para mostrarnos que del altar surge una corriente capaz de darnos vida, por muertos que parezcamos. Esta corriente es vida sobrenatural, el amor eterno entre el Padre y el Hijo, que ha brotado del costado abierto de Cristo en la cruz. Recordando esta visión de Ezequiel, Jesús clama en el Templo: «Si alguno tiene sed, que venga a mí; y beba quien cree en mí. Como dice la Escritura, de sus entrañas brotarán ríos de agua viva» (Jn 7,37). Con esta corriente somos curados, vivificados con una vida superior a la vida natural, nuestra sed de Dios es saciada y nos convertimos en medicina que también ha de entregarse para dar vida divina a todos los hombres. Este es el sentido de la dedicación de un templo y la consagración de su altar.
Pero siempre estamos tentados de usar la casa de Dios para nuestro servicio, convertirla en un mercado, y profanar tanto el templo material como la comunión universal de los fieles. Sobre lo último san Pablo era tajante: «Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él». Pero la fiesta de hoy nos invita a fijarnos en la iglesia material dedicada para la Eucaristía. Tenemos la tentación de convertir las iglesias en museos, para financiarnos; o en salas de conciertos; o en lugares para todo tipo de reunión; o, lo que es peor, ocuparnos en tantas cosas que nos olvidemos de ellas, hasta convertirlas en lugares vacíos y cerrados, donde difícilmente se puede entrar para rezar y celebrar la Misa. No se dedica una iglesia, ni se consagra un altar para nada de esto: se hace para la oración, para el encuentro con Dios, para la Eucaristía. Y eso impone respeto, impone el silencio, el orden, limpieza, cuidado, belleza.
Este orden exterior ayuda a fomentar, desde niños, en el interior del alma, la percepción de la presencia de Dios, su escucha y la adoración; ayuda a orientar nuestra alma hacia Dios, para esperar su gracia. Esta es su casa. «No convirtáis la casa de mi Padre en un mercado». Cuidando el orden exterior nos ponemos en disposición de cuidar también el orden interior y evitar que nuestra alma se convierta en un mercado de ladrones. Por eso aquí exigimos silencio y orden, decencia en el vestido, compostura al estar sentados o al movernos. Por eso exigimos que los padres cuiden de que los niños permanezcan quietos y en silencio, permitiendo la atención de los fieles y aprendiendo desde pequeños que este no es un sitio como los demás.
Por otra parte, la Basílica de Letrán, donde el sucesor de Pedro tiene su sede, nos recuerda que la Eucaristía no se da sino en la comunión de la Iglesia universal, católica, que es el Cuerpo de Cristo, cuyo vicario es el Papa. Si se rompe la comunión con él, se rompe la comunión con Cristo; nos quedamos sin sacerdocio y sin Eucaristía, sin Cristo. Si rompiésemos la comunión con Pedro, nuestros templos se convertirían en tumbas, aunque las mantuviésemos adornadas y nuestros cantos y nuestros sentimientos fuesen fabulosos. Por tanto, hemos de cuidar no herir ni poner en peligro esta comunión con el Santo Padre.
Hay muchas tentaciones para atentar contra la comunión de la Iglesia universal. Debemos rezar unos por otros, para que la unidad no se rompa y en todas partes los sacerdotes podamos seguir haciendo presente el sacrificio de Cristo y laicos y sacerdotes podamos seguir alimentándonos de él.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O. Homilía en la fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán. Domingo, 8 de noviembre de 2026 Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares. Madrid