XXVIII Dom. TO A
11, X, 2026
«Hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5)
¿Será posible una vida buena, sin mezcla de mal, de decepciones humanas, de dolor, o de cualquiera de las cosas que vienen como olas, una tras otra, y nos hieren el alma? ¿Podrá el hombre alcanzar un bien absoluto? ¿Podrá gozar una plenitud sin que aparezca el temor a perderla? ¿Un amor que no muera y no tenga mezcla de otra cosa que no sea amor? Pensad un momento. ¿Es posible una vida distinta de esta, en la que el mal nos alcanza una y otra vez?
Estas preguntas nos llevan a otra: ¿estamos solos con nuestra decepción, con nuestro dolor, con la muerte? ¿Estamos solos o existe Dios? ¿Está también Dios? Si no está Dios, en el mejor de los casos solo podemos esperar la decepción más profunda del alma; nunca podremos esperar más paz que la de la desaparición y el olvido propio. Recuerdo un triste poema, sin más esperanza que la muerte, muerte sin nada más que muerte, solo olvido. Decía así de esa muerte: «Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo, / Disuelto en niebla y ausencia / Ausencia leve como carne de niño. /Allí, allá lejos; /Donde habite el olvido»[1]. ¿Es la única paz a la que podemos aspirar?, ¿el olvido, la disolución del ser y de la conciencia?
Isaías se dirige a unos hombres que, durante largas generaciones, solo han sufrido los impactos del mal. Parecía que vivir no era sino vivir bajo el miedo y el golpe. Podían pensar que la única paz posible era la muerte, la desaparición y el olvido. En esta situación clama Isaías, voz de Dios, y durante largos capítulos (13 – 23), llama a juicio a las naciones, juzga y condena a los malvados que han provocado el mal: este juicio y esta condena es la afirmación rotunda de que Dios pondrá límite real al mal, un fin total del mal (Cf. Is 24). Y después de llamar a juicio y pronunciar sentencia, Isaías canta un poema dichoso, promesa de vida totalmente nueva, vida sin muerte: «Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos […]. Aniquilará la muerte para siempre. Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros». Y sentencia: «Lo dice el Señor». Lo dice Dios. «Es certísimo. Es infalible. Esta esperanza no puede fallar. Nuestras lágrimas serán enjugadas. ¡Certísimo! No habrá más luto de muerte, gozaremos de Dios»[2], un gozo que nunca hemos experimentado y del que no podemos hacernos idea. Tenemos experiencia del dolor y de la decepción de las cosas y de las personas, de nosotros mismos, pero no podemos hacernos una idea de este gozo porque no tenemos experiencia de él. Pero llegará, Dios lo ha dicho.
Ahora habla Cristo. Está en el Templo. Lo escuchan los sacerdotes y los miembros del Sanhedrín que en pocos días harán que lo condenen a muerte. Él lo sabe. El domingo pasado habló del juicio y de la sentencia de los viñadores homicidas, como el juicio de las naciones de Isaías, y ahora, también como Isaías, habla del banquete que Dios prepara. Y lo representa como un banquete de bodas. En el mundo judío el banquete de bodas no empezaba después de la boda, sino que terminaba con la boda de los novios. El banquete que Dios prepara conduce a los desposorios, al abrazo conyugal. Este banquete lo ha preparado el rey para la boda de su hijo. El rey representa aquí a Dios. Y el novio, hijo del rey, es el mismo Cristo que habla, preparando sus bodas. ¿Qué significa todo esto? Que Cristo está llenando de contenido la promesa de vida nueva hecha por Isaías: el banquete prometido es un banquete nupcial y conduce al abrazo amoroso de Cristo, abrazo esponsal, por decirlo con palabras humanas. Este es el contenido de la vida aún no experimentada, desconocida para nosotros, pero certísima, que no puede fallar: la unión amorosa con Cristo. Y en Cristo con el Padre y el Espíritu Santo. Y en Cristo con todos los que vivan en él. Para cada uno, un «cara a cara» con Dios, sin intermediarios.
El juicio y la sentencia que pone límite al mal ya ha sido pronunciado: es la cruz. Contra el crucificado chocan todas las olas del mal y allí mueren. El mal real que sufrimos por fuera y por dentro: un gobierno de sinvergüenzas, una sociedad depravada y el mal en nuestras propias manos y dentro de nosotros, arraigado allí. De todo eso ya hay un límite: Cristo crucificado.
Al tiempo, el Crucificado es también el inicio de una vida nueva: «Mira, hago nuevas todas las cosas». (Ap 21,5). En la cruz da inicio a la vida nueva, da inicio a sus desposorios: la unión real e íntima con cada uno de los fieles. Entended lo que esto significa: el amor matrimonial, amor que muchos disfrutáis, se caracteriza por ser total: de todo el yo y hasta la muerte; y por ser exclusivo: un varón y una mujer, solo un varón con una sola mujer, exclusivos y únicos, el uno para el otro. Pues bien, Cristo en la cruz ha amado a cada hombre con amor total y exclusivo. Total: ha dado hasta la última gota de sangre y no se echará atrás nunca. Exclusivo: cada uno de nosotros es amado por él como personas únicas, con amor de exclusividad. ¡Y esto solo es el principio! Cuando el velo del mal, ya juzgado y vencido en la cruz, sea arrancado ante nuestros ojos, veremos la realidad que ahora no podemos imaginar, que solo atisbamos viendo el amor de Cristo en la cruz.
Antes de terminar. ¿Os dais cuenta de lo grande que es esto? ¿Del banquete de bodas preparado para nosotros? ¿De la vida dichosa, del amor perfecto sin mezcla de nada que no sea amor? ¿Os dais cuenta?
Si entendéis la grandeza de este banquete de bodas preparado por Dios, entenderéis, también lo que habéis escuchado sobre las consecuencias: 1º, de rechazar este amor por atender cualquier cosa que nos parezca útil; solo cosechará la muerte, porque todo, menos este amor que brota de la cruz, está herido de muerte. 2º, las consecuencias de no acudir con el vestido de bodas, esto es, con el amor que reclama el amor. Nadie puede acercarse al amor sin amar, sin amar con un amor que corresponda: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de fiesta?». Es imposible participar de este banquete de bodas sin amar a quien nos ha amado, amor que es obediencia a sus mandamientos.
El final de las palabras de Cristo son una llamada a nuestra libertad, a la responsabilidad de nuestro amor. Él muere por todos. Cuando pronuncia estas palabras no quedan muchos días para su entrega. Su amor en la cruz, total y exclusivo, es un amor ofrecido a todos, que quiere llegar a todos, «con ansia he deseado comer esta pascua con vosotros antes de padecer»(Lc 22,15), dirá cuando está a punto de consumar su sacrificio. Tomémonos este amor en serio, «porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O. Homilía del Dom XVIII, TO. ciclo A, 11 de octubre de 2026 Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares.
[1] LUIS CERNUDA, La realidad y el deseo (Madrid, 41994) 372.
[2] DOLINDO RUOTOLO, Isaia (Casa Mariana Editrice, Napoli 2016), 262.