Publicaciones sobre John Henry Newman en castellano desde 1890 a 1990
- Detalles
- Escrito por OSFN
- Categoría: San John Henry Newman
PUBLICACIONES SOBRE JOHN HENRY NEWMAN EN “LENGUA CASTELLANA” DE 1890 A 1990
Por: Rafael Lazcano.
I. OBRAS
II. ESTUDIOS
A. Estudios Generales
B. Estudios Biográficos
C. El Movimiento de Oxford
D. Estudios Teológicos
1. Sobre la “Apología”
2. Sobre la Iglesia
3. Newman y San Agustín
4. Sobre los Laicos
5. Sobre María
6. Sobre la Conciencia
III. ESTUDIOS FILOSOFICOS
IV. LA UNIVERSIDAD
CATOLICA DE IRLANDA
Y EL PROYECTO
EDUCATIVO DE
NEWMAN
I. O B R A S
A. Desenvolvimiento del Dogma. (Biblioteca de “Estudios Franciscanos”).Ed. Luís Gili. Barcelona 1909, 305 pp.
B. Meditaciones y Devociones.
Parte 1: Mes de Mayo. Ed. Luís Gili.
Parte II: Vía Crucis. Barcelona 1911 y 1912, 212 y 122 pp, respectivamente
C. Hi s t o r i a d e mi s i d e a s religiosas. Mi conversión al catolicismo. Trad. De M. Graña. Ed. Faz. Madrid 1934, XXIII – 263 pp. La Segunda Ed. Es de 1940, XVIII – 196 pp.
OTRAS EDICIONES
- Apología “Pro Vita Sua”. Trad. e intr.. de Manuel Graña. Ed. Fax. Madrid 1961, 305 pp.
- Apología “Pro Vita Sua”. Historia de mis Ideas Religiosas. Trad. por D. Ruiz Bueno. (BAC Normal 394). Ed. Católica. Madrid 1977, XXIII – 275 pp.
- Conferencias. Traducción del inglés por M. L. M. (Imp. “El Magal!anes)). Punta Arenas 1922, 188 pp.
- La creencia en un Dios. Traducción del capítulo V de la I parte de Grammar of Assente, por M. M. Bergadá. Nota de I. Quiles: Ciencia y Fe 6 (1945) 58- 77.
- Antología. Selección de sus principales obras en prosa. Trad. de J. L. Izquierdo Hernández. Ed. Difusión. Buenos Aires 1946, 336 pp. (La antología va precedida de: una corta biografía de Newman, escrita por' Guillermo Furlong).
- Naturaleza y fin de la educación universitaria. Primera parte de "Idea de una Universidad" Trad. J. Mediavilla. Ed. Epesa. Madrid 1946, 334 pp.
Calixta, relato de la tercera centuria. Trad. de J. C. Alemán. Ed. Difusión. Buenos Aires 1948,256 pp.
Meditaciones sobre las letanías de la Santísima Virgen para el mes de Mayo (Col. Vida espiritual 24). Ed. Balmes. Barcelona 1952, XI-66 pp.
El sueño de un Anciano. Trad., nota biográfica y glosa de A. Vázquez de Prada. (Col. Biblioteca del pensamiento 25). Ed. Rialp. Madrid 1954, 172 pp.
Otra versión: El sueño de Geroncío. Trad. de C. A. Sáenz. Club de Lectores. Buenos Aires 1965, 74 pp.
Sermones católicos. Trad. R. Porras García y C. González de la Riva. (Col. Neblí 22). Ed. Rialp. Madrid 1959, 192pp.
El cardenal Newman en sus escritos. Trad. italiana de la Antología, W. S. Lilly. (Col. Paulus). Ed. Paulinas. Madrid 1960, 3 12 pp.
El asentimiento religioso. Ensayo sobre los motivos racionales de la fe. Trad. de José Vives. (Col. Teología y Filosofía 40). Ed. Herder. Barcelona 1960, 421 pp.
Escritos autobiográficos. Notas de S. Martín-Gamero y prólogo de Federico Sopeña. (Col. El futuro de la verdad S). Ed. Taurus. Madrid 1963, 252 pp.
Pensamientos sobre la Iglesia. Textos presentados por O. Karrer. Trad. de Sebastián Fuster. (Col. Ecclesia 8). Ed. Estrella. Barcelona 1964, 405 pp.
- Discursos sobre la le. Intr., trad. y notas de José. Morales. (Col. Neblí 49). Ed. Rialp. Madrid 1981, 370 pp.
- El Misterio de la Iglesia. Editado por M. K. Strolz y colaboradores del Centro de Amigos de Newman. Roma 1981, IX- 209 p.p._
- Rosa mística. Trad. de Manuel Morera. (Col. Cuadernos Palabra 81). Ed. Palabra. Madrid 1983, 144 pp. Segunda edición 1987.
- La civiliación de los monasterios medievales. Trad. Victoria Bastos. Ed. Encuentro 1988, 288 pp.
- "Si me mirara en el espejo y no viera mi rostro... '. Apuntes textuales de John Henry Newman para trazar su autorretrato, por J. I. Montobbio Jover: El Ciervo 39/473-474 (1990) 10-11.
II. E S T U DIO S
A. Estudios Generales
Esta sección la forman toda una serie de referencias generales aparecidas en Diccionarios y Revistas que han ofrecido los rasgos biográficos e intelectuales de Newman. No faltan tampoco las crónicas y discursos con ocasión de los Congresos de Estudios Newmanianos. Quedan también incluidas en esta sección las obras que marcan las características geográficas, históricas, políticas, sociales, culturales y religiosas de la sociedad británica e irlandesa en el tiempo que Newman desarrolló su actividad.
1. AUBERT, Roger, Renacimiento de una iglesia: Gran Bretaña, en Nueva historia de la Iglesia. Tomo V. la Iglesia en el mundo moderno. (1848 al Vaticano II. Ed. Cristiandad. Madrid 197'7, 207-230
2. BIFFI, Giacomo, John Henry Newman. Inactualidad" de un gran converso: 30 Días 4, n 8. (1990) 68-69.
3. BOlX. Aureli, Maestro de la fe y guía espiritual. Centenario del cardenal Newman: Vida Nueva 1744(1990) 23-31 (1359-1367).
4. ID, La búsqueda de la verdad. Un profeta moderno, En el centenario de John Newman (1801-1890): E! Ciervo 39/473- 474 (1990) 6-9.
5. BOYCE. Philip, Congreso en honor del cardenal Newman: Revista de Espiritualidad 34 (1975) 261-264.
6. BRISTOW, Peter, Newman, John Henry: Gran Enciclopedia Rialp XVI, 1979,781-783.
7. BYRNE, Andrew, La vida de Newman. dedicada a buscar la verdad: Palabra 303 (1990) 40-41.
8. C A R D I N A L E , G i a n n i , Centenario del cardenal John henry Newman: 30 Días 4, n. 4 (1990) 66-67.
9. CARDUFF, Juan, Bibliografía sobre Newman: Estudios (Buenos Aires) 74 (1945) 169
-10. CONGRESO de Newman. B e a u m o n t . I n g l a t e r r a : Pensamiento 2 (1946) 124.
11. CORISH, Patrick J., Gran Bretaña e Irlanda (1830-1848), y El auge del catolicismo en el mundo anglosajón. Gran Bretaña e Irlanda (después de 1848), en JEDIN, Hubert,Manual de historia de la Iglesia. VII. (Col. Historia 152). Ed. Herder. Barcelona 1978, 540- 549, y 718-730, respectivamente.
12. COVALEDA, Antonio, ¡Dios y yo! Newman en su soledad y penitencia: El Español 151 (1945) 16.
13. EL CENTENARIO de Newman: Pastoral Ecuménica 7 (1990) 145-152.
14. GUTIÉRREZ DURÁN, A., Teólogo y periodista (Newman): El Español 151 (1945) 16.
15. GUlTTON, Jean, John Henry Newman. Un anti - Lutero para el siglo XXI: 30 Días 4. n. 6 (1990) 66-69.
16. J U A N P A B L O I I , Inquebrantable amor de Newman a la Iglesia: Ecclesia 50/n. 2.485 (1990) 28-29 (1O92-1093).
17. JUAN PABLO II, El cardeNal Newman, ardiente discípulo de la verdad: Ecclesia 50, n. 2.486(1990) 22-23/1126-1127.
18. LA CAUSA de beatificación del cardenal Newman: Orbis Catholicus I (1960) 269-270.
19. LA NUEVA edición de Ias Obras de Newman: Orbis Catholicus I (1960) 271-274.
20. LORITZ, Joseph, Historia de la Iglesia en la perspectiva de la historia del pensamiento. II. Edad moderna y contemporánea. Ed. Cristiandad. Madrid 1982,474-477.
21. MONGE, Fernando, Newman: Rasgos biográficos e intelectuales: Palabra 303 (1990) 38-39.
22. MAS CASSANELLES, Ramón, El mes de Newman: Laus 246 (1988) 5-8.
23. ÍD EI santuario del Hogar: Laus 127 (1988) 13-19.
24. ÍD Las raíces en el muro: Laus 250 (1988) 15 – 19.
25. MORALES, José, El centenario de John H. Newman. Pulso y perfil de una cultura: Nuestro Tiempo 51, n. 300 (1979) 99-106.
26. ID., Los pasos católicos iniciales de John Newman: Nuestro Tiempo 6 (1986) 108-119.
27. El cardenal Newman, cien años de actualidad: Palabra 303 (1990) 37-39.
28. NEDONCELLE, Mauricio, La actualidad de Newman. en Ensayos sobre la libertad religiosa. Ed. Estrella. Barcelona 1967.
29. NEWMAN, John Henry, en B i o g r a f í a E c l e s i á s t i c a Completa. Imp. de Alejandro Gómez Fuentenebro. Madrid 1982, Tomo XIV, pp. 1193-1204.
30. NEWMAN, Juan Enrique, en En c i c l o p e d i a Un i v e r s a l Ilustrada Europeo-Americana (Espasa), Tomo XX.XVlIl, 462- 465.
31. NEWMAN, Juan Enrique, en Enciclopedia de la Religión Católica. Ed. Dalmau y Jover. Barcelona 1953, tomo V, pp. 797- 798
32. PORTERO, Florentino John Henry Newman: Diario ABC Literario, 9 junio 1990, p. XVI.
33. RICCl, Tummaso, Y la conciencia ya no fue Tabú. John Henry Newman: 30 Días 4/7 (1990) 56-59.
34. RUBIO, David, Newman: Religión y Cultura 26 (1934) 269-279.
35. SÁNCHEZ MARÍN, Faustino, Newman con el orbe en primavera: El Español 151 (1945) 16.
B. Estudios Biográficos
Es necesario avisar al lector que la mayor parte de las biografías de Newman se extienden también a diversos aspectos de su pensamiento. Pueden considerarse estrictamente biográficos los siguientes estudios.
1. ACEBAL. MONTES, Miguel Ángel, La conversión del c a r d e n a l N e w m a n : Augustinus 32 (1987) 433-453.
2. LÓPEZ PADILLA, Carlos, LA conversión de Newman: Estudios (Buenos Aires) 1945) 118-150
3. MACGREGOR, Felipe. E., /.U experiencia religiosa/ en J. E. Newman: Ciencia y fe 6 (1945) 27-50.
4. MAS CAS SANELLES , Ramón, El trabajo del tiempo en la vocación de Newman: Laus 191(1 982) 7-9.
5. ID., Dios, amigo del corazón humano: Laus 196 (1982) 10-12.
6. ID., El camino de Newman: Laus 214 (1984) 105-109.
7. ID., Newman y su encuentro con San Felipe: Laus 21S (1984) 130-132.
8. ID., La vocación Oratoriana de Newman: Laus 215 (1984) 133-139.
9. ID., Conocer a Newman: Laus 246 (1988) 10-17.
10. ID., Los quince años: Laus 248 (1988) 13-19.
11. ID., El surco del pensamiento: Laus 25\(\988) 13-18.
12. lD., Un paso hacia la vida. Newman y Faber: Laus 252 (1988) 15-19.
13. ID., Newman. El gozo compartido: Laus 254 (1989) 13-19.
14. ID., Newman El combate de Jacob: Laus 255 (1989) 12-17.
15. ID., Newman. La voz profunda: Laus 256 (1989) 11-18.
16. MORALES, José. John Henry Newman: el camino hacia la fe católica. 1826 – 1845. (Col. Temas de nuestro tiempo 46). EUNSA. Pamplona 1978, 192 pp.
17. MORALES, José. Veinte años decisivos en la vida de John Henry Newman. 1826-1845: Scripta Theologica 10 (1978) 123-221.
18. MURPHY, Martín G., Blanco White y John Henry Newman: Un encuentro decisivo: Boletín de la Real Academia de la Historia 63/228 (1983) 77- 113.
19. NEDONCELLEM, Maurice, Las diversidades de Newman: Orbis Catholicus 3 (1960) 193-216.
20. ORTUZAR, Martín, Newman visto desde 1946: Estudios 4 (1946) 8-35.
21. PEÑALVER SIMÓN P., Forjadores del mundo contemporáneo. I. Barcelona 1967 (4ª ed.), 621-633.
22. REGINA. Giuseppe, El cardenal Newman en sus escritos. (Col. Paulus). Ed. Paulinas. Madrid 1960, 312 pp.
23. RODRÍGUEZ FERNÁNDEZ. José Ramón, Formación clásica de John Henry Newman: Aula Abierta 41 - 42 (1984) 121 -132.
24. SANTAMARÍA, Darío A.,Newman, anglicano y católico: Unidad Cristiana 23 (1973) 132-147.
25. TREVOL, Meriol, John H.Newman: Crónica de un amor a la verdad. Trad. Aureli Boix. (Col. El rostro de los santos 8) Ed. Síguem. Salamanca 1989, 287 pp.
26. VIDAL MANZANARES, César, Trayectoria vital de Newman: Pastoral Ecuménico 7 (1990) 153-166.
C. EL Movimiento de Oxford
La importancia del Movimiento de Oxford en la evolución del pensamiento de Newman es de primera magnitud. Durante este período de tiempo, Newman establece unos principios de alcance indefinido y progresivo sobre cuestiones teológicas y religiosas, que irá clarificando en conferencias y escritos.
1. MARTINEZ RAMOS, Pedro, El Movimiento de Oxford y su centenario: Religión y Cultura 23 (1933) 5-32; 193-219; 24 (1933) 79-108.
2. MÁS CAS SANE L L E SRamón, Newman. Origen del Movimiento de Oxford: Laus 257 (1989) 14-19.
3. ID., Rasgos del Movimiento de Oxford: Laus 259 (1989) 13-19.
4. MORALES, José, J. H. Newman y el movimiento de Oxford: Scripta Theologica 8 (1976) 713-739; 11 (1979) 1113-1136; 15 (1983) 241-253.
5. MORALES, José, La prehistoria del movimiento de Oxford:Theologica 17 (1982) 105 -141
6. ID., Semblanza religiosa y significado teológico del Movimiento de Oxford: Theologica 20 (1985) 147 –186. Reeditado en: ScriptaTheologica 18 (1986) 459 -518
7. MORENO, Fernando María, El Movimiento religioso deOxford, 1833-1933: Razón y Fe 101 (1933) 289-307.
D. Estudios Teológicos
He considerado oportuno el subseccionar este apartado y agrupar los estudios de índole teológica centrados sobre la «Apología », la eclesiología, los laicos, la rnariología, Newman y san Agustín y sobre la conciencia. Abre esta sección aquellos trabajos que ayudan a introducir al lector en el pensamiento teológico de Newman y que tratan sobre la religión, el mundo, los dogmas, la santidad, la justificación, el concepto de teología y la presencia de Newman en el Vaticano II.
- ILLANES, José Luís, El cristianismo en el mundo. (Análisis el vocabulario en los sermones de John Henry Newman): Scripta Theologica 19 (1987) 563-595.
- LANGA, Pedro, El Vaticano II. Concilio del Cardenal Newman: Revista Agustiniana 31 (1990) 781-8 19.
- MORALES, José, El concepto de teología en John Henry Newman: Scripta Theologica 1(1969) 315-375.
- lD., Religión, hombre, historia. Estudios Newmanianos. (Col. Te o l ó g i c a 6 2 ) . EUNSA. Pamplona 1990, 302 pp.
- ID.. La justificación en el pensamiento de John H. Newman: Revista Agustiniana 31 (1990) 867-888.
- O'CONNELL, Marvin R., Newman: el hombre espiritual y s u m e n s a j e t e o l ó g i c o : Cornmunio. Revista Católica International 9 (1987) 536-548.
- RAHNER, K.- LEHEMANN, K, Teorías e intentos de explicación de la evolución de los dogmas, en Mysterium Salutis. Vol. I / II. Ed. Cristiandad. Madrid 1969, 827-843: 836-838.
1. Sobre la Apología
- ACHAVAL, H. M. de, La "Apología" de Newman. (Cienaños después, 1864-1964): Stromata 21 (1 965) 449-482.
- DELGADO VARELA, José maría, La ''Apología'' pro vita sua" de Newman: Estudios 57 (1962) 331-334.
- H I P O L A , F e r n a n d o , Dimensión ética de la ''Apología pro vita sua" del cardenal Newman: Anales del Seminariode Valencia 2 / 4 (1962) 107-128.
- HOLLIS, Christopher. La“Apología”: Una autobiografía espiritual: El Ciervo 39 / 473-474 (1990) 16.18.
- VIVES, Josep, La sombra nos hace ver la luz. Analogía de la fe y racionalidad del pensamiento de J.H Newman: El Ciervo 39 / 473 – 474 (1990) 12-15.
2. Sobre la Iglesia
- ANTÓN, Ángel, J. H. Newman (1801-1890), en El Misterio de la Iglesia. Evolución histórica delas ideas eclesioIógica. II (BAC maior 30). Ed. Católica. Madrid 1987, 270-286.
- BOUYER, Louis, La eclesiología de Newman, en La Iglesia de Dios. Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu. Trad., revisión de notas y redacción de índices por J: de Abarzuza. Ed. Studium. Madrid 1973, 135-150.
- CONGAR, Yves, Newman, en Eclesiología. Desde san Agustín hasta nuestros días. (Col.Historia de los dogmas Ill). Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid 1976. 272-273.
- MAS CAS SANELLES , Ramón, El "desarrollo" legítimo en la Iglesia: Laus 214 (1984) 11O-112.
- TOLHURST, .James F., La Iglesia como comunidad en los Sermones Anglicanos de John Henry Newman: Diálogo Ecuménico 17 (1982) 187-218.
. RODRÍGUEZ FERNÁNDEZ, José Ramón. Concepto de infalibilidad en John Henry Newman: Studium Ovetense 9 (1981) 85- 100.
3. Newman y San Agustín
- CAPANAGA. Victorino. El sentimiento de la providencia en San Agustín y el cardenal, Newman: Agustines 30 (1985) 225 - 255)
- LANGA, Pedro, John Henry Newman o el “Agustines Redivivus”: Religión y Cultura 25 (1979) 529-566.
- PRZYWARA, Erich, San Agustín y Newman, en San Agustín. Trayectoria de su genio. Contextura de su espíritu, Ed. Revista de Occidente. Buenos Aires 1949, 58-63.
4. Sobre los laicos
- DESSAIN, Charles Stephen, Newman y el Iaicado: Orbis Catholicus 1 (1960) 256-268.
- MÁS CASSANELLERS, Ramón, La fe y el laicado: Laus 193 (1982) 10-19.
- WALGRAVE, J . H. , L a consulta a los fieles en materia de fe según Newman: Concilium 21/n. 200 (1985) 33-42.
5. Sobre María
- ALONSO. Joaquín María, La mar iología de l cardenal Newman y la evolución de su pensamiento: Ephemenides Mariologicae 27 (1977) 81-84.
- MAS CAS SANELLES . Ramón, Newman y la Virgen María: Laus 253 (1988) 10-17.
- MORALES, José, La mariología de John H Newman: Scripta de María 3 (1980) 493-524.
6. Sobre la conciencia
- MÁS CAS SANELLES , Ramón, La fe formal: Laus 196 (1982) 5-8.
- ID., La fe y la Conciencia en Newman: Laus 196 (1982) 13-18.
- ID. , La conc i enc ia en Newman: Laus 241 (1987) 13-19
- MORALES, José, Una visión cristiana de la conciencia, Persona y Derecho. Revista de F u n d ame n t a c i ó n d e l a s Instituciones Jurídicas 5 (1978) 539-590.
III. ESTUDIOS FILOSÓFICOS
A. ALVAREZ DE LINERA, Antonio, El cardenal Newman. Un caso de filósofo homeópata: Revista de Filosofía 4 (1967) 467-493
B. El problema de la certeza de Newman (Instituto «Luís Vives» de Filosofía). Ed. CSIC. Madrid 1946, 240 pp.
C. DESSAIN, Charles Stephen, Teoría y práctica del conocimiento en Newman: Orbis Catholicus 1 (1960) 232-255.
D. ESTELA, Juan, Newman y Balmes: Estudios (Buenos Aires) 74 (1945) 15 l- 161.
E. FERRATER MORA, José, Newman, John Henry, en Diccionario de Filosofía. Alianza Editorial. Madrid 1986 (5ª reimpresión), tomo III, pp. 2346 - 2348
F. HlPOLA, Fernando. Una ética del conocimiento en “Alcance y Naturaleza de la Educación Universitaria" del cardenal N e w m a n : A n a l e s d e l Seminario de Valencia 3 / n. 5 (1963) 17-43.
G. MONZON ARAZO, August, Newman y el personalismo. Revista Agustiniana 31 (1990) 889-903.
H. QUEREJAZU, Al fonso,Newma n , f i l ó s o f o , e n Homenaje a Zubiri. Ed.Moneda y Crédito. Madrid 1970, II, 513-535.
I. VIZMANOS. Francisco de, Newman. Su estela a lo largo de una centuria: Pensamiento 1 (1945) 405-412.
J. WALGRAVE. J. H., De Newman a Ortega y Gaset: Revista de Occidente 32 (1965) 133-156.
K. ZARAGÜETA, Juan, Balmes y Newman, desdé el punto de vista de su criteriología: Revista de Filosofía 7 (1948) 798-820.
IV. LA UNIVERSIDAD CATÓLICA DE IRLANDA y EL PROYECTO EDUCATIVO
A. INDURÁIN. F., Un estudio del cardenal Newman: Revista de Ideas Estéticas 5 (1947) 212-217.
B. RODRIGUEZ FERNÁNDEZ, José Ramón, Newman y la Universidad Católica de Irlanda: Studium Ovetense 13 (1985) 99 - 127
C. ZURETTI, Juan Carlos, Newman y la educación: Ciencia y Feb (1945) 51-57. D. ID., La pedagogía universitaria de Newman: Estudios (Buenos Aires) 74 (1945) 51- 57.
¿Por qué John Henry Newman se hizo del Oratorio de san Felipe Neri?
- Detalles
- Escrito por OSFN
- Categoría: San John Henry Newman
DISCERNIENDO EL ORATORIO: JOHN HENRY NEWMAN Y SU BUSQUEDA DE LA RELIGIÓN MAS APROPIADA
P. Anthony D. Andreassi, C.O.
Traducción: P. José Victoriano Paz C.O
COMUNIDAD
I. Introducción
Estoy seguro que mientras las mujeres y los hombres que se reunieron aquí para esta Conferencia están muy concientes de que John Henry Newman fue el fundador del Oratorio de Birmingham, una audiencia más amplia que a pesar de estar familiarizada con el cuerpo de escritos de Newman, no podrá comprender bien (o incluso no saber nada) el significado de su vocación al Oratorio. Y esto si que es inquietante. Por que estoy convencido de que la decisión de Newman de adoptar el Oratorio como modelo de vida sacerdotal, da una gran visión de su historia personal y puede incluso arrojar más luces sobre sus escritos teológicos. Como su teología, Newman busca una comunidad religiosa para él y sus hermanos y esto llega como un resultado de una cuidadosa deliberación. De acuerdo con Plácido de Murria, quien editó una colección de sus documentos inéditos relacionados con su vida interna en el oratorio de Birmingham: “todo el proceso de elección de vocación fue hecho, apoyado en la teoría de decisiones” e incluso, Wilfrid Ward, primer biógrafo de Newman, describió sus deliberaciones sobre esta cuestión como “incansablemente quisquillosas” en sopesar en los pros y los contras. A diferencia de Antony del Desierto, Newman no oyó un pasaje del Evangelio proclamado de la liturgia de ese momento para llegar a conocer la voluntad de Dios para él. Ni el discernimiento de su vocación fue como Francisco de Asís, que escuchó hablar de la Cruz de Cristo y, a continuación, sabía claramente lo que el Señor quería de él. No, la decisión de Newman de adoptar el modelo del Oratorio llegó como resultado de un cuidadoso análisis, deliberación, consulta, conversación y por supuesto, oración. Para aquellos que han estudiado la obra y la vida del cardenal Newman, esto no es ninguna sorpresa. Sin embargo, lo que es importante tener en cuenta es que el modelo de Newman o proceso de discernimiento de la vocación, normalmente no se tiene como una forma recomendada; es decir, llegar a conocer la voluntad de Dios mediante el uso de las facultades humanas y no solamente recurrir a la oración o esperar algún tipo de intervención divina. En otras palabras, Newman consideró que la cabeza juega tanto como el corazón en el discernimiento del llamado en la vida de una persona. Pero esto tiene mucho sentido para aquellos que conocen bien el pensamiento de Newman ya que el cardenal cree firmemente que las facultades humanas, (es decir, razón y deliberación) son críticamente importantes para que el ser humano pueda conocer la voluntad de Dios. Durante un periodo de tiempo relativamente corto (alrededor de dieciocho meses) entre una recepción en la Iglesia Católica y su ordenación sacerdotal, Newman vio el Oratorio como el mejor lugar para él y sus seguidores (alrededor de una docena) para vivir sus vocaciones. Llegó a esta conclusión en gran medida por que la vida de Oratorio parecía ser tan buena como la vida comunitaria que habían observado como anglicanos en Littlemore. Es importante tener en cuenta que la decisión de Newman de fundar un oratorio no fue debido a una “atracción emocional” hacia Felipe, como en el caso de muchos otros que se han sentido atraídos hacia diversas comunidades religiosas debido a sus fundadores (aunque con el tiempo Newman le llegó a tener un gran amor y devoción a Felipe). La decisión de Newman de establecer un Oratorio en Inglaterra llegó como resultado de la motivación de que la vida en comunidad se ajustaba a las necesidades y a los planes de su grupo de seguidores (y en muchos sentidos les permitiría seguir en la vida que tenían antes de su conversión). Conviene precisar el sentido de comunidad religiosa en sentido canónico.
II. Comienza el Proceso de Discernimiento
Newman empezó considerando cómo él y sus hermanos deben ir sobre llevando sus vidas después de la ordenación (es decir, congregarse para unirse o quizás incluso iniciar una nueva vida) mientras vivían en Maryvale (antiguo Oscott). A comienzos de 1846, el entonces obispo Nicholas Wiseman (obispo del Distrito Central y Presidente del Oscott Collage) permitió a Newman y sus amigos utilizar este sitio (que había sido el seminario para los Midlans), hasta que el “nuevo Oscott” fue construido en 1838, poco después de sus conversiones individuales (que fueron relativamente cerca la una de la otra). “Fue en el marco bucólico de Maryvale que empezaron a discernir en que tipo de trabajo el grupo podría participar en la predicación, enseñanza, escritura; después de una amplia consulta con Wiseman, quien fue considerado el gran protector de Oxford se unió a ellos pronto. A Wiseman lo quiso Newman para establecer una especie de centro teológico, como había sido Littlemore (quizá incluso para ser considerado como un seminario) a fin de combatir la creciente “infidelidad” que venía de Alemania, posicionando un grupo de hombres que podrían misionar alrededor de Inglaterra. Fue con esto en mente que el grupo comenzó a buscar como ejercitar un ministerio más eficaz y Newman fue considerado en su propio Instituto para dar formación y apoyo a sus hombres. (Newman había incluso proyectado llamar a esta comunidad “Congregación de la Santísima Trinidad”) claro, esto fue apenas un proyecto preliminar. “Sin embargo, fue aquí en donde Newman comenzó a darse cuenta de que entrar en una de las ordenes religiosas tradicionales podría ser muy difícil para alguien de su edad, entrenamiento y por el estilo de vida a la que él se había acostumbrado. Mientras que en Maryvale (y su asociación cercana a Oscott), a menudo fue tratado como uno de los jóvenes seminaristas o, más aun joven de la escuela regular, con una experiencia difícil y casi humillante. Es importante tener en cuenta que Newman nunca consideró seriamente la posibilidad de vida como sacerdote secular, como se vivía en ese momento. Él y sus hermanos querían un estilo de vida y reglas, que les pudiera tener juntos. Es evidente que ninguno de ellos haya sido sacerdote de parroquias de alguna ciudad del país. Por lo tanto parece natural para Newman y sus amigos mirar uno de los modelos existentes de vida clerical comunitaria. Después de su conversión y su decisión de solicitar la ordenación, Newman se dio cuenta de que estaba en una posición difícil. Porque ya estando en la mitad de sus cuarenta, era muy difícil para él entrar al noviciado de alguna de las órdenes religiosas establecidas (su breve experiencia en Oscott le dio la idea acerca de esto), pero esto era algo que Newman llegó a comprender y aceptar sólo con el tiempo. Desde el principio en su discernimiento todas las opciones (Jesuitas, Dominicos, Redentoristas) parecían posibles en diferentes grados. De hecho fue hasta 1846, cuando se encontraba ya en Roma haciendo su preparación sacerdotal, le admitió en una carta a John Bernard Dalgairns, que estudiaba teología en Paris y muy entusiasmado con los dominicos; que él necesita un modelo de sacerdocio que le permitiría “la continuación de su propia formación” creo que esto fue una señal muy significativa del proceso de discernimiento en el corazón de Newman. Newman aceptó su pasado, quién era y el tipo de vida al que él había estado acostumbrado. Para utilizar una imagen muy contemporánea, Newman definitivamente no estaba buscando reinventarse a sí mismo. Reconoció su avanzada edad para llegar a la vida religiosa (incluso en comparación con Ignacio y Agustín) y lo difícil que sería para él, cambiar radicalmente sus caminos. También reconoció que ya había comenzado un trabajo mucho antes en vida como anglicano. Así desde Febrero hasta Agosto de 1846, Newman, San Juan y los demás vivieron una vida común en Maryvale, mientras que Newman comenzó a pensar ya acerca de qué orden podría suplir las necesidades de él y sus amigos. Además, durante este tiempo, el pequeño grupo participó en una limitada forma en la vida del cercano seminario de Oscott y varios de ellos, incluyendo a Newman, fueron ordenados en las órdenes de menores (pero sin incluir sub-diaconado). Sin embargo, Wiseman aclaró que su pensar fue que Newman fuera a Roma para concluir la preparación formal para el sacerdocio y se establecieron planes para esto.
III. Un Soggiorno Romano
En algún momento durante su tiempo en Maryvale, se decidió que no todos, sólo Newman y San Juan, deberían ir a Roma a comenzar su preparación formal para el sacerdocio. Salieron de Inglaterra el 1 de Septiembre de 1846 y después de las visitas a París y Milán, llegaron a Roma, el 28 de Octubre de 1846; inmediatamente fueron tratados con gran cortesía y generosa hospitalidad, incluso fueron recibidos por el Papa Pio IX quien acababa de ser colocado en el solio de Pedro cuatro meses antes. Después de una breve estancia en un hotel, Newman y San Juan recibieron sus habitaciones en Propaganda. Los Jesuitas encargados, proporcionaron la debida atención a los dos nuevos estudiantes ingleses (y conversos recientes), dos habitaciones, una recepción común, cada uno tenía estufa y sus cuartos fueron decorados con papel de colgadura de color. Les permitieron incluso la mantequilla para el desayuno, así como el té de la tarde. En una carta a un amigo de Inglaterra, Newman escribió sobre la hospitalidad de los Jesuitas y dijo que él y San Juan eran “tratados como príncipes”. De varias formas los Jesuitas les ofrecieron privilegios a Newman y San Juan. Al tiempo que estaba muy contento con las comodidades. Newman estaba algo frustrado con las clases en el Colegio Romano (lo que hoy es conocido como la Universidad Gregoriana). Aunque Newman y San Juan no estaban obligados a asistir a las clases como pre-requisito para recibir apoyo de Propaganda, ambos lo hicieron por un poco tiempo. En una carta escrita pocos meses después de su breve experiencia en la sala de conferencias, Newman elogió los maestros Jesuitas como “hombres muy competentes en sus asignaturas”. Sin embargo, frente al plan de estudios que duraba más de cuatro años, Newman se quejó de la tediosa lentitud de los profesores, siendo conscientes que la mayor parte de los estudiantes eran muy jóvenes (la mayoría adolescentes) y requerían tal proceso. Es interesante anotar lo diferente de la experiencia de Newman y San Juan en términos de comodidades frente al seminarista extranjero en Roma, que tenía una etapa mucho más difícil durante sus estudios previos a su ordenación. De hecho, dadas las circunstancias en la ciudad eterna, especialmente para los seminaristas, sobrevivir para la ordenación (físicamente no vocacionalmente) no estaba determinado. En una ciudad conocida por sus instalaciones pobres en drenaje de alcantarillado, la enfermedad durante la formación sacerdotal era común, si no mortal, especialmente de acuerdo con la escasa y extraña dieta con que estaban para sobrevivir. Sabiendo de la cantidad de cosas en contra de los jóvenes clérigos procedentes del extranjero, los obispos enviaban un número de jóvenes superior al que esperaban que regresara (vivos) a fin de garantizar que al menos un par de sacerdotes vivos regresaran del proceso. Durante el corto tiempo que Newman estuvo allí, el obispo de Nueva York envió ocho seminaristas a Roma y finalmente sólo dos regresaron. Los otros seis jóvenes robustos a su llegada, alcanzaron el cielo antes de que los Santos Oleos llegaran a sus manos. Estas pinceladas con la muerte tenían un efecto sobre el proceso de discernimiento de Newman, varias de sus cartas narran las terribles condiciones en Roma y aunque él no lo decía tan explícitamente, seguramente buscando la protección de sí mismo y la de sus amigos durante ese tiempo de formación. Convertirse en un clérigo romano no era nada fácil. De hecho, no pocos perdieron la vida en el proceso de intentarlo, y Newman estaba decidido a encontrar un camino y llegar a una conclusión satisfactoria. Dado el hecho de que el oratorio proporcionaba una gran cantidad de energía y la libre determinación en las manos de los miembros de la comunidad, no es sorprendente que Newman encontrara este hecho como muy genial y atractivo, especialmente estando en aras de proteger la vida de San Juan y la de sí mismo, mientras se encontraban en Roma. ¿Quién desearía una determinación tacaña en el suministro de alimentos por parte de los antiguos señores ingleses, especialmente si su salud era delicada? (Y sabemos que Newman se quejó a menudo de su mala salud durante mucho tiempo de su vida). Una vez más, como se verá, el oratorio como “sacado de la mano de Dios”, protege de los vaivenes de la vida romana a un seminarista. Es importante tener en cuenta que a finales de Noviembre de 1846, Newman no tenía fuerte inclinación hacia alguna orden en particular, en una carta a Dalgairns que fue anti-Jesuita, Newman lo reprendía a él diciéndole que no debía tener prejuicios contra ellos ya que él “nunca había estado en contacto con alguno de ellos”. También dijo que ellos debían dejarlos estar “abiertos a todo”, pese a que algunas veces Newman tuvo fuertes desacuerdos con algunos de los más conservadores teólogos Jesuitas de esos tiempos y finalmente decidió no tratar de buscar admisión en la compañía, el siempre mantuvo a los hijos de Loyola en alta estima, diciendo que “los Jesuitas son los hombres reales de Roma”. Él apreciaba su éxito en combinar “devoción con trabajo” y especialmente fue tocado por la espiritualidad personal de profesores Jesuitas que él llegó a conocer individualmente. Llamó al padre Repetti, su confesor, “uno de los hombres más sagrados, más prudentes que nunca había conocido” Sin embargo, a pesar de sus cálidos sentimientos hacia ellos, Newman y sus futuros seguidores no insistieron ante los Jesuitas; no por un rechazo a la espiritualidad de Ignacio, por cuanto, Newman en su estado anglicano había hablado muy positivamente de los ejercicios Ignacianos. Temía que su personalidad, su individualidad, sería abrumada por una comunidad mucho más grande. Escribió: “como Jesuita, por ejemplo, nadie sabría que estaba hablando en mis propias palabras”. Newman utiliza una analogía de vida para contrastar la vocación del orador y la del Jesuita. Vio a los Jesuitas como el falange griego y a los oratorianos como el legionario romano. En la falange los soldados se encontraban cerca uno del otro y no se esperaba que actuaran independientemente; sin embargo, el legionario romano, era diferente, conserva su independencia y tenía el espacio libre para sus movimientos. Para Newman, el espacio libre fue crucial. Necesitaba saber que era libre, que podía plantear sus opiniones sin ser censurado por un superior que podría temer que las palabras o pensamientos de Newman pudieran afectar negativamente a la comunidad. En varias ocasiones, Newman también veía que los Jesuitas parecían ser cortados todos de la misma tela, dando así un aura de rigidez uniforme. Newman probablemente veía algo aquí, mientras estuvo como superior general de los Jesuitas (1829-1854), John Philip Roothaan, se esforzó por moldear a los miembros de la comunidad recién restaurada basado en una formación espiritual y académica uniforme. Además, Roothaan detalló que numerosas posiciones teológicas y filosóficas de los Jesuitas tenían que celebrar en común. No habría ningún libre pensador o innovador en esta refundada Sociedad. Esta uniformidad inquebrantable no habría de ser para alguien como Newman, acostumbrado a hablar de lo que pensaba y enfrentando discusiones libres. El oratorio carece de una fuerte identidad corporativa (en el siglo XIX cada casa es completamente independiente de las otras), esto le llamó la atención a Newman sabiendo que como todo un oratoriano él seria más libre de hablar de lo que pensaba. Y si su palabra, lo ponía en conflicto con otros (lo que es más importante, las autoridades de la Iglesia), sería Newman, él, sólo él quién tendría para defenderse o sufrir las consecuencias. No habría un mayor grupo, tal como los Jesuitas, que tendrían que llevar la peor parte de una reacción negativa a sus palabras. Además de los Jesuitas, Newman también tuvo la idea de vincularse con los Dominicos. Mientras que los Jesuitas desempeñaban los cargos principales en Roma, de acuerdo con Newman, la estrella de los dominicos desaparecía de este lugar. Los dominicos en su concepto empezaron a ejercer influencia sólo hasta la segunda mitad del siglo XIX. Sin embargo, rápidamente rechazó la idea de entrar en la orden de predicadores, en gran medida, por motivos intelectuales. Newman consideró que los dominicos fueron demasiado destacados en el pasado, exigían una obediencia a un sistema de pensamiento basado en Santo Tomás que no podía tolerar ninguna discusión ni desarrollo. En una carta a Dalgairns, quién como dije, estaba dispuesto positivamente hacia ellos. Newman habló de “el espíritu conservador” de los dominicos y su legislación cercana a la teología y esto contrasta con el estilo de sus amigos y lo que él llamó “sencillo, familiar y no rígido”. Por último, Newman ocasionalmente tuvo la idea de los Redentoristas, pero rápidamente también desestimó esta posibilidad. Al tiempo que apreciaba el enfoque pastoral y moral ideado por el fundador de la Congregación, San Alfonso María de Liborio (1696 – 1787), también rechazaba la idea porque esta congregación estaba demasiado preocupada con la “práctica de la religión” y no hacía suficiente énfasis en la necesidad de que sus miembros participaran en aquello que se relacionaba con cuestiones teológicas. Finalmente rechazó su intención de vincularse con los Dominicos así como la de los Redentoristas que se basan en el mismo principio. Ambas fueron fundadas en determinados momentos para abordar las necesidades particulares de la Iglesia de la época, y Newman decidió que ellos no se habían adaptado suficientemente para responder eficazmente a un nuevo conjunto de preguntas en circunstancias diferentes. En un sentido, su fuerte tradición y la dedicación al espíritu de los fundadores los habían fosilizado. Esto podría ayudar a explicar una dura descripción de Newman de la orden Dominicana como una “Buena idea ahora extinta”. Aproximadamente al mismo tiempo Newman rechazó la idea de entrar en los Jesuitas y también dejó de lado la idea de fundar un seminario en Maryvale y formar sus hombres alrededor de este apostolado común. Después de la debacle de su sermón en el funeral en San Isidro en Roma en Diciembre de 1846, Newman Comenzó a darse cuenta de la dificultad de enseñar teología en el clima actual de la Iglesia. Su estilo de hacer teología era radicalmente diferente de la forma como lo hacían los teólogos romanos del momento. Newman vio la teología como una tarea en curso basada en una mentalidad abierta, libre de debates y al intercambio de ideas. Desafortunadamente, esto no era el estilo de Roma, y Newman, con razón, vio que estas dos formas de hacer teología fueron distintas y finalmente, dirigió un curso encaminado al encuentro con teólogos romanos y autoridades papales; si él tuviese que poner en práctica su estilo de teología en la enseñanza a los seminaristas. Con esto en mente, en febrero de 1847, Newman le escribió formalmente a Wiseman rechazando la idea de una escuela de teología en Maryvale como “impráctico” explicando que “es inexpedito” para una persona como yo, un converso y un escritor, más que un profesor de teología, “no puedo evitar pensar que las ideas de una persona, de una nueva escuela, como yo, no puedan ser aceptadas alguna vez por alguno de los profesores teólogos.” Además, la recepción negativa de muchos de sus ensayos sobre el desarrollo de la doctrina, también advirtió Newman Pregón Newmaniano 62 que estaba en contra del futuro de su vida centrada alrededor de un seminario o escuela de teología. Además de rechazar la idea de establecer algún tipo de seminario o escuela de teología de las comunidades religiosas antes mencionadas, Newman también consideró un par de otras órdenes, incluyendo los Benedictinos, pero les despidió incluso más rápidamente que a los Jesuitas, Dominicos y Redentoristas. (El espacio no me permite debatir esto en detalle y en realidad no hay mucho que hablar). Por lo tanto a comienzos de 1847, Newman y sus amigos básicamente había descartado todas las opciones viables en términos de la convivencia de una vida religiosa y fueron a la mesa de dibujo, pero luego vino una nueva idea o como veremos, una vieja idea fue reconsiderada.
IV. El Oratorio: Un “Dios Surgido de una Máquina”
En sus cartas a un joven católico: el arte de la consejería, George Weigel, incluye un capítulo sobre el oratorio de Birmingham. Después de una visita allí en el 2003 a ofrecer una conferencia con ocasión del 202 aniversario de nacimiento de Newman, Weigel ofrece algunas impresiones sobre la comunidad religiosa que había fundado Newman un siglo y medio antes. Los oratorianos le acogieron durante un par de días y Weigel obtuvo un vistazo de su mundo y cómo en muchos sentidos sus vidas parecen no haber cambiado en gran parte desde el momento de su fundación en el siglo XIX. En su descripción de lo vivido, Weigel menciona el roble Palanganero cerca de la cama en la habitación que le dieron a él, el moho corroído de la antigua residencia y la práctica de silencio que los padres todavía observan durante el desayuno. Mientras que estos detalles de la vida diaria no están en el centro de la vocación de orador, Weigel los identificó como una caracterización del Oratorio. En la descripción de la comunidad de sacerdotes y hermanos fundados por San Felipe Neri en 1575, creo que Weigel, con razón, lo llama “una de las estrafalarias curiosidades del mundo católico”. No pocos han sugerido que el hecho de que el Oratorio se fundara y haya durado más de cuatro siglos y medio se debe en gran parte a la persona de San Felipe Neri y a la devoción que la gente de Roma, tanto clerical como laica, le han tenido a él y a su memoria desde su santa muerte en 1595. Aunque su idea del origen y antecedentes no están en el corazón de la cuestión que se analiza hoy, sin embargo creo cabe mencionarla. La genialidad de Felipe que creó el modelo de vivir una vida sacerdotal que Newman encontró tan apropiada para sus necesidades y las de sus hermanos. Y con el tiempo Newman llegó a tener un gran amor y devoción a Felipe, aunque en muchos aspectos, los dos eran muy diferentes. Sin entrar en demasiados detalles sobre el origen y desarrollo de Oratorio en su momento, fue la apertura inherente, la humanidad y la flexibilidad de la comunidad fundada por Felipe que parecían ser tan atractivas a Newman. A diferencia de la compañía de Jesús, el mayor movimiento clerical de Contrarreforma que se fundó al mismo tiempo con el Oratorio y que era conocido por su sentido casi absoluto de la obediencia, especialmente en el sentido de la movilidad, los hombres del Oratorio, que se integran con la intención de vivir en un lugar (casi como monjes sin soledad) para el resto de sus vidas y el espíritu de familia que les mantiene juntos expresa amor fraterno o caridad. No hay vida religiosa formal con votos. Curiosamente, poco después de que Newman llegó por primera vez a Maryvale, Wiseman observó el Oratorio como el hogar más adecuado para él y sus seguidores, pero tomaría algún tiempo antes de que Newman llegara a esa conclusión por si mismo (Wiseman había llegado a conocer el Oratorio romano como rector del Colegio Inglés en Roma y menudo asistía al pequeño Oratorio). Ahora para aproximarse a los orígenes de Newman, vino a conocer de primera mano el Oratorio a finales de Diciembre, Newman y San Juan hicieron una visita al Oratorio romano en Chiesa Nuova. Fueron alojados por el Padre Agustín Theiner quien les enseñó los alrededores. Theiner, un alemán contemporáneo en edad con Newman, nacido y criado como católico en Breslau (ahora Wroclaw, Polonia) pero renunció a su fe siendo un hombre joven; algunos años más tarde en 1837 en una visita a Roma, su fe volvió a despertar y regresó a los sacramentos; dos años más tarde ingresó al Oratorio romano. Estando bien formado Theiner continuó los anales, iniciados por Baronio en el siglo XVI y también produjo otros escritos históricos mientras era sacerdote del Oratorio romano, y con esa experiencia se llevó bien con Newman; ese encuentro puede ser considerado casi providencial. En una carta a Dalgairns poco después de su visita, Newman habló entusiasmado del Oratorio y la forma de vida en comunidad que ofrecía; destacó la maravillosa belleza de la residencia y del templo así como el excelente estado de la biblioteca, Newman comentó que era el “College” (es decir, comunidad) “con pocas reglas”. Le gustó el hecho de que los hombres estaban autorizados a mantener sus propios bienes, lo que fue bastante atractivo para él, ya que “se renuncia a la codicia y se prueba la fe.” Dos semanas más tarde, Theiner le prestó a Newman una copia de las reglas del Oratorio para su consideración; Al mismo tiempo, él también recibió una copia de la regla de los Redentoristas. Así, mientras todos estos factores le producían una impresión positiva acerca del Oratorio, en él aún persistía la idea de otras congregaciones. Después de leer las constituciones del Oratorio, Newman parece casi convencido de las ventajas de esta forma de vida. De hecho, fue después de su Pregón Newmaniano 64 primera lectura de las reglas que Newman dijo que el Oratorio es una especie de “Dios surgido de la máquina” y descartó inmediatamente todas las otras posibilidades. Sin embargo, el oratorio no era perfecto; de acuerdo con la regla, un Oratorio debe ubicarse en un pueblo, que no era lo que Newman y sus amigos tenían en mente (recuerde la configuración de Littlemore y Maryvale), y en segundo lugar, la regla no permitía a los miembros realizar una escuela de teología o filosofía. Curiosamente, Newman estaba listo para la consideración de esos puntos y por consiguiente aceptar vivir según el Oratorio y comprender que la fundación de una escuela de teología resultaría demasiado riesgosa. Después de su lectura de las constituciones, Newman encuentra que en la vida cotidiana, los Oratorios son bastante razonables y festivos. Le gustó el hecho de que su fundación, los padres esperan participar en algún tipo de apostolado (por ejemplo, las visitas de hospital) y mencionó que él podría salir de sus libros para hacer este tipo de trabajo, recordando que en el Oratorio existe una tradición de trabajo intelectual (recordar los anales de Baronio) que debe ser considerada, sin embargo también consideró que algunas costumbres del Oratorio permitirían trabajar con Newman y sus hermanos. En los inicios del Oratorio, Felipe se reunía con los hermanos hasta tres horas diarias incluyendo discusión, un sermón y lectura espiritual. Newman no lo veía práctico para la vida moderna de Inglaterra. Prefería tener una reunión como ésta sólo los domingos y festivos y además prefería hacerla más intelectual en estilo y contenido. Él pensaba que si se establecía, al Comunidad podría comenzar en Birmingham (pero no construir una iglesia) con la idea de finalmente trasladarse a Londres. Maryvale podría mantenerse como un lugar donde los padres podrían veranear o también como un noviciado. En este momento, también llegó a aprender acerca del Oratorio francés con una visión diferente de Felipe que se había desarrollado desde los inicios del siglo XVII. Él se mostró interesado en el modelo del Oratorio francés en cuanto a la formación de comunidades base. En resumen, estaba muy entusiasmado con el Oratorio y dijo que “no podrían tener un plan más amplio o más elástico que el Oratorio”. Es interesante anotar que Newman se sintió más atraído por la “idea” del Oratorio que por la vida del Oratorio, ya que en realidad vivió la casa romana que era la única que había visitado. Pero dada la flexibilidad del Oratorio, creía que esta forma de vida sería más agradable a él y sus amigos. Sin embargo, hubo un obstáculo más en el cuidadoso estudio de las reglas. Newman descubrió que “el Papa había prohibido todas las alteraciones que pudieran irritar a San Felipe, y la apropiación del nombre de San Felipe para hacer tales alteraciones” Esto parecía muy problemático ya que muchos de los detalles de la vida cotidiana del Oratorio parecían inadecuadas para lo que Newman tenía en mente (múltiples sermones diarios, disciplina, la peregrinación a iglesias); Pero San Juan podría salvar el día. Newman le pidió a su amigo sondeara cuidadosamente a Theiner acerca de esto. ¿Era realmente inmutable la regla? San Juan regresó de su misión con buenas noticias. Según interpretación de Theiner, el cambio era posible y que como el Oratorio fue introducido en otras naciones, hubo alteraciones para adaptarse a la situación local. El 17 de enero de 1847, Newman le escribió a Wiseman diciéndole que “Volvieron a la idea original de su señoría” y que les gustaría formar un Oratorio. Las cosas comenzaron a moverse rápidamente. Le mencionó el plan a Monseñor Giovanni Brunelli, Secretario de Propaganda y a un amigo de Newman. Brunelli informó al Cardenal Fransoni, prefecto de propaganda, que parecía bien dispuesto y así Newman inmediatamente comenzó a trabajar. El 14 de febrero, Newman escribió una larga carta a Fransoni diciéndole de su deseo de establecer el Oratorio en Inglaterra. En esta carta también expresó el proceso de discernimiento y la exploración que había emprendido. Curiosamente él sólo mencionaba dos opciones (los jesuitas y el sacerdocio laico) y, a continuación, detalla brevemente por qué no le convencieron. También presentó sus planes para el Oratorio (si se aprobaba), mencionó que el campo era propicio para muchas conversiones (y al mencionar esto hizo todo tipo de comentarios muy duros contra la iglesia Anglicana) y como modificada la regla filipense (sermones, conferencias. oraciones públicas) podría emprender un buen trabajo. Newman señala lo útil que sería la modificación de la regla “desde los intereses y talentos de nuestros compañeros que son diferentes y el Oratorio permitiría la posibilidad de abarcar un campo más amplio de actividad pastoral” e incluso enumera los diversos talentos de los hombres en su comunidad (debate, predicación, canto, según el Catecismo de la juventud, la dirección espiritual y la confesión) y el Oratorio les permitiría poner estos carismas al servicio de la Iglesia. Es interesante observar que en esta carta al cardenal Prefecto, Newman presume que si se aprueba, el Oratorio se establecería en Birmingham. Según la interpretación de un estudioso, esta ubicación era sorpresiva. Newman señaló que Birmingham ya tenía una considerable población católica (gracias en gran parte a la reciente inmigración irlandesa) y una nueva comunidad de sacerdotes ayudaría al obispo local debido a la escasez de clero. Además de la presencia de numerosos “institutos de mecánica” había provocado un ambiente de falta de religión que el Oratorio proporcionaría con la oportunidad de hacer un verdadero trabajo misionero. Newman también mencionó (literalmente aclaratorio) que la regla de San Felipe, tendría que ser “adaptada en detalles, posiblemente, a las condiciones de Inglaterra” Pero después de la informa- Pregón Newmaniano 66 ción que recientemente San Juan había aprendido de Theiner, esto no parecía ser una preocupación urgente. Dos semanas después (aparentemente de cortesía) le escribió al Cardenal Charles Acton, auditor de la Cámara Apostólica y la persona de mayor rango inglés al servicio del Vaticano, para decirle de sus intenciones y que el Cardenal Fransoni Prefecto de Propaganda, estaba informado acerca de sus deseos y buena disposición ante esta idea. A finales de Marzo Newman recibió la aprobación de Wiseman de sus planes, y aproximadamente al mismo tiempo supo por Monseñor Brunelli que el Papa quería darle a Newman y sus hermanos un Oratorio en Malta, para su noviciado. Por varias razones Newman y los demás decidieron que este regalo presentaría más problemas que ventajas y diplomáticamente le pidió al Papa considerara otras alternativas. En esta solicitud le dijeron que tenían la voluntad de servir al Papa pero que le rogaban les permitiese hacer su noviciado juntos y no tener que separarse. A comienzos de mayo recibieron una respuesta favorable de Pío IX, y a todo el grupo les permitió pasar su noviciado en Roma, en el convento de Bernardine de la Santa Cruz de Jerusalén, Newman recibió aún mejores noticias cuando Wiseman le informó que le habían asegurado la propiedad de Birmingham para el Oratorio. A finales de junio, Newman y San Juan dejaron sus habitaciones en Propaganda y se trasladaron a Santa Cruz, donde se encontraron con cuatro de su grupo de Maryvale, Dalgairns llegó poco después de Francia. Una vez juntos, comenzaron su noviciado bajo la dirección del Padre Carlo Rossi, un miembro del Oratorio Romano, quien había sido nombrado por el Papa para esta tarea. Como Novicios fue más cómodo para Newman tomar unas vacaciones en Nápoles y así realizar visitas al centro de Roma en varias ocasiones. El noviciado solo duró cinco meses, durante el cual Newman también encontró tiempo para escribir “Pérdida y Ganancia”, su primera de dos novelas, y por supuesto estudiando la Regla de San Felipe y el aprendizaje de las costumbres del Oratorio. Newman y los demás abandonaron Roma para regresar a Inglaterra a principios de diciembre de 1847; poco antes que se fueran, el 26 de noviembre de 1847, Pío IX emitió su aprobación de establecer el Oratorio inglés. Además de sus otras actividades, Newman escribió cuatro documentos de reflexión sobre el Oratorio que en muchos sentidos le ayudó a confirmar su elección personal. Ya estaban escritos desde que decidió formar el Oratorio, discutirlos no sería adecuado aquí, pero proporcionan unas interesantes ideas de cómo Newman comenzó a tener una apreciación más profunda a medida que pasaba el tiempo. Conclusión de IV: La búsqueda de Newman para escoger el Oratorio como su vocación de vida, fue el resultado de mucha investiga- ción, estudio y cuidadosa deliberación. Newman fue muy conciente de su vida anterior y de los hábitos con que él había crecido y se había acostumbrado. No creía que su entrada a la Iglesia Católica y su posterior ordenación sacerdotal exigían repudiar o romper con su estilo de vida Anglicana. No, él vio en muchos aspectos la continuación de gran parte de su vida anterior y el Oratorio le pareció ser lo más adecuado para él y sus amigos a fin de continuar la vida intelectual de apostolado que habían comenzado en Littlemore. Para Newman fue una desición muy racional y razonable a la que llegó luego de mucha reflexión e investigación. Para Newman Dios hizo que conociera su voluntad mediante el uso de las facultades mentales humanas normales al igual que puede hacerlo a través de la oración y la reflexión espiritual. No estoy seguro si Newman lo hubiera expresado de esta manera o incluso estar de acuerdo con mi interpretación, sin embargo, creo que es evidente el apoyo de la lectura de su proceso de discernimiento. Y creo que este es otro regalo que Newman le ha dado a los cristianos: cómo discernir la voluntad de Dios en el interior de cada uno cuando se presentan grandes encrucijadas frente a las cuales hay que tomar decisiones.
Bibliografía
Pregón Newmaniano 68 Placid Murray, O.S.B.,
Newman the Oratorian. (Dublin: Gill and MacMillan, 1969)
Wilfrid Ward, The life of John Henry Cardinal Newman, I. (London: Longmans, Green and Co., 1912)
John P. Tricamo, “A Second Via Media, John Henry Newman: His Sojourn in Rome” (PhD DISS, New York University, 1980)
Raleigh Addington, C.O., The Idea of The Oratory (London: Burns and Oates, 1966)
John Henry Newman, The Letters and Diaries of John Henry Newman: XI, XII (London: Thomas Nelson and Sons, 1961)
Henry Tristam, ed., John Henry Newman: Autobiographical Writings, (New York: Sheed and Ward, 1957)
Raymund Devas, O.P., The Dominican Revival in the Nineteenth Century (London: Longmans, 1913)
George Weigel, Letters to a Young Catholic: The Art of Mentoring, (New York: Basic Books, 2004)
Pregón Newmaniano
- Detalles
- Escrito por OSFN
- Categoría: San John Henry Newman
Consejo de la Federación de Colombia
Número 13, Año 18, Julio de 2010
CONTENIDO
En la gloria de los altares3
Desde las sombras y las imágenes hacia la verdad10
Los signos de los tiempos y la apocaliptica newmaniana 15
Oración del Cardenal Newman 26
Cómo el cardenal Newman me convenció de la apostolicidad de la iglesia 27
El violín del cardenal Jhon Henry Newman 30
Jhon Henry Newman, su idea de la universidad 34
¿Quién es John Henry Newman? 46
“La tolerancia del error religioso”49
“El ministerio cristiano” 52
Discerniendo el oratorio: John Henry Newman y su búsqueda de la religión más apropiada56
Colegio San Felipe Neri – Bogotá 69
Parroquia Ntra. Sra. de los Dolores, San Felipe Neri – Ipiales70
La alianza estratégica 74
San Felipe Neri - Pasto76
Publicaciones sobre John Henry Newman en “lengua castellana” de 1890 a 1990 80
Revista de la Federación oratoriana "Jonh Henry Newman" de Bogotá
Carta del Procurador General con motivo de la Beatifiación J. H. Newman
- Detalles
- Escrito por OSFN
- Categoría: San John Henry Newman
Carta con motivo del anuncio de la beatificación del Cardenal Newman.
PROCURADOR GENERAL CONFEDERACIÓN DEL ORATORIO DE S. FELIPE NERI
Parione Vía, 33 00186 ROMA
A los MM. RR. Padres Prepósitos y a todos los miembros de las Congregaciones del Oratorio con ocasión de la beatificación del Venerable Cardenal John Henry Newman, C.O.
Roma, 16 de marzo 2010
Queridos hermanos:
→Tengo el gozo de comunicar oficialmente que el próximo 19 de septiembre su Santidad Benedicto XVI, durante su visita al Reino Unido, celebrará en Birmingham la solemne beatificación del Ven. Card. John Henry Newman.
Nuestro hermano compartirá así, desde ese momento, la gloria de los altares con el Santo Padre Felipe y los demás Oratorianos reconocidos por la Iglesia como verdaderos discípulos de Cristo y como inequívocos modelos de santidad:
- San Francisco de Sales (1567-1622), fundador y primer prepósito del Oratorio de Thonon, si bien es cierto que, por su actividad pastoral y por la grandeza de ser Doctor de la Iglesia, su influencia va mucho más allá de los límites del Oratorio;
- San Luis Scrosoppi (1804-1884), dulce y recio siervo de la caridad en su ciudad de Udine;
- El beato Juan Juvenal Ancina (1545-1604), discípulo del Padre Felipe en el Oratorio de Roma y después obispo, audaz y reformador de la diócesis piamontesa de Saluzzo;
- Antonio Grassi (1592-1671), ángel de paz en su ciudad de Fermo;
- Sebastián Valfré (1629-1710), incansable apóstol de Turín en los más diversos campos de la evangelización y de la caridad, del cual estamos celebrando el tercer aniversario de su “dies natalis”;
- José Vaz (1651-1711), indio de Goa y evangelizador de Sri Lanka, “el mayor misionero de Asia para Asia” (Ven. Juan Pablo II), de quien nos preparamos para celebrar, el 16 de enero de 2011, el tercer centenario de su muerte.
Recogiendo los sentimientos de alegría y gratitud de toda la familia Oratoriana quiero ofrecer a Dios nuestra gratitud, y a nuestro Santo Padre el más filial agradecimiento por este último regalo de su bondad para con el Oratorio de San Felipe Neri.
Nuestro hermano Jonh Henry Newman, del cual ya el Ven. Pío XII, en una confidencia a Jean Gitton, digo: “Sin duda, Newman será un día Doctor de la Iglesia”; pertenece a la familia del Padre Felipe, pero pertenece, al mismo tiempo, a todos aquellos que -como dijo el siervo de Dios Pablo VI- “Están buscando una orientación precisa y una dirección a través de las incertidumbres del mundo moderno”.
También, el Ven. Juan Pablo II subrayó esta universalidad, del gran oratoriano, en la carta conmemorativa del segundo centenario de su nacimiento: “Me uno con gusto a una multitud de voces en todo el mundo para alabar a Dios por el don del gran cardenal Inglés y por su testimonio perenne. [...] La misión particular que Dios le confió garantiza que John Henry Newman pertenece a toda época, lugar y persona. Newman nace en una época con problemas donde las viejas certezas vacilaban y los creyentes se encontraban frente a la amenaza del racionalismo, por un lado, y el fideísmo por otro. El racionalismo trajo consigo un rechazo de la autoridad y de la trascendencia, mientras que el fideísmo apartó a las personas de los desafíos de la historia y las tareas de este mundo para generar en ellas una dependencia de la autoridad y lo sobrenatural. En este mundo, Newman llegó realmente una síntesis excepcional entre la fe y la razón”.
Es motivo de profunda satisfacción, ante la inminencia de las próximas celebraciones, volver a escuchar, junto con las palabras de estos Papas -Pío XII , Pablo VI y Juan Pablo II - al menos las que el Santo Padre Benedicto XVI ha dirigido recientemente a los Obispos de Inglaterra y Gales en la visita ad limina: “El cardenal Newman [...] nos ha dejado un excelente ejemplo de fidelidad a la verdad revelada, siguiendo aquella amable luz donde quiera que le condujo, incluso a un considerable precio. Hoy se necesitan en la Iglesia grandes escritores transmisores de su altura y de su integridad y espero que la devoción a él inspirará a muchos a seguir sus pasos. Justamente, se ha prestado mucha atención a la actividad académica y a los muchos escritos de Newman, pero es importante recordar que él se consideraba ante todo un sacerdote. En este Año Sacerdotal, os exhorto a presentar a vuestros sacerdotes su ejemplo de compromiso con la oración, de sensibilidad pastoral con las necesidades de su rebaño, de pasión por la predicación del Evangelio. Vosotros mismos debéis ofrecer un ejemplo similar. Estad cerca de vuestros sacerdotes y reavivad su sentido de enorme privilegio y de alegría de ser entre el pueblo de Dios como alter Christus”.
El elogio emitido por los últimos Papas recuerda la alta consideración que el gran Papa León XIII -del que este año se conmemora el segundo centenario de su nacimiento y que tanto trabajó a favor del resurgimiento del Oratorio - tenía por Newman. Hablando de la posibilidad de hacerlo cardenal en el primer consistorio de su pontificado, el Papa León confesaba: “No ha sido fácil, no ha sido fácil. Decían que era demasiado liberal, pero yo he decidido honrar a la Iglesia honrando a Newman. Siempre he tenido admiración por él.” Le consideró - y lo declaró- “su cardenal”.
Para el consistorio en el que habría de recibir la púrpura cardenalicia, el P. J. H. Newman había llegado a Roma el 24 de Abril 1879 para permanecer allí hasta el 4 de junio: escribió a su obispo, Ullathorne, recordando la “simpatía” y “los honores” desproporcionados de los que había sido objeto, en particular de la «ternura», de la “afectuosa ternura” del Papa, quien le recibió en dos ocasiones: el 27 de abril y el 2 de junio. “El Santo Padre me ha recibido muy cariñosamente - escribió a propósito de la primera audiencia – estrechando mi mano entre las suyas. Me ha preguntado: “¿Tiene intención de seguir dirigiendo la Casa de Birmingham?”. Respondí: “Depende del Santo Padre”. Él continuó: “Bien. Deseo que continúe dirigiéndola”, y habló largo y tendido acerca de esto”.
Mons. Biffi ha ofrecido recientemente una preciosa reflexión sobre el sentido del la elección de Newman como cardenal, tenazmente querida por el Papa León XIII: “El cardenalato y la aceptación de León XIII, más que una reparación de la desconfianza que durante años había rodeado la vida y la obra de Newman, era principalmente el reconocimiento del valor del amplio y largo magisterio de Newman”. Y es muy significativo que “L’Osservatore Romano” del 14 de mayo, la víspera del consistorio público, publicase en primera página el discurso pronunciado por Newman después de la entrega del Título de nombramiento, el 12 de mayo, donde hacía una rápida evaluación de su vida y donde trataba un tema que sigue siendo de impresionante actualidad: sobre el liberalismo religioso.
Newman, después de haber empezado a hablar en la “armoniosa lengua” italiana continuó con el inglé, expresó su “asombro y profunda gratitud” por su nombramiento, declarando sentirse abrumado por “la indulgencia y el amor del Santo Padre” al elegirlo a un “honor tan inconmensurable”: “Fue una gran sorpresa. Tal emoción, que nunca había ocurrido, y parecía no tener ninguna conexión con mi pasado. He encontrado muchas dificultades, pero se terminaron, y ahora que para mí se acercaba el final de todo. Estoba en paz”. "El Santo Padre tenía afecto por mí y me dijo por qué me elevaba a un lugar tan alto. Él consideraba este acto un reconocimiento de mi celo y servicio durante muchos años en la Iglesia Católica; por otra parte, creía que cualquier atestado a su favor habría complacido a los católicos ingleses y también a la Inglaterra protestante”. Agregó el nuevo cardenal, recién elegido: “En un largo curso de años he cometido muchos errores. Estoy lejos de aquella alta perfección que es propia de los escritos de los santos (...) pero de lo que estoy convencido es de que puedo atribuir a cuanto he escrito lo siguiente: la recta intención, la inmunidad de los intereses privados, la disposición a la obediencia, la premura a ser corregido, el gran temor de cometer errores, un anhelo de servir a la Santa Iglesia, y, por la misericordia divina, el éxito suficiente”. Y prosigue: “Me alegro de poderle decir que me he opuesto desde el principio a un gran mal. Durante treinta, cuarenta, cincuenta años me resistí, con todas mis fuerzas, al espíritu del liberalismo religioso, y nunca la Iglesia tuvo más urgentemente necesidad, como hoy, de opositores en contra de esto, ya que por desgracia, este error se propaga como una red sobre toda la tierra”.
“El liberalismo religioso es la doctrina según la cual no hay ninguna verdad positiva en materia religiosa, sino que cualquier credo es tan bueno como cualquier otro; y ésta es la doctrina que, de día en día, adquiere consistencia y fuerza. Esta posición es incompatible con el reconocimiento de una religión como verdadera, enseña que todas deben ser toleradas en cuanto que todas tienen materias de opinión. La religión revelada no es verdad, sino que es sentimiento y gusto, no “hechos objetivos” (...) cada individuo tiene derecho a interpretarla a su manera (...), se puede ir a las iglesias protestantes y a las católicas; se puede recibir el espíritu en ambas y no pertenecer a ninguna. Se puede confraternizar juntos en el pensamiento y en asuntos espirituales, sin que haya una doctrina común o ver la necesidad e ella. Como la religión es un hecho personal y un bien exclusivamente privado, la debemos ignorar en las relaciones mutuas”.
Newman añade:
“La bella estructura de la sociedad, que es la obra del cristianismo, está repudiando al cristianismo”; “a los filósofos y políticos les gustaría sustituirla por medio de una educación universal, laica (... que) proporcione las grandes verdades éticas fundamentales de la justicia, la benevolencia, la veracidad y otras similares”; sin embargo, - señala Newman - es un proyecto que busca directamente “eliminar y excluir la religión”.
Es difícil no reconocer la trágica actualidad de este liberalismo religioso, que preocupaba a Newman en 1879: hoy se está formalizando y difundiendo exacta y profusamente esta idea de que las religiones son equivalentes, que es indiferente y fuera de lugar la cuestión de su verdad, que una confesión o una iglesia son equivalentes. Y que, en cualquier caso, la religión pertenece exclusivamente al ámbito privado y personal, sin incidencias sociales. Esta ambigüedad está a veces en el mismo diálogo interreligioso: por ejemplo, cuando se pretende atenuar la conciencia de que al final lo que importa es la religión auténtica.
La confusión que en este sentido se está creando dentro de las experiencias cristianas elitistas y “proféticas” -como las llaman- es admirable y singular, pero son absolutamente contrarias al Evangelio y a la tradición de la Iglesia, que hablan al Pueblo de Dios y le ofrecen certezas.
Por otra parte, y unido a esto, la relevancia de Newman parece de sorprendente actualidad, en todo lo que tiene que ver con el desmantelamiento de la “cultura” cristiana y de sus recursos educativos con el pretexto de “laicidad” y de “valores” laicos, como se dice hoy, - el cardenal hablaba de “justicia, benevolencia”, nosotros curiosamente de “solidaridad” -; una educación puramente “laica” guiada por la indiferencia religiosa es incapaz de establecer una ética y está inevitablemente destinada a educar en la nada. Hoy, los que afirman algo estrambótico o anti-eclesial se auto proclaman con el título de profeta; en realidad, Newman lo fue verdaderamente, cuyas obras con sutileza histórica y psicológica, con su belleza poética, y con el esplendor de su verdad, han enriquecido a la Iglesia para siempre.
Queridos hermanos, Newman pertenece a todos los que buscan la Verdad por la vía de la razón confrontándola con los datos de la fe (cf. Juan Pablo II, Fides et Ratio); y el Oratorio filipense, que lo tiene como hermano, es gozosamente consciente de la inmensa riqueza que en Newman ha recibido.
La elección oratoriana adoptada por el neoconverso -que regresó de Roma a Inglaterra, llevando consigo el Breve “Magna Nobis semper” de 1847, con el que el Beato Pío IX instituía el Oratorio en Inglaterra, dando Newman facultad para propagarlo en aquella nación- es para todos los discípulos del Padre Felipe un poderoso atractivo para redescubrir la actualidad de la propuesta de San Felipe Neri y la belleza de la vocación oratoriana que el nuevo Beato vivió intensamente y describió claramente en los dos sermones sobre la “Misión de San Felipe Neri” (Birmingham, 1850), en las siete cartas enviadas a Dublín en 1856, a su comunidad, en algunas oraciones - entre ellas las preciosas “Letanías”- compuestas para pedir por la intercesión del Santo las gracias de las que él fue singularmente enriquecido.
“Amo a un viejo de dulce aspecto -escribió Newman refiriéndose a San Felipe– lo reconozco por su vestidura blanca, por su sonrisa fácil, por su mirada aguda y profunda, por la palabra que enciende al salir de sus labios cuando no está en éxtasis ....”.
Son significativas las palabras con las que le pidió un favor al Papa León XIII, cuando le ofrecieron la Púrpura romana:
“Durante treinta años he vivido en el Oratorio, en paz y felicidad. Ruego a Su Santidad que no me prive de San Felipe, mi padre y patrón, y que me deje morir allí donde he vivido así tanto tiempo”.
El fundador del Oratorio inglés, que conocía bien la experiencia oratoriana de los orígenes, se colocaba, con esta expresión, sobre la estela de los primeros discípulos de Felipe Neri llamados a la dignidad cardenalicia, según la tradición de pertenencia fiel que sigue caracterizando al último de los Cardenales oratorianos, el padre Giulio Bevilacqua (1881-1965), quien, aceptando la Púrpura por insistencia de Pablo VI, pidió y obtuvo del Papa poder continuar su ministerio de párroco en la comunidad oratoriana de San Antonio, a las afueras de Brescia.
¿Qué fascinó, del Padre Felipe, a John Henry Newman, impulsándolo a elegir el Oratorio como forma y método de su vida sacerdotal en la Iglesia Católica?.
Muchos han escrito extensamente, y volúmenes preciosos: V. Murray, “Newman y el Oratoriano”, y A. Boix, “John Henry Newman. La vocación oratoriana”, presentando ampliamente el tema.
Sólo quiero destacar aquí un elemento, que me parece expresar en una síntesis armoniosa todo el mundo interior del Padre Felipe, asumido por el Beato Newman: la “bondad” del Padre Felipe. Características del santo como dote temperamental, esta “bondad” es al mismo tiempo síntesis de los altos valores adquiridos en una dulce y fuerte relación con la presencia viva de Jesucristo en la carne de cada persona que acepta su amistad: singular libertad de espíritu, amor por una vida de auténtica comunidad regida por las leyes de discreción, respeto de las capacidades de cada uno, sabia sencillez que hizo de la alegría de Felipe “una alegría racional” según la hermosa fórmula de Goethe recogida en el diario de su “Viaje por Italia”.
El oratoriano John Henry Newman, que nos habla a través de su camino de conversión, continuado a lo largo de toda su existencia, como a través de la amplitud y riqueza de sus escritos, está perfectamente fotografiado por el lema que eligió para su escudo cardenalicio, tomándolo de San Francisco de Sales:
“Cor ad Cor loquitur.” Estas palabras expresan perfectamente el espíritu de Newman, “para quien la palabra no se comunica pura y exclusivamente por un camino abstracto, sino por las relaciones concretas creadas por una afinidad interior; por otra parte, se conoce no sólo con la mente, sino con toda la persona, y por tanto con el afecto, según la afirmación de Gregorio Magno: «Amor ipse Notitia», el amor es en sí mismo fuente y principio de conocimiento, o sea amar es conocer” .
Deseo de corazón, a toda la Familia Oratoriana, que la próxima beatificación del gran hijo de San Felipe Neri y maestro de todos los que “están buscando una orientación precisa y una dirección a través de las incertidumbres del mundo moderno”, constituya la ocasión de un fecundo encuentro con su pensamiento y con el ejemplo que nos ha dejado de su vida.
Confío a la intercesión del nuevo Beato, de forma particular, las Congregaciones del Oratorio de Inglaterra -Birmingham, Londres y Oxford- y todas aquellas que han surgido en otras partes bajo la inspiración del Cardenal Newman.
A todos los hermanos oratorianos de nuestras congregaciones y de las comunidades en formación, envió el más fraterno saludo y el deseo de que la experiencia del Año Sacerdotal se fortalezca por la acogida de la propuesta de la vida que por el “Camino del Oratorio” nos llega del gran discípulo del Padre Felipe.
Y a los laicos del Oratorio Seglar, con un cordialísimo saludo, presento el deseo de que profundicen, incluso en sus reuniones, en la gran figura del nuevo Beato como auténtico maestro del camino oratoriano.
En el Corazón de Cristo y de Nuestro Padre Felipe
Edoardo Aldo Cerrato, C.O.
Procurador General
En el IV centenario de Baronio
- Detalles
- Escrito por OSFN
- Categoría: Hijos de San Felipe
Hoy – aunque no se pueda decir que la figura y la obra de Baronio tengan toda la atención que merecen - D. De Luca atenuaría probablemente su afirmación. De hecho, después de 1961 han visto la luz valiosas publicaciones entre las cuales, citando las principales, recordamos las siguientes:
- “A César Baronio. Escritos varios” (Sora, 1963);
- Los dos voluminosos tomos del Centro de Estudios Sorianos que contienen las Actas de los Convenios internacionales desarrollados en Sora en 1979 y en 1984: “Baronio historiador y la Contrarreforma” (1982) y “Baronio y el arte” (1986);
- La monografía de A. Pincherle en el “Diccionario Biográfico de los Italianos” (Vol. VI);
- Las publicaciones de M. Borrelli, C.O.;
- La biografía “César Baronio” de V. Pullapilly (Notre Dame, Londres, 1975), la primera de una larga lista después de aquella clásica de Calenzio;
- La monografía “El Cardenal César Baronio” (Morcelliana, Brescia, 1982) con la que H. Jedin sellaba su larga y meritoria obra historiográfica;
- Las interesantes contribuciones de M. T. Bonadonna Russo: “Baronio oratoriano” (“Memorias Oratorianas”, 14, 1984)
- A. Cistellini, C.O.: “César Baronio, Siervo de María” (Memorias Oratorianas 18, 1977),
- La recientísima publicación de José Finocchiaro: “César Baronio y la Imprenta del Oratorio. Obra e ideología” (Olschki, Florencia, 2005).
César Baronio del Oratorio a la Congregación
El Ven. César Baronio, que empezó a ser discípulo de S. Felipe Neri cuando aún no tenía veinte años y que lo fue durante toda su vida, con una humildad y una convicción conmovedora, es piedra angular en la fundación de la Congregación del Oratorio, y es aquel a quien Padre Felipe -dos años antes de morir- eligió como su primer sucesor, además de como su confesor.
El Santo siempre rechazó ser llamado fundador de la Congregación: en la base de este rechazo estaba, ciertamente, la humildad en la que se ejercitó toda la vida, pero estaba también el reconocimiento de un hecho evidente: la Congregación había nacido espontáneamente, sin que él hubiese programado instituirla.
La vocación de algunos discípulos a la vida sacerdotal floreció en la relación filial con él, y en ellos fue espontáneo el deseo de dedicarse al servicio de la Iglesia dentro de aquel “movimiento” que Dios había suscitado a través de Felipe Neri. Inclinado por naturaleza y por planteamiento espiritual a no organizar, sino a confiarse al Espíritu Santo, Padre Felipe -que había orientado a otros muchos discípulos hacia antiguas Órdenes y nuevos Institutos- acogió aquellas vocaciones y las envió a la Iglesia nacional de los Florentinos, de la cual había tenido que aceptar, por presiones de las autoridades, el cuidado parroquial.
Corría el año 1564, al que los historiadores definen como el primer año de la Iglesia post-tridentina. El 26 de enero se promulga la Bula de aprobación de las Constituciones y de los Decretos conciliares; Carlos Borromeo es distinguido con el Palio arzobispal de Milán e inicia decididamente su nuevo itinerario espiritual; Roma anuncia la fundación del Seminario Romano; comienza la reforma de las Órdenes religiosas y son redactadas las primeras disposiciones para la Visitas a las Diócesis; el 13 de noviembre se promulga la Bula sobre la Profesión de Fe.
No es ajeno a este ferviente clima de renovación el deseo de los florentinos de la urbe de conceder a su comunidad parroquial un sacerdote, un compatriota ya conocido en Roma por su santidad de vida y por el ardor apostólico. Padre Felipe aceptó a regañadientes, debemos decirlo: el apostolado parroquial no era connatural a su espíritu ni a la particular vocación que le animaba; en el convictorio de S. Jerónimo había renunciado sin más a los estipendios para poder servir a la Iglesia de la Confraternidad con total dedicación, pero con la libertad de plantear de forma personal su apostolado. Aceptando el nuevo oficio se quedó en S. Jerónimo y envió a San Juan de los Florentinos a aquellos primeros discípulos que en la tradición oratoriana serán llamados los “mayores”: entre ellos, el veinteañero César Baronio, ordenado sacerdote el 27 de mayo de aquel mismo año. La decisión de unirse al Padre Felipe en el Oratorio había sido para todos un paso de decidida conversión: “nos habíamos convertido en desertores, pero sin deshonra –escribirá Baronio- y tránsfugas, pero con honor”; ya habían sido elegidos por el Padre -por su ministerio- como el grupo más fiel, la parte más genuina y disponible del Oratorio.
Atendiendo a la parroquia, según la disponibilidad de cada uno, continuaban participando de las actividades del Oratorio en San Jerónimo, donde iban tres veces al día para un coloquio con el Padre. Vivían comunitariamente en S. Juan, donde el Padre Felipe seguía enviando a otros hombres, quizás sin pensar en una institución particular y contentándose probablemente con una “familia” de sacerdotes seculares auténticamente “espirituales”, que convivían de una forma libre, a la manera de los Padres de San Jerónimo; sin embargo, vivían ya sujetos a una regla general de convivencia y unidos, sobre todo, por un profundo vínculo espiritual con aquel que entre ellos era considerado el Padre espiritual, el pater familias de una ordenada comunión.
Algunas cartas nos transmiten bellos aspectos sobre el modo de vida adoptado por aquella comunidad “filipense” –donde Baronio escribió, con un carbón, sobre la chimenea de la casa: “Caesar Baronius, coquus perpetuus” [“César Baronio, cocinero perpetuo”]- que ambicionaba reproducir, en un clima de familia fervoroso y al mismo tiempo festivo, la comunidad cristiana ideal descrita en los Hechos de los Apóstoles. La caridad fraterna era la regla esencial, y se vivía bajo la guía de Felipe, jefe indiscutido y único moderador.
No sin algunas dificultades por parte de quienes miraban con cierta sospecha la singularidad de la nueva convivencia y la originalidad del método oratoriano, la comunidad crecía. El paso más significativo en la fundación de la Congregación fue la resolución tomada en 1574 de construir un nuevo edificio para el Oratorio junto a San Juan de los Florentinos, resolución seguramente aprobada por el P. Felipe, ya que es impensable que cualquier cosa -aunque fuese de la menor importancia- se hiciese sin su consentimiento. En un denso artículo publicado cuando avanzaba la preparación de su mayor obra, el P. Cistellini se preguntaba: “¿Fueron conscientes y promotores de la empresa, e incluso del alcance y de las consecuencias de tales obras? En realidad, estas manifestaban una cierta intuición en sus miembros de conformar una realidad autónoma y orgánica que no estaba unida al Oratorio, quizás repitiendo por ello sus orígenes y reafirmando en ello su justificación.
Se sigue la separación efectiva de S. Jerónimo e incluso de S. Juan, donde los ejercicios oratorianos no habían recibido más que hospitalidad, […] y la reglamentación comunitaria de entonces irá separándose cada vez más del sistema paternalista del principio. En el corazón del Año Santo de 1575, Gregorio XIII, a petición de los miembros de la comunidad, promulgó la Bula Copiosus in misericordia el 15 de julio, que asignaba a “Felipe Neri, Sacerdote Florentino y Prepósito de algunos sacerdotes y clérigos” la iglesia parroquial de Santa Mª in Vallicella y erigía, al mismo tiempo, “en la susodicha iglesia una Congregación de Sacerdotes seculares que se deben llamar del Oratorio”.
Padre Felipe es de pleno título el “fundador” de la nueva Congregación: ella nace, de hecho, del regazo del Oratorio, que es obra suya; son sus mismos discípulos quienes se estrechan a su alrededor y constituyen aquella familia; bajo su autoridad se dan los pasos que conducen al reconocimiento canónico, aunque es evidente -junto a la acción del Fundador- la intervención de otros Padres que colaboran con él en dar forma a la Congregación. Entre ellos, ciertamente no es de poca importancia César Baronio.
“Felipe Neri es el maestro de Baronio, es la vida de nuestro historiador, el sarmiento más fiel” escribe el P. de Libero. Y el mismo Baronio, en el “Agradecimiento” que escribió al “P. Felipe Neri, Fundador de la Congregación del Oratorio” en el tomo VIII de los Anales, afirma: “Qué diré de aquel Padre que habiendo estado a mi lado y habiéndome ayudado en todas las cosas, me ha parido tantas veces con el espíritu apostólico, que […] me ha sujetado de la facilidad de resbalar en la edad juvenil, tan inclinada al mal, y, tornando obediente a la Ley Divina al indómito potrillo de mi juventud, me ha hecho ser representante de Cristo? […] Estaba constantemente pendiente de mí, me animaba con su presencia, me apremiaba con las palabras, siempre exigente hacedor (perdóname si lo digo) de aquello que quería de mí.”
Su vida y su obra
César Barone –Baronio, según la difundida latinización del apellido- nació en Sora el 30 de octubre de 1538; vivió en Roma tras haber realizado en Veroli los primeros estudios y después de haber iniciado los jurídicos en Nápoles. Abandonada bien pronto la capital del Reino, por la preocupante perspectiva de una guerra entre españoles y franceses, aunque también por la atracción ejercida por la urbe, había comenzado su período romano viviendo con un compañero de estudios en la plaza del Duque (la actual plaza Farnese), a un par de pasos de San Jerónimo, donde vivía el Padre Felipe; frecuentaba la Sapienza, escuela del gran jurista César Costa.
Encontró en nuestro Santo, recientemente ordenado sacerdote, al verdadero maestro de su alma, como él mismo contará recordando la impresión que le hizo el Padre tras la primera vez que -con veinte años- lo encontró, y se quedó tan impresionado por su dulce caridad y por sus santas palabras que decidió no dejarle nunca más. “En cuanto comenzó a dirigirse con el Santo –escribe Primo Vannutelli- Dios le comunicó tan gran abundancia de espíritu y desprecio de esta tierra que, si Felipe no le hubiese mandado por obediencia continuar los estudios jurídicos, habría dejado el mundo y se habría retirado a cualquier orden religiosa estricta para servir más perfectamente a Dios […] Pero el Santo Padre no le quiso dar nunca licencia, diciéndole que el Señor quería otra cosa de él”.
La víspera de la fiesta de la Epifanía del Señor de 1558, en la habitación del Padre Felipe -llena de personas- el Padre le mandó decir algo improvisado sobre la próxima fiesta. César, que nunca había hablado en público, cayó en la cuenta de que el Padre Felipe empezó en aquel mismo momento a cuidar intensamente la vida espiritual del discípulo, ocupándose sobre todo de su humildad y sometiéndole a arduos ejercicios de mortificación interior, a los que Baronio se obligó con gran libertad de espíritu.
Sus intervenciones en el Oratorio mostraban una particular predilección por los temas de la muerte y del más allá: Padre Felipe, con una de sus extraordinarias intuiciones, quiso que se dedicase a estudiar la historia de la Iglesia. César lo hará durante treinta años, retomando desde el principio, cada cuatro años, su exposición, uniendo al estudio serio de los documentos un intenso y filial amor por el “Cuerpo del Señor” que es la Iglesia sobre la tierra.
El 16 de diciembre de 1560 informó a su familia de la decisión de recibir las Sagradas Órdenes y en los siguientes días fue ordenado subdiácono. En una carta del 21 de mayo de 1561 anunciaba a su padre: “Ayer por la tarde, por la gracia del Señor, cumplí mi deber y he satisfecho vuestro deseo: he sido doctorado en civil y en canónico”, omitiendo decirle, sin embargo, que había rasgado el título doctoral y destruido el libro de poesía que había escrito. El primero entre los discípulos de Felipe será ordenado sacerdote el 27 de mayo de 1564 para la Iglesia de San Juan de los Florentinos, habiendo renunciado a la buena canongía que la diócesis de Sora le ofrecía; desde entonces, su vida estará totalmente entrelazada con el florecimiento y desarrollo de la Congregación.
En abril de 1577, con los hermanos que habitaban en S. Juan de los Florentinos, se traslada a la nueva sede: mientras pronuncia el último sermón, una misteriosa paloma que había entrado en el Oratorio, espera la conclusión; después, vuela hacia la nueva morada de los Padres.
A partir de 1588, por decisión de la Congregación, inicia la publicación de los Anales Eclesiásticos, fruto del meticuloso estudio con el que el P. César preparaba los sermones del Oratorio.
Ya había sido acogido, con unánime agradecimiento, el Martirologio, a cuya revisión Baronio se dedicó con arduo estudio desde 1580 por encargo de Gregorio XIII, y que vio la luz en 1584; dos años después, aparecería un gran volumen con las Nota”. “Más preciosos que el oro y el topacio” escribió San Francisco de Sales a Baronio agradeciéndole los Anales. Y Justo Calvino, pariente del homónimo ginebrino, que por la lectura de los Anales comprendió las mentiras de la propaganda protestante, volviendo a la Iglesia Católica quiso cambiar su nombre por el de Justo Baronio en reconocimiento de aquel.
P. Baronio se había convertido en objeto de asombro por los visitantes de Roma, algunos de los cuales no se iban de la ciudad sin haberle conocido y haberse firmado ante un notario –lo atestigua el P. Pateri- acta autentificada de aquella visita. Su fama crecía, por esto, Padre Felipe no dejaba de ejercitarle en todo tipo de pruebas de humildad. En la misma medida crecía en el piadoso sacerdote el anhelo de un camino de perfección siempre más intenso: el espíritu de oración y penitencia, el ejercicio de las virtudes (humildad y caridad, en primer lugar), las fatigas apostólicas -sufridas incluso tras un constante trabajo intelectual y diversas enfermedades- están acompañadas de dones sobrenaturales que honran al Padre César con un inmenso valor. De algunas enfermedades fue milagrosamente curado por obra de Padre Felipe: como aquella de 1572, por ejemplo, de la que César salió por la fervorosa oración del Santo, que dijo a Dios con humilde resolución: “¡Restitúyemelo, lo quiero!”.
En 1593, tras la partida de Tarugi nombrado arzobispo de Aviñón, Padre Felipe le eligió como su sucesor y, en julio del siguiente año, por expresa voluntad de Baronio, tal nombramiento fue sometido a la elección de la Congregación que, por unanimidad, lo eligió Prepósito.
El Papa Clemente VIII, que lo apreciaba en gran medida, quiso conferirle una dignidad eclesiástica, pero Baronio, arrojándose a los pies del Padre Felipe, obtuvo el ser eximido; sin embargo, no pudo rehusar a ser nombrado confesor del Papa, ya que el mismo Padre Felipe le pidió que aceptara, intuyendo el beneficioso influjo que Baronio habría podido ejercer sobre las decisiones del Pontífice, como la reconciliación de Enrique IV de Francia con la Iglesia.
Padre Felipe había llegado ya al final de sus días terrenos; será el Padre César quien pida al Santo la última bendición sobre la familia oratoriana.
Privado de las autorizadas intervenciones que Felipe podía ejercer sobre el Pontífice, César fue obligado bien pronto por orden del Papa a aceptar el nombramiento de Protonotario Apostólico, habiendo conseguido ya rehusar por tres veces varios episcopados; en 1596, apenas reelegido Prepósito para un segundo mandato, tuvo que aceptar por obediencia al Papa, que le conminaba a la excomunión si hubiese rehusado la Sagrada Púrpura, recibiendo como título cardenalicio la Basílica de los santos Nereo y Aquiles –el antiguo y venerable Titulus Fasciolae [Título Cardenalicio de Fasciolae (“la Cinta”)] verdaderamente elegida por él ya que extenuante y necesitada de restauración, era rechazada por todos los demás Cardenales.
Nombrado bibliotecario de la Santa Iglesia Romana, vivió austeramente en el Vaticano, conservando en el bolsillo la llave de su habitación en la Vallicella, “amado nido” donde, cada quince días acudía a decir sus sermones al Oratorio.
El Año Santo de 1600 se le ve como humilde siervo de los peregrinos pobres a los que abre su casa, arrastrando con su ejemplo a los más altos dignatarios eclesiásticos.
Al morir el Papa Clemente, estuvo bastante cerca de ser elegido Papa en el cónclave de 1605, pero fueron a recaer los veintiocho votos sobre el amigo “filipense” Card. Alejandro de Medici, quien durante pocos días –como le había predicho Padre Felipe- fue Papa con el nombre de León XI. También durante el cónclave, del que salió elegido el Cardenal Camilo Borghese con el nombre de Pablo V, Baronio convenció a los demás cardenales a que renunciasen a elegirle.
La meditación sobre la muerte fue constante en el Siervo de Dios, quien muchas veces se preparó para ella con gran compunción. Agravándose la enfermedad del estómago que sufrió durante muchos años, fue llevado a Frascati, a la modesta casa que poseía –“Morituro satis” [“el que va a morir satisfecho”] había hecho escribir sobre la puerta- pero, sintiéndose cercano a la muerte, hizo que le llevasen a Roma, a la Vallicella, diciendo: “Vamos a morir a Roma para que “non decet Cardinalem mori in agro” [no se diga que un cardenal ha muerto en el campo]: vamos, no deseo otra cosa que morir en mi Congregación, en las manos de mis Padres”.
Llegó a Roma el 19 de junio por la noche, en una camilla, y se le llevó el Santísimo Sacramento a la habitación. Despertándose sobre la media noche y preguntado sobre si querría recibir la Stma. Eucaristía, respondió: “¿Dónde está, dónde está? ¡Vamos, deprisa, traédmela!”. Con gran humildad pidió perdón de sus pecados, renovó “como habitualmente” las promesas bautismales y comulgó con gran devoción. Después, cantó alternativamente con el sacerdote el “Nunc dimittis” y se quedó absorto en oración. Por la mañana quiso que le llevaran a la capilla para asistir a la Santa Misa, y que se celebrase todos los días en su presencia. Llamó a Camilo Bandini, su pariente, a quien dio sabios consejos sobre la pobreza y sobre las virtudes cristianas, especialmente sobre la humildad y el desprecio del mundo. A los Padres y Hermanos del Oratorio les contó las penas y el agotamiento que le ocasionó el cardenalato, que se consideraba indigno de ser un simple sacerdote y les recomendó a todos buscar siempre a Dios. Al día siguiente también comulgó entre las lágrimas de los presentes, mientras en la Iglesia se exponía el Santísimo Sacramento. Sufría atroces dolores del estómago, pero bendecía a Dios, se encomendaba a la oración de todos y pedía la Bendición Papal. A todos manifestaba sentimientos de humildad y desprecio de sí mismo. Cuando fue a visitarle el Cardenal Roberto Belarmino, le pidió: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”.
Recibió la Unción de los Enfermos dos días antes de su muerte, de manos del P. Flaminio Ricci y se hizo traer las imágenes de Jesús y de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, quedando largo rato en oración. Sus últimas palabras fueron: “¡He aquí! ¡Aquí está el momento tan esperado del gozo!: ¡muramos!”. Besó la imagen de la Virgen y las reliquias de los Santos, respondiendo a las preces como mejor podía. Rodeado de sus hermanos de comunidad expiró a las 14 h. un sábado, 30 de junio de 1607. Tenía 69 años, la edad que le fue misteriosamente revelada como la de su muerte, en una visión de 1572 narrada por el P. Sirmond, quien la supo por el mismo Baronio.
El número LXIX [69] encerrado en un rectángulo y sobre él una cruz, fue puesto a menudo por el mismo Baronio en la primera página de los libros de su propiedad; por ejemplo, en una Biblia latina, editada en Venecia en 1588, lo encontramos encolado en la primera tabla; abajo, una explicación a mano: “Aetas Card. Baronii ab ipsomet per multos annos ante suum obitum multis in libris notate” [Edad del Card. Baronio muchas veces reflejada por sí mismo en sus libros muchos años antes de su muerte].
Sor Mª Francisca Checchi, del monasterio de la Purificación, cuenta que, apenas había expirado, se le apareció “vestido con un traje riquísimo”. Su rostro tras la muerte se volvió bello y sereno, las manos y las demás partes del cuerpo blancas. Llevado a la Iglesia, treinta cardenales celebraron sus exequias y una cantidad inmensa de fieles que le estropeó los vestidos y el cabello, como “suele ocurrir en la muerte de una gran siervo de Dios”. Descansa en la cripta de la Chiesa Nuova, en la humildad más absoluta, sin otro monumento que una lápida en el lateral derecho del presbiterio: sencillísima en su elegancia, recuerda que reposan uno junto a otro en el sepulcro de la Congregación, César Baronio y Francisco Mª Tarugi, Cardenales de la Santa Iglesia Romana, esperando la resurrección en aquella comunión fraterna que vivieron en la escuela del P. Felipe: “Ne corpora disiungerentur in norte quórum animi, divinis virtutibus insignes, in vita coniunctissimi fuerant” [No serán separados los cuerpos de aquellas almas, inflamadas en virtudes divinas, que íntimamente unidas estuvieron en vida].
Penitente de S. Felipe Neri
“Llegué a Roma el año 1557, y en aquel mismo año me comencé a confesar con el P. Felipe Neri en San Jerónimo de la Caridad” atestigua Baronio al comienzo de la primera de las tres declaraciones que realizó en el Proceso para la canonización del Padre Felipe, el 1 de septiembre de 1595.
Los años de la incipiente experiencia romana del joven César se sitúan en el tiempo en que el Concilio de Trento está llegando a su fin; su ordenación sacerdotal será cinco meses después de la conclusión del Concilio Tridentino.
El compromiso por la salvación de las almas, motor de toda la actividad apostólica de la Iglesia, volvía a resplandecer con nueva luz, como escribe Jedin: “El concepto nuevo era que la salus animarum [salvación de las almas] fuese concebida como idea central de la Iglesia, como la principal ley no escrita. Se vio que era necesario encontrar guías y médicos de almas para el pueblo católico”.
Padre Felipe era un ejemplo clarísimo: se sentaba en el confesonario y su actividad apostólica se ajustaba en su máxima expresión a la obra reformadora, un componente de aquel vasto diseño de reforma que la Iglesia estaba persiguiendo con determinación.
Entre los que frecuentaban el Oratorio había humildes artesanos y hombres ilustres, por cultura y por posición social: a unos y otros el P. Felipe les conducía por el camino del Espíritu, dedicando al Ministerio de la Reconciliación horas del día y de la noche, hasta el último día de su vida terrena. La originalidad que el Padre demostraba en el arte de confesar y de guiar espiritualmente estaba en la dulzura con que atraía hacia el bien: los penitentes se sentían amados como personas en su propia situación, y tratados con una paciencia que era auténtica caridad. Todos percibían que P. Felipe era “para” ellos; y la propuesta a seguir de camino espiritual que cada uno recibía no nacía de un abstracto sistema moral sino del encuentro cálido y humano, de la comunicación de un don que pasaba de corazón a corazón.
César Baronio fue llevado al P. Felipe por un cierto Marco, proveniente de Sora lo mismo que él, cuya piedad al principio brillaba pero que “después no perseveró en el propósito”, escribe Barnabei. Con la humanidad y la alegría que le caracterizaba, Felipe abrazó a César, dejándole la sensación de que aquel singular sacerdote era el padre que él buscaba para su alma. Tras los primeros sermones de Baronio en el Oratorio, Padre Felipe comenzó a cuidar del alma del discípulo, como ampliamente demuestran los testimonios del Proceso canónico de San Felipe Neri. Entre muchos otros, elijo un episodio que revela la pedagogía de San Felipe confesor, el cual, para formar a las almas no se limitaba a exhortaciones verbales, sino que a menudo educaba con gestos concretos:
“Un domingo por la tarde –testimonia Baronio- yendo a San Jerónimo a confesarme, el padre, sin quererme escuchar dijo: - Id al “Espíritu Santo”, a aquellos enfermos; y replicando yo que ya había pasado la hora de comer y que allí no había nada que hacer, él me replicó que fuese a hacer lo mandado. Fui al Espíritu Santo y no sabiendo qué obras hacer, fui donde estaba el Crucifijo con la lámpara que se suele colocar junto a los moribundos que han recibido los Santos Óleos. Aquel individuo había llegado al hospital el día antes, fuera de hora, y seguro que le habrían metido en la cama en seguida sin confesar, como era costumbre; en efecto, supe que se les había olvidado confesarle y darle la comunión, pero viéndole moribundo le dieron el Óleo Santo. Entonces, me acerqué a aquel pobre preguntándole sobre su estado y, viendo que no había confesado ni comulgado, en seguida le ayudé a confesar y comulgar; después de haberlo hecho entregó su alma a Dios. Volviendo al Padre le conté el suceso y me dijo: - Aprende a obedecer sin replicar.
“Aprende a obedecer sin replicar”: obediencia y humilde reconocimiento de sí son, para el P. Felipe, la base de un verdadero camino de vida espiritual. Baronio fue moldeado en esta disponibilidad que realmente deseaba pero que fatigaba cuando se asumía. Había en Baronio una adhesión a la propia voluntad que llegará a desaparecer con el tiempo; en su fuerte carácter tendrá lugar la altivez sólo en defensa de la verdad, como ocurrió –cito sólo uno entre los numerosos ejemplos- cuando el Cardenal Aldobrandini, sobrino de Clemente VIII, disgustado por la franqueza con la que Baronio le reprochaba sus omisiones, le recordó sus deberes para con su Familia Purpurada; Baronio respondió: “Yo nunca he buscado ni deseado la dignidad cardenalicia; por eso, sin dolor dejaré aquello que sin amor poseo. Tome su Púrpura; voluntariamente me revisto de mis pobres hábitos: nada deseo más que volver a mis hermanos y a mi celda, de la cual aún llevo conmigo la llave; quedaos para Vos vuestros honores; a mí me basta la conciencia tranquila”. Aún a punto de morir dirá al P. Ángel Saluzzi que le asistía: “No he tenido nunca en esta vida cosa que me haya producido más grandes molestias y dolores que el cardenalato: anótelo bien y hágalo manifiesto a todo el mundo. Verus honor est serviré Deo cum omni humilitate. Quaerite Deum, quaerite Deum [Es un verdadero honor servir a Dios con toda humildad. Buscad a Dios, buscad a Dios]”.
“Fue obedientísimo a su Padre San Felipe –escribe Ricci- a la obediencia a aquel a quien se había ligado con voto, siguiendo siempre sus indicaciones en todas las cosas, incluso en las más arduas y mortificadoras, en las cuales el Santo Padre, para su propio provecho le ejercitaba a menudo, y experimentando la utilidad que le producía la abnegación continua de sí mismo, decía: «Quien más se mortifica, más gana, no hay cosa más agradable a Dios que el negar la propia voluntad».
Padre Felipe, como confesor, debió someter al joven César al discernimiento sobre el estado de vida al que Dios le llamaba. Él se sentía inclinado a la vida retirada del claustro, creía saberse llamado a una orden religiosa de estricta observancia, e insistía tenazmente. Padre Felipe comprendía la sinceridad de aquellas intenciones, pero veía claramente que el joven tenía necesidad de crecer antes que nada en la pura sencillez del Evangelio. Es el mismo Baronio, en la citada declaración, quien cuenta la obra del Padre Felipe en este campo:
“Habiendo querido muchas veces hacerme religioso, capuchino, teatino, y de otras órdenes reformadas e insistiendo pertinazmente, nunca me quiso dar licencia: de tal forma que muchas personas religiosas se escandalizaron del Padre, diciendo que retenía a los hombres para que no fuesen a las órdenes religiosas; y eso era porque no veían lo que Dios mostraba a dicho padre”.
Durante tres años –recuerda Ricci- estuvo César “con agitación de ánimo” con respecto a este tema. Padre Felipe, que no se sentía propietario de las almas, decidió mandar a Baronio a recibir el consejo de Constanzo Tassoni, “sacerdote de mucho espíritu”. También él “sopesó el juicio durante muchos meses y maduró el asunto con mucha oración, hasta que […] le dijo con resolución que Dios no quería de él el estado religioso, pero sí que fuese sacerdote y se entregase a la ayuda del prójimo”. Baronio “se calmó” concluye Ricci, y añade un detalle con el que no deja de subrayar su excelencia: “Para satisfacer de cualquier modo el deseo que tenía del estado religioso, César se quiso obligar a su Divina Majestad (cosa no acostumbrada en la Congregación del Oratorio) con cuatro votos: de castidad, de pobreza, de obediencia y de humildad; entendiendo la obediencia bajo la dirección de S. Felipe”.
Lo mucho que este discípulo amó de corazón al P. Felipe es evidente, lo mismo que el afecto con el que el padre se preocupaba de su salud, teniendo con él gestos de conmovedora atención. Cuenta Ricci: “En la mesa, a César nunca se le quitaba el hambre; así pues, después de que él había acabado, a menudo S. Felipe le mandaba cenar por segunda vez; […] aunque estaba ocupadísimo, no se dejó nunca persuadir de dejarse ayudar en las necesidades de la habitación, excepto cuando San Felipe –con caritativo engaño- mandó hacer una segunda llave de su celda y se la dio a un joven de la Congregación, que era el P. Juan Mateo Juvenal Ancina, de santa memoria, para que ocultamente entrase en ella y la barriese”.
El mismo afecto manifestó P. Felipe a Baronio también con ocasión de diversas enfermedades, durante las que siempre estuvo cerca de él, visitándolo y orando por él, a menudo obteniendo una imprevista curación. Es hermoso el relato de un episodio famoso, testimoniado por el mismo Baronio en la citada declaración y por el P. Germánico Fedeli. Ricci lo narra en estos términos: “Mientras que con gran utilidad, propia y para otros, trabajaba en la Viña del Señor, [César] fue visitado por su Divina Majestad con diversas y graves enfermedades. Solía el buen sacerdote, en las calamidades públicas de la Iglesia, multiplicar sus penitencias; y por eso, en los movimientos de tropas que hizo Solimán en perjuicio de Malta, con el consiguiente terror de toda la cristiandad, consumía las noches casi enteras en oración y lágrimas: se afligía sobre sí con vigilias, con ayunos, con disciplinas, con cilicios y con todo aquello que hubiese podido aplacar la Justicia divina: así, su pobre naturaleza cayó gravemente enferma, con gran peligro para su vida”. Estaban a punto de darle la Extremaunción, cuando S. Felipe, lleno de fe pidió a Dios por la vida de César y fue escuchado. Y el modo de su impetración fue mostrado al mismo moribundo, quien imprevistamente deprisa [el P. Germánico Fedeli precisa en su declaración: “mientras el Santo Padre hacía oración por él se adormeció”] pareció ver a Nuestro Señor en su trono de Majestad y a su derecha la Santísima Virgen y a sus pies Felipe, el cual pedía en ese momento: Da mihi Cesarem, Domine; Cesarem, redde: sic cupio, sic volo, Domine [Dame a César, Señor; salva a César: lo deseo, lo quiero, Señor]. Y le pareció que la gracia no le fuese concedida; pero volviendo Felipe su oración a la Madre, ella lo obtuviese del Hijo. Se despierta del sueño el enfermo, viendo recuperada su salud y refiere el suceso a Felipe; Felipe le regaña, diciéndole que no crea a los sueños pero que esté siempre dispuesto a todo lo que agrada a Dios, y que no busque ninguna otra cosa. Así César se encontró curado con el asombro de los médicos, que reconocieron la milagrosa curación por el Santo”. El don de la previsión le hacía conocer a P. Felipe la fama que Baronio habría tenido por las publicaciones de sus estudios, así como el nombramiento cardenalicio y, de forma solapada, se lo predice a Baronio no sólo una vez; por ejemplo, testimonia, Marcelo Ferro: “Estando yo en la habitación del P. Felipe y discurriendo con dicho padre, me dijo: -Mira la birreta cardenalicia que ha llevado el Papa Gregorio XIII, quien me la envió para hacerme Cardenal y yo la acepté con esta condición, que yo le diría cuándo querría ser Cardenal, y así el Papa quedó contento y yo me quiero hacer un trapo para la barriga-. Sabiendo después que dicha birreta sería puesta en la cabeza del P. César Baronio más veces”. El afecto que el Padre tenía por el discípulo no le impedía, precisamente por este motivo, someterlo a distintas humillaciones a lo largo de toda su vida -algunas ciertamente pesadas- como no sufrió en igual medida ningún otro discípulo: por ejemplo, aquella en que le obliga a cantar “Il Miserere per Allegrezza” en un banquete de bodas; el someterlo a bromas e ironías sobre su estilo poco refinado (le llamaba en público “bárbaro”); el mandarlo al vendedor de vino con una enorme garrafa para comprar “una pequeña cantidad” de vino, para pagar con un billete grande; el obligarle a ocuparse constantemente de la gata que se quedó en San Jerónimo; el imponerle, como premio por la publicación de cada volumen de los Anales, servir treinta misas; el someterlo a las críticas pesadas del P. Gallonio, encargado expresamente de denunciar en los “Anales” errores inaceptables… la lista de ejemplos como estos es extensísima y podría continuar. Quien no tiene tiempo u oportunidad para leer el gran volumen del P. Generoso Calenzio, lo puede constatar en el sencillo libro de Renzo Chiozzotto. Pablo VI –así lo atestiguan los Padres del Oratorio presentes en una Audiencia privada concedida a ellos- reconoció que Baronio habría podido ser canonizado por el solo hecho de haber soportado con tanta paciencia y humildad las bromas curiosas y extravagantes de su santo padre Felipe. Sin embargo, parte integrante de la obra educativa en lo referente al discípulo era también la voluntad del P. Felipe de no sobrecargarlo con ninguna responsabilidad, considerando el inmenso trabajo que Baronio desarrollaba en la investigación y en el estudio: “Trabajaba mucho en la ardua y vasta tarea de los Anales Eclesiásticos –escribe Ricci- […] Y era algo asombroso cómo aquel digno sacerdote pudiese respirar soportando tal cantidad de estudio […] y todo sin ninguna ayuda […] Con todo esto, S. Felipe quería que al mismo tiempo tuviese el encargo de la parroquia, que ejerciese el ministerio de la confesión como los demás de la Congregación, que hiciese en la Iglesia los acostumbrados discursos al pueblo tres veces a la semana, que fuese Prepósito de la Congregación y que dirigiese puntualmente a todo el Instituto; suplicando él poder decir Misa a aquella hora que le fuese más cómoda, el Santo sólo le concedió que eligiese la hora, pero con la condición de no poderla cambiar nunca más, encargando a los sacristanes que siempre, con todo rigor, le llamasen a la hora prescrita”. Son actitudes que pueden parecer hasta crueles, pero Padre Felipe conocía la razón de aquel rigor. “Viéndolo ya de avanzada edad pero con la sencillez y humildad de un muchacho –escribe Ricci- solía decir de él: Aquí está mi novicio; y a continuación le daba un cachete, con el que Baronio se sentía lleno de divina consolación”. ¡Misterioso camino de grandes almas!, la decisión por la que Padre Felipe eligió a este discípulo entre los Padres de la Congregación para ser su confesor no es ciertamente ajena al camino de humildad recorrido por el gran Baronio. Baronio confesor “Poco antes de morir, siendo yo su confesor –asegura Baronio en el testimonio del que partimos para presentarlo como penitente de S. Felipe- hablando conmigo, [el Padre] siempre se lamentaba de que la gente le apreciase más de lo que él era; de lo cual sentía amarguísimo arrepentimiento, considerándose grandísimo pecador”. P. Felipe le había elegido en 1593, el mismo año en que, renunciando al cargo de Prepósito, había querido que fuese Baronio su sucesor en el gobierno de la Congregación: “Teniendo el Padre Felipe muchos hijos similares a él por virtud y santidad de costumbres en la Congregación –afirma Barnabei- eligió sólo a Baronio para abrir su conciencia y para pedir el perdón de Dios”. Al mismo P. Felipe habían asistido para que Baronio, obedeciendo el mandato del Pontífice, aceptase el encargo de confesor del Papa Clemente VIII. Además de los testimonios sobre el encargo desarrollado por Baronio como confesor del Papa, en el proceso de San Felipe Neri, encontramos también referidos los nombres de otros penitentes de Baronio llamados como testigos: Juan Atrina, Pablo Maggi, Pedro Ruiz, Virginia Ruiz Crivelli, Artemisia Cheli, Curzio Massimo, Mateo Guerra, Constanza Crescenzi del Drago, Claudio Rangoni, Fiammetta Cannoni, Fenizia de Domino. Sin embargo, es lógico pensar en muchos otros hombres y mujeres –que no comparecieron en el Proceso- con los que el P. César había ejercido el ministerio de confesor, que él mismo pudo confesar en una carta a su padre: “discúlpeme si al regreso dejo de responderle; porque me lo impide el confesonario, y tan a menudo soy tanto de los otros que me falto a mí mismo”. La dedicación a confesar, quitándole tiempo a los indispensables estudios para la realización de los Anales, le era ciertamente gravoso. Padre Felipe no dejó de “fastidiarle” también a este respecto. Lo hizo hasta en unas memorias dirigidas al Papa Clemente VIII, el cual, preocupado por la salud de Felipe –a quien tanto amaba y estimaba- le había invitado a cuidarse y le había mandado no bajar más a la Iglesia a confesar. Pidiendo el Papa quererle rehabilitar para confesar en la iglesia, el Padre, jocosamente como de costumbre, escribió que no le quedaban más “que cuatro mujercitas y hombres de poco talento, ya que Mons. César le había quitado la superioridad, Mons. Panfilio y el abad Maffa” y añadía: “Y los Sres. Cardenales le habrían confesado en el lecho, si no me hubiese sido robado por ellos mismos”. ¿Cómo ejerció el ministerio de la confesión el P. César con su Padre amado? No sabemos nada porque él, obviamente, no nos ha dejado ni una palabra. Sin embargo, tenemos esa significativa declaración en el Proceso: “…hablando conmigo, [el Padre] siempre se lamentaba de que la gente le apreciase más de lo que él era; de lo cual sentía amarguísimo arrepentimiento, considerándose grandísimo pecador…”, incluso revestido de confesor, el P. César no podía más que sentirse humilde discípulo en la escuela de aquel que le había modelado. Pax et oboedientia. Oboedientia et pax “Cada día –escribe De Libero en la obra citada- iba hasta la gran estatua de San Pedro, en verano y en invierno, colocaba la cabeza sobre el pie del Apóstol y decía en latín “Paz y obediencia”. Luego confesaba: “Creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólic”, y se quedaba de rodillas ante el sepulcro del Apóstol. Desde entonces, millones y millones de fieles renuevan el gesto sublime de fidelidad, y aquel pie se ha ido desgastando. Hay quien ha dicho que no ha sido Baronio el primero que introdujo la pía y simbólica práctica, aunque si es cierto -como no parece- se trataba, en todo caso, de un acto de devoción personal y no de una costumbre general y significativa”. Para su escudo episcopal y después como Papa, Ángel José Roncalli asumió el lema de Baronio Oboedientia et pax. No fue una elección casual, sino una expresión de la devota admiración con que, desde los años de la juventud sacerdotal, Roncalli se había alimentado en la imitación del autor de los Anales testimoniada con numerosos gestos hasta llegar al umbral del Cónclave, cuando con toda sencillez, se acercó a la Chiesa Nuova para visitar la tumba de Baronio, o cuando en los primeros días de Pontificado, volviendo de la toma de posesión de la Catedral de Roma, se quitó respetuosamente el capelo ante la Iglesia afirmando: “Estamos ante la tumba de S. Felipe y de Baronio”. Algunos años después, el 26 de mayo de 1960, quiso visitar de forma imprevista a estos personajes queridos por él –con la alegre sorpresa de los Padres- mientras se encontraba de paso ante la Chiesa Nuova. Con respecto al primero, es de gran belleza la declaración referida en la conferencia de 1907, donde no faltan observaciones personales que, examinadas a la luz de la historia posterior, contienen en germen y revelan el secreto de todo el Pontificado de Juan XXIII: “No olvidemos nunca el lema de Baronio. El gran Baronio nos mira. Repitamos con el corazón y los labios: oboedientia et pax. Qué grandeza sería un día también la nuestra: por el camino de la obediencia, salir exultantes a la gloriosa conquista de la paz”. Con respecto al segundo, es adorable en Diario de un alma la espontánea invocación salida del corazón del Papa que, desde joven monseñor, se inscribió como hermano en el Oratorio Seglar de Roma: “¡Oh mi buen Padre Felipe, sin hablaros me entendéis! El tiempo se acerca; ¿dónde está vuestra imagen en mí? Haz que yo entienda los auténticos principios de vuestra escuela mística para cultivar el espíritu, y los aproveche: humildad y amor. Sensatez, sensatez San Felipe, y santa alegría, purísima, y empuje fecundo de grandes obras. Beato Felipe, ayúdame a preparar la casa, apoya mi gélido pecho sobre el vuestro, ardiente de amor, de Espíritu Santo. Fac ut ardeat cor meum [Haz que arda mi corazón]. Amén”. Así mismo, la decisión de conceder a Don De Luca la facultad de reeditar la conferencia de los años de juventud se coloca en el ámbito de la admirada veneración de Ángel José Roncalli por Baronio y por San Felipe. En la Introducción a la reedición, D. De Luca aclara que aquel texto juvenil, lejos de verse superado a causa del tiempo transcurrido o del contenido expresado por la conmemoración, esboza, a través de la lectura atenta de la obra baroniana y del examen de la actividad sacerdotal del discípulo de San Felipe, un retrato general pero real, que evidencia la unidad entre el hombre Baronio –visto en su tiempo- y el Baronio escritor, autor fundamental de la historiografía eclesiástica. De hecho, escribía Roncalli: “Su vida en Roma, como sacerdote y cardenal, fue un reclamo para todos de una conducta menos mundana, más cristiana; tuvo un significado de reproche y de enérgica reacción contra el lujo de aquel tiempo; fue un signo de retorno a la pureza de los principios evangélicos. Su obra de escritor, su obra inmortal – los Anales eclesiásticos - fueron una batalla admirablemente dirigida, ganada triunfalmente contra los enemigos de la Iglesia y aún hoy, ante el fin de muchas obras que no se recordarán más, queda ella como un monumento”. Baronio –afirma el joven estudioso, con una definición que tiene el valor de una poderosa síntesis- fue “el profeta bíblico que por primera vez lanzó el solemne grito de resurrección, pues puso los documentos de la historia al servicio de la verdad”. Contemplando su rostro… “César Baronio era alto y una persona bien parecida, grave y majestuoso en el semblante, de formas distinguidas y delicadas. Los ojos, cerúleos de celeste luz centelleante y casi siempre entrecerrados, advierten de una modestia virginal y un alma recogida en meditación. Tenía la frente amplia y rugosa, la nariz larga y aguileña, cejas densas, las orejas pequeñas, el pelo negro y encrespado, y también la barba; sin embargo, cuando llegó a la madurez, se tornó densa y blanca. Se quedó estupefacto quien al verle con el traje pontifical tuvo la sensación de reconocer a Basilio, al Crisóstomo, a Ambrosio; tal era el áurea celeste que difundía a su alrededor” (Jerónimo Barnabei, 1651). Recuerdo una imagen del Cardenal que tuve la sorpresa de ver en Goa, en la entrada del Seminario Patriarcal de Rachol. El fresco –debido probablemente a la iniciativa de los Padres del Oratorio goano, que por dos veces en el siglo XVIII se encargaron de la dirección del Seminario- presenta un Baronio que se reconoce sólo por la inscripción “Em.mus Card. Caesar Baronius” situada al lado del personaje… La fisonomía del Cardenal está bastante alejada de aquella que la no escasa iconografía baroniana nos ha transmitido; el rostro oscuro se asemeja más al de un indio que al de un europeo. El pintor local, sin embargo, no dejó de caracterizar al personaje con dos elementos que muy a menudo acompañan las representaciones de Baronio: la pluma y el libro, instrumento y resultado de la inmaculada obra compuesta por Baronio al servicio de la verdad. Que el Cardenal esté representado en aquellas tierras lejanas testimonia la difusión de la fama que, desde el principio, incluso fuera de Italia, acompañó al autor de los Anales, cuya santa vida ha contribuido no poco al renacimiento de la Iglesia en el tumultuoso período del post Concilio Tridentino. En las dependencias de la Chiesa Nuova, podemos contemplar a Baronio en algunos hermosos retratos; por ejemplo, aquel que adorna la sala llamada “de los Cardenales”, puesto que están representados Cardenales y personajes ilustres. En esta bella tela, el desconocido autor del siglo XVII plasma a Baronio en recogimiento: postura escultural, barba fluida, frente reveladora de los altos pensamientos que ocupan la mente. En la mano izquierda un libro que apoya sobre la rodilla; entre el pulgar y el índice de la otra mano, casi abandonada sobre el brazo de la silla, una pluma.
El rostro hierático y austero, como el de un maestro que ha buscado el secreto del pasado y sabe que puede proponerlo también en el presente. Pero el retrato más interesante de Baronio es el conservado en la “sala roja” de los recuerdos de San Felipe. Pintado en 1605 –cuando Baronio tenía 67 años- por el sienés Francisco Vanni (1563-1619), seguidor del Barroco, fue donado por el hijo de éste al P. Mariano Sozzini; este cuadro es la base de los retratos de Baronio como aquel que ha transmitido a los artistas la verdadera efigie del Cardenal. El pintor, que conocía a Baronio, no tuvo dificultad en verlo más veces sentado en su escritorio o en otras circunstancias. En el octógono de Vanni, el Cardenal está retratado en la madurez de los años y del pensamiento: la frente está surcada de arrugas que esconden una voluntad tenaz; los ojos son los de quien está habituado a la meditación; pero la mirada manifiesta la intensidad de quien posee una visión amplia y segura. Observando aquel rostro vienen a la mente las palabras del biógrafo Barnabei: “Se quedó estupefacto quien al verle con el traje pontifical tuvo la sensación de reconocer a Basilio, al Crisóstomo, a Ambrosio…”.
Causa de Beatificación del Venerable César Baronio
Oración
¡Oh Dios, que has prometido exaltar a los humildes, dígnate escuchar las plegarias que te dirijo para la glorificación del venerable cardenal César Baronio, ferviente defensor de la Iglesia y de la Verdad en el campo de los estudios históricos. Haz que, imitando su virtud, yo vea a Jesús en el rostro de los hermanos, viva a la luz del Evangelio y me sea concedida, por su intercesión, la gracia que humildemente te pido (…). Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén. * * *
Para comunicar las gracias recibidas, solicitar información, material divulgativo y ofrendas para la Causa, dirigirse a: PROCURA GENERAL DEL ORATORIO Via di Parione, 33 00186 ROMA C.C.P. 73040966 Tel.: 06.689.25.37 e-mail: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. página web: www.oratoriosanfilippo.org