Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

«Felipe, el apóstol de la libertad» El musical.

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Solemnidad de la Santísima Trinidad
31-V-2026

«Entregó a su Unigénito» (Jn 3,16)

Queridos hermanos:
Quiero empezar centrando vuestra atención en unas palabras de Dios en la escena del libro del Éxodo. Dios había hecho un pacto con Israel, la Alianza del Sinaí. Concluido el pacto, Moisés subió al monte para recibir los Mandamientos; pero mientras tanto, en ausencia de Moisés, Israel se había hecho un becerro de oro y había dicho: «este es mi dios». Cuando Moisés bajó del Sinaí y vio el pecado de su pueblo rompió las tablas de una Alianza que ya había roto el pueblo con su pecado de idolatría. Alianza traicionada y rota desde el inicio. No parecía que hubiese futuro para la relación entre Dios e Israel. Sin embargo, Dios volvió a llamar a Moisés, para que subiese al Monte: «Labra dos tablas de piedra como las primeras y yo escribiré en ellas las palabras que había en las primeras tablas que tú rompiste. Prepárate para mañana, sube al amanecer a la montaña del Sinaí y espérame allí en la cima de la montaña». Moisés obedeció y fue entonces cuando Dios pasó delante de él revelando su ser: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad». Estas son las palabras sobre las que quería llamar vuestra atención. A continuación, Dios renovó la Alianza y volvió a darle a Moisés las diez palabras de vida para guiar a Israel, el Decálogo.
 Pero vamos al hecho mismo en el que Dios sale al encuentro de Moisés y en sus palabras: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad [fidelidad]». ¿Qué muestra Dios de sí mismo? Que no es una especie de ser aislado, encerrado en sí, una isla alejada de todo, autosuficiente y satisfecho de sí; sino alguien que viene hacia nosotros y se comunica, que abre un camino hacia nosotros y de nosotros hacia él. Ese camino que nos lleva a él es, en un principio, las diez palabras de vida, que nos llevan a él. Dios es apertura y relación. 1) Al decir que es compasivo y misericordioso, se nos anuncia como quien viene hasta nosotros para llevar sobre sí el peso de nuestra miseria moral; quien se acerca con el fin de perdonar y derramar su corazón sobre nuestra miseria y colmar toda la carencia, el vacío de nuestro ser. 2) Al decir que es leal, fiel, nos dice que es quien se entrega sin echarse para atrás: viene para no volverse. Este punto de la fidelidad es particularmente significativo, porque la escena se produce tras el gran pecado de idolatría de Israel. Dios, el Dios verdadero y absoluto, es el que viene a nosotros y establece con nosotros una Alianza estable, una amistad, que ni siquiera nuestro gran pecado puede romper. El Dios todopoderoso se hace Dios del hombre, e Israel lo canta como suyo: «Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres».
Las palabras de Jesús en el Evangelio, dichas a Nicodemo en el contexto de una conversación amistosa y privada, señalan el final del camino iniciado por Dios en su búsqueda del hombre. Aquí Jesús dice: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». En Jesús Dios viene definitivamente hacia nosotros para derramar su misericordia desde su corazón abierto en la cruz, viene para permanecer elevado en la cruz, en la Eucaristía, fiel, sin echarse atrás por nuestro pecado, actual y presente en cada Eucaristía, en el altar, el lugar del sacrificio, el lugar del sacrificio definitivo, del amor que no pasa porque ha resucitado, el amor que nos salva.
Pero, en las mismas palabras de Jesús a Nicodemo, «Entregó a su Unigénito», no solo se nos revela la grandeza del amor de Dios sino que se nos revela el porqué de este amor. Jesús habla de Dios como de Dios Padre, y de él como su Unigénito, como su Hijo Único, enviado para salvar al hombre. Insinúa el misterio de la Trinidad, que explica el porqué ama Dios al hombre con un amor tan excesivo: Dios ama al hombre porque en sí mismo, Dios es amor. Es la conclusión a la que el apóstol san Juan llega en su epístola: «Deus caritas est» (1 Jn 4,8). Dios ama al hombre y lo llama al amor, a la comunión, porque él es amor y comunión: el Padre que eternamente se entrega y engendra a su Hijo, el Unigénito, que eternamente recibe agradecido y amorosamente su ser del Padre, el Espíritu Santo que es la corriente de amor entre el Padre y el Hijo, espirado por uno y otro en su relación eterna.
Al enviar a su Hijo al mundo, desborda su amor paterno para llegar a nosotros, y nos llama al amor para hacernos hijos adoptivos, hijos en el Hijo, y darnos su Espíritu, el vínculo eterno de amor entre el Padre y el Hijo. Enviando a su Hijo como hombre ha abierto del todo su camino hacia nosotros, y al resucitar y ascender al cielo, ha abierto del todo nuestro camino hacia él. Dándonos su Espíritu, nos ha dado lo más íntimo del Hijo, el vínculo eterno de amor con su Padre.
Ahora bien, el amor exige amor: en el Éxodo el camino abierto al hombre hacia Dios estaba señalado por el Decálogo, que el propio Jesús sintetizará así: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”.  Este mandamiento es el principal y primero.  El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”» (Mt 22,37-39). Jesús, en su humanidad, nos ha abierto este camino en la cruz, porque eso es la cruz: el amor al hombre y a Dios hasta el extremo, hasta la perfección; el amor que ha vencido la muerte y nos lleva a la eternidad del amor de Dios Trino. La Trinidad es nuestro destino, solo podemos llegar unidos al Hijo único, y eso requiere nuestra obediencia al doble mandamiento del amor. Así participamos realmente de la Eucaristía, que es su sacrificio de amor y así caminamos hacia la Trinidad.
La Trinidad no es una teoría teológica, es el amor que da vida a nuestra vida y el destino glorioso de nuestro corazón.
Pero quiero hacer una advertencia. El camino a la Trinidad es la única vía recta para todo hombre y para la sociedad. Cuando se desdibuja la imagen de Dios Trino y olvidamos el camino que ha hecho hacia nosotros y ha abierto hacia él, nos olvidamos de quiénes somos y las relaciones humanas, en la casa, en la política, en todas partes… se convierten más y más en un infierno. Se multiplica la división y la violencia, nos convertimos en islas, el ambiente se hace cada vez más irrespirable… nos acercamos al infierno. Solo Dios es capaz de vencer el mal moral que todos llevamos dentro, solo su verdad es capaz de educar a la multitud y de organizar con justicia la sociedad. Solo la verdad de Dios nos salva: la verdad de quién es Él y de su amor por nosotros. Olvidad esta verdad y vuestra vida y vuestra sociedad se convertirá en un infierno.
Unámonos a Cristo en la Eucaristía y caminemos con él hasta el destino glorioso de la Trinidad, que él nos ha abierto, ofreciendo a todos, con humildad y caridad, la verdad que nos ha revelado y el camino que nos ha abierto.

 

 

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
 
P. Enrique Santayana C.O.
Archivos:
Homilía en la solemnidad de la Santísima Trinidad. 31 de mayo de 2026
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares
Autor-1709;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha-1709Domingo, 31 Mayo 2026 15:16
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