Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

«Felipe, el apóstol de la libertad» El musical.

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Domingo de Pentecostés
24-V-2026
 
«Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,22)
 
Queridos hermanos:

Celebramos la fiesta de Pentecostés y el protagonismo es del Espíritu Santo, la tercera persona de la Santísima Trinidad. Pentecostés es la donación, la efusión, por parte del Padre eterno y de Jesucristo, ascendido al cielo, del Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo es el vínculo de amor del Padre y del Hijo. El amor con el que, desde toda la eternidad, Dios Padre engendra al Hijo; el amor con el que, desde toda la eternidad, el Hijo recibe su ser del Padre. Pentecostés es el don de este vínculo de amor que es la persona del Espíritu Santo, un don que implica la continuación de la obra redentora de Cristo en la vida de la Iglesia hasta que Cristo vuelva.
 
Lo primero que querría que entendiésemos es lo que significa que Dios nos dé y que nosotros recibamos el Espíritu Santo. No es difícil, lo puede entender cualquiera que haya amado a un padre, a un hijo, a un esposo, a un amigo… Habrá experimentado entonces que, por bueno y profundo que sea este amor, siempre aparece un límite, un límite que no se puede traspasar: en la donación de mí mismo, y en la acogida del otro. Es un límite que hace que yo no pueda vivir del todo en mi amigo, ni mi amigo en mí, que no pueda vivir del todo en mi esposo, ni mi esposo en mí. Por grande que sea el afecto, por años que dure la amistad, por fiel que sea el matrimonio, siempre hay un punto en el que yo soy impenetrable por el otro y el otro es impenetrable para mí. Un límite al amor.
Dios, por el contrario, todopoderoso, al decidir amarnos, no encuentra límites que su amor no supere. Los límites que nosotros experimentamos son nada para él. Su amor ha roto los límites del cielo y de la tierra, los límites de la naturaleza: el que es del cielo se ha hecho de la tierra; el invisible se ha hecho visible, el inmortal, mortal; el que no puede ser contenido por el universo ni por la historia, se ha introducido a sí mimo en un instante de la historia y en punto insignificante del universo, hasta llenar tan solo el pequeño seno de María. Dios se ha hecho hombre. Su amor omnipotente ha roto los límites y se ha hecho uno de nosotros. No contento con eso, su amor le ha llevado a morir por nosotros, a llevar sobre su cuerpo y sobre su alma humana el peso de nuestras culpas y morir bajo su peso. Y, cuando ha resucitado, no ha abandonado en el sepulcro la humanidad que había asumido en el seno de la Virgen María, sino que también la ha glorificado y la ha llevado hasta lo más alto del cielo, que es lo que celebramos el domingo pasado, en la Ascensión. Pues bien, no le ha bastado a Dios con todo eso, y aquí llegamos al don de Pentecostés. El amor de Dios ha querido también romper el límite de la alteridad y penetrar en nosotros, para vivir él en nosotros y nosotros en él, para habitar más íntimamente en nosotros que nosotros mismos. Y eso lo hace dándonos su Espíritu.
 
El Espíritu Santo es lo más íntimo de Cristo, lo que le define, su relación con el Padre eterno. Es el corazón de su corazón, por decirlo de algún modo. Y eso es lo que nos da, para que habite en lo más íntimo de cada cristiano, para vivir él en nosotros y nosotros en él. Con su Espíritu, Cristo viene a nosotros de una forma nueva: ya no está solo delante de nosotros con su palabra en el Evangelio, con su presencia sustancial en la Eucaristía, sino también en nuestro propio espíritu. El don del Espíritu Santo es el don de Cristo mismo, que quiere habitar en nosotros.
Así un cristiano nunca está solo, no está realmente solo. No solo es amado por Dios, sino que lo tiene consigo, en su alma. De ahí viene la inhabitación de la Santísima Trinidad, de la que os he hablado otras veces. El caso es que, con el don de su Espíritu, Cristo viene a morar en nosotros y nosotros podemos entrar en este diálogo de amor con él.
En el libro de los Hechos de los Apóstoles hemos escuchado cómo se derramó el Espíritu Santo en Pentecostés. Tenía que ser visible, para que se dieran cuenta de lo que ocurría. Un viento llenó la casa donde se encontraban, y aquello retumbó; y unas lenguas como de fuego se posaron sobre cada uno de ellos. Nuestra imaginación suele pararse en estas manifestaciones externas, pero el hecho sustancial es que fueron llenos del Espíritu Santo. Esto es lo decisivo: su alma se convirtió en un templo del Espíritu Santo.
En el Evangelio hemos escuchado que Jesús se pone en medio y dice: «La paz esté con vosotros». Luego lo vuelve a repetir y exhala sobre ellos su Espíritu. Lo más íntimo, su mismo corazón, su mismo Espíritu. Y dice: «Recibid el Espíritu Santo». A la acción de Cristo, de «dar», se corresponde la nuestra de «recibir». ¿Cómo se recibe el Espíritu Santo? Acogiéndolo con fe. Igual que nos acercamos con fe a acoger el cuerpo de Cristo, o el perdón al confesionario, también con fe escuchamos las palabras de Cristo: «Recibid el Espíritu Santo». Y lo acogemos, aunque no aparezca fuego encima de nuestras cabezas y aunque no tiemble todo. Ahora tenemos a Cristo, y al Dios Uno y Trino, no solo junto a nosotros, sino en nosotros.
Pero este hecho de darnos Cristo su Espíritu, y de acogerlo nosotros, significa también entrar en la dinámica del amor trinitario, la dinámica del amor con el que el Padre ha enviado a su Hijo al mundo para salvar a cada hombre. Por eso, Cristo dice: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y sopla sobre ellos el Espíritu Santo, y enseguida vuelve a hablar de esta misión: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Todos los cristianos participamos de la misión de Cristo, porque todos somos miembros suyos, porque en todos nosotros vive su Espíritu. Aunque cada uno reciba una vocación particular y unos dones determinados, todos los cristianos participamos de la misión de Cristo. A este respecto, solemos fijarnos en lo que ocurrió en Pentecostés con los Apóstoles, cuando salieron de la casa y abiertamente empezaron a dar testimonio del Evangelio. Y solemos decir: antes de recibir el Espíritu eran miedosos, luego el Espíritu Santo los llenó de valor. Es cierto, pero hay algo más decisivo que su miedo o su valor: ahora dan testimonio de algo que no está fuera de ellos, sino dentro de ellos. Dios vive en ellos, y dan testimonio de algo que poseen en su corazón, y que nadie les podrá arrebatar jamás. Son movidos desde los más íntimo por este vínculo del amor de Dios, que les hace participar de la misión salvífica de Cristo. Eso es lo que no tenían antes y ahora sí.
 
A todos los discípulos se nos da el Espíritu Santo y todos tenemos la misión de llevar la reconciliación de Dios a los hombres. No todos absolviendo los pecados —eso nos toca a los sacerdotes—, pero sí mostrando a los hombres el amor de Dios. ¿Cómo se muestra eso? Hablando, sin duda; pero, sobre todo, haciendo lo que hace Cristo. ¿Y qué hace? Llevar el pecado de todos sobre su humanidad inocente. Sí, nosotros debemos llevar unos las cargas de los otros. Más aún, debemos llevar sobre nosotros los pecados del mundo. Ves a tu hermano lejos de Dios; no lo alejes de ti a la primera; acércate a él y da testimonio de la Verdad. Ves que peca, quizá haya perdido la conciencia de pecado y no se da cuenta; le hablas de Dios y de su amor, pero él no entiende. ¿Qué hacer? Lleva tú sus cargas, ofrécete tú a Dios para llevar sus cargas y suplica su perdón como lo suplicarías si fuesen tus propios pecados, ofreciéndote tú con Cristo que se ofrece en la Eucaristía. Así lleva la Iglesia a todos los hombres, en cada generación, el perdón y la vida de Dios.
 
He querido subrayar lo que significa Pentecostés como superación del límite del amor. En la oración, en los sacramentos, en la escucha de su palabra, se cuida y se alimenta este don que se nos da para que cada uno de nosotros podamos tener un trato personal, directo, inmediato e íntimo con Dios. Y luego, os he hablado algo de la misión que recibimos con el don del Espíritu. Pues bien: recibid el Espíritu Santo.
 
 
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
 
Enrique Santayana C.O.
Archivos:
Homilía del Domingo de Pentecostés, 24 de mayo de 2026
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares
Autor-1708;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha-1708Miércoles, 27 Mayo 2026 20:52
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