Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

«Felipe, el apóstol de la libertad» El musical.

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XXIII Dom. C – 7-IX-2025

 «Así se enderezaron las sendas de los terrestres» (Sb 9,18)

 

Queridos todos, después de los meses de julio y agosto, me alegro de volver a celebrar con vosotros la Misa del domingo.
¿Recordáis las últimas palabras del evangelio del domingo pasado? Os las recuerdo: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos». Es lo que hace el Señor con nosotros cada domingo. Al que es limpio, le disgusta juntarse con quien va sucio y huele mal; al que es inteligente e instruido, no le suele gustar perder el tiempo con quien es ignorante y tiene pocas luces, se aburre con él; al honrado, le asquea la compañía de mentirosos y ladrones; al virtuoso, le repele el vicioso… Así es el movimiento natural del corazón. Pensad, ahora, en el sentimiento de Dios hacia nosotros: no siempre sinceros, no siempre puros, no siempre justos. Al contrario: muchas veces embusteros o simuladores; a veces impuros, llevados de pensamientos y deseos vergonzosos; a veces desleales con el amigo o con la esposa; a veces egoístas y desagradecidos con los padres; a veces avaros y tacaños; a veces, insensibles al dolor de los otros, fríos e indiferentes; a veces duros en nuestros juicios con las debilidades de los demás, a pesar de que nosotros caigamos con frecuencia en sus mismos pecados; a veces tramposos; a veces iracundos con los débiles y cobardes con los poderosos; muchas veces perezosos o incapaces de controlar lo que comemos o lo que bebemos… ¡Y sobre todo el orgullo y la soberbia que nos hacen insufribles y odiosos! ¿Creéis que es plato de gusto para el que es santo entre los santos, puro, sabio, justo… convivir con nosotros? No, y hecho hombre, en su sensibilidad humanidad se levantaría una tormenta de sentimientos contrarios a nuestra compañía, tormenta de sentimientos contarios a nosotros que su libertad negó y contrarió con el movimiento opusto: el del amor, el de la misericordia que se entrega a lo miserable. Esto ocurre cada domingo, cuando él, verdadero hombre, resucitado, vivo, nos llama y nos ve acercarnos, «pobres, lisiados, cojos y ciegos», en el alma, moralmente. Y hace un acto de voluntad, un acto libre con el que decide amarnos y hablarnos de lo íntimo de sí, y darnos su propia persona como alimento.
San Pablo expresa de otra forma la misma realidad, teniendo a la vista a Cristo crucificado: «Cuando éramos enemigos suyos, él nos amó». Y podríamos decir que nuestros pecados, en la medida en que permanecen en nosotros, siguen haciéndonos, en cierto sentido, enemigos de Cristo. Y diré, sin ninguna duda, que Jesús, sigue reiterando, o actualizando, cada domingo ese acto libre de su voluntad, por el cual nos convierte en sus amigos y se nos da: la decisión de amarnos.
No es de extrañar que quien ama así, quien nos ha dado la primacía en su vida, quien nos ha amado más que a sí mismo, y ha cargado con nuestros pecados desde el pesebre hasta la cruz, se vuelva hacia nosotros y nos exija, con toda rotundidad, tener la primacía en nuestro corazón y en nuestra vida, la total primacía, y seguirlo en su amor. Eso es lo que aparece en el evangelio de hoy: Jesús ve una gran multitud que lo sigue y quiere, necesita, ser claro: su amor no es un sentimiento que va y viene, es una decisión por la que ordena toda su vida a la cruz, como acto extremo y final de amor con el que decide salvarnos. Y eso requiere de nosotros no un mero sentimiento de emoción o de agradecimiento, sino la decisión consciente, ponderada, de hacer de Cristo nuestro verdadero Señor: «Mucha gente acompañaba a Jesús. Él se volvió y les dijo: “Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío”».
Hay que pensarlo, hay que calcularlo, como el que quiere construir una torre y antes echa cálculos, como el que quiere emprender una guerra y antes tiene que valorar si va a poder vencer. Debemos valorar bien a Cristo y su amor, y entender que su amor exige nuestro amor, que él concreta en tres cosas: 1) amarlo a él más que a nadie y más que la vida misma; 2) llevar la propia cruz y seguirlo; y 3) renunciar a todas las posesiones.
Cada uno de nosotros ha de entender y vivir estas exigencias según su propia vocación, porque no quiere el Señor que todos seamos cartujos o carmelitas descalzas, o todos misioneros itinerantes como san Pablo, no. Lo que exige su amor es que lo ordenemos todo no a nosotros —que es lo que solemos hacer—, ni a ninguna otra criatura, sino a él.
¿Es esto un capricho? No, es que el amor pide amor, y no se contenta sino con el amor y solo puede pagarse con amor y solo puede llegar al fin al que tiende si es correspondido con un amor semejante. Pero hay algo más. Os preguntaba si esta exigencia de Cristo es un capricho. No lo es, porque solo en poseerlo a él por el amor el corazón del hombre descansa. Él, solo él, solo Cristo derrama gozo y plenitud en el corazón del hombre. Solo él es nuestro bien. Esta es la sabiduría desconocida en la antigüedad y por la que clamaba la primera lectura, aquello que los judíos justos anteriores a Cristo aún desconocían: que nuestro corazón está hecho para el Hijo de Dios, que habría de hacerse hombre y morir en la cruz. Este es el conocimiento que endereza nuestros caminos en la tierra hasta la vida verdadera.
«Grande eres, Señor […] y nos has hecho para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
 
P. Enrique Santayana C.O.
Archivos:
Homilía del domingo 7 de septiembre de 2025, XXIII del TO, ciclo C
En la iglesia del Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
Madrid
Autor-1672;P. Enrique Santayana C.O.
Fecha-1672Domingo, 07 Septiembre 2025 11:11
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