Epifanía 2026
Se llenaron de inmensa alegría (Mt 2,10)
En este tiempo de Navidad centramos nuestra atención en el nacimiento mismo de Cristo y reflexionamos en torno a su significado, pero habitualmente pasamos por alto la importancia espiritual de esta fiesta de la Epifanía, de la manifestación divina: en Jesucristo Dios se manifiesta, se da a conocer. Isaías nos hace entender esta manifestación como una luz que aparece en medio de la oscuridad. Y el relato del Evangelio según san Mateo, nos muestra a Jesús, desde su nacimiento como esta luz que alcanza también a hombres lejanos. En realidad, este hecho es solo el anuncio de lo que ocurrirá después de Pentecostés, cuando la Iglesia empiece a extender la luz de Cristo a todos los hombres. Pero ya en este momento de su infancia, atrayendo hacia sí a los Magos, muestra que él es la luz que trae el conocimiento de Dios, que nos revela el misterio de Dios y así también el misterio de nuestro propio corazón: que está hecho para Dios.
Quiero llamar vuestra atención sobre un detalle. Es tan importante para san Mateo esta epifanía, que en su relato pasa casi de puntillas sobre el nacimiento y va directamente a contarnos la historia de los sabios de Oriente. Buscad en vuestra casa, si queréis, el fin del capítulo primero y el inicio del capítulo segundo de Mateo. Todo lo que dice del nacimiento de Jesús es esto: «María dio a luz un hijo al que puso por nombre Jesús». Enseguida introduce la narración de los Magos así: «Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, he aquí («idou») que unos magos…», etc. En las traducciones no solemos percibir esta forma que tiene Mateo de poner el foco en los Magos y de subrayar la importancia de lo que se dispone a contar: «nacido Jesús, […] he aquí que…».
San Mateo, un narrador cuidadoso, está también muy interesado en mostrar a Jesús como el verdadero heredero de David, es decir, como el Mesías Rey. Jesús se manifiesta como el verdadero rey justamente «en tiempos del rey Herodes» y los Magos se presentan en Jerusalén preguntando a Herodes: «¿dónde está el rey de los judíos que ha nacido?». La contraposición no puede ser más clara. Además, Herodes era un usurpador del trono de David, ni siquiera era judío, era un idumeo que había medrado hasta conseguir del Senado romano el título de rey y, luego, la ratificación de Augusto. Un paso más: el verdadero rey se manifiesta en la pura indefensión de su infancia, y culminará su revelación como Rey, de nuevo, en la pura indefensión de la cruz. San Mateo subraya la relación entre estas dos manifestaciones de la realeza de Jesús, usando en estos dos momentos la expresión «el rey de los judíos». La dicen aquí los magos y solo volverá a aparecer en la pasión, cuando los soldados golpean a Jesús y con burla le dicen: «Salve, rey de los judíos. ¡Adivina quién te ha pegado!»; y cuando Pilatos hace poner sobre la cruz la inscripción: «Este es el Rey de los judíos». El evangelista nos dice así que el verdadero rey es el que se ha hecho niño indefenso, el que llevará sobre sí el pecado de todos y entregará su vida por la salvación de todos; Así Jesús es la manifestación de Dios, el que nos dice quién es Dios: un misterio de amor.
La realeza del Niño está en relación con la estrella. Ya hemos escuchado que Isaías hablaba de una estrella, una luz, que surgía, que se levantaba sobre Jerusalén. El mundo oriental identificaba a los reyes con las estrellas y con un origen divino. Y justamente un oriental, Balaam, en un tiempo anterior a Isaías, había tenido una visión profética: una estrella que se levantaba de Israel, un trono, un rey que destrozaría a sus enemigos (Cf.: Num 24,17). Balaam no era un profeta judío, sino un sabio oriental, como después los Magos del Evangelio. La profecía de Balaam quedó recogida en la Biblia, pero también en otros escritos no judíos. Y en los tiempos inmediatamente anteriores a Cristo, había escritos judíos (literatura intertestamentaria) y otros escritos orientales que hablaban de esa profecía. Por eso es fácil suponer que los sabios de Oriente, quizá de Mesopotamia, conociesen la profecía de Balaam. El caso es que, cuando llegan a Jerusalén y preguntan por el «rey de los judíos que ha nacido», como señal de que no están locos, dicen: «hemos visto salir su estrella». Literalmente el texto dice: «hemos visto el levantarse de su estrella». La estrella nos señala al Mesías Rey esperado; nos lo identifica con la luz, como el bien; y nos dice que es para todos, también para el que viene de lejos, para el que cree que Dios está lejos de él, por el motivo que sea. Balaam, un pagano, había profetizado esta estrella, y otros paganos la reconocen. No solo la reconocen —¡y aquí viene la grandeza espiritual y moral de los Magos!—, también se percatan de que tiene que ver con ellos, con su búsqueda de la verdad, con el misterio que habita el corazón de todo hombre, judío o no, lejano o cercano. Y se sienten en la obligación de emprender el viaje, indagar, buscar y, finalmente adorar.
No sé si os habéis dado cuenta de este otro detalle del relato: el camino de búsqueda de los Magos, por esforzado que sea ponerse en camino a un lugar desconocido, está marcado por la alegría. Después de salir de Jerusalén, vieron de nuevo la estrella, que comenzó a guiarlos hasta donde estaba el niño. Y san Mateo anota: «se llenaron de inmensa alegría». El bien, la luz, Dios que se hace hombre, su bondad, su humildad, se corresponde con el misterio de nuestra alma: con su deseo de conocer a Dios, de encontrarlo. De ahí nace la alegría del corazón. Por el contrario, san Mateo hace notar que cuando los Magos hablaron de la estrella y del nacimiento del Rey, Herodes, se estremeció —se sobresaltó— y toda Jerusalén con él. Lo mismo ocurrirá cuando Jesús entre en Jerusalén para padecer, «toda la ciudad se estremeció», dirá el mismo evangelista. Los que no buscan la verdad, se llenan de temor ante ella, se estremecen. Herodes se estremece y termina buscando al niño para matarlo; los habitantes de Jerusalén, se estremecen cuando entra Jesús aclamado como rey por sus discípulos, y terminarán gritando su condena: «Crucifícalo, crucifícalo».
Mateo contrapone los dos reyes: el falso y el verdadero, Herodes y Jesús; pero también pone frente a frente dos tipos de hombres: unos vienen de lejos, tienen que hacer un largo camino, no solo geográfico, sino espiritual y moral, pero buscan, identifican y adoran. Aman lo que aún no conocen bien y cuando lo encuentran lo adoran. Otros, que conocen las Escrituras, que son de casa, de la misma familia espiritual, podríamos decir, miran con frialdad, con desprecio, con temor, con crueldad. Se cumple trágicamente lo de san Juan: «Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron, pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios». Enseguida la voz de la conciencia llama a nuestra puerta, para interrogarnos, y preguntarnos: ¿dónde quieres estar tú? ¿Entre los que salen, buscan y adoran, o entre los otros?
Los Magos vienen de lejos, movidos por el deseo de la luz, del conocimiento de Dios. Por esta luz que se levanta en el cielo, reconocen a Dios en un niño frágil, que reclama el amor y el cuidado de María. Así reconocen que el Creador, el Dios del cielo y de la tierra, es humilde y solo reclama amor. Y su corazón se inclina hacia él, lo adoran. El hombre está hecho para adorar a Dios, que se ha inclinado hasta nosotros, hasta hacerse uno de nosotros. He aquí la alegría del corazón: el conocimiento del verdadero rostro de Dios y la cercanía de Dios: Jesús. Él es la alegría del corazón. ¡Adorémoslo! ¡Inclinemos nuestro corazón hacia él!
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
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Homilía de la Epifanía, 6 de enero de 2026 en el Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares