Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

Bautismo del Señor
11 de enero de 2026

«Se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios
bajaba como una paloma y se posaba sobre él» (Mt 3,16)

Jesús es bautizado por el Bautista en el Jordán y en ese momento sucede algo extraordinario. Pero partamos del bautismo que practicaba el Bautista a quien escuchaba su llamada a la conversión, miremos la materialidad del «rito» del Bautista: Juan, metido en el río, sumergía en él a los que se acercaban. Sumergirse, ser abrazado y rodeado por las aguas, nos habla de algo que implica toda la vida y todo el ser de quien se sumerge, desde las cosas más importantes a las más insignificantes. Todo el hombre se sumerge, todo el hombre se entrega. Es verdad que ese sumergirse expresa otras realidades importantes, pero hoy quiero limitarme a esto: el que se sumerge se entrega a esas aguas. Pero, ¿a qué se entrega? Este es el segundo paso: se trata de una entrega por entero, pero ¿a qué? ¿qué simbolizan estas aguas? La palabra que lo resume es “penitencia”. El bautismo «con agua» significa penitencia: reconocimiento del pecado, súplica de perdón, petición de una fuerza divina que nosotros no tenemos para cambiar de vida, más aún, para cambiar el corazón. ¡Eso era el bautismo de Juan! Pero estos aspectos de la penitencia, sobre todo los dos últimos, la súplica del perdón y petición de una fuerza divina que nos salve, que cambie el corazón, es claro que reclama algo más, que no está ni en las aguas, ni en el Bautista, ni en el que se sumerge, algo que está más allá de la penitencia: un don del cielo, un don de lo alto, un don de Dios. Así se muestra que el bautismo de Juan, el bautismo de agua, es preparación, necesaria, pero preparación, de algo más grande. A eso más grande se refería ya el propio Bautista en las palabras que escuchamos el domingo pasado: «El que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”». De estas palabras deducimos dos cosas: que el bautismo de agua preparaba el bautismo de Espíritu Santo. Y que aquel que recibe el Espíritu Santo en plenitud como propio (bajar sobre él y posarse, quedarse) es quien puede bautizar con Espíritu Santo.
Ahora, si el agua ya hemos dicho que significa básicamente penitencia. ¿Qué es el Espíritu Santo? El Espíritu Santo es el amor divino. Un amor que es de Dios, que viene de él y que es, por tanto, perfecto. No hablamos aquí de una imagen humana del amor divino, una participación humana del amor divino, sino del amor divino en cuanto tal, la tercera persona de la Santísima Trinidad. El Espíritu Santo, tercera persona de la Trinidad, es el vínculo de amor eterno entre el Padre y el Hijo. Ser bautizados, sumergidos por entero, en él, significa ser abrazados e introducidos en el amor de Dios, en el vínculo de amor eterno entre el Padre y el Hijo. ¿Quién puede «tomar» a un hombre y bautizarlo con el Espíritu Santo? Aquel que lo posee como algo propio, y ese es Jesús. «Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse [“permanecer”] sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo». Jesús no solo recibe el Espíritu Santo, sino que lo posee, permanece sobre él. El Hijo eterno es el poseedor de este Espíritu desde toda la eternidad, pero con la unción de ese mismo Espíritu en el Jordán se expresa la participación de la humanidad de Cristo en la unción eterna del Hijo. Al final, la humanidad de la única persona del Hijo, se convierte en la fuente del Espíritu Santo para los otros hombres. De su humanidad, recibimos los hombres el Espíritu divino.
Consideremos ahora, cómo ha querido la providencia divina hacer que la carne de Cristo, su humanidad, se convierta en la fuente de la efusión del Espíritu para todos los hombres: sometiéndose al bautismo de agua, esto es, a la penitencia. Es lo que vemos en el relato del Evangelio: que Jesús, el Hijo de Dios, se somete al bautismo de Juan. La resistencia del bautista nos muestra lo desproporcionado de este hecho, que el Hijo eterno haya querido hacer penitencia. Pero es que así hace suyo el pecado del hombre, y muestra que el amor divino, eterno entre las personas divinas, se convierte, en la historia, en amor al hombre. Jesús se hace uno con el hombre histórico, con el hombre que existe, el hombre pecador. Jesús se confiesa pecador porque me ha hecho suyo, ha hecho suyo mi pecado, suplica perdón por mí en su propia persona, y espera por mí y para mí el don de lo alto, de su Padre, porque todo lo suyo viene del Padre. Y Dios le da a Jesús, que lleva en él al Adán caído, a todos los hombres, el don de lo alto: el Espíritu Santo. «Apenas bautizado, Jesús salió del agua, se abrieron los cielos y vio que el Espíritu Santo bajaba sobre él en forma de paloma y se posaba sobre Él». Así Jesús une el Espíritu Santo al agua. Une el amor a la penitencia. El amor divino, la vida divina, a la penitencia humilde del hombre pecador.
Por el bautismo de Cristo, por su súplica en nuestra carne, por su virtud, nosotros hemos recibido el perdón y el don sobreabundante de su Espíritu, de la vida divina. Por él, la súplica de perdón por nuestros pecados se convierte en don del amor de Dios, un amor que no muere, un amor que nos lleva al cielo, un amor que nos introduce en la vida de la Santísima Trinidad.
Ahora quiero volver de nuevo a las palabras del Bautista: «Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo». El signo para identificar al Mesías es el Espíritu Santo: «Aquel sobre quien veas bajar…». El amor divino, no cualquier amor bueno, sino el divino, el perfecto, ese amor es el signo que identifica a Cristo. Lo identifica en el Jordán bajo la forma de la paloma, pero lo identifica en el camino de caridad —«pasó haciendo el bien»— que es toda la vida de Cristo, hasta llegar a la Eucaristía y a la cruz. En ese amor nuestro corazón reconoce lo que es más grande que el universo. En el amor perfecto de la Eucaristía, de la cruz, se reconoce a Dios. Casi instintivamente, cuando nuestro corazón se centra ante él, reconoce a Dios. Así no nos extraña que cuando el centurión romano ve morir a Jesús en la cruz dijese en un acto de fe: «Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios». Todo amor verdadero tiene algo de divino, pero este amor del Hijo entregado hasta el final por nosotros es la manifestación plena de Dios. Después de recibir este Espíritu, el Padre deja oír su voz desde el cielo: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Y después de morir, la resurrección de Cristo es también la declaración por parte del Padre de que aquel hombre que había muerto en la cruz destrozado y habían enterrado en la fosa era realmente quien decía ser, su Hijo, y había hecho lo que decía que iba a hacer, ser el salvador del mundo entregando su vida, «el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo», el que daba su vida «en rescate por muchos».
Este misterio de amor es para nosotros. Llega a nosotros y nos envuelve. Tanto en cuanto nos entregamos a una verdadera penitencia, —verdadera por sincera y humilde, no porque sea tremenda en sus exigencias—, nos unimos a Jesús en su bautismo de agua y recibimos de él también el bautismo de Espíritu Santo. Al recibirlo, también nuestra vida queda dirigida con Cristo a la Eucaristía y a la Cruz: para alimentarnos de este amor y para entregarnos con él. Para las dos cosas, que son una. El bautismo y la confirmación preparan para la Eucaristía y el martirio, el testimonio de Dios. Al Hijo se le reconoce por su amor divino, perfecto, hasta la cruz. A los cristianos se les reconoce por la participación de este amor. Alimentar nuestra alma del amor que vence la muerte es una sola cosa con entregar nuestra vida con Cristo, con ser testigos de Dios.
Nuestros hijos, nuestros amigos, los hombres de este mundo que buscan a tientas a Dios a veces sin saberlo, esperan el signo de la presencia de Dios: un amor que llega a la muerte, un amor más fuerte que la muerte. Los que no esperan ni buscan solo podrán ser despertados por la manifestación de ese mismo amor: el amor de Cristo en la cruz, el amor de los mártires, de los santos. Que Dios nos conceda gozar de este amor y vivir y morir amando con Cristo. 
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado

Enrique Santayana C.O.
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Homilía del Domingo 11 de enero de 2026
Fiesta del Bautismo del Señor
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares
Autor-1689;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha-1689Jueves, 15 Enero 2026 16:07
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