Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

I Domingo de Cuaresma A
22-II-2026

«Vete, Satanás» (Mt 4,10)

 

Queridos todos, la imagen principal de hoy es la de Jesús en lucha contra el mal. Él se pone al frente de una lucha en la que está en juego nuestra vida. Nosotros, lo queramos o no, estamos metidos en esta guerra a muerte, que empezó con el pecado original y que incumbe a todo hombre. Y la idea práctica que debe calar en nosotros es que debemos unirnos a él, ponernos junto a él en esta lucha e imitarlo. Pero vamos por partes.
«Dios plantó un jardín en Edén […] y colocó en él al hombre que había modelado». De esta forma el relato del pecado original subraya que Dios creó al hombre cercano a él. Edén, el «paraíso», designa el estado de dicha natural en el que Dios crea al hombre, rodeándolo de su cercanía y amistad. Este es el primer dato que nos ayuda a mirar el evangelio. Allí Cristo no irá a un jardín, a un paraíso, sino al desierto.
Se nos dice también que el Señor hizo brotar en medio del paraíso dos árboles singulares: «el árbol de la vida» y «el árbol del conocimiento del bien y del mal». El árbol de la vida esconde un misterio que solo se aclara en la cruz: es el árbol del amor obediente, del amor filial, es el árbol de la obediencia. Por el contrario, el árbol del conocimiento del bien y del mal es el árbol que significa la autonomía: no obedeceré, obraré por mi cuenta, me hago autónomo para decir lo bueno o lo malo. El árbol del conocimiento del bien y del mal es el árbol de la desobediencia.
Ahora, ¿qué significa la existencia de estos dos árboles en el centro de Edén? La libertad del hombre, que puede obedecer como criatura o desobedecer declarándose independiente, su propio Dios. La consecuencia de la elección del primer árbol la veremos en Cristo resucitado: nuestra humanidad venciendo la muerte, superando la distancia que nos separa de Dios y participando de su vida trinitaria. La consecuencia de elegir la independencia de Dios es la muerte. El propio Adán lo dice: «Nos ha dicho Dios: “No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis”. Pronto lo experimentaría por sí mismo: el libro del Génesis da cuenta de todo el camino de muerte que se abre con ese pecado, incluyendo el homicidio, Caín que asesina a Abel… ¡Ha empezado la guerra! Es la guerra del diablo por arrancarnos de Dios y destruirnos, guerra tan real para cada hombre como lo es el hecho de que cada hombre es creado por Dios como un “tú” amado y singularísimo para él. Este primer pecado introduce en el espíritu humano, creado inmortal, un fermento de muerte que avanza en dirección a la muerte eterna. Nunca podrá hacer que el alma deje de existir, pero sí que el alma viva una muerte sin fin.
Esto nos habla de lo serio y grave que es el don de la libertad. Es un don enorme, porque solo la libertad posibilita el amor: de los esposos, de los hijos, de los amigos, aunque está hecha, finalmente, para posibilitar el diálogo amoroso entre Dios y el alma, sin nada en medio, un completo cara a cara. La libertad que Dios nos ha dado es hermosa y terrible a la vez: por ella nos podemos entregar a Dios hasta que él nos lleve con Cristo hasta la vida trinitaria; o por ella podemos, por el contrario, arrojarnos en el abismo de la muerte eterna, de la soledad radical, del infierno. Es el camino que inició Adán. Y, aunque Dios sabe que el hombre sucumbirá a la tentación de querer ser su propio Dios, sabe también, ha previsto en su plan de salvación, que su Hijo Amado, que él enviará como hombre verdadero, resistirá en medio de esta tentación y tomará el camino de la obediencia filial.
Es lo que vemos en el Evangelio: a Jesús luchando contra la tentación. Desde ese momento, la tentación estará siempre ahí y se hará cada vez más intensa, hasta el momento de la cruz, cuando en el límite de sus fuerzas Jesús escuche: «Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz» (Mt 27,40). Durante toda su vida, Cristo —por decirlo con un símbolo— tuvo delante los dos árboles del paraíso; y cada día, casi en cada instante, con cada gesto y con cada palabra eligió amar, obedecer, servir. Dijo sí a su Padre y dijo sí a mi salvación a costa de sí mismo. Y, al final, abraza el árbol de la obediencia filial y amorosa, la cruz. Él va al desierto para iniciar este camino. El Padre lo ha enviado al mundo para esto y el Espíritu de Dios, dice el evangelista, lo llevó al desierto para dar inicio a esta lucha.
A nosotros se nos propone al inicio de la Cuaresma para que lo acompañemos en su pelea contra el pecado. Hemos de seguirlo y luchar con él y como lo hace él. La primera lección es la de ir al desierto: mortificarnos para fortalecer nuestro espíritu. En el desierto, el cuerpo de Cristo se debilita, pero su espíritu se fortalece. No hay otro camino, no podemos vencer en el camino del amor sin mortificarnos, sin aprender a morir privándonos de cosas lícitas. Además del ayuno del viernes santo y de la abstinencia de los viernes, ¿qué camino de mortificación del cuerpo y de la voluntad me propongo para esta Cuaresma? —Aquí es bueno, consultar con el confesor, no sea que uno se proponga algo que no sea apropiado para él—. Pero no podemos vivir la Cuaresma como meros espectadores del camino de Cristo. Hemos de caminarlo con él.
Imaginad el momento de la primera tentación. Cristo ha pasado ayunando en el desierto cuarenta días. Habría perdido mucho peso, estaría agotado físicamente y el demonio le propone usar su poder para remediar ese estado de hambre y agotamiento: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan». Las tentaciones de Cristo fueron totalmente reales, las sufrió como hombre verdadero. Y en su debilidad humana extrema, Cristo se defiende con la Palabra de Dios y con ella indica dónde está la fuente del verdadero alimento del alma: «Dice la Escritura: no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Nuestro espíritu necesita alimento y hemos de buscarlo en Dios. Queridos, debemos rezar más, sobre todo debemos escuchar más la Escritura, no solo cuando venimos a Misa. Debemos proponernos un plan de oración seria, que incluya la lectura silenciosa de la Escritura, el diálogo con Dios a través de su Palabra, la meditación de esa Palabra en la que él se nos dice y se nos da íntimamente. Quien no haga oración, ya puede darse por muerto en esta guerra.
Las otras dos tentaciones también son totalmente auténticas y reales para Cristo. Él podía procurarse el favor de la multitud con milagros espectaculares, uno tras otro, hasta conseguir el sometimiento del mundo a su poder humano. Pero no es este poder mundano el que el Padre quiere que muestre, sino el poder del amor, que pasa por la entrega y el sacrificio de sí, el único poder que agranda nuestro corazón y lo hace digno de Dios. Tentamos a Dios cuando pretendemos que sea él quien se ajuste a nuestro camino. Hemos de acostumbrarnos a mirarle a él y a preguntarle qué quiere de nosotros, cómo quiere que hagamos las cosas, cómo enfrentarnos a los asuntos importantes y a los cotidianos. Entregar el camino de nuestra vida a este ídolo del éxito y del poder, sin preguntarnos qué quiere Dios en cada caso, sin discernir el camino del amor verdadero, y luego pretender el favor de Dios es tentarlo: nuestro corazón no se hallará dispuesto, ha tomado otro camino. De nuevo se hace necesaria la oración y no solo, se hace necesaria también la dirección espiritual. ¡Pobre el cristiano que cree poder conducirse solo en la vida sin ser engañado por el diablo!
La tercera tentación domina nuestro mundo. Hemos de reconocer que estamos rendidos al ídolo de la riqueza. Pero todo el oro del mundo no puede saciar el corazón del hombre, hecho para Dios, para adorar y amar a Dios. Eso no significa que no podamos gozar de los bienes de este mundo, bienes que nos ha dado Dios para disfrutarlos y usarlos para el bien, pero no para dejarnos esclavizar por ellos, ni para olvidarnos del sufrimiento de los otros, ni para olvidarnos de Dios, ni para olvidarnos de nuestro propio corazón, que solo puede encontrar descanso en Dios. No podemos servir a dos señores: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto», solo a él le entregarás el corazón. De ahí la necesidad de practicar la limosna, la limosna de verdad, no una miseria que no suponga ningún sacrificio para nosotros. Limosna hecha por caridad hacia los otros, pero también por caridad con nuestro propio corazón, para que busque su único posible descanso: el corazón de Dios. «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti».
Queridos, estamos al comienzo de la cuaresma, tomemos en serio nuestra vida, nuestra libertad, nuestro destino eterno. Unámonos a Cristo, luchemos con él.

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado

P. Enrique Santayana C.O.

Archivos:
Homilía del domingo 22 de febrero de 2026,
I de Cuaresma
Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
Autor-1695;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha-1695Miércoles, 25 Febrero 2026 21:46
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