Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

II Dom. Cuaresma A
1-III-2026
 

«Ni el ojo vio, ni el oído oyó…
lo que Dios había preparado para los que lo aman» (1 Cor 2,9)

 

Queridos hermanos:

No perdáis de vista que la Cuaresma es un camino de penitencia, el que Cristo camina. Va hacia la cruz por nuestras culpas, hace penitencia por nosotros hasta morir. Pero su muerte es algo más que penitencia: un derramarse su amor sobre nosotros, un amor que debe herirnos en el alma, para llevarnos también a nosotros a hacer penitencia con él. Cristo hace penitencia por nosotros, ¿no haremos nosotros penitencia con él?
El camino penitencial se abrió el domingo pasado con las tentaciones de Cristo. En este domingo se nos propone el acontecimiento extraordinario de la Transfiguración. Considerados juntos, los dos momentos anticipan la muerte y la resurrección. La lucha de Jesús con el tentador anticipa el gran duelo de la pasión, mientras que su cuerpo transfigurado anticipa la gloria de la Resurrección. En las tentaciones vemos a Cristo que, en su humanidad, tan verdadera como la nuestra, es tentado, vence la tentación, se dirige a la cruz, y allí su humanidad es rota por el pecado. En la Transfiguración vemos esa humanidad que anticipa ya la gloria de la resurrección. Es su humanidad la que lleva el pecado y es también su humanidad la que recibe la gloria de la divinidad.
Os voy a decir lo que no es ni su humanidad ni la transfiguración. Su humanidad no es un vestido que el Hijo eterno se ha puesto al venir a este mundo para luego quitarse, y que esconde debajo su verdadero ser divino, su luz. Muy distinto: el Verbo de Dios se ha hecho hombre. Ha tomado la humanidad como su propia sustancia, y desde ese momento, y para toda la eternidad, su humanidad es tan propiamente suya como lo es su divinidad. Por eso, la Transfiguración no es como si se abriese un poco los vestidos de la humanidad para dejar ver algo de la divinidad oculta debajo, sino que su humanidad muestra la gloria que recibe del Verbo eterno. Una gloria tan de su humanidad como lo es de su divinidad. Cuando llegue la resurrección, su humanidad tendrá en plenitud esa gloria. Nada en la vida de Cristo es mera apariencia. Sus tentaciones son verdaderas tentaciones, no apariencia de tentaciones. Y la gloria de su humanidad es verdadera gloria de su humanidad.
Esa humanidad de Jesús, que realmente sufre y va a morir, que realmente va a resucitar plena de gloria, somos también nosotros, si nos unimos a él por la fe y el amor. Una frase de san Pablo resume lo que quiero decir: «Si morimos con él, viviremos con él» (2 Tim 2,11) Así se resumen los dos primeros domingos de Cuaresma: si nos unimos a él en el camino penitencial que lleva a la cruz, triunfaremos con él, viviremos con él. La Transfiguración nos muestra la gloria del hombre unido íntimamente a Dios, gloria que brilla primero en Jesús y después en su Iglesia. En Jesús plenamente en la resurrección, anticipadamente en la transfiguración. En la Iglesia plenamente cuando pase este mundo, anticipadamente en la vida de los santos: de Santa María Virgen, de los mártires, y de todos los santos que jalonan su historia hasta que llegue el fin. La Transfiguración nos muestra la gloria del hombre tal como Dios la pensó antes de dar inicio la creación, la gloria a la que Cristo nos lleva.
Quiero decirlo más claramente: ¿en qué consiste esta gloria? En la unión de hombre con Dios; unión íntima, de inteligencia, de voluntad, de corazón; unión a la que se accede por la fe y que se sella con un amor eterno, que nos une a Dios sin destruirnos, sin que dejemos de ser quienes somos. Por ese motivo tiene lugar en el monte. En el Antiguo Testamento el monte era el lugar privilegiado para la oración, y Jesús subía al monte muchas noches para la oración, para el diálogo con Dios, para la unión con él. La unión del hombre y Dios es la gloria anunciada en la Transfiguración.
Esta gloria constituía, desde antes de que Dios diese comienzo la creación, el centro de su designio, de su plan, de su querer. ¿Para qué dio comienzo a la creación? Para llevar al hombre a la gloria, para llevar al hombre a la unión amorosa con él. Este plan había permanecido oculto hasta que Cristo lo manifestó. Nadie había podido imaginar una gloria tan grande para un ser aparentemente tan pequeño como el hombre, sobre todo después del pecado original y después de una historia tan terrible de pecados como la que no dejamos de acumular. Era algo impensable. Dice san Pablo: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre pudo nunca imaginar, lo que Dios había preparado para los que lo aman» (1 Cor 2,9). La revelación de este plan de Dios para nosotros es una luz que explica toda la Historia de la Salvación, desde la creación en adelante. Por eso alrededor de esta humanidad del Verbo que se encamina a la resurrección, aparecen Moisés y Elías. Moisés representa la Ley y Elías representa a los profetas, es decir, la Escritura, toda la Historia de la Salvación. Ellos reciben de Cristo la luz, se entienden a partir de él, porque él es su meta. A partir de Cristo, que une en sí la humanidad con Dios, se esclarece toda la historia de la Salvación, se esclarece nuestra historia. Dios te ha creado para esta gloria. Este es el fin que Dios ha querido siempre para ti.
¿Habéis escuchado lo que dice Pedro entonces? «Señor, qué bien se está aquí. Hagamos tres tiendas…». Expresa así una verdad: estamos hechos para esta gloria. Al verla, nuestro corazón la reconoce y dice: ¡Esto es lo que buscaba! ¡A tientas! ¡Lo que he buscado tantas veces equivocándome! ¡Lo que ya pensaba que no encontraría nunca! ¡Lo que pensaba que solo podía ser una ilusión vana de mi mente!: la visión de Dios, la unión con Dios. De esta forma, la Transfiguración desvela el misterio de nuestro propio corazón: nos muestra el objeto antes desconocido y ahora revelado de nuestro corazón. «Señor, qué bien se está aquí».
Un detalle más. Dice san Mateo, que todavía estaba Pedro diciendo estas cosas cuando escucharon la voz de Dios, que les llenó de miedo y que les hizo tirarse al suelo. El corazón de Pedro, como el nuestro, aún experimenta miedo ante la voz de Dios sin velos… Su corazón, como el nuestro, aún necesita purificarse para el amor verdadero, aún necesita perfeccionarse para el amor verdadero. Aún no ha acabado su noviciado, su periodo de formación… tiene que recorrer todo el camino de la mano de Cristo. «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. ¡Escuchadlo!».
Nosotros necesitamos seguir a Cristo hasta la cruz. Como dirá san Pablo en otro lugar: «Olvidándome de lo que queda atrás, me lanzo hacia lo que está por delante. Corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús» (Flp 3,13-14). Es necesario afrontar hasta el final el camino de Cristo, que va a la cruz. Solo él, en este camino, nos purifica, nos enseña a amar y nos lleva al amor eterno.
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. ¡Escuchadlo!» Es necesario seguir a Cristo, en la vida concreta y real. Pero el imperativo «escuchadlo» hace referencia directa a la oración. No andaremos este camino sin dedicar tiempo a escuchar a quien es la Palabra de Dios, sin mirarlo, sin escucharlo. Es una exigencia muy concreta para nosotros en la Cuaresma: debemos esforzarnos por escuchar a Cristo en la oración, dejar que su palabra resuene en el alma, dejar que ella nos enseñe.

 

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado

Enrique Santayana C.O.
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Homilía del II Domingo de Cuaresma
1 de marzo de 2026
Oratorio de San Felipe Neri de Alcalá de Henares
Autor-1696;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha-1696Domingo, 01 Marzo 2026 11:38
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