Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

«Felipe, el apóstol de la libertad» El musical.

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I Domingo de Pascua A
5-IV-2026

Surrexit Christus spes mea


Queridos hermanos:

El Viernes Santo terminábamos la lectura de la Pasión con el cuerpo de Cristo en el sepulcro. Hasta allí había llegado Cristo en su afán por salvarnos, movido por un amor que nosotros no podemos apenas entender. Conviene tener esto vivo en la inteligencia: ha muerto por mis pecados, que ha muerto en mi lugar, que ha muerto para darme vida.
Después de morir, su cuerpo fue dejado en el sepulcro. Allí quedó un cuerpo de hombre muerto, sin alma, pero ¿solo? Aquí se encierra un gran misterio. Cuando un hombre muere, su cuerpo, ya sin alma, vacío de vida, es un despojo y solo la muerte es su dueño. ¿Quedó así el cuerpo de Cristo? Aparentemente sí. Cristo sufrió una muerte real, así que su alma no estaba allí. Pero, ¿quedó abandonado ese cuerpo? Para responder a esa pregunta os hago otra: ¿De quién era ese cuerpo?, ¿de un hombre?, ¿o de un hombre que, además de ser verdadero hombre era también verdadero Dios? Esto segundo. Era el cuerpo de Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios, era el cuerpo humano de Dios. Y Dios, una vez que formó y tomó el cuerpo del seno de María, nunca más lo abandonó. Por tanto: en la tumba estaba el cuerpo de Jesús, abandonado del alma humana, pero no abandonado de Dios. El Verbo eterno, el Hijo eterno permaneció en el cuerpo muerto, en el sepulcro frío, sin que nadie pudiera percatarse de ello. Así que podríamos decir que Dios «gustó la muerte»(Hb 2,9), porque no se alejó de ese cuerpo muerto, sino que permaneció con él.
¿Y el alma? Dice el Credo que «descendió a los infiernos». Descender a los infiernos significa descender al lugar donde no está Dios. Ahora os hago la misma pregunta que os he hecho antes sobre el cuerpo: ¿descendió hasta el infierno el alma de Cristo abandonada a sí misma, es decir, en soledad? La respuesta es no. Su alma era un alma humana, pero lo era de Dios, del Hijo de Dios. Y una vez que el Hijo eterno tomó alma humana nunca más la abandonó. El alma humana descendió hasta donde no está Dios, pero descendió con Dios. Y allí alcanzó a las almas de todos los hombres que habían sufrido la muerte y habían esperado y llorado del cielo un Salvador. Y el Salvador llegó hasta ellas para librarlas de la muerte y elevarlas con él hacia el seno de su Padre. El Catecismo (CCE 663) enseña que Cristo no destruyó el infierno, ni libró a los condenados, sino que libró «las almas santas que esperaban a su Libertador» (Catecismo Romano 1,6,3). Y «almas santas» no significa «almas sin pecado», porque sin pecado solo María. Aquí «almas santas» son las almas de los pecadores que esperaban un Salvador, que esperaban de Dios el perdón.
De tal forma que Dios, el Verbo eterno, no se separó del cuerpo muerto en el sepulcro, ni del alma en su descenso a los infiernos. El Hijo de Dios «gustó la muerte», en su cuerpo humano y en su alma humana, y, al alcanzar el tercer día, dio una vida nueva al alma y al cuerpo, dio vida divina al hombre entero, alma y cuerpo. Sacó su alma humana de los infiernos, eso es lo que significa la expresión que repite el Nuevo Testamento: «resucitó de entre los muertos» (Cf.: Hch 3,15; Rm 8,11; 1Co 15,20), y sacó su cuerpo del sepulcro, lo dejó vacío.
Así volvemos al sepulcro con el evangelio de hoy. Allí va la Magdalena y lo encuentra vacío. ¡Qué gran signo: vacío! El primer gran signo de que la muerte de Cristo en cruz ha ganado una vida nueva, para él y para nosotros, es que el sepulcro está vacío. Así lo encuentra María Magdalena, que va allí al amanecer, cuando todavía está oscuro. Por el Evangelio sabemos que amaba a Cristo muchísimo, y aunque el amor es indispensable para entender, porque quien no ama no conoce, no entiende, le faltaba una clave necesaria para comprender lo que veían sus ojos. Es la clave de Pedro, de Juan, de los Apóstoles, la clave de la fe apostólica. Que es una clave que necesitan todos los cristianos para entender la obra de Dios. La Magdalena, sin esta clave, ve el sepulcro vacío y piensa que quizá alguien se lo ha llevado de allí. Y corre donde los Apóstoles: «Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba», es decir, Juan, el que escribe. Con la resurrección todo el mundo corre. Pedro y Juan corren al sepulcro, los dos juntos. Hay que entender bien que los Apóstoles son un cuerpo, un cuerpo vivo en el que no todos son iguales, son personas concretas, cada uno con su sensibilidad, con sus capacidades, con sus propias debilidades y fortalezas. El Señor los eligió conociendo las diferencias naturales entre ellos, para unirlos en un cuerpo sobrenatural, del que él es la cabeza, el cuerpo apostólico. En ese cuerpo, Juan es el amor inocente y puro, el corazón de ese cuerpo apostólico. Simón es la fe y por eso la piedra, el cimiento del cuerpo apostólico y de toda la Iglesia. Juan, más joven, se adelanta en la carrera: «se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró». Vio lo mismo que había visto la Magdalena, miró solo desde fuera y esperó que llegase Pedro. Juan sabe que no es nada sin Pedro, que su amor no es nada sin la guía de la fe verdadera, y espera humilde a que llegue Pedro. Pedro llega más tarde quizá, sencillamente, a causa de sus años, con un amor menos inocente y refinado que el de Juan, pero con el encargo y, por tanto, con la capacidad que Cristo le había dado. Poco antes de la Última Cena, Jesús le dijo a Simón Pedro: «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22,31-32). Ver a Cristo crucificado va a ser una prueba durísima para la fe de los Apóstoles: Más allá de la cobardía, del abandono o de las negaciones, estaba la gran prueba de la fe: ¿Cómo es posible que el Mesías muera así, como un maldito de Dios? Jesús había anunciado esta prueba a Pedro, le había dicho que había rezado por él, y le había encargado: «Tú, cuando te hayas convertido, —una vez que hayas pasado por la prueba—, confirma a tus hermanos», dales la solidez de la fe. Teniendo esto en cuenta se entiende mejor lo que pasa en la tumba vacía. Pedro llega a la tumba y entra. Entonces, entra también Juan, y con Pedro allí a su lado, con la fe de Pedro guiando su amor, entiende lo que ven sus ojos: «vio y creyó. Pues hasta ese momento no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos».
El evangelio nos enseña el valor de la comunión de la Iglesia. Dentro de esta comunión, el amor está guiado por la fe auténtica, y la fe auténtica tiene maestros, el primero Pedro y sus sucesores. Ni nuestra piedad personal, ni ninguno de nuestros dones naturales o sobrenaturales, ni siquiera el amor puro e inocente de Juan, son nada fuera de esta comunión, cuyo principio es Pedro y sus sucesores. Por torpe que pueda llegar a ser Pedro o algunos de sus sucesores, los dones de los hijos más santos de la Iglesia, serían inútiles separados de Pedro.
Lo más importante de todo esto es que Cristo ha resucitado. Que el que murió por mí vive. Que su amor ha vencido la muerte. No es que viva su idea, o su causa, o su recuerdo en nosotros, no, no es eso, sino que él vive: el mismo que nació de María, el mismo que predicó e hizo milagros, el que pasó haciendo el bien, el que me amó y murió en la cruz. Él vive y la tumba está vacía. El próximo domingo lo contemplaremos resucitado. Esto es lo fundamental.
Alegrémonos con Santa María Virgen, con María Magdalena, con Pedro, con Juan y con todos los miembros de la Iglesia triunfante; alegrémonos con la Iglesia que se purifica en el purgatorio; alegrémonos con toda la Iglesia que peregrina en la tierra: Cristo ha resucitado. Nuestro Señor, el que murió por nosotros, en nuestro lugar, y para nosotros, ha vencido la muerte.  
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
 
Enrique Santayana C.O.
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Homilía del I Domingo de Pascua, 5 de abril de 2026
Oratorio de San Felipe Neri
Alcalá de Henares
Madrid
Autor-1700;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha-1700Lunes, 06 Abril 2026 10:16
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