Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

VI Domingo de Pascua C
25-V-2025

«Vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23)

 

Desde que Juan, Andrés, Simón Pedro, Felipe y los demás conocieron a Jesús, poco después del Bautismo en el Jordán, tres años antes de su resurrección, uno tras otro se había unido a él dejando atrás su vida anterior —trabajo, familia, posesiones…— Jesús se convirtió en su única riqueza. Llegará a ser cierto lo que en una ocasión le dijo Pedro: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mt 19,27). Jesús se convirtió para los Doce, y para otros muchos, hombres y mujeres que lo seguían con más o menos cercanía y fidelidad, en una riqueza tan grande que sus males morales y espirituales fueron quedando atrás, en un bien tan grande que incluso las cosas buenas se oscurecieron en comparación con aquella luz de su presencia que llenaba sus días.
El Evangelio está lleno de detalles que confirman este hecho. Juan, el apóstol, sintetiza en una afirmación el resultado del primer encuentro que él y Andrés tuvieron con Jesús: «Se quedaron con él» (Jn 1,39). Y así se resume la vida de los tres años que los Doce pasaron con Jesús. Pero también de todos los demás discípulos se podría decir que Jesús se convirtió en el hogar que los acogía, que los curaba, que los perdonaba, que los enseñaba, que los corregía y que los unía entre ellos. Y cuando muchos se escandalizaron de él y se alejaron, Simón Pedro volvió a dar voz a todos sus fieles, diciendo: «Señor, ¿dónde vamos a ir? Solo tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68).
Sin embargo, la muerte en cruz rompió este vivir en su compañía. Cualquiera que haya perdido a alguien amado y cercano entenderá lo que significó esta ruptura. Después, verlo resucitado les llenó de alegría, porque con todas sus debilidades, lo amaban. «Se llenaron de alegría, al ver al Señor» (Jn 20,20), recuerda san Juan. Pero no resucitó para este mundo y cuando la Magdalena quiso abrazar sus pies, Jesús le dijo aquello de: «No me retengas que aún no he subido al Padre» (Jn 20,17). Tengo que subir al Padre. Y es que Jesús resucita no para vivir otra vez esta vida nueva, sino para alcanzar con su humanidad el seno de Dios, donde nosotros no podemos escalar. Por lo tanto, también la resurrección y la ascensión a los cielos, parecía que les quitaba a los apóstoles la cercanía cotidiana de Cristo. Hemos escuchado hoy que Jesús, antes de ser apresado, les dice: «Me voy […] al Padre»; sin embargo, añade algo: «Me voy y vuelvo a vuestro lado». En una ocasión anterior ya les había advertido que les convenía que él se fuese físicamente de su lado («os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito» (Jn16,7)), porque entonces podría venir de una forma más íntima, no para estar ante ellos, sino para estar en ellos, por medio de su Espíritu. Por medio de su Espíritu, Espíritu del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, él, Cristo, y también el Padre se adentran en el alma del cristiano y se hacen presentes a él, real y personalmente presentes. A eso lo llamamos inhabitación. Es la presencia verdadera y real de Cristo, de su Espíritu, de la Santísima Trinidad.
Los Apóstoles y los otros discípulos ya no podían vivir sin la compañía cotidiana de Cristo, pero tampoco Cristo quiere vivir lejos de los suyos: «Llévame como un sello en el corazón» (Cant 8,1), leemos en el Cantar de los Cantares, palabras que nosotros podemos escuchar en labios de Cristo dirigidas a nosotros. Sí, como un sello indeleble, imborrable, más que eso, como una presencia misteriosa, sobrenatural, pero real de él, el que nos ama, el que vive, de quien nada nos puede separar, solo nuestro pecado.
Mientras os digo estas cosas podéis pensar: también tenemos la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Es cierto. Pero ¿para qué se nos da esa presencia real fuera de nosotros, en las especies consagradas, sino para tomarlas («tomad, comed»), para que el que nos ama en la cruz y vive se adentre en nosotros y nos haga suyos cada vez más? Dice un maestro de vida cristiana, el venerable José Rivera: «La eucaristía ha sido instituida para intensificar en los cristianos la inhabitación de Dios: “para que tengan vida y vida abundante” (Jn 10,10) […] La Eucaristía es para la inhabitación. La presencia real de Cristo en la eucaristía tiene como fin asegurar e intensificar la presencia real de Cristo en los justos por la inhabitación»[1].
Para Juan, para Andrés y para todos los demás esta es la respuesta al desconcierto que sufren cuando ven que su Señor vive, pero que se aleja de ellos hasta el seno de Dios. La inhabitación es el gran don que hemos recibido los cristianos que caminamos en esta vida. San Ignacio de Antioquía, martirizado a comienzos del s. II, habla de Cristo como de «mi inseparable vivir». Lo dice en sentido real porque se sabe «portador de Dios», y así habla de sí mismo en sus cartas: «Yo, Ignacio, de sobrenombre Teóforo (portador de Dios)». Es solo un ejemplo, de lo que supone la inhabitación de la Trinidad en los cristianos, la promesa de Cristo en el Evangelio: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él».
Ahora, en esas breves palabras se indica también el camino de su presencia sobrenatural. El camino es el amor a Cristo, que es el amor a quien nos ama, no a una entelequia o a una doctrina, sino a Jesús, vivo. El camino de la presencia de Cristo en nosotros es el amor a él. Es el amor que nace de la fe, pero dejamos a un lado el asunto de la fe, para centrarnos en el amor a él, el asunto principal del que hoy habla el Señor. Pues bien, ese amor a él se realiza en la obediencia a su palabra. Su amor por nosotros se realiza en la cruz, nuestro amor por él se realiza en la obediencia a su palabra. Sin esta obediencia, el amor no llega a ser real. Guardar su palabra significa custodiarla en la memoria, en la inteligencia, en el corazón… pero significa, sobre todo, guiarnos por ella como criterio último y definitivo, hasta hacernos obedientes a ella. ¡Qué difícil esto en un mundo que desprecia la enseñanza de la obediencia más natural, como la de los hijos a los padres!
«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras».
El Señor nos da un don enorme, una gracia sobrenatural enorme, este de la inhabitación de la Trinidad en nuestra alma, de su presencia personal y real en nosotros. Y todo depende de nuestro amor, que se realiza en la obediencia a su palabra.

 

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
 
Enrique Santayana C.O.

[1] JOSÉ RIVERA – JOSÉ MARÍA IRABURU, Espiritualidad católica (CETE, Madrid 1982) 196-197

Archivos:
Homilía del VI Domingo de Pascua, ciclo C,
25 de mayo, 2025
Oratorio de San Felipe Neri
Alcalá de Henares
Autor-1670;P. ENRIQUE SANTAYANA LOZANO C.O.
Fecha-1670Domingo, 25 Mayo 2025 11:15
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