Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

II Dom. TO A
18-I-2026

«Es el Hijo de Dios» (Jn 1,34)

En los evangelios, Juan el Bautista siempre aparece en relación con Jesús, referido a Él, lo que se acentúa aún más en el cuarto evangelio. El Bautista es el que da testimonio de Jesús. La primera vez que aparece dice: «Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran. No era él la luz, sino el que debía dar testimonio de la luz» (Jn 1,6-8) La segunda vez: «Juan da testimonio de él y clama: “Éste era de quien yo dije: El que viene después de mí ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo”» (Jn 1,15). La tercera ocasión viene introducida así: «Éste es el testimonio de Juan, cuando desde Jerusalén los judíos le enviaron sacerdotes y levitas para que le preguntaran: “¿Tú quién eres?”» (Jn 1,19). Y el propio Bautista dando muy poca importancia a quién es él y qué hace, solo dice «yo no soy»: yo no soy el Mesías (Jn 1,19), yo no soy Elías, yo no soy el profeta (Jn 1,20). Es la negación del «yo». Y al final: «Yo soy la voz del que clama en el desierto: “Haced recto el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías […] Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis. Él es el que viene después de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de la sandalia». Tras estas palabras dará su testimonio definitivo, lo que da razón de su existir y de su ministerio. Vayamos a ese testimonio definitivo y solemne del Bautista.
Primero, dice de Jesús: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». En esta sola frase el Bautista declara de forma profética lo que Jesús va a hacer por nosotros. El cordero de Dios que quita el pecado del mundo es el cordero redentor, el cordero inocente que carga con el pecado de los culpables, el cordero cuya sangre preciosa será derramada para lavar nuestra culpa, el cordero que se va a ofrecer en sacrificio, la víctima eucarística. Este es Jesús para:para los hombres, para nosotros, para mí. El testimonio del Bautista junto al Jordán resuena en nuestros labios junto al altar de la Eucaristía: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Con ello decimos el sorprendente servicio que nos hace Jesús: llevar nuestras cargas, asumir las consecuencias de nuestros pecados y conseguir nuestrasantificación. Es el servicio que nunca podré pagar. Es el servicio que me avergüenza, como me avergonzaría que un amigo tuviese que afrontar una pena de cárcel por un delito mío; y, al tiempo, es el servicio que me llena de orgullo, porque indica en qué grado altísimo me ama. Es el servicio que me llena de confusión, al descubrir las consecuencias reales de mi pecado; pero que también me llena de gozo al ver un amor por mí más fuerte que la muerte. Es el cordero manso que vence la muerte y vive para siempre, ante cuya visión gloriosa los ángeles claman: «Digno es el Cordero inmolado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza» (Ap 5,12). Es Cristo en la cruz, Cristo en la Eucaristía.
Pero con esta afirmación sobre lo que es Cristo para nosotros, el Bautista aún no ha dicho lo decisivo. Porque el valor de la obra de Cristo, que su vivir y su morir sean fuente de salvación para nosotros, dependen de quién es él. Los evangelios nos muestran que, ante la persona de Jesús, ante sus milagros y ante el poder y la autoridad con la que actúa, la gente se pregunta: «¿Quién es este?» Los discípulos también se lo preguntan, y el propio Jesús se los pregunta a ellos: «¿Quién decís que soy yo?». La vida de los discípulos consiste en aprender quién es Jesús. Es curioso que al final del evangelio de san Juan, en la última aparición del Resucitado, se dice lo siguiente: «Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Tú quién eres?», pues sabían que era el Señor» (Jn 21,12). Después de tanto tiempo con él, por fin saben que «es el Señor». Es una afirmación con un doble sentido: identifican al resucitado con su Jesús, su maestro, y a este Jesús con Dios. El resucitado es Jesús, con el que hemos convivido, al que hemos visto morir, y es Dios. La vida de los Apóstoles ha consistido en aprender quién es Jesús.
Volvamos al evangelio de hoy. Juan comprende, con la luz que solo Dios puede poner en la inteligencia, quién es Jesús para nosotros, el que viene a morir en nuestro lugar, el cordero. Pero, sobre todo, comprende el misterio más profundo de su ser, quién es: Jesús ha recibido el Espíritu de Dios y este Espíritu permanece en él. Este Espíritu es el amor de Dios y, por tanto, Jesús, que lo recibe, es el amado del Padre, es el Hijo: «Doy testimonio de que este es el Hijo de Dios». Estas son las palabras decisivas que dicen quién es Jesús. Cuando Jesús pregunte a los suyos «vosotros, ¿quién decís que soy yo», Pedro responderá: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Es la verdad decisiva sobre Jesús. Adentrarnos en este conocimiento de la persona de Cristo es adentrarnos en la bienaventuranza, en el Misterio de Dios, el misterio de un amor trinitario, para el que hemos sido creados. Y por esto Pedro recibe esta respuesta: «Bienaventuradoeres tú, Simón, hijo de Jonás porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo». Al decir que es el «Hijo de Dios» expresamos el misterio insondable del ser divino de este hombre singular y único, vivo y real. Es un misterio de amor, porque la filiación divina pertenece al misterio de amor que es la Trinidad.
Pues bien, nuestro aprendizaje cristiano consiste en adentrarnos en el conocimiento amoroso de Jesús, en conocerlo a él, participar de su vida y su misterio, de su ser Hijo Único. Por eso la pregunta sobre quién es él recorre todo el Evangelio. Es la búsqueda no de la inteligencia sola, sino de la inteligencia, de la voluntad, del afecto… del corazón, del hombre entero. Es el conocimiento amoroso de alguien real y vivo. Conocerle a él es el gran objetivo de la vida. Y solo se le conoce siguiéndolo, pasando el tiempo con él mientras le escuchamos y le contemplamos, mientras nos esforzamos en seguir su paso cuando perdona, cuando reza, cuando deja atrás el cansancio para seguir adelante y llevar la salvación a otro pecador. Se le conoce siguiéndole, suplicando su ayuda cuando nos quedamos atrás, dejando que su amor nos recree y nos una a él en su entrega, un día tras otro, hasta llegar al final en la cruz. Conocerlo es amarlo y participar de su vida. San Pablo no buscaba otra cosa, y cuando escribe desde la cárcel, se expresa así: [Solamente quiero] «conocerle a él […] y participar de sus padecimientos, asemejándome a él en su muerte, con la esperanza de alcanzar la resurrección de entre los muertos» (Flp 3,10-11), porque alcanzar la resurrección significa estar con él para siempre, estar con Cristo.
El testimonio de Juan: «Este es el Hijo de Dios», es la indicación que se nos hace para que lo sigamos y nos adentremos día a día en el conocimiento de su persona. Porque él trae el perdón y la salvación; porque, al final, la salvación es él mismo, su propia persona, Él mismo es nuestra salvación. No existe otro cielo, otro paraíso, otra vida eterna, que la persona de Jesús, que nos introduce en el Misterio de la Trinidad. El testimonio de Juan es una indicación a poner nuestra atención en Él, a levantar nuestra mirada de nuestro propio yo para adentrarnos en el misterio de la persona de Jesús, el Hijo de Dios.  
 

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado

Enrique Santayana C.O.

Archivos:
Homilía del 18 de enero de 2026, en el Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares.
II Domingo del tiempo ordinario, ciclo A
Autor-1690;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha-1690Lunes, 19 Enero 2026 09:49
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