Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

III Domingo TO A
25-I-2026

«Venid en pos de mí» (Mt 4,19)

Cuando los descendientes de Abraham vinieron de la esclavitud de Egipto y se establecieron en la tierra de la promesa, el territorio se distribuyó entre las doce tribus de Israel, los descendientes de los doce hijos de Jacob. Pasados los siglos, tuvieron su primer rey, Saúl, luego David y luego Salomón. Pero el pecado dividió en dos el reino de las doce tribus. El pecado, que nos separa de Dios, siempre conlleva división: en una nación, en una familia, entre los amigos. Debilitados y divididos, las tierras del norte, que correspondían a las tribus de Zabulón y Neftalí, fueron las primeras en sufrir las invasiones y las deportaciones de los asirios. Y, al ser “vaciadas” de su población hebrea, pueblos extranjeros las ocuparon, por eso Isaías la llama «Galilea de los gentiles»[1]. Antes del nacimiento de Jesús, Galilea había recuperado bastante el carácter israelita. Pero a los ojos de los de Judea, Galilea seguía siendo un pueblo poco recomendable, «Galilea de los gentiles».
En el tiempo siguiente a las deportaciones sufridas en los territorios de Zabulón y Neftalí, Dios hizo surgir al profeta Isaías. Era un sacerdote culto y aristócrata del templo de Jerusalén, donde aún se guardaba el arca de la Alianza, el corazón de lo que había sido un único reino. Desde allí, Isaías, convertido en la voz de Dios, se dirigió a sus hijos desgraciados del norte y les anunció una luz: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».
Con esas mismas palabras, Mateo presenta a Jesús: él es la luz divina que viene a iluminar a los que viven en tinieblas a causa de sus pecados, que brilla para los que habitan en tierra y en sombras de muerte. Jesús comienza su vida pública justamente allí, en Galilea, en la tierra donde había comenzado el olvido de Dios, en aquella tierra que se había separado de Judá, la primera que había experimentado las deportaciones, la tierra donde hay hijos de Abraham, sí, pero también gentiles, extraños al pueblo de Dios. Allí, en Galilea, «comenzó Jesús a predicar: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”». Allí mismo donde se había iniciado la destrucción del Pueblo de Dios, inicia Cristo su restauración. Y lo hace no por la fuerza de la violencia, no por la seducción del poder o de la riqueza, sino con la sola fuerza del amor que llama al corazón: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». Jesús viene de ser bautizado en el Jordán, de ser ungido por Dios con el Espíritu Santo, como el Mesías Rey. Como rey, pero con el solo poder de su amor y de su palabra. ¡Un corazón que llama al corazón! Aquí está toda la debilidad y, a la vez, toda la fuerza de la obra de Cristo, y aquí el momento en el que nuestra decisión se hace protagonista, en el que todo depende de nuestra respuesta, de mi respuesta. Aquí está el Salvador y el hombre, libre, ante él.
Todo tiene como fundamento una llamada, la primera palabra para establecer un diálogo, la primera palabra para establecer una relación de amistad. Pues bien, esta llamada, que se dirige a todos, se convierte para algunos en una llamada muy particular. Hemos escuchado cómo Jesús llama a Simón y a su hermano Andrés, a Santiago y a su hermano Juan, para que lo sigan. Dejan todo, su trabajo con la barca y sus proyectos y van, ¿dónde?, ¿a hacer qué? Por ahora, todo lo que saben y todo lo que tienen que hacer es seguir a Jesús. Ese va a ser a partir de ahora el contenido de sus días y de sus horas: seguir a Cristo, ir detrás de él. Nosotros sabemos que estos cuatro serán los primeros de los doce apóstoles. ¡Doce, por las doce tribus de Israel! De forma consciente, Cristo está reconstruyendo la unidad del Pueblo de Dios, está reuniendo a los hijos de Israel, dispersos por el pecado. Empieza en Galilea, porque en Galilea había empezado la destrucción de la unidad. Empieza en Galilea, porque desde el principio tiene la voluntad de injertar en el viejo pueblo de Dios a los gentiles. Empieza allí y termina en Jerusalén, la ciudad del Templo y del Mesías. En Jerusalén, se renovará la alianza que había constituido a Israel como Pueblo, pero ahora será una alianza nueva, porque es siempre actual, y una alianza eterna, que nada podrá arruinar, y una alianza universal: «Esta es mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por muchos, para el perdón de los pecados». Lo que empieza en Galilea se lleva a término en la cruz. Y desde allí, la comunión amorosa establecida por Cristo en la cruz, se extenderá por el mundo entero: la Iglesia Universal, el nuevo Israel.
 
Hay tres cosas importantes en lo que venimos diciendo. En primer lugar, todo nace y todo se sostiene en una llamada personal, de corazón a corazón. En la vida cristiana nada se interpone entre Cristo y yo, entre Dios y el alma. Cristo se acerca, llama a cada uno, uno por uno, y cada uno responde.
En segundo lugar, es una llamada universal. Todos son llamados. Solo la negativa personal a escuchar a Cristo, la negativa a su llamada, nos excluye.
Y, en tercer lugar, es una llamada a la unidad de un único pueblo. Ya lo he dicho: la vida cristiana es una relación personal: Cristo y yo, Dios y yo, pero en el interior de un pueblo que él se ha esforzado por formar y de estructurar sobre los apóstoles. La comunión con Cristo es una vida de comunión en la Iglesia Una, en la Iglesia Apostólica. Y la ruptura de la unidad es un pecado contra Dios. Y los atentados contra la unidad son pecados contra Dios. Las tentaciones de romper la unidad son constantes en la historia de la Iglesia, y hoy parecen más fuertes que nunca. San Pablo no hizo más que extender esta unión personal con Cristo, que es lo mismo que la comunión en la Iglesia, pero las tentaciones contra la caridad y contra la unidad siempre acechan. Hasta Corinto, una ciudad griega, había llevado Pablo esta comunión, ve que el pecado contra la unidad acecha, y ruega a los corintios, se lo suplica, en nombre de Cristo, en nombre de quien en su sangre ha establecido la nueva Alianza: «Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir. Pues, hermanos, me he enterado por los de Cloe de que hay discordias entre vosotros. Y os digo esto porque cada cual anda diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo». ¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿Fuisteis bautizados en nombre de Pablo?»
Quiero terminar con esto: las debilidades que vemos unos en los otros, los pecados o los errores que vemos unos en los otros, no pueden ser excusa para romper la unidad de la única Iglesia fundada por Cristo sobre los apóstoles, con Pedro a la cabeza. El pecado de mi esposo no es excusa para romper el matrimonio, ni el pecado de un obispo, de un sacerdote, de un laico, o de una familia, es excusa para romper la comunión. No hay excusa contra la ruptura de la unidad. Pecar contra la unidad y la comunión eclesial significa pecar contra Cristo. Igual que pecar contra Cristo es siempre una herida en la comunión de la Iglesia.
Esforcémonos en lo contrario. Esforcémonos por fortalecer nuestros vínculos personales con Cristo, con lo oración y los sacramentos. ¡Nunca la oración ni la frecuencia de los sacramentos es excesiva! Dejemos que él penetre en nosotros hasta nuestra propia y particular Galilea, allí donde se mezcla el germen divino y nuestras propias debilidades. Y, al tiempo, esforcémonos por favorecer la vida común. Lejos de escandalizarnos de los errores o los pecados de los otros, soportemos y llevemos unos los pecados de los otros por amor, por amor de aquel que soporta y lleva el pecado de todos y a todos llama a él. 

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
 
Enrique Santayana C.O.
Archivos:
Homilía del III domingo del tiempo ordinario, ciclo A, 
25 de enero de 2026
Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
Autor-1691;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha-1691Domingo, 25 Enero 2026 16:27
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[1] La expresión vuelve a aparecer en la Biblia siglos después, con un tono despectivo, cuando Galilea se alía con los enemigos de Judá (Cf. 1 Mac 5,15).

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