V Domingo T.O. A
8-II-2026
«Que vean vuestras buenas obras
y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16)
Queridos hermanos:
¿Os acordáis del evangelio del domingo pasado? Jesús se dirigía a nosotros, diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los pacíficos y los perseguidos por buscar la justicia [la divina]. Exponía así el programa de su vida y de los que ha llamado a seguirle. Las bienaventuranzas se pueden concretar en formas diversas dependiendo de la vocación particular de cada cual, si al matrimonio o al sacerdocio, dependiendo de las circunstancias en las que a cada uno pone el Señor, si madre de familia numerosa, o virgen consagrada o responsable en la vida pública, etc. Pero este es el programa de Cristo y de los suyos. No hay otro: una vida consagrada a Dios. Una vida consagrada a Dios significa renuncia a la falsa alegría terrenal: los cristianos deben ser pobres de espíritu, desapegados de todo, para conservar en el corazón la aspiración a Dios, para ser señor de la riqueza, no su esclavo, y someterla al servicio de Dios. Sea su posición en la sociedad una u otra, han de intentar conquistar los hombres para Dios, y eso solo pueden hacerlo sacrificando su vida por ellos, con la fuerza de la mansedumbre, no de la violencia, ni de la soberbia, ni de la prepotencia. Lloran, pero son consolados porque saben que, antes o después de su muerte, su sacrificio dará frutos para la vida eterna en sus hijos, en sus amigos, en su patria… Deben vivir cada día con hambre y sed de justicia divina, esto es, de que Dios sea glorificado y de que los hombres conozcan a Dios, de que los pecadores sean levantados de sus miserias por la misericordia de Dios. Deben aspirar a un corazón casto y puro, para gozarse de la belleza de Dios. Han de llevar la paz de Cristo al corazón de los hombres, a las familias y a la sociedad. Y han de vivir no como dueños y señores de sí mismos, sino como hijos, que aman y se complacen en obedecer a su único Padre. Unidos a su Maestro, afrontan toda persecución, toda injusticia, toda injuria, perdonando de corazón y llevando sobre sí el pecado de los otros, con la mirada fija en Cristo, que es su meta eterna.
Esta es la llamada a ser santos. Y llama Aquel cuya palabra tiene poder para crear de la nada, como cuando en medio de la nada dice: «Hágase la luz», y dar inicio a la obra maravillosa de la creación. Llama Aquel cuya palabra tiene poder para sacar de la muerte al amigo que ya se pudre, y clama: «Lázaro, sal fuera». La santidad es la llamada de su palabra amorosa y poderosa.
En el evangelio de hoy, Cristo nos da la razón de por qué él ha de alcanzar esta santidad en su humanidad y por qué quiere que la alcancemos con él. Porque tenemos una gran responsabilidad respecto a los hombres: «Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo». Debéis, con vuestra virtud, como la sal en el alimento, hacer accesible y asimilable la Verdad, y debéis brillar como lámparas en el candelero, sin ocultaros, sin ocultar a los demás vuestra dignidad de hijos de Dios y seguidores de Cristo. Los hombres necesitan esta luz para ser guiados. «Sois la sal de la tierra y la luz del mundo»; y si os volvéis insulsos u oscurecidos, os convertiréis en el hazmerreír de todos, Cristo no os reconocerá como suyos y seréis rechazados por el Señor.
Esto que se dice de todos los cristianos, se ve muy bien en el sacerdote. Un sacerdote infiel a su deber, relajado en la piedad, insípido, termina siendo objeto de desprecio y hace vana su misión. El mundo es conquistado por la virtud sacerdotal cuando esta es plena. Al mundo no le importan los sacerdotes que son humana y mundanamente eruditos, artistas, estadistas. ¡Ni sabe qué hacer con ellos! Los hombres necesitan sacerdotes santos. Esto que se ve de forma especial en el sacerdocio, vale para todos los cristianos, porque seguidor de Cristo y santidad son dos cosas inseparables.
Partiendo de este sentido general del Evangelio, es necesario concretar dos cosas: primero sobre la sal, luego sobre la luz. La sal en la Biblia es expresión de la sabiduría, que permite entender la vida, qué somos, dónde nos dirigimos, etc. La sabiduría sazona la vida. Los cristianos recibimos la sabiduría de Dios. Antes era uno de los ritos del bautismo para expresar que Dios nos da esta sabiduría para vivir como hombres, no como animales que no saben dónde los llevan. Y el Apóstol dice en cierto lugar: «Nosotros hemos recibido la mente de Cristo», es decir, la comprensión que Cristo tiene de la vida, la muerte, del hombre… Por tanto, la sal tiene que ver con la verdad de la fe: que nos dice qué es el hombre, quién es Dios, cuál es el fin único del hombre… Esa sabiduría, la verdad de la fe, no podemos no darla constantemente, no podemos no mostrar la verdad, con humildad, con paciencia…, pero no podemos callarla. Si la callamos, acabamos perdiéndola. Acabamos siendo sal que no sazona y no puede ya ser sazonada, sal para ser tirada y pisoteada en la calle.
Y la luz, y una luz puesta en el candelero, tiene que ver con las obras, con lo que uno hace o deja de hacer con su vida y todos ven. Cuando un cristiano vive conforme a los Mandamientos, más aún, conforme a la interpretación que Cristo hace de los Mandamientos, es luz para el mundo, empezando por los más cercanos. No hay forma más grande de caridad que esta, porque así, caminando nosotros hacia Dios, ayudamos a los demás a caminar hacia él. Y porque en esa vida evangélica hay una belleza que atrae a todos, lo sigan luego o no. Pero cuando un cristiano, un matrimonio de esos que se enorgullecen, con razón, de ser un “matrimonio cristiano”, luego obra en contra de los Mandamientos, ¡cuánta oscuridad difunde a su alrededor! ¡Cuánto mal! O ¡cuánto mal hace un cura amante de los aplausos! ¡O un cura que va detrás de las mujeres o del dinero! ¡Cuánto mal hace un padre o una madre que no es fiel a su esposo o a su esposa! ¡Cuánto mal hace un cristiano que miente para ascender! Si vive como como cualquier otro, oculta la única luz que hay en este mundo, se mete en el celemín y se confunde con el resto, como si ser cristiano no significase nada. Y su hijo le dirá: ¿para qué quieres que sea yo cristiano, si tú, que lo eres, no te diferencias en nada de los que no lo son? Palabras terribles formuladas muchas veces en el interior, aunque no sean pronunciadas.
Mis hijos, mis amigos, mis hermanos, mis compatriotas, ¡el mundo!… necesitan la sabiduría, la sal de Cristo, la verdad revelada por Dios. Y necesitan la luz de la vida de los santos. El mundo necesita santos. Lo escucharemos, creo, en pocos días: «sed santos porque yo soy santo». No temáis ante estas palabras. Cristo hace santos por la fuerza de su amor a quien se deja. Ha hecho santo a Mateo que era un ladrón amante del dinero. Ha hecho santo a Agustín, que, entre otras cosas, era un lujurioso. Y a tantos otros. No temáis, poneos en las manos de crea la luz y saca a su amigo de la podredumbre de la fosa.
Oh Jesús, concede a tus fieles, a los que son tuyos y quieren serlo, el gusto de la inmensa y profunda felicidad de ser santos; reúnelos en tu Corazón; hazles saborear la belleza del amor divino y conviértelos en verdadera sal y luz del mundo.
Siempre sea alabado
V del Tiempo Ordinario, ciclo A
Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares, Madrid
N.B.: Esta homilía es casi una paráfrasis del comentario de Dolindo Ruotolo a Mt 5,13-16. Cf.: DOLINDO RUOTOLO, Los cuatro evangelios (Casa Mariana Editrice, Frigento 2019), 147-149.