VI Domingo TO A
15-II-2026
«Una sabiduría que no es de este mundo» (1Cor 2,6)
«Dichoso el que camina en la ley del Señor». El salmo expresa lo que los oyentes de Jesús, judíos, habían aprendido desde niños y llevaban grabado en el alma como gran certeza: que la ley dada por Dios a través de Moisés era perfecta, eterna e inmutable, y la luz más segura para guiarse en la vida. El libro del Eclesiástico hace referencia a este carácter de luz decisiva que tenía la ley: «Ante los hombres está la vida y la muerte, y a cada uno se le dará lo que prefiera». Cualquier judío sabía que elegir la obediencia a la ley era elegir la vida, y olvidarla era elegir la muerte. Por eso la ley regía todos los aspectos de la vida y era también el centro de su culto a Dios. El culto giraba en torno al templo de Jerusalén y el corazón del templo guardaba el arca de la alianza; y, hasta que Nabucodonosor destruyó el templo, dentro del arca no había más que las tablas de la ley (1Re 8,9; Cf.: 2Cro 5,19). Después del exilio de Babilonia, al reconstruir el templo, con el arca perdida, allí solo quedaba el recuerdo de las tablas. Ya solo su recuerdo hacía de aquel sitio el Sancta Sactorum, el lugar más sagrado, lugar de la presencia de Dios, separado del resto por un velo que se rasgó cuando Cristo murió en la cruz. Así mostró Dios que su ley, testimonio de la alianza, ya no se guardaba en el templo de Jerusalén, sino en la Eucaristía: memorial de la muerte y de la resurrección de Cristo, el memorial de la nueva alianza, que lo será hasta el fin del mundo: nueva y eterna alianza. Desde entonces, la Eucaristía, celebrada en cualquier lugar, pequeño o grande, pobre o solemne, y llevada en el alma de los fieles que la comulgan, sustituye el arca de la alianza. En cada altar donde se celebra, en cada sagrario, y en cada corazón que la comulga, está presente el sacrificio amoroso, el de Cristo, que inaugura la nueva alianza, centro del culto de la Iglesia, que ordena la vida moral y religiosa de los cristianos. Cuando comulgáis sois más grandes que el templo de Jerusalén, lleváis en vosotros el testimonio de la alianza eterna y la norma que ha de guiar vuestra vida.
Volveremos enseguida a la Eucaristía, pero, para entender el Evangelio, quedaos con la importancia que tenía la ley para los judíos, asumida desde niños como luz de los ojos. Y daos cuenta de lo que hace Jesús en el evangelio de hoy: presentarse como un nuevo Moisés; más aún, como un Moisés más perfecto; más aún, como el Señor de Moisés, es decir, como el mismo Dios del Sinaí que había dado la Ley a Moisés. Mirad cómo ocurre esto: Moisés recibió la Ley de manos de Dios en el monte Sinaí y, después de recibirla, bajó del monte y se la transmitió al pueblo (Cf.: Ex 34,32). Cristo no recibe de Dios la Ley porque él mismo es Dios, y con autoridad divina la proclama a sus discípulos, germen del nuevo Israel, la Iglesia.
Su primera afirmación es que él ha venido no a anular la ley antigua, sino a llevarla a su plenitud. Algunos, falseando el Evangelio, dicen que, frente a la Ley del Antiguo Testamento, dura y exigente, Jesús ha promulgado la ley evangélica, más suave. No es verdad. Él dice: «No he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los Cielos».
Cristo no destruye la ley antigua, la perfecciona con la exigencia del amor, que en realidad es una exigencia mayor, la exigencia que nace de la cruz: «amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn 13,14). No hay nada más exigente que este amor que tiene como medida el de Cristo.
Si atendemos a sus mandamientos concretos, vemos con más claridad que lleva hasta el extremo la ley antigua. Así, a propósito del quinto mandamiento, dice: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del fuego». Jesús no solo no aligera el quinto mandamiento, sino que lo lleva hasta el extremo: condena no solo el homicidio, sino la cólera, la ira, las palabras hirientes. Y daos cuenta de esa forma de expresarse: «Habéis oído que se dijo…, pero yo os digo…». Es lo mismo que decir: «Dios os dijo en el pasado, pero yo, que soy Dios, ahora perfecciono la ley y os digo…». Los judíos que escuchaban esta forma de hablar estaban atónitos viendo a un hombre que hablaba como si fuera el Dios del Sinaí.
Lo mismo ocurre con el sexto mandamiento: «Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón». Lleva a su extremo el mandamiento no solo condenando el adulterio, sino la impureza en la mirada y en el deseo que ya concibe el adulterio en el corazón. Y, desde luego, condena como adulterio eso que parece que nosotros toleramos como normal. Condena como adulterio un segundo matrimonio de los divorciados: «y el que se casa con la repudiada —con la divorciada o con el divorciado, diríamos nosotros— comete adulterio». Y lo hace de nuevo con esa fórmula con la que expresa su autoridad divina: «Habéis oído que se dijo, pero yo os digo…».
¿Os parece duro lo que dice Jesús? ¿Es demasiado exigente? «Enseñamos una sabiduría que no es de este mundo», decía san Pablo. ¡Y tanto! El mundo nos invita a dejarnos llevar por nuestros instintos, por la ira con nuestros enemigos, por el motivo que sea, ¡el político, por ejemplo! Nos invita a dejarnos llevar por la lujuria: a no dar por estable el matrimonio y dejarnos llevar, ¿dejarnos llevar por qué?, ¿por el amor? No. El amor es una decisión libre por la que yo me entrego a alguien para siempre. No seamos hipócritas: ¡Dejarnos llevar por la lujuria! Entonces, en este mundo que nos invita a la ira y a la violencia, a la lujuria y al adulterio, a la avaricia y al egoísmo, ¿cómo podemos nosotros entender y vivir la ley de Cristo? En el fondo, ya lo he dicho antes: la exigencia de la ley solo puede entenderse desde la perfección del amor de Cristo, desde la cruz. Solo quien sigue a Cristo y contempla el sacrificio de su amor en la cruz, su donación total, su obediencia total, su despojo total, su total veracidad, la pureza de su amor, su gratuidad, puede entender todo lo demás.
Para entender la perfección de la ley hay que contemplar el amor de Cristo en la cruz, amor actual y presente en la Eucaristía. Y para vivir esta ley hay que participar del amor que llevó a Cristo hasta la cruz, y ese amor nos lo da también la Eucaristía. La Eucaristía alimenta nuestra alma con Cristo mismo y con su amor. La Eucaristía nos da el amor como la clave para entender el sermón de la montaña; nos da el impulso para amar con esta perfección, el deseo de hacerlo; y nos da a Cristo mismo y su Espíritu, para que, íntimo a nosotros, podamos amar con su amor, incluso a los enemigos; ser fieles con su fidelidad, a nuestro esposo, a nuestra esposa, a nuestros amigos; veraces junto a él, que es la Verdad; obedientes a Dios, con él que es el Hijo obediente; compasivos con él, que se ha inclinado hasta la pobreza de nuestra alma para llenarla de su amor; perdonar con él, que no deja de perdonar cada día nuestros pecados; y vivir y morir con él.
Quien aprende la ciencia de la cruz en la Eucaristía y en esa misma Eucaristía se alimenta del amor de su Señor, entiende la perfección de la ley del Sermón de la Montaña y aprende a vivirlo.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares