XII Domingo TO A
21-VI-2026
«Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz,
y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea» (Mt 10,27)
San Lucas anuncia la venida del Hijo de Dios, «el sol que nace de lo alto», como fruto de las entrañas de misericordia de Dios: «Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto». Habla de la misericordia de Dios. Pero en Dios hecho hombre la misericordia se convierte en un estremecimiento de sus entrañas humanas, un padecer humano con los que somos humanos, un ponerse en nuestro lugar y tomar como totalmente suyo nuestro sufrimiento y nuestro dolor: la compasión de Cristo, que es el sentimiento humano que mostraba Jesús en el evangelio del domingo pasado: «se compadecía» de las gentes,«extenuadas y abandonadas». Esa compasión le llevará finalmente a la cruz: compasión máxima, verdadera y eficaz de Cristo. Digo eficaz porque su amor crucificado nos salva, rompe la dureza del alma, nos saca de nuestro egoísmo y nos eleva hasta él. Pero mirad bien lo que ha ocurrido en la cruz, porque fue en medio del odio donde brilló el amor, cuando el Cordero inocente es rodeado por sus enemigos crueles: «me acorrala una jauría de perros» (Sal 22,17). En medio del odio o del desprecio, el amor. Este es el único secreto de la Evangelización: un amor que vence al mal, la compasión de Cristo.
Ahora, para que esa compasión alcance a todos los hombres, elige a los Doce y constituye la Iglesia, que tendrá que evangelizar cada generación de ese mundo. Pero, ¿cómo lo hará? Imitando la pasión de su Dios, reproduciendo ante cada generación el amor de la cruz. El Cordero inocente, que ha sido rodeado por sus enemigos como perros salvajes, envía a sus files «como ovejas en medio de lobos». Él envía a su Iglesia —apóstoles y discípulos, pastores y fieles— a anunciar el Evangelio con la sola arma de la compasión de Cristo, la misericordia divina que ha traspasado, primero, por el corazón humano de Cristo, luego el corazón de cada discípulo de Cristo. Él lo advierte: «os envío como ovejas en medio de lobos». De una u otra forma, los evangelizadores, los que llevan a Cristo, los que llevan la compasión de Cristo, han de vencer el odio con el amor del Cordero sin mancha. ¿Cómo harás esto en tu casa, o entre tus amigos, cuando ni siquiera se percatan de que Él está ahí? Imitando la pasión de tu Dios. El mandato de Cristo, la compasión de Cristo, nos obliga. Nos obliga a cada uno a mostrar la compasión de Dios, «como ovejas en medio de lobos».
Es lógico sentir miedo. No es pecado sentir miedo. Sí lo es dejarnos llevar por él y dejar de hacer lo que tenemos que hacer. Por eso, por tres veces hoy escuchamos: «No tengáis miedo»: «No tengáis miedo a los hombres»; «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma»; «No tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones». Y, sin embargo, sí hay algo que debemos temer: debemos temer perder a Cristo y ser condenados nosotros mismos eternamente. Habitualmente, torpes de vista, hacemos lo contrario: nos tomamos el amor de Dios como si no valiese nuestra fidelidad y no tememos perderlo, mientras que nos inquieta que piensen o hablen mal de nosotros, o que nos persigan, o dañen nuestros bienes, o nos lleven a la muerte.
Hay que mirar más la cruz, mirarla de frente. En la contemplación de la cruz se forma el corazón sabio: que es seducido por el amor perfecto de Cristo y prefiere perder honores, riquezas, afectos, y hasta la propia vida del cuerpo, con tal de no perderlo a él, el amor del alma. En la contemplación de la cruz se forma el corazón sabio, que ha recorrido los caminos del mundo y ha encontrado pequeño todo amor humano, pero ha contemplado el amor de su Dios hecho hombre y ha dicho: «Encontré al amor de mi alma. Lo abracé y no lo soltaré jamás» (Ct 3,4). Y al abrazar este amor crucificado, la compasión de Cristo llega a ser su compasión, y aunque sienta miedo, no puede callar, como san Pablo: «Nos apremia el amor de Cristo… Por eso, en nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2Cor 5,14.20).
No tengáis miedo de hablar de este amor y de amar con este amor. Es el mandato de Cristo, y la lógica del amor que a nosotros nos ha salvado: «Gratis habéis recibido, dad gratis» (Mt 10,8). El amor que ha descendido como un bálsamo a nuestra alma, que allí vive escondido, que allí nos cura, ¡que llegue a todos! El amor del crucificado que llega a lo íntimo del alma por su palabra, que purifica lo más escondido de nuestras entrañas en el sacramento de la penitencia, que nos habita en la comunión eucarística, ha de alcanzar a todos. Así, «lo que os digo en la oscuridad y al oído —en el secreto del alma—, decidlo en la luz, pregonadlo desde la azotea». No tengamos miedo de los hombres, ni de la crueldad de su locura. ¿Qué nos pueden quitar? ¿la fama? ¿la hacienda? ¿la vida? Toda nuestra vida está en manos de Dios. Ni un solo cabello de nuestra cabeza se vuelve blanco o negro sin que él lo permita. Nos ha mostrado lo que valemos para él. Según dice el mismo Jesús: nadie puede arrebatarnos de su mano, nadie puede arrebatarnos de la mano de su Padre (Cf.: Jn 10,28-29). «Nadie nos separará del amor de Dios» (Rm 8,39).
Pero si callamos, si nuestras palabras y nuestras obras silencian su amor, entonces rechazamos ese amor que quiere llegar a todos. Callar y esconder el amor de Cristo significa romper con la compasión de Cristo crucificado. Y entonces, ¿qué tendremos?, ¿qué nos quedará? ¿La nada? No, no la nada, porque nuestra alma es eterna y nuestro cuerpo resucitará, «a una resurrección de vida; … o a una resurrección de juicio» (Jn 5,29). ¿Qué nos quedará entonces si nos alejamos de la corriente de la compasión de Cristo? La soledad eterna más absoluta, la lejanía de Dios, el horror más absoluto. No podemos pasar por alto las palabras de Cristo: «Temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”».
Cristo ha llegado a la cruz por mí, pero yo no puedo ser el último al que llegue su amor. Él ha muerto por mí, pero también por cada hombre, justo o injusto, necio o sabio, de derechas o de izquierdas. Y para él cada uno vale su sangre. Ha padecido por cada uno. Y ha constituido su Iglesia para que su compasión alcance a todos. Si nosotros nos negamos a amar con él, a compadecer con él, no nos quedará más que la eterna condena de una soledad sin él. Es la lógica de su amor, que padece por todos y quiere llegar a todos: «A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
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Homilía del XII domingo del T.O. Ciclo A
21 de junio de 2026. Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares

;P. Enrique Santayana Lozano C.O.

Miércoles, 24 Junio 2026 09:07

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