Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

Homilía del Domingo XXVII t.o. A
8-X-2023

«Esta es mi sangre»

«Un canto de amor», dice Isaías que va a cantar; el amor de Dios por su pueblo, un amor despreciado. Con la figura de un labrador y su viña, el canto nos lleva a la decepción de Dios, al dolor de Dios, porque su amor no es correspondido. Dios ha cuidado a Israel con todo esmero esperando el fruto: las uvas y el vino. Pero Israel solo ha dado agrazones.
En la Biblia varios frutos agrícolas expresan distintos aspectos de la gracia de Dios. Entre ellos hoy nos interesa destacar dos. El pan expresa lo que es necesario para la vida, ese significado ha pasado al NT y al Padrenuestro: «danos hoy nuestro pan de cada día». Y, luego, están la uva y el vino, que expresan lo que está más allá de lo imprescindible: la alegría, la fiesta. En el Antiguo Testamento la alegría tiene un contenido: el amor. La uva y su vino son expresión del amor, que alegra el corazón del hombre ¡Y el corazón de Dios! Y algo más: este vino del amor llega a ser tan necesario como el pan. ¿Quién querría vivir solo con lo materialmente imprescindible? ¿Quién querría sobrevivir sin el amor? No hay vida sin alegría, sin amor, al menos no vida humana. Ni tampoco vida divina.
Dios ha cuidado de Israel con el amor que permite que fructifique el amor. Lo ha amado a lo largo de la historia para que Israel pueda gozarse de se amor. No solo le ha dado lo estrictamente necesario para sobrevivir, sino el don de su presencia, de su misericordia, de su cuidado constante, de su palabra… Y esperó de ellos el fruto del amor. Pero, ¿qué encontró? Agrazones, fruto miserable y amargo.
Un detalle más. Isaías nos hace entender en qué se concreta el amor que Dios esperaba y que no recibió de Israel: «Esperaba de ellos derecho, y ahí tenéis: sangre derramada; esperaba justicia, y ahí tenéis lamentos». Estas palabras se refieren a los mandamientos que concretan el amor al prójimo. Dios toma como un desprecio hacia él la falta de derecho y de justicia, la crueldad, la sangre derramada de los inocentes, la injusticia de desamparar a los buenos y de premiar a los corruptos, a los ladrones, a los mentirosos… a los que rompen las naciones y provocan odio y guerra.
Y Dios, decepcionado, se pregunta: «¿Qué más puedo hacer yo por mi viña que no haya hecho? ¿Por qué, cuando tenía que dar uvas, dio agrazones?». Solo le queda abandonar su viña y esperar que el castigo la haga recapacitar: «Quitaré su valla… destruiré su tapia y será pisoteada».
Esta sentencia se cumplió cuando los asirios y los babilonios arrasaron primero el norte, luego el sur, y llevaron a cabo la deportación de Israel y de Judá. Y aún así, el castigo formaba parte del plan de Dios, que castiga a su hijo, para corregirlo, buscando un bien mayor.
Teniendo de fondo el pasaje de Isaías y todo lo que recordaba de la historia pasada, Jesús se dirige a los sumos sacerdotes y a los saduceos, con una imagen en la que también está presente la viña, la vid, el vino… la petición de amor. Pero la imagen cambia: Israel ahora ya no es representado por la viña que no da uva, sino por los viñadores, que quieren apropiarse de la viña y de su fruto y, para eso, matan a los enviados del dueño de la viña, incluso, finalmente, «al hijo». Jesús les echa en cara de forma muy cruda que ellos, sus padres, han dado muerte a los profetas que Dios les ha enviado antes que él, porque se han creído dueños de la vid. Y que ahora están dispuestos a dar muerte al Hijo, que es él: «Por último, les mandó a su hijo diciéndose: “Respetarán a mi hijo”. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Es el heredero. Matémoslo y quedémonos con su herencia”. Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron».
Aquí el pecado va dirigido directamente hacia Dios. Queremos ser dueños, dioses de nosotros mismos, decidir nosotros si es de día o de noche, qué es verdad o mentira, qué está bien o está mal, no obedecer, no ser criaturas, ni hijos, queremos ser los dueños. Y así, estamos dispuestos, no solo a saltar por encima de la justicia y hacer daño al prójimo, sino a matar a Dios. Y Jesús pregunta: «¿Qué hará el dueño de la viña con esos labradores?» Y deja que sus interlocutores contesten: «Hará morir de espada a esos malvados y entregará su viña a otros que entreguen los frutos a sus tiempos». Estas palabras fueron la sentencia de Israel, sentencia que se cumplió en al año 70 después de Cristo, cuando Judá fue destruido por Roma y el templo incendiado y reducido a ruinas.
Dios, sin faltar a su amor y a su promesa de salvación, muchas veces se ha visto obligado a castigar el pecado de su pueblo, un pecado contra el amor al prójimo y el amor a él, el pecado de no querer servir —que es lo propio del diablo—, el pecado de no querer ser criatura, ni hijo, sino dueño y dios de sí mismo.
Nosotros somos el nuevo Israel. La Iglesia es el nuevo Israel, a la que Dios ha dejado su viña para que le dé frutos. Pero, ¿realmente damos los frutos esperados? ¿No es nuestra caridad con el prójimo tan miserable como agrazones? ¿Acaso no permitimos el aborto? ¿Acaso no permitimos una educación a los niños que no es sino corrupción moral? ¿Acaso no es tibio nuestro amor hacia Dios? ¿Acaso no queremos decidir lo que es verdad o no por nosotros mismos, lo que debe ser o no ser la norma de nuestra vida moral? ¿Acaso no llamamos “bueno” lo que Dios dice que es “malo”? El divorcio, el egoísmo de no traer y cuidar nuevos hijos, el aborto, el uso de la sexualidad como algo de lo que podemos disponer a nuestro capricho…
El Evangelio, predicado por el mismo san Pablo —no por un pobre cura como el que os habla— llegó y prendió en comunidades florecientes. Pero después de varias generaciones, aquellas primeras comunidades cristianas, desaparecieron y solo los libros y la arqueología nos dan noticias de ellas ¿Creemos que a nosotros no nos puede pasar lo mismo? Demos frutos de conversión.
Dios seguirá su obra, con los que le sean fieles, en medio incluso de sus pobrezas y pecados. Hombres que se esfuercen por dar el fruto de la caridad hacia sus hermanos, y de amar y obedecer a Dios como Creador y como Padre. Las últimas palabras de Jesús hacen referencia a este nuevo inicio que nace justo allí donde se desprecia hasta el final la verdad de Dios y su amor por el hombre, en la Cruz. Con las palabras de un salmo, Jesús declara el fin donde lleva el desprecio del amor de Dios y, paradójicamente, un nuevo inicio, con aquellos pobres de espíritu, fieles, que no renieguen de su condición de criatura, ni de hijos, que encuentren su gozo en el cuidado y el amor de Dios:

«“La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente”.
Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios
 y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

No despreciemos nosotros el amor de Dios. En Cristo, su Hijo, nos lo ha dado todo. Él es el pan y el vino, todo lo necesario y todo lo sobreabundante y gratuito: «Esta es mi sangre». Espera nuestro vino, nuestra caridad con el prójimo, nuestro amor hacia él, que se concreta en la obediencia a los mandamientos.

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
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Homilía del Domingo XXVII ciclo A
8-X-2023
Oratorio de san Felipe Neri. Alcalá de Henares
Autor-1605;Enrique Santayana
Fecha-1605Domingo, 08 Octubre 2023 16:19
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