La Ascensión del Señor
1 de junio, 2025
«Miraban fijos al cielo» (Hch 1,10)
Celebramos la Ascensión del Señor a los cielos, que es una de las verdades de la fe transmitida por los Apóstoles. Así en el Credo, después de la resurrección de Cristo, confesamos: «subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso».
El libro de los Hechos de los Apóstoles nos dice que vieron elevarse a Cristo hasta que una nube se lo quitó de la vista. Este subir en el espacio es el signo visible de un subir más real: adentrarse en Dios. Decimos “subir” porque no tenemos mejor forma de expresar este acrecentamiento del ser que significa pasar de este mundo creado a Dios, increado, eterno, que no está arriba, ni abajo, ni a derecha ni a izquierda, sino que lo llena todo y lo invade todo y está todo entero en todas partes sin confundirse con nada y es más alto, más perfecto, que todo lo que nosotros podemos ver, imaginar o concebir. Subir a los cielos significa adentrarse en Dios, en una vida que para nosotros es un misterio insondable, de la que sabemos lo que el Hijo nos ha revelado: que es una comunión trinitaria de amor. El Hijo de Dios vuelve a su Padre, pero no como había salido cuando bajó del cielo para hacerse hombre. Vuelve con su humanidad: con su cuerpo humano levantado del sepulcro, con su alma humana rescatada del sheol, con su corazón humano y con todo lo que él ama, con su Madre en el corazón, con Pedro, con Santiago, con Juan y con cada uno de aquellos por los que se entregó en la cruz. Es decir: asciende con esta naturaleza humana con la que se ha hecho hermano nuestro, y con nosotros en el corazón, en su voluntad amorosa. Así subió a los cielos. Y Dios le sentó a su derecha: le dio, como hombre victorioso, lo que ya tenía antes de la creación como Hijo eterno: ser Señor de todo.
La nube les quitó de la vista a Jesús. En todo el Antiguo Testamento la nube esconde el misterio de Dios que el hombre no puede penetrar. Conforme a ese significado de la nube, Jesús se adentró en ese misterio de Dios, que nuestra mirada no puede penetrar, que nuestra inteligencia no puede dominar. Y el relato dice que cuando la nube terminó por quitarles de la vista al Señor, los Apóstoles se quedaron mirando fijos al cielo, como tontos y embobados. ¡Qué natural me resulta esto! Querían seguir a su Maestro de alguna forma, aunque solo fuese con la mirada. Dijo sobre esto una vez el papa Benedicto XVI: «El Señor atrae la mirada de los Apóstoles —nuestra mirada— hacia el cielo», el Señor quiere hacernos crecer hasta Dios. Es verdad que la nube expresa una separación. Ya he dicho que Cristo se adentra en un misterio que ni nuestros sentidos pueden penetrar, ni nuestra inteligencia puede dominar. No podemos asaltar el cielo. No podemos forzar a Dios. Pero también he dicho que Cristo ascendió con nuestra naturaleza y con nosotros en la voluntad amorosa de su corazón. San Pablo reza por los cristianos de Éfeso —y yo lo hago por todos nosotros— para que comprendan lo que esto significa: que Jesús ha introducido en el seno de Dios nuestra naturaleza, para que lleguemos allí; que él nos lleva en el corazón, en ese corazón que gobierna el mundo, para tirar de nuestro amor con el suyo. Cristo en el seno de Dios es nuestro destino. Tenemos que comprender esto y tender hacia ello con el corazón, con la voluntad amorosa de nuestro corazón, por pobre y débil que sea: «El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, […] ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros». Que el Señor atraiga nuestro corazón hacia el suyo. La nube es solo temporal, la separación es solo temporal. Llegará el momento de reunirnos con él: «Volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros».
Mientras tanto, aunque esté en el cielo, no nos ha dejado solos y sin nada que hacer. Lo tenemos en su Palabra y en los sacramentos. Ya el domingo pasado os hablé de cómo Jesús promete una presencia espiritual en nosotros a través de su Espíritu; presencia espiritual más perfecta e inmediata que la corporal que tuvieron los apóstoles durante los tres años que convivieron con él. Es el Espíritu Santo quien nos trae su presencia real al alma. Y es también el que nos guía en la misión que Cristo nos da. Antes de ascender a los cielos, Jesús vuelve a recordarlo: «Aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que ya os he hablado […] dentro de no muchos días [se refiere a Pentecostés] seréis bautizados con Espíritu Santo». Con esta presencia de Cristo en el alma, unidos a él, pastores y fieles tenemos una misión que cumplir: «seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y “hasta el confín de la tierra”». Los confines de la tierra son también aquellos hombres que nos parecen imposibles de conquistar para el Evangelio. Pero Cristo no pide que nosotros los conquistemos, solo que demos testimonio de él, testigos de su amor que vence la muerte. Confiemos en el Espíritu que Cristo nos promete, para que sea él quien nos conduzca en la misión apremiante que tenemos; cada uno en su propio estado, cada uno según su propia vocación particular, cada uno conforme a los dones naturales que Dios le ha dado y los dones sobrenaturales que quiera darle. A veces esos confines están, en realidad, muy cerca de nosotros, y muchas veces nos olvidamos de que Cristo nos ha dado una misión. A veces es nuestro amigo; a veces nuestro hijo, que ha venido a ser un desconocido. Tenemos una misión con él, y no es solo darle ropa, o enseñarle cómo debe comportarse en público. El amor que les debemos, por el que todos seremos juzgamos, implica el testimonio del Evangelio. Ser testigos de Cristo es el más ineludible ejercicio de caridad. Parte importante de esta fiesta es la invitación divina a perseverar en la súplica de una nueva efusión del Espíritu Santo sobre cada uno de nosotros y sobre la Iglesia universal, que necesitamos para tener en nosotros a Cristo y para la misión que él nos ha dado. Estos días que median entre la fiesta de la Ascensión y Pentecostés son especialmente indicados para esta súplica.
Queridos hermanos, no podemos vivir como paganos. Somos cristianos, Dios nos ha dado algo que no merecemos y tenemos un deber que cumplir en esta vida, nos dediquemos a la banca o a fabricar coches. Por encima de todo, tenemos un deber: dar testimonio de quien ha dado la vida por nosotros. Queridos hermanos, Dios nos ha dado a su Hijo, y nosotros no podemos vivir con la ignorancia, la oscuridad y la tristeza escondida de los paganos, que guiados por el espíritu de este mundo, aman solo este mundo que pasa y decepciona, «sin Dios y sin esperanza». «Solo aspiran a cosas terrenas», como dice san Pablo: «Su paradero es la perdición, su Dios, el vientre; su gloria sus vergüenzas. Pero nosotros [sigue diciendo el Apóstol] somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo». Necesitamos mirar al cielo y aspirar al cielo. Celebramos la Ascensión del Señor para recordarnos a nosotros mismos que no tenemos otra meta que Dios.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
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Homilía de la solemnidad de la Ascensión del Señor (1 junio 2025)
Oratorio de san Felipe Neri. Alcalá de Henares. Madrid
Oratorio de san Felipe Neri. Alcalá de Henares. Madrid