CRISTO CRUCIFICADO
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- Escrito por Enrique Santayana
- Categoría: Ciclo A: Triduo Pascual
Viernes Santo – 7, IV, 2023
«Está cumplido» (Jn 19,30)
En la Pasión de Cristo vemos un mar de maldad, un océano inmenso, oscuro, amenazante, cuyas olas se ciernen sobre Jesús para sofocar la llama de su amor. Una ola de mal tras otra ola de mal: la injusticia, la brutalidad, la mentira, el odio, la envidia, la impiedad, el olvido de Dios y de sus promesas; la afirmación del yo como norma, la idolatría del yo, la idolatría de las riquezas, del poder, del sexo… Todos los pecados del mundo, los pecados de los hombres de todo tiempo y lugar. Los pecados de los hombres que no quisieron nunca conocer a Dios y los pecados de los pobres que solo pudieron conocerlo a tientas; los pecados de los paganos y los pecados de los hijos de la ley, que conocieron al Dios verdadero y pecaron una y otra vez; los pecados de los cristianos, los pecados de los hombres de Iglesia, los pecados de todos los bautizados. Los pecados de los que renegaron de Cristo en el pasado y los pecados de los que reniegan ahora de él; el pecado horrible del aborto, legalizado por la ignorancia y la maldad; los pecados de adulterio, legalizado y justificado con el divorcio; el pecado del expolio y del abandono de los pobres y de los enfermos; el desprecio a los ancianos y la hipocresía de ofrecerles la eutanasia para librarse de ellos. Y todos nuestros pecados personales. Ninguno de ellos dejó de llegar a Jesús en ese oleaje oscuro e implacable que fue su Pasión.
Pero toda esa marea inmensa no pudo, no puede, apagar el fuego del amor de Cristo. Lo había profetizado el Cantar de los Cantares: «Las aguas caudalosas no podrán apagar el amor, ni anegarlo los ríos» (Ct 8,7). Él no dejó de amar, sino que más bien, según recibía los golpes, el amor se afirmaba en él, marcando su cuerpo y su alma, hasta que llegó a su perfección. San Juan abre y cierra los relatos de la Pasión con dos afirmaciones que subrayan esta plenitud de amor que aquí no solo se expresa, sino que se realiza humanamente. Abre todos esos relatos con esta afirmación: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1), hasta el fin, hasta la perfección. El lenguaje que usa san Juan es muy exacto: «eis telos», hasta su culmen, hasta su perfección. Parece que cada golpe de las olas de los pecados es la ocasión para amar perdonando y, más aún que perdonando, para entregarnos el alma.
Al final del relato de la Pasión vuelve la misma idea. En la cruz, justo antes de entregar el alma a Dios, Jesús afirma: «Todo está cumplido» («tetelestai», Jn 19,30). «Lo he dado todo, Padre mio, los he amado, como tú me has amado a mí. Según tu designio amoroso, los he amado hasta la perfección del sacrificio. Tal como tu Espíritu había anunciado por medio de los profetas y de los salmos, con todos los detalles con los que fue anunciado mi amor, de forma que pudiera ser reconocido como el amor anunciado que les salva». «Todo está cumplido», cada detalle, hasta la perfección del amor.
Los mismos evangelistas, y después de ellos las primerísimas generaciones cristianas, se deleitaron en releer el Antiguo Testamento comprobando que Jesús lo había cumplido todo. Se deleitaron en un amor no improvisado, sino preparado durante siglos hasta el momento adecuado, que ellos habían visto con sus propios ojos. Por eso san Pablo no lo dudó: ha llegado «la plenitud de los tiempos» (Gal 4,4). Ha llegado aquello que antes de verlo nadie habría podido creer, ni siquiera imaginar: el Dios Absoluto, hecho hombre y muriendo de amor por el hombre: «Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman» (1 Cor 2,9). Estas cosas son las que ha relatado Juan, el Apóstol, el que lo vio y quedó para siempre herido de amor, porque «es fuerte este amor como la muerte, sus dardos son dardos de fuego, llamaradas divinas. Las aguas caudalosas no podrán apagar el amor, ni anegarlo los ríos»(Ct 8,6-7). El amor de Cristo, que no puede ser anegado por las aguas del mal, encendió el amor en el pecho de su Apóstol y en tantos otros después de él. Un amor que no muere, porque vive el Amado y vive todo aquel que lo ama.
El mal no ha conseguido apagar el amor. El diablo intentó apartar al Salvador del camino de su amor; intentó cansarlo mostrándole nuestra debilidad futura, nuestra frialdad, nuestros pecados manifiestos y graves. Intentó que el Salvador perdiese la esperanza del valor de su sacrificio, pero este Jesús nuestro nos ha amado golpe tras golpe, pecado tras pecado, de forma decidida, hasta llegar al amor perfecto. Por eso san Juan, especialmente san Juan, lo presenta como un Rey decidido, que va a la batalla por su pueblo y que por su pueblo da la vida. Y en este no retirarse, en este amar hasta el fin y hasta la perfección, está ya la semilla de la victoria. La victoria de la resurrección está en esta semilla del amor entregado y perfecto que el Hijo de Dios ha consumado en su humanidad.
Por eso, a pesar de lo terrible de la narración, de los hechos que nos narra quien los vio, a pesar de lo horrible que es ese mar de olas que una tras otra golpea a Cristo, hay una belleza que nos cautiva y que ha cautivado a los hombres generación tras generación, como cautivó a Juan. Es la belleza del amor de Dios manifestado en Cristo. En un momento solemne, Jesús había dicho: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). El momento ha llegado y a lo largo de los siglos la belleza de este amor no deja de atraer nuestra alma. En el día que deja de ser día por el horror que contempla, cuando «se estremece la tierra y tiemblan los cielos; cuando el sol y la luna se ensombrecen, cuando las estrellas pierden su brillo» (Jl 2,10), en este día brilla el amor de Dios.
Ahora nosotros suplicaremos por las necesidades del mundo entero al único que se ha compadecido de nuestros errores. Y después levantaremos la cruz con el crucificado, que ahora está velada sobre el suelo. La imagen bellísima de la cruz de nuestra iglesia expresa el terror del pecado, sí, pero, por encima de todo, la belleza y el bien del amor del Dios crucificado. En la cruz brilla el amor de Dios. En la cruz, donde el océano de mal todo lo sumerge, el amor del Hijo de Dios abre una fuente de gracia para nosotros. Él es sumergido en un mar de tinieblas y, sin embargo, de su costado abierto, brota un humilde hilo de sangre y agua, que se va a convertir en una fuente de gracia que llega a toda la tierra, a todos los hombres que en cualquier parte y en cualquier tiempo tienen sed del perdón y del amor verdadero, que tienen sed de Dios.
No importa lo graves que sean los pecados, no importa la oscuridad o la sinrazón de los tiempos que nos toquen vivir, no importa que el mal abunde, que el soberbio muestre su fuerza sobre el mundo, y que parezca que el anticristo ha llegado. Para quien busca el perdón, para quien busca el amor verdadero, para quien busca a Dios, del costado de Cristo brota una fuente humilde, pequeña, pero inagotable. La fuente de la gracia, la fuente de la misericordia y del amor, la fuente de la vida divina que las aguas del mal no pueden sofocar.
Termino recordándome a mí mismo y recordándoos a vosotros las palabras que Jesús había dicho a los suyos pensando en este día: «El que tenga sed, que venga a mí y beba» (Jn 7,37).
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.Archivos:
Homilía del Viernes Santo de 2023
en el Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
Lectura Espiritual de la Sagrada Escritura: Profeta Joel 5
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
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Lectura y comentario: Profeta Joel 5
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Lectura Espiritual de la Sagrada Escritura: Profeta Joel 4
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
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Lectura y comentario: Profeta Joel 4
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JESÚS FRENTE AL MAL
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- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: Domingo I
I Domingo Cuaresma. 26-II-2023
«Al Señor, tu Dios, adorarás»
(Mt 4,10)
Hay una guerra en la que estamos involucrados en primera persona. Muchas veces es una guerra escondida y soterrada, pero es real y cruel, porque nuestro enemigo busca nuestra destrucción absoluta, no solo para esta vida, sino para la eternidad. Es la guerra del mal contra el hombre. La liturgia de hoy nos habla de esta guerra, en la que Cristo se pone a nuestra cabeza.
En el relato del pecado original podemos observar, en primer lugar, la naturaleza del mal moral: un acto de desobediencia a Dios. En la desobediencia a Dios se cifra la naturaleza de todo mal moral. El «mal moral» es un mal que el hombre hace suyo, al que asiente libremente. A eso lo llamamos pecado. Y es el origen de todo mal. Repito esto último: el mal moral, el pecado, es el origen de todo otro mal. Por eso san Pablo dice: «por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte».
El relato del Génesis nos enseña, en segundo lugar, que el mal no nace de forma espontánea del hombre, como si nuestra naturaleza estuviese mal hecha. El mal nos es insinuado por un ser espiritual y libre, realmente existente, un ser personal, el diablo. Él nos sugiere el mal, lo insinúa a nuestra libertad para que lo hagamos nuestro. Lo sugiere siempre con engaño: «Seréis como Dios», les dice, cosa que él sabe perfectamente que es mentira. El diablo es «el tentador» y «el mentiroso».
En tercer lugar, el relato nos dice dónde radica la fuerza de la tentación, de la sugestión al mal: en la desconfianza. Lo primero que hace el diablo es sembrar la desconfianza en Dios: «No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Él en el conocimiento del bien y el mal». Que es como decir: «Dios no quiere que seas como él, Dios no te ama, Dios te desprecia y juega contigo». Cuando el hombre deja que esta semilla de la desconfianza germine en su alma, deja de complacerse en Dios como en el Bien absoluto, el «Unum necessarium», y el Bien que ordena, que jerarquiza, todos los demás bienes. La desconfianza hace que el corazón ya no se dirija a Dios como a la fuente limpia y clara de su gozo.
Pero, como el corazón del hombre está hecho para complacerse en el bien, cuando desconfía y deja de complacerse en Dios, experimenta enseguida la atracción de bienes secundarios. Tras acoger la semilla de la desconfianza, Eva experimenta la atracción desordenada: «Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos». Y si la desconfianza madura, aparece definitivamente la desobediencia, que separa al hombre de su Creador.
En el relato del pecado original podemos observar, en primer lugar, la naturaleza del mal moral: un acto de desobediencia a Dios. En la desobediencia a Dios se cifra la naturaleza de todo mal moral. El «mal moral» es un mal que el hombre hace suyo, al que asiente libremente. A eso lo llamamos pecado. Y es el origen de todo mal. Repito esto último: el mal moral, el pecado, es el origen de todo otro mal. Por eso san Pablo dice: «por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte».
El relato del Génesis nos enseña, en segundo lugar, que el mal no nace de forma espontánea del hombre, como si nuestra naturaleza estuviese mal hecha. El mal nos es insinuado por un ser espiritual y libre, realmente existente, un ser personal, el diablo. Él nos sugiere el mal, lo insinúa a nuestra libertad para que lo hagamos nuestro. Lo sugiere siempre con engaño: «Seréis como Dios», les dice, cosa que él sabe perfectamente que es mentira. El diablo es «el tentador» y «el mentiroso».
En tercer lugar, el relato nos dice dónde radica la fuerza de la tentación, de la sugestión al mal: en la desconfianza. Lo primero que hace el diablo es sembrar la desconfianza en Dios: «No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Él en el conocimiento del bien y el mal». Que es como decir: «Dios no quiere que seas como él, Dios no te ama, Dios te desprecia y juega contigo». Cuando el hombre deja que esta semilla de la desconfianza germine en su alma, deja de complacerse en Dios como en el Bien absoluto, el «Unum necessarium», y el Bien que ordena, que jerarquiza, todos los demás bienes. La desconfianza hace que el corazón ya no se dirija a Dios como a la fuente limpia y clara de su gozo.
Pero, como el corazón del hombre está hecho para complacerse en el bien, cuando desconfía y deja de complacerse en Dios, experimenta enseguida la atracción de bienes secundarios. Tras acoger la semilla de la desconfianza, Eva experimenta la atracción desordenada: «Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos». Y si la desconfianza madura, aparece definitivamente la desobediencia, que separa al hombre de su Creador.
Este acto de desobediencia es una realidad gravísima porque afecta a la naturaleza del hombre, que se define por la relación con su Creador. La desobediencia ofende a Dios y separa al hombre de él, provocando una herida de muerte para el mismo hombre. Alcanza a todos los hombres y los coloca en una situación de debilidad frente al tentador y mentiroso.
El diablo también se acerca a Jesús para tentarlo. En las tentaciones de Jesús observamos cómo actúa el diablo sobre todo hombre después del pecado original. El primer ataque de Satanás va dirigido a nuestra carne, sobre todo, con la gula y con la lujuria. Nos hace apetecer desordenadamente las realidades que en su orden son buenas para nuestro ser corporal. «Di que estas piedras se conviertan en pan». La primera gran tentación para el hombre es siempre entregarse al placer sexual, y al resto de los placeres del cuerpo, hasta animalizarse y ahogar en el alma la búsqueda de Dios. Es la idolatría del sexo y del placer.
El segundo ataque va dirigido a las pasiones de nuestro espíritu, todas las soberbias y deseos desenfrenados de tener poder e influencia, de ser alguien frente a los demás. «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”». ¡Qué fácil le habría sido a Cristo conquistar un poder y una fama mundana! ¡Qué fácil le habría sido hacer que el Sumo Sacerdote le entronizara como Rey! ¡Que Roma se pusiese a sus pies! ¡Y por una buena causa! La segunda gran tentación es la idolatría del poder, en sentido amplio (poder material, poder moral, poder político, influencia, soberbia…) El poder se nos insinúa como la capacidad para parar el mal, pero es una trampa: ¡Oh, si nosotros pudiésemos tener el poder suficiente para parar tantas leyes injustas contrarias a Dios y al hombre! Pero en realidad, es un engaño: al mal lo vence la cruz, no el poder. El poder idolatrado es un engaño: el verdadero rostro de Dios no es poder, sino el amor. Dios es rico en amor, poderoso en amor.
El tercer ataque va dirigido a la parte más elevada del alma humana: a su capacidad de amar, esa capacidad que con la que Dios nos creó a su imagen. Y ahoga esa capacidad con el deseo de los bienes materiales: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». Esta es la tercer gran tentación del hombre: la idolatría de las riquezas.
El Evangelio nos enseña cómo Cristo, hombre verdadero, desenmascara y supera estas tentaciones: con la oración y el silencio. Él se adentra en el desierto para hacer frente a Satanás y se enfrenta a él después de haber permanecido cuarenta días en oración y en silencio. La actividad frenética y el ruido hacen al hombre sordo ante la Palabra de Dios. Jesús se adentra en el silencio del desierto para sumergirse en la escucha de Dios, en la oración, y hacer frente con su humanidad al diablo. Así nos enseña a nosotros qué hacer.
Para superar las tentaciones no solo hay que conocer las formas con las que el diablo nos ataca. Hace falta, además, tener todas las capacidades del hombre, las sensibles de su cuerpo, las morales de su alma y aquella capacidad espiritual suprema de su amor, dirigidas a Dios como al bien supremo, que ordena todos los demás bienes, los bienes corporales, los del espíritu y el amor del alma eterna. Esto es lo que hace la oración: unidos a Cristo, nos adentramos en la relación íntima con Dios y su verdadero conocimiento, que siembra en el alma la semilla de la fe y da como fruto la obediencia filial y el amor.
La victoria de Cristo sobre las tentaciones no terminará hasta que elevado en el árbol de la cruz lleve a su perfección el amor obediente a Dios y el amor redentor para el hombre. En la cruz el bien que parecía indefenso e ineficaz ante el mal se desborda y vence. Dice san Pablo: «No hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos». La desconfianza plantó en la creación el árbol de la desobediencia, que engendra la muerte. El conocimiento amoroso y filial de Jesucristo hacia su Padre ha sembrado otro árbol en este mundo creado, el de la fe, que da como fruto la obediencia y el amor extremo, el amor maravilloso de Cristo, que en la cruz vence el mal con un derroche de perdón y de amor.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía del I Domingo de Cuaresma, ciclo A, 2023.
En el Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares.
En el Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares.
Doctrina Cristiana: Enseñanza de la Doctrina Cristiana para niños
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- Escrito por Alberto Velasco Esteban
- Categoría: Noticias
El libro "Doctrina cristiana: Enseñanza de la doctrina cristiana para niños", escrito por el Padre Enrique Santayana Lozano C.O. de nuestro Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares, se ha convertido recientemente en libro destacado en la editorial San Felipe.Es una motivo de alegría y orgullo que éste libro que nació para ayudar a los niños a desarrollar su vida de fe esté teniendo una acogida tan buena entre tantas personas. Sacerdotes, colegios, familias han encontrado en este libro un apoyo a la hora de transmitir la fe a los niños.
Agradecemos desde esta página a la Editorial San Felipe por su apoyo a esta obra y al padre Enrique por su dedicación a la evangelización de los niños.
Para conocer más de este libro ⇒