Del grito de guerra de David al abandono de Cristo
- Detalles
- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: cuaderno de notas
«Tú vienes a mí armado de espada, lanza y jabalina; yo voy a ti en nombre del Señor de los Ejércitos». No es difícil ver en David un anuncio privilegiado de Cristo, un “tipo” de Cristo. Nos bastaría fijarnos en estas palabras con las que David se enfrenta al peligro y luego en aquellas otras con las que Jesús se enfrenta a la muerte: «A tus manos encomiendo mi espíritu».
Sin embargo hay diferencias.
David se enfrenta al peligro fiado de Dios, con la certeza que le da la fe, la certeza de que su Dios es el Señor del Cielo y de la Tierra, el que todo lo creó de la nada. No hay fuerza que se resista. El Creador no tiene antagonista posible.
En Cristo hay algo más: la conciencia filial. La confianza y la obediencia del Hijo. Él no se va a enfrentar a la cruz, pensando que Dios le va a hacer inmune a los clavos, a la pérdida de sangre o a la asfixia. Él se entrega a la muerte y sabe que entra plenamente y hasta el final en ella. Realmente va a ser vencido, pero así alcanzará una victoria definitiva.
Aprendemos de David a enfrentarnos a los gigantes, a los poderes adversos que nos superan, con la confianza de que Dios no tiene adversario. Pero nuestra fe debe crecer desde el grito de Guerra de David hasta alcanzar el abandono filial de Cristo.
Para esto se requiere el ejercicio diario de enfrentarnos a los problemas fiados de Dios y, sobre todo, se requiere el entrenamiento de la obediencia. La obediencia tiene muchas formas preciosas de ser ejercitada, no sólo en la vida reglada de una comunidad religiosa, también en el matrimonio. La misma realidad nos brinda la oportunidad de la obediencia en el reconocimiento de la verdad de las cosas y en nuestra adecuación a ellas. Las circunstancias de la vida nos enseña la obediencia cuando se nos impone de mil formas imprevistas y muchas veces dolorosas. Pero no hay mejor ejercicio de la obediencia que aquel que impone el amor: el de los esposos, el amor paterno-filial, o el amor fraterno en la vida común.
Nos entrenamos en la obediencia y ejercitamos el espíritu y el cuerpo hasta entregamos por entero, sin la pretensión de victorias parciales, con la sola certeza de que «en la vida o en la muerte somos del Señor», de que de una forma u otra estamos en sus manos providentes.
Aprendemos a pasar de la confianza audaz de David al abandono total del Hijo, porque Dios nos ha llamado a ser sus hijos, a participar de la vida del Hijo Único. De este entrenamiento habla el salmo: «adiestra mis manos para el combate, mis dedos para la pelea». Aprender a ser hijos. Este es nuestro entrenamiento y nuestra lucha.
Aunque lo más importante sobre este entrenamiento está por decir: en él Cristo no es un modelo. Nos entrenamos porque él se ha unido a nosotros, porque él nos da su vida y nos hace partícipes de ella, paso a paso, gracia tras gracia. El permanente principio de este entrenamiento, que nos hace pasar del grito audaz de David a la confianza filial de Jesucristo, es la comunión con el que es Hijo, una comunión que don confiere la fe apostólica y la celebración litúrgica de los sacramentos. Unidos a él y en su compañía, aprendemos también nosotros a ser hijos, hasta que lleguemos a entregarnos por entero.
Un amor desconocido para el hombre
- Detalles
- Escrito por p. Enrique Santayana
- Categoría: El bautismo del Señor
En esta escena, donde se nos permite asomarnos al diálogo de amor trinitario, se manifiesta un amor desconocido para el hombre. Este amor no es una mirada benevolente con el que está por debajo y por el que sufre por sus propias culpas. Es un amor que decide compartir la vida y el destino de aquel que está muy por debajo de él y hacer suyas sus culpas. ¡Y superarlas! Y otorgar a este hombre, pobre y miserable, no cualquier cosa, sino el don de la intimidad divina: la compañía, la amistad, la familiaridad de Dios, ¡la participación de la vida en la Trinidad! ¡La vida del Hijo Eterno!
Homilía del 10 de enero del 2016, Fiesta del Bautismo del Señor, en la Iglesia del Oratorio de san Felipe Neri, de Alcalá de Henares
El libro de la Vida de Sta Teresa de Jesús 12-13
- Detalles
- Escrito por Enrique Alonso
- Categoría: Ejercicios de los Sábados
| Ejercicio de los Sábados | |
JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO
- Detalles
- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Cristo Rey
JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO – CICLO B –
22/11/2015
Oratorio de san Felipe Neri
Alcalá de Henares
Queridos hermanos;
El año litúrgico termina con esta fiesta que afirma que Jesucristo es Rey del Universo. Antes de la resurrección Dios ya era Señor de todo, pero nosotros hablamos del Dios que se ha hecho carne. Hablamos de Aquel a quien hemos contemplado como promesa en el Adviento, hecho niño en Navidad, fatigándose como hombre verdadero por llevar la salvación a cada rincón, el que ha entrado en nuestra vida y que ha muerto en la cruz. Ese, hombre verdadero que estuvo clavado en la cruz, es REY DEL UNIVERSO. Esto es: tiene un poder total. «Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin». Esta fiesta nos enseña a glorificar a este que el centro de nuestra mirada durante todo el año litúrgico.
Y llegará un día, al final, en el que todos reconocerán que Cristo es Rey, el único soberano. «Todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán», decía Daniel; y el Apocalipsis: «Mirad: El viene en las nubes. Todo ojo lo verá; también los que lo atravesaron».
Pero uno puede decir: Si Cristo reina, ¿por qué la injusticia, por qué el dolor y la enfermedad, por qué la muerte? Más aún, si Cristo reina, ¿por qué nosotros aún nos debatimos no sólo con todas estas cosas que nos vienen de fuera, sino con nuestro propio pecado, que nace en nosotros y se hace fuerte en nosotros y parece que llega a enseñorearse y a reinar en nosotros? Pareciera que el reinado de Cristo no llegase hasta nosotros. ¿Realmente es Rey? ¿Lo es para nosotros, que vivimos en medio de estas fuerzas poderosas que nos amenazan?
Pilato se pone ante Jesús con la misma pregunta. Haced composición de lugar. A Jesús lo han llevado preso los judíos, atado y ya lleno de golpes. Después la agonía de Getsemaní, de haber sido apresado en el huerto y llevado a casa del Sumo Sacerdote, después de haber sido juzgado, abofeteado y escupido, después de haber pasado la noche seguramente atado y sin dormir, ahora lo ponen atado ante quien realmente tenía fuerza. Pilato, puede que con un poco de burla —no sé—, le pregunta: ¿Eres tú el rey de los judíos?.
Lo que aparece con evidencia y claridad ante todos es que no lo es.
Sin embargo Jesús dice tozudamente que lo es, aunque «no de este mundo». «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí». Cuando leemos esto pensamos que Jesús está diciendo que reina en otro sitio, pero no en esta vida que vivimos nosotros. Es decir, que reina pero que a nosotros, al menos por ahora, su reino no nos sirve.
Pero no es eso, porque Jesús dice a continuación que él ha venido a este mundo para ser rey. Escuchad el final del diálogo: «Pilato le dijo: “Conque, ¿tú eres rey?”. Jesús le contestó: “Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”».
En la respuesta de Jesús está el quid de la cuestión: él ha venido para ser rey, es decir para gobernar, para implantar un reino. Sin embargo, Jesús pone en relación su reino con la verdad. Los reinos de este mundo no se fundamentan en la verdad, sino en la fuerza. Jesús pone su reino en relación con al verdad. Él viene a implantar este reino dando testimonio de la verdad.
Hasta aquí llega el relato que hemos escuchado, pero para entenderlo debemos seguir adelante. Pilato le va a preguntar con escepticismo: «¿Qué es la verdad?» Lo pregunta sin esperar respuesta, porque cree que la única verdad es la fuerza. No hay verdad, solo poder. En eso Pilato es totalmente moderno —o el demonio muy viejo—. Hoy nosotros creemos solo en este poder. El hombre moderno tiene solo dos leyes que le gobierna: 1) lo que quiere hacer, su propia voluntad; 2) lo que puede hacer, lo que la técnica o las circunstancias le permiten hacer. Si uno quiere algo y puede hacerlo técnicamente, no se pregunta por nada más. El poder es la única verdad.
Pero esa verdad sólo lleva al hombre a la muerte.
Por el contrario, Jesús, cuando salga del pretorio, va a mostrar que es justo al contrario. El verdadero poder, que el hombre pueda ser realmente libre, y superar sus verdaderos límites, no se identifica con el capricho, sino con la verdad. Él viene a dar testimonio de la verdad. ¿Qué verdad? La que da razón del universo, la que da razón de la creación y del fin del hombre: que Dios existe, que es amor (Trinidad) y que nos ama. Jesús se va a encaminar a la muerte para mostrarnos esta verdad: el amor incondicional de Dios, que rompe la muerte con la resurrección.
Me diréis que no he dado respuesta a las preguntas iniciales. Pero en realidad ya solo basta comprender la dinámica de este amor, que es la verdad de que Cristo dice viene a dar testimonio y que constituye el fundamento de su Reino. La dinámica propia del amor es que conquista en la medida en que se ofrece y se entrega. No se impone por la fuerza. El amor debe ir conquistando cada libertad y no lo hace sino mostrando su belleza en la propia entrega. El amor solo conquista muriendo. La fuerza del amor es el amor mismo, el bien y la belleza que lo constituyen. El corazón de aquel a quien se ama se conquista amando, entregándose. Es posible rechazarlo y seguir obrando por una fuerza que no se vincula a la verdad y que así sólo produce injusticia y dolor.
Y ¿por qué persiste el pecado en nosotros que queremos acoger el amor de Cristo? Porque tampoco en nosotros el amor de Dios se muestra como un dueño despótico —no podría hacerlo—, sino que debe ir conquistando cada centímetro de nuestro ser, cada minuto de nuestro tiempo. Dios nos conquista con su amor poco a poco, no de una vez. Cada rincón de nuestra inteligencia, de nuestra voluntad, de nuestro afecto… debe ir cayendo ante su sacrificio.
Debemos dejar que este amor se adueñe más y más de nosotros y así también más y más del mundo. Mientras tanto sigamos suplicando: «Venga a nosotros tu Reino».
P. Enrique Santayana C.O.