Oratorio San Felipe Neri de Alcalá de Henares

«Felipe, el apóstol de la libertad» El musical.

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La Ascensión del Señor
17-V-2026
 

«Hombres, ¿qué hacéis ahí plantados mirando el cielo?» (Hch 1,11)

 

Hoy celebramos la Ascensión del Señor Jesús a los cielos. Querría explicaros el hecho mismo, lo que significa este hecho para el Señor y lo que significa para nosotros. Son tres cosas que van de la mano. Luego, debemos recordar que el mismo Jesús pone a sus discípulos en disposición espiritual para lo que viene después de su ascensión: Pentecostés, el envío del Espíritu Santo.

La primera lectura nos dice que Jesús se les apareció a los apóstoles durante cuarenta días después de resucitar, hablándoles del Reino de Dios. En la última ocasión les ordenó que esperasen juntos, en Jerusalén, la venida del Espíritu Santo. Al terminar este último diálogo con los suyos, y ante sus ojos, imagino que llenos de asombro, «fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista». No es una anécdota, sino uno de esos hechos que forman el núcleo de nuestra fe; por eso quedó recogido en el Credo: «fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso».
Jesús ascendió, subió a los cielos. No hay que entender ese subir como el de una nave espacial hacia las estrellas. «Subir» es aquí otra cosa: dejar este mundo para adentrarse en Dios. Y Dios no es que esté más arriba, o más lejos, sino que está más allá de este universo, mientras que lo invade todo, lo llena todo, sin confundirse con nada, ni ser contenido por nada. Subir es dejar este mundo creado y adentrarse en Dios. La nube, que les quita a Jesús de la vista a los apóstoles, expresa el ámbito divino en el que el hombre no puede penetrar. En la Biblia la nube indica el misterio de Dios, incognoscible, impenetrable, que le hace estar más allá de todas las capacidades humanas, por mucho que estas crezcan. Pues bien, Jesús subió a los cielos, hasta que una nube se lo quitó de la vista: Jesús dejó este universo y se adentró en Dios. Jesús, desde la encarnación hombre verdadero, sale del ámbito de este mundo, del que ningún hombre puede salir, y se adentra en Dios, donde ningún hombre puede penetrar. Jesús con su humanidad está en Dios.
Aquí podríamos preguntarnos: ¿Pero Jesús no es Hijo de Dios y Dios él mismo? ¿Cómo decimos que entra ahora en el misterio de Dios? Efectivamente, Jesús es Dios y él siempre está en Dios y Dios en él. Incluso en la cruz, el Hijo de Dios permanece misteriosamente unido a Dios en el cielo, mientras sufre por medio de su naturaleza humana en la cruz. En la ascensión lo nuevo es que la sustancia humana del Hijo de Dios, con la que murió, participa plenamente de gloria de Dios. San Pablo, al inicio de su carta a los Romanos, habla de este misterio diciendo que el Hijo de Dios hecho hombre, después de la Resurrección, fue constituido Hijo de Dios con poder (Cf.: Rm 1,3). El evangelio de hoy lo expresa de otra forma, cuando Jesús resucitado les dice a los apóstoles: «se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra». Jesús no habla simplemente como Dios, sino como Dios y hombre verdadero que posee plenamente de la gloria y el poder de Dios. Estamos hablando de la consecuencia última de la Encarnación, cuando se hizo hombre de verdad y tomó lo humano como suyo de forma absoluta y definitiva. La primera consecuencia fue que el Hijo eterno e inmortal murió clavado en la cruz. La segunda consecuencia fue que, después de resucitar, su naturaleza humana alcanzó la gloria eterna que es solo propia de la naturaleza de Dios. La bendita humanidad de Jesús, con la que él enseñó, con la que nos amó, con la que sufrió y murió recibe el poder total de la divinidad: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra». San Lucas, en su evangelio, añade que después de esto, los apóstoles se volvieron a Jerusalén llenos a alegría (Cf. Lc 24,52). Es la alegría de saber que aquel que tanto los ha amado ha alcanzado la gloria.
Pronto entenderán algo más: que la ascensión de Jesús es el anticipo de que todos los que están unidos a su cuerpo, hasta formar parte de él, alcanzarán a su Señor y su gloria. Así lo enseña la segunda lectura. Cristo elevado al cielo es el objeto de nuestra esperanza, lo que podemos y debemos esperar: llegar a él y participar con él de su gloria con nuestra propia humanidad, con nuestra propia personalidad. Es algo tan inimaginable, tan novedoso, tan sorprendente, tan grande, que san Pablo les dice a los de Éfeso: «El Dios de nuestro Señor Jesucristo […] os dé espíritu de sabiduría […] para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación».
Nuestro destino es alcanzar a Cristo y participar de su gloria. Por eso, de alguna forma, los cristianos no dejamos de mirar al cielo. Cuando Jesús ya ha ascendido, los apóstoles siguen buscándolo con la mirada, y escuchan de los ángeles: «Hombres, ¿qué hacéis ahí plantados mirando el cielo?». Hacen lo normal: buscan al que aman y ya no ven. Desde entonces los cristianos tienen el deseo en el cielo, han hecho de Cristo resucitado su esperanza. Alcanzarlo a él en el cielo es el contenido fundamental de la oración y de la esperanza cristiana. Es la tercera de las virtudes teologales y un ancla clavada en el corazón de Cristo resucitado. Nos da seguridad cuando llega la oscuridad, la enfermedad, el dolor, la soledad, la injusticia o la muerte; nos hace desear el día sin ocaso que viene tras la noche; y, además, nos da libertad para ejercitarnos en el bien, incluido perdonar a los que nos hacen mal y llevar voluntariamente sobre nosotros el pecado de los otros, servir sin esperar recompensa, etc. Es decir, la esperanza nos hace mirar al cielo y, al tiempo, nos da libertad para obrar en la tierra: «Hombres, ¿qué hacéis ahí plantados mirando el cielo?». Cada uno ha de obrar según la vocación y los dones recibidos de Dios. Pero como Iglesia, el bien fundamental que hemos de buscar en todo es llevar a Cristo: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado». No hay bien más grande que podamos hacer que el de evangelizar: entregar el tesoro que es Cristo a los hombres, darles la posibilidad de tener una esperanza y un amor que no muere.
Pero para tener el alma en el cielo, para obrar el bien conforme a la medida del amor divino, y para llevar a Cristo a los hombres, necesitamos del don del Espíritu Santo. Con esto acabamos. Antes de ascender, Jesús les manda: «Aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días […] Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y “hasta el confín de la tierra”». No es el momento de dar muchas explicaciones sobre el Espíritu Santo, es el momento de obedecer este mandato de Cristo y hacer de la espera del Espíritu Santo la oración de estos días. Coincide que preparamos la fiesta de san Felipe, que también suplicaba un incremento del Espíritu Santo. Pidamos con él y con todos los santos este incremento del Espíritu en cada uno de nosotros y en la Iglesia universal. 

 

Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado

 

P. Enrique Santayana C.O.
Archivos:
Homilía en la solemnidad de la Ascensión del Señor, 17 de mayo, 2026
Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares. Madrid
Autor-1706;P. Enrique Santayana Lozano C.O.
Fecha-1706Domingo, 17 Mayo 2026 15:45
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