Sobre la reducción subjetivista del cristianismo, sobre la vida cristiana bajo la dirección del Espíritu Santo y la obediencia filial.
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- Escrito por P. ENRIQUE SANTAYANA
- Categoría: cuaderno de notas
NACIDOS DEL ESPÍRITU
¿Dejarse llevar por el Espíritu u obediencia estricta?
Enrique Santayana C.O.
Congregación del Oratorio de S. Felipe Neri de Alcalá de Henares
Pascua, 23 de abril de 2018.
«Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».
Hace unos días escuchábamos en el fragmento del Evangelio de la Misa estas palabras. Me vino a la cabeza la idea que tantas veces escucho: que hay que dejarse llevar por el Espíritu. Es una afirmación que me rechina un poco. Desde luego, no por la literalidad de la afirmación: estoy convencido de que dejarse llevar por el Espíritu Santo es cosa buena, santa y necesaria. El disgusto me viene porque tengo la sensación de que lo que muchas veces se entiende, se enseña y se predica con estas palabras, en realidad se ajustaría más a la expresión «dejarse llevar por el propio ánimo». Ante las dificultades y en las elecciones de la vida, en el ejercicio de nuestras responsabilidades, dejarse llevar por el Espíritu me parece que se interpreta, muchas veces, como dejarse llevar por un cierto ánimo interior, un sentimiento…: «¿Qué tengo que hacer como padre? Pues dejarme llevar por este ánimo interno». ¡Qué peligro! «¿Qué tengo que hacer si me enamoro? ¡Pues dejarme llevar, por este mismo sentimiento interior! ¡Uff! ¡Olvidaba que estoy casado!». «¿Qué tengo que hacer en la liturgia yo que soy sacerdote? ¡Déjate llevar por el Espíritu!». Queriendo decir, de nuevo, en realidad, que me deje llevar de mí mismo. Curiosamente, si encargamos a un arquitecto que revise la ejecución de una obra, esperamos, no que se deje llevar, sino que haga bien los cálculos para que la casa aguante en pie muchos años.
Ciertamente el propio ánimo, y las propias pasiones, y el propio parecer, incluso los propios razonamientos, tienen un gran parecido con el viento que sopla sin que puedas saber muy bien ni de dónde viene ni a dónde va. Quizá por eso se confunda el Espíritu de Cristo con el propio ánimo, las propias pasiones y los propios sentimientos. Y sin embargo son antagonistas. Sí, eso es lo que quería decir en el fondo, el “yo” que tanto se afirma a sí mismo —aunque con tanta confusión sobre sí mismo, en sus sentimientos, en sus pasiones, en sus razonamientos…— es antagonista del Espíritu de Cristo, que sabe bien de dónde viene y a dónde va, aunque no lo sepa quien se deja conducir por él. Y justamente por eso, dejarse llevar por el Espíritu de Dios es un terrible acto de obediencia estricta. Digo terrible porque es costosa y no siempre se consigue, y, desde luego, hace falta mucho entrenamiento para, al fin, conseguirlo.
A propósito de la resurrección de Cristo
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: cuaderno de notas
Al comienzo de estos días de Pascua, escuchábamos en la liturgia de la Misa un relato, del libro de los Hechos de las Apóstoles, que daba cuenta del crecimiento de la Iglesia naciente y allí estas palabras: «Los que aceptaron sus palabras —se refiere a las palabras de Pedro— se bautizaron, y aquel día se les agregaron unos tres mil». Luego, en el relato evangélico de la aparición del Señor resucitado a María Magdalena, aquella voz con la que María se dirigía a su Señor: «Rabboni»; y también aquellas otras palabras con las que refería lo ocurrido a los Apóstoles: «He visto al Señor».
Escuchar estas palabras, leer algunas cosas de Benedicto XVI sobre la resurrección de Cristo, y seguir escuchando después los otros textos bíblicos que la liturgia propone estos días me hizo pensar, primero, en cómo Cristo llenó toda la vida de la Iglesia naciente tras la resurrección; segundo, en el carácter personalista del contenido y de la estructura de la fe. Intentaré explicarme.
María Magdalena, cuando descubre que Jesús vive, no entra en ningún tipo de argumentación sobre las consecuencias soteriológicas de este hecho. Es, por cierto, lo que hacemos muchas veces los sacerdotes cuando nos toca predicar estos días. Llamamos la atención sobre las tremendas consecuencias de la resurrección de Cristo para nuestras vidas. ¡Desde luego que hay que hacerlo! Pero es claro que María Magdalena, cuando descubre que su Señor vive, no se detiene, o no llega, a estas consideraciones un tanto «utilitaristas» de la resurrección. Sencillamente lo llama, como lo había llamado seguramente mil veces antes, durante la vida pública, aunque ahora, y por toda la tragedia que había vivido en los dos días previos, llena de emoción. Le dice: “rabboni”. Y se abalanza a tierra para abrazar sus pies. Las palabras de Jesús: «no me toques, que aún no he subido al Padre…», le enseñan de forma inmediata, aunque oscura para ella en ese momento, que su presencia no es como la que tenía antes de la muerte en cruz. Algo ha cambiado en la forma de la presencia de Jesús, aunque María Magdalena no puede comprender en ese momento en qué consiste esa novedad. Lo definitivo es que está allí y que lo ha visto. Ese es el contenido fundamental de su testimonio ante los discípulos: “he visto al Señor”.
El Señor resucitado lo llena todo. Él es el contenido de la resurrección, de la salvación, de la vida cristiana. En qué consista esa salvación para ella, es decir, las consecuencias, es un paso posterior. Lo primero y prioritario es él, él es el contenido de la resurrección y solo por eso, porque él vive, la resurrección será un acontecimiento salvífico para la Magdalena. Pero en este instante primero ella no piensa, como es del todo lógico, en que todo aquello tenga enormes consecuencias para sí misma y para toda la humanidad. Y sin embargo, afirma como nadie el contenido de la resurrección: Jesús. No tiene otra cosa en el pensamiento, ni en los labios. Con la resurrección, Jesús lo llena todo.
Vida de Anna Maria Taigi
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- Escrito por Padre Julio González Pozo. CO
- Categoría: Ejercicios de los Sábados
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LOS SUFRIMIENTOS MENTALES DE CRISTO EN SU PASIÓN
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- Escrito por PADRE ENRIQUE SANTAYANA CO
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ORATORIUM MUSICI: MEDITACIONES
5. Tristeza de Muerte.
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4. Horror al pecado.
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3. Pasión activa.
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2. Encarnación.
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1. Entrada.
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