VIACRUCIS
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- Escrito por OSFN
- Categoría: Oraciones
VIACRUCIS
Os ofrecemos de nuevo este VIACRUCIS sencillo.
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Se trata de un VIACRUCIS sencillo y más bien breve
En el Oratorio lo rezamos los viernes de Cuaresma a las 17:45
Eternidad con Cristo, norma y medida del sacerdocio
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: cuaderno de notas
LA ETERNIDAD CON CRISTO,
MEDIDA Y NORMA DEL SACERDOCIO
De un retiro a los seminaristas
de la Diócesis de Alcalá de Henares
1 de diciembre de 2018
Seguro que ya habéis meditado muchas veces sobre este versículo de san Marcos que dice que Jesús «instituyó a los Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,14). La misión marcará toda vuestra vida futura como sacerdotes y toda ella será una predicación si vivís unidos a Cristo. Más elocuente cuanto más os unáis a él.
Hay una unión que, en realidad, no depende de vosotros: la unión que es el resultado de su elección, gratuita, y el resultado de la gracia sacramental que es, desde luego, también gratuita, aunque requiera de vuestra disposición previa en este tiempo del Seminario en el estudio y en la oración. Normalmente cuando se entra en el Seminario existe el peligro de entender esta unión con Cristo, la que es efecto de su gracia, por la llamada y por el Orden, en vistas a la misión. De alguna forma es así. Los sacerdotes lo son para la misión sacerdotal. Siempre podemos recordar las palabras de san Agustín: «Con vosotros soy cristiano, para vosotros soy obispo». Eso es cierto, somos sacerdotes para el Pueblo de Dios. Pero si solo subrayamos este aspecto, que nuestra especial unión con Cristo es «para» (para la misión, para la predicación, para el Pueblo de Dios…), corremos el peligro de instrumentalizar nuestra unión con Cristo y de instrumentalizar la oración, los sacramentos y hasta la misma Eucaristía. Con lo cual instrumentalizamos al mismo Cristo. ¡Es un error! Tenemos tantas ganas de trabajar por Cristo y de conquistar el mundo para él, que a veces nos olvidamos del mismo Cristo. A veces, en el fondo, porque de lo que no nos hemos olvidado es de nosotros mismos. Es fácil olvidarse de Cristo para trabajar por Cristo, pero lo que ocurre es que no nos olvidamos de nosotros y nos afirmamos en nuestra propia obra. ¡Es un error! ¡Es un pecado!
Con Cristo todo, sin Cristo nada
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo VI
«Bienaventurados los pobres»
VI Domingo T.O. C
17 de febrero del 2019
17 de febrero del 2019
En el domingo pasado vimos a Jesús enseñando a orillas del lago de Genesaret, la pesca milagrosa, el asombro de Simón Pedro y sus palabras: «Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador»… Estamos en los primeros capítulos del Evangelio según san Lucas. Lo que se transmite es que los hombres de aquellos pueblos de Galilea están realmente asombrados ante Jesús: su enseñanza, sus milagros, su persona… Una frase recoge bien este estado de ánimo que Jesús provoca en la gente: «El asombro se apoderó de todos y glorificaban a Dios. Y llenos de temor decían: “Hoy hemos visto cosas maravillosas”» (Lc 5,26).
Proceso de Santa Teresita de Lisieux: testimonio de Sor María de la Santísima Trinidad y de la Santa Faz
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- Escrito por Padre Julio González CO
- Categoría: Ejercicios de los Sábados
| Sor María de la Santísima Trinidad y de la Santa Faz | |
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"Un amor desconocido"
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo IV
Un amor desconocido
Homilía del del 3 de febrero del 2019
(IV Domingo T.O. – C)
(IV Domingo T.O. – C)
«La caridad no perecerá jamás»
1 Cor 13,8
Quiero empezar comentando las palabras de san Pablo porque suscitan una gran atracción, también entre los no cristianos, pero su sentido queda muchas veces velado.
Hay que referir las palabras de san Pablo a su discurso completo. Viene hablando de los dones del Espíritu Santo con los que Dios enriquece a su Iglesia, como a un Cuerpo Único. Recordad que leíamos el domingo pasado aquella descripción de la Iglesia como un solo Cuerpo. Bien, pues después de hablar de los distintos dones (carismas = gracias) con los que Dios enriquece a su Iglesia, san Pablo viene a decir: y ahora os voy a hablar del don más excelente, la gracia más preciosa. Literalmente dice: «Aspirad a los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino más excelente». Esto es, os voy a decir cuál es la mayor gracia de debéis ambicionar y suplicar a Dios. Y entonces empieza a hablar del amor.
El amor es, a un tiempo, un carisma, un don, una gracia de Dios, y también un camino, un camino hacia Dios, la fuente y el fin de todo amor verdadero. San Pablo compara este amor con el conocimiento más profundo: «si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber»; con la fe más entregada: «si tuviera fe para mover montañas»; con la ética más heroica: «si repartiera todos mis bienes entre los necesitados o si entregara mi cuerpo a las llamas». El caso es que al comparar el amor con la fe más prodigiosa o con los gestos más heroicos, el amor sale ganando, es el único camino que llega a la meta, todo lo demás no basta: «si no tengo amor, no soy nada», «si no tengo amor, de nada me serviría». Santa Teresa de Lisieux añadirá: «Los dones más perfectos son nada sin el amor».
Ahora bien, san Pablo tenía mucho interés en que los corintios no confundiesen el amor del que él habla con cualquier amor. Por eso no usó la palabra con la que se solía hablar del amor (eros) entre los hombres de cultura griega a los que se dirige, sino que usó otra palabra (agape), una palabra que ya había sido usada en la ya entonces antigua versión griega del antiguo testamento, pero que en la época de san Pablo había caído en desuso. Usando este agape quería dar a entender que él hablaba de un amor nuevo. No era el amor conocido en toda cultura humana, que por cruel que sea, siempre conoce el amor: el de los esposos, el de los padres e hijos, el de los amigos, el de la patria, el amor lícito o el ilícito, el amor generoso o el impuro…). Él quiere hablar de un amor nuevo, un amor desconocido en el mundo, un amor que no existía en el mundo hasta que Cristo lo trajo del cielo y le dio carne.
1 Cor 13,8
Quiero empezar comentando las palabras de san Pablo porque suscitan una gran atracción, también entre los no cristianos, pero su sentido queda muchas veces velado.
Hay que referir las palabras de san Pablo a su discurso completo. Viene hablando de los dones del Espíritu Santo con los que Dios enriquece a su Iglesia, como a un Cuerpo Único. Recordad que leíamos el domingo pasado aquella descripción de la Iglesia como un solo Cuerpo. Bien, pues después de hablar de los distintos dones (carismas = gracias) con los que Dios enriquece a su Iglesia, san Pablo viene a decir: y ahora os voy a hablar del don más excelente, la gracia más preciosa. Literalmente dice: «Aspirad a los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino más excelente». Esto es, os voy a decir cuál es la mayor gracia de debéis ambicionar y suplicar a Dios. Y entonces empieza a hablar del amor.
El amor es, a un tiempo, un carisma, un don, una gracia de Dios, y también un camino, un camino hacia Dios, la fuente y el fin de todo amor verdadero. San Pablo compara este amor con el conocimiento más profundo: «si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber»; con la fe más entregada: «si tuviera fe para mover montañas»; con la ética más heroica: «si repartiera todos mis bienes entre los necesitados o si entregara mi cuerpo a las llamas». El caso es que al comparar el amor con la fe más prodigiosa o con los gestos más heroicos, el amor sale ganando, es el único camino que llega a la meta, todo lo demás no basta: «si no tengo amor, no soy nada», «si no tengo amor, de nada me serviría». Santa Teresa de Lisieux añadirá: «Los dones más perfectos son nada sin el amor».
Ahora bien, san Pablo tenía mucho interés en que los corintios no confundiesen el amor del que él habla con cualquier amor. Por eso no usó la palabra con la que se solía hablar del amor (eros) entre los hombres de cultura griega a los que se dirige, sino que usó otra palabra (agape), una palabra que ya había sido usada en la ya entonces antigua versión griega del antiguo testamento, pero que en la época de san Pablo había caído en desuso. Usando este agape quería dar a entender que él hablaba de un amor nuevo. No era el amor conocido en toda cultura humana, que por cruel que sea, siempre conoce el amor: el de los esposos, el de los padres e hijos, el de los amigos, el de la patria, el amor lícito o el ilícito, el amor generoso o el impuro…). Él quiere hablar de un amor nuevo, un amor desconocido en el mundo, un amor que no existía en el mundo hasta que Cristo lo trajo del cielo y le dio carne.