LA NEGACIÓN DE TODO AMOR Y LA GLORIFICACIÓN DE JESÚS
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo IV
«Cuando salió Judas del cenáculo»
19/V/2019.
V Domingo de Pascua
«Cuando salió Judas del cenáculo»; éste es el momento dramático en el que Jesús pronunció las palabras que acabamos de escuchar. Para los Apóstoles era el momento en el que se percibía un drama cuyo desenlace no podían imaginar del todo. Pero para Jesús era un momento de claridad: conocía con toda nitidez la oscuridad en la que debía sumergirse, la oscuridad y la soledad de la cruz, la negación de todo amor. Todo amor hacia él iba a ser negado. El amor de los suyos, a los que amaba tierna y fuertemente, le iba a ser negado. Le iba a ser negado incluso el amor de su Padre. La oscuridad de la cruz es la negación de todo amor, del amor humano y del amor divino.
¿Pero qué misterio es este? El Verbo se había hecho hombre y ésta era la última consecuencia. Se había hecho hombre para tomar sobre sí el peso de la humanidad tal como existe. No tomó sobre sí al hombre bellísimo tal como Dios lo creó, sino al hombre que había pecado, al hombre que se había separado de Dios, que había negado a su Creador. Así pasó por la negación del amor del Creador, de su Padre: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Jesús cargó con una larga historia de pecado. Él, que no cometió pecado, tomó sobre sí el pecado de todos y experimentó las consecuencias de este pecado hasta el fin, sin ahorrarse nada: la terrible soledad de Dios, su lejanía, su abandono.
Expliquemos un poco esto, porque nos pone de lleno en nuestra actualidad. Cuando la criatura niega al Dios Creador, cuando niega su obediencia al Creador, rompe el único vínculo real que le une a Dios. Entonces, el hombre se condena a la soledad: aislado del que es la Vida y la Luz, de quien es la fuente de toda Belleza y de todo amor. Desgraciadamente éste es el pecado de nuestro tiempo. No lo es la lujuria, como algunos creen, la ambición o cualquier otro. El gran pecado de nuestro tiempo es no reconocer que no nos damos la vida a nosotros mismos, que no somos dueños de ella, que no somos nuestros dueños. El pecado de nuestro tiempo es que no estamos dispuestos a obedecer a Dios. No consideramos que tengamos que hacerlo. Estamos seguros de que no debemos obedecer sino a nuestra razón y a nuestra voluntad. Hemos hecho de nuestra razón y de nuestra voluntad el gran ídolo; y lo confundimos y lo llamamos “conciencia”, cuando la conciencia es algo radicalmente distinto: el testigo en nosotros de que debemos obediencia a uno que no somos nosotros, a un Dios que está por encima de nosotros, al Dios verdadero.
Nuestra desobediencia al Creador no es la propia de la debilidad humana. Hay una desobediencia que, en gran medida, se asienta en la debilidad: uno quisiera seguir las indicaciones divinas que escuchamos en el Evangelio, pero luego no es capaz; quisiera ser generoso, pero no es capaz, es un avaro; quisiera ser casto, pero no es capaz, es lujurioso; quisiera ser manso, pero no es capaz, es soberbio… Esta desobediencia tiene mucho de debilidad. Pero la desobediencia de nuestros días no es la del hombre débil que se ve incapaz de una vida virtuosa demasiado exigente. La desobediencia de nuestros días no tiene origen en la debilidad, sino en la creencia de que somos poderosos. Nos negamos a obedecer. No reconocemos que debamos hacerlo. No reconocemos a Dios como nuestro Señor. No nos consideramos criaturas. Creemos que somos dueños de nosotros mismos. Cuando escuchamos nuestro nombre, ya no podemos decir: «servidor».
Sin embargo, aunque nos pese, la obediencia y el servicio es el vínculo original entre Dios y el hombre. Dios es creador, el hombre es criatura; Dios es Señor; el hombre es siervo. Cuando santo Tomás reconoce que Jesús resucitado es Dios, le llama Señor: «Señor mío y Dios mío». Y cuando la Virgen María escucha lo que Dios quiere de ella, responde: «He aquí la esclava del Señor». Nosotros nos hemos negado a esta relación, hemos negado el vínculo original que soporta toda la obra que Dios ha querido hacer con el hombre. Hemos dicho: no seremos ya criaturas, no obedeceremos, no seremos siervos, seremos dioses. ¡Si entendiésemos que solo la humildad y la obediencia nos introducen en la vida de Dios y nos hacen dueños de su gloria! ¡Si entendiésemos que solo los que se hacen siervos pueden escuchar de Dios: «Ya no os llamo siervos, vosotros sois mis amigos»!
La ruptura del vínculo con el Creador ha hecho que el hombre de hoy sea el más triste de toda la historia, porque un hombre sin Dios es solo miseria, un ser sin esperanza. Un síntoma de esta tristeza es la bajísima natalidad que sufrimos. ¡Tanto que, de seguir así, no tenemos futuro como pueblo! Las causas son muchas, pero la primera de ellas es la tristeza y la falta de esperanza. Nuestros abuelos esperaban algo bueno cuando engendraban a sus hijos, aunque viviesen pobremente. Nosotros hemos dejado de esperar, porque estamos solos. Hemos aprendido a separar sexualidad y procreación y nos hemos creído dioses. Hemos negado a Dios. ¿Quién es Dios? Nuestros sentimientos. ¿Quién es Dios? Lo que a nosotros nos parece bueno o verdadero. ¡Pero ese no es Dios! Dios es más grande que nosotros. Dios es siempre más. «Deus semper maior». Dios es aquel que nosotros no podemos comprender porque es más grande que nuestra razón y muchísimo más grande que nuestros sentimientos vanos y volubles. ¡Estamos solos! ¡Nos hemos quedado solos! No queríamos ser siervos, no queríamos vivir bajo la autoridad de un Señor y ahora no tenemos nada, salvo nuestra miseria.
UN JEFE, UN SALVADOR
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo III
III Domingo de Pascua
5/ V /2019
«Es el Señor»
San Juan narra cuatro apariciones de Jesús resucitado: a María Magdalena, en la mañana del domingo de la resurrección; la primera aparición a los Apóstoles, en el atardecer del mismo domingo, en la que faltaba Tomás; una segunda a los Apóstoles, al domingo siguiente, cuando tiene lugar aquel inolvidable diálogo con Tomás; y, por último, la que acabamos de oír, la tercera vez que se aparece a los Apóstoles.
Las apariciones anteriores habían tenido lugar en Jerusalén, en el mismo lugar donde Jesús había muerto; la de hoy tiene lugar en Galilea. Hay que suponer que los Apóstoles habían dejado Jerusalén y habían vuelto a su tierra. No sabemos si habían vuelto todos juntos o no. En el lago están siete de los once Apóstoles que quedaban. Nos es difícil ponernos en su situación, después de que hubiesen vivido hechos tan desconcertantes. Muchas de las cosas vividas les parecían oscuras e ignoraban aún mucho de lo que tenían por delante. Pero sabían ya, a ciencia cierta, que Jesús había resucitado y que ellos tenían una misión. Se habían mantenido unidos y, en esta unión, Simón Pedro aparece como el jefe. Los demás se unen en torno a él. En Galilea, en el lago, Pedro hace lo que ha hecho toda su vida: va a pescar y los demás se unen a él. Pasan la noche sin conseguir nada y al rayar el alba aparece Jesús. Como en otras ocasiones, no lo reconocen hasta que se produce el milagro y Juan dice aquellas palabras maravillosas: «es el Señor». Esas palabras rompieron la oscuridad de la noche con más eficacia que los primeros rayos del sol.
Pedro había vivido una situación muy parecida tres años atrás, cuando conoció a Jesús. Habían llegado a la orilla del lago sin pesca, después de pasar la noche faenando. Jesús se había subido a la barca y desde ella se había puesto a enseñar a la gente. Luego, había dicho a Pedro: «remad mar adentro y echad las redes». Se había producido una pesca milagrosa, Pedro se había postrado a los pies de Jesús y éste le había dicho: «a partir de ahora, serás pescador de hombres». Imaginad lo que pasaría por la mente de Pedro ahora, cuando se repite el milagro y escucha de Juan: «es el Señor».
El evangelio está lleno de detalles. Pedro estaba desnudo y cuando escucha «es el Señor» se viste rápidamente, imagino que por respeto al que es uno con Dios. Pero no solo hay respeto en Pedro, vemos también en él un afecto ardiente, que le impulsa a no esperar el avanzar de la barca y se tira al agua para llegar a nado más rápido hasta Jesús. Los comentaristas de este evangelio siempre han destacado que es el discípulo que más ama al Señor, es decir Juan, el primero que lo reconoce, porque el amor llega más lejos que la vista. Es cierto, pero también conmueve ver la mezcla de respeto y de afecto que muestra Pedro. Este respeto a quien «es el Señor» y este afecto a quien ha amado hasta la muerte serán importantísimos en adelante para Pedro, como veremos.
Cuando llegan todos a la orilla, Jesús ha preparado unas brasas, un pez y pan. El pan indica al mismo que había dicho: «yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo». Y el pez es también expresión de la misma persona de Jesús. Con los años, los cristianos se reconocerán con el símbolo del pez. Las brasas hacen referencia al sacrificio, porque las ofrendas de los sacrificios judíos se quemaban en las brasas. Así que la comida que Jesús les ha preparado hace referencia al sacrificio de sí mismo, a la cruz, a la Eucaristía. Jesús resucitado les remite a la Eucaristía. A partir de ahora, la Eucaristía será el signo eficaz de su presencia. Sin embargo, el texto griego dice que el pez que está sobre las brasas era un pez pequeño. Eso en la traducción no se puede apreciar. Jesús pide que traigan de los peces que ellos mismos han pescado. La Eucaristía exige que al don que Cristo hace de sí se una también el sacrificio de los suyos. Solo entonces el sacrificio es la ofrenda del Cristo completo: de Cristo y de la Iglesia.
EL AMOR QUE ES DIGNO DE FE
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo II
II Domingo de Pascua
28/ IV /2019
«Señor mío y Dios mío»
El otro día un padre de esta casa, el p. Julio, me comentaba cómo debían de estar turbados los discípulos después de la muerte de Cristo. Siempre había pensado yo en la turbación de la falta de fe. Pensar que todo había acabado, que las palabras de su Maestro, se habían perdido con la muerte. «Mis palabras no pasarán», había dicho con vida, pero ahora ¿quién podía repetir esas palabras? Parecía que Jesús, como cualquier hombre, como otros grandes hombres de la antigüedad, judíos o no, había sido sepultado por la muerte y ya no volverían más que en el recuerdo. Las palabras que había dicho sobre su resurrección: «al tercer día resucitaré», ¿cómo podían ser verdaderas? Con esta falta de fe es claro que tenía que venir la tristeza. Esa tristeza se deja ver un poco en los discípulos de Emaús, pero tuvo que ser terrible: todo acabado y su maestro muerto. Pero el padre del Oratorio me hizo caer en la cuenta de otra tristeza aún más terrible en el alma de los suyos: la tristeza de no haber permanecido a su lado, de haber sido cobardes, de haberle negado, de haber corrido de su lado. ¿Os imagináis la vergüenza de Pedro al ver de nuevo a Santa María Virgen? ¿O la tristeza de Santiago, al ver que la Magdalena, una pecadora, había permanecido al pie de la cruz y que él había escapado? ¿Os imagináis la tristeza al ver de nuevo los sitios donde se escondieron o desde donde miraban de lejos? ¿O la tristeza de tener que permanecer aún escondidos porque no podían superar el miedo que tenían?
Pues bien, en un nuevo gesto de amor, Cristo quiso arrancar esta tristeza y esta incredulidad del corazón de los suyos. Cristo no resucitó para sí mismo. En la vida del Señor todo es «para nosotros» y su resurrección también es «para nosotros». Desde el inicio, Jesús se muestra como el que no retiene nada para sí. Ni lo más sagrado que los hombres suelen tener como suyo, la voluntad, ni eso retuvo Jesús como propio: «No he venido a hacer mi voluntad, sino la voluntad de mi Padre». Se había hecho hombre para hacer esa voluntad. Era la voluntad de su Padre que salvase a los hombres haciéndose hombre y entregándose a los hombres. Y eso hizo: «no retuvo con avidez el ser igual a Dios, sino que se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo». Olvidado de su gloria se hizo hombre, «por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo» —dice el credo— y se entregó. Se vació por entero en la cruz, amando a cada hombre y a todo hombre. Todo lo hizo por nosotros, nada se reservó para sí, ni un instante de su vida, ni un trabajo, ni una oración, ni siquiera el corazón de su madre. Tampoco la resurrección se la reservó. Él resucitó para nosotros, para darnos la vida de Dios.
Es cierto que en su humanidad se llenaría de gozo al elevarse de entre los muertos. Nadie como Cristo en el momento de la resurrección podía rezar las palabras del salmo: «Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti», expresando el deseo ardiente de contemplar con sus nuevos ojos humanos el rostro de Dios. Y nadie como él al resucitar podría expresarse así: «me saciaré» —tal como sigue el salmo—, «me saciaré como de enjundia y de manteca». Pero ni siquiera esta nueva gloria, esta gloria divina con la que resplandecía tras la resurrección su cuerpo humano y su alma humana, ni siquiera eso retuvo para sí. No olvidó su amor en la cruz, su amor al hombre.
LA TRADICIÓN QUE VIENE DEL SEÑOR
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Ciclo C: Triduo Pascual
Jueves Santo
18/ IV /2019
«Proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva»
San Pablo no estaba con Jesús y con los Doce en la Última Cena. Sabéis bien que se convirtió algún tiempo después de la muerte de Cristo. Sin embargo, de entre todas sus cartas, uno de los fragmentos que él escribe con más solemnidad es este en el que habla de la Última Cena, de la que él no fue testigo. San Pablo había llegado a Corinto en el año 51, predicó, fundó una comunidad y en el año 52 siguió su viaje misionero. Les escribe esta carta en el año 55, habían pasado pocos años desde la muerte del Señor.
San Pablo hace referencia a algo de lo que ya les había hablado en persona, algo precioso que el propio Jesús entregó a los Apóstoles, que los Apóstoles entregaron a Pablo, y que Pablo había entregado a los fieles de Corinto: «Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido». La palabra «tradición» indica aquello que Jesús transmitió a los Apóstoles, los Apóstoles a Pablo y Pablo a los fieles de Corinto.
San Pablo indica el momento en el que Cristo hizo esta donación a los Apóstoles: «en la noche en que iba a ser entregado», una noche como esta en la que estamos nosotros. Esa noche «fue entregado». Fue entregado por los discípulos. Lo entregó Judas en un acto de traición y lo entregaron los demás huyendo de su lado. Fue entregado por los hombres a la injusticia, al dolor, a la infamia y a la muerte.
Fue entregado por Dios. Su Padre lo puso en manos de los hombres para que hiciesen con él lo que quisieran. Lo entregó como cordero pascual con cuya sangre los hombres son librados de la muerte, como cordero pascual que se come para emprender la marcha de la libertad. Lo puso en manos de los malvados, lo entregó como sacrificio y como alimento de vida eterna. Él es el Cordero de Dios, el sacrificio de Dios: el sacrificio que Dios ofrece por nuestra salvación y el sacrificio que Dios hace de sí mismo, porque al sacrificar a su Hijo se sacrifica a sí mismo.
En una noche como esta, en la que iba a ser entregado por Dios a los hombres y por los hombres a la muerte, Jesús «tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía”. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía” ».
¿Qué hizo Jesús con esto? Entregarse a sí mismo. Esta es una tercera entrega. Los hombres lo entregamos a la muerte injusta. Dios lo entregó como cordero pascual. Y Jesús mismo se entregó. En un acto de obediencia al Padre y en un acto de amor al hombre, él mismo se entregó y quiso que esta entrega perdurase hasta el fin de los tiempos.
«La tradición que viene del Señor» no es una costumbre, ni se reduce a la enseñanza de una verdad. La tradición que viene del Señor es el mismo Señor que se nos ha entregado. Este es el tesoro entregado por el mismo Señor a su Iglesia para que salve al mundo.
ABRID LAS PUERTAS A CRISTO
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Ciclo C: Domingo de Ramos
Domingo de Ramos
14/ IV /2019
«Bendito el rey que viene en el nombre del Señor»
Hoy hemos escuchado dos narraciones del Evangelio según san Lucas. La narración de la entrada de Jesús en Jerusalén, al principio, y ahora la de la Pasión y muerte del Señor. Aunque el primer relato es un relato de triunfo y el segundo de derrota, los hechos que cuentan están íntimamente relacionados.
Era el tercer año que Jesús pasaba con los discípulos y estos tenían la certeza de que Jesús era el Mesías Rey. Además, se dirigían hacia Jerusalén, donde el Mesías Rey debía reinar. No es cierto que los discípulos de Jesús pensasen solo en un Mesías Rey que liberase a Israel del dominio romano. Acariciaban ese deseo, es verdad, pero esperaban mucho más. En la última etapa del camino, antes de llegar a Jerusalén, en Jericó, un ciego había clamado su curación con esta súplica: «Jesús, hijo de David, ten piedad de mí» (Lc 18,38). Llamar a Jesús «Hijo de David» era reconocerlo como rey legítimo. Jesús había respondido curando su ceguera. También en Jericó, Zaqueo, un traidor y un ladrón, «jefe de publicanos y rico» (Lc 19,2), se había convertido y todos habían podido escuchar aquella afirmación de Jesús: «He venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10). Los discípulos esperaban que esta salvación de Dios se manifestase de forma prodigiosa al llegar a Jerusalén. Y Jesús alimentaba esta esperanza de sus discípulos. La narración que hemos escuchado empezaba así: «Jesús caminaba delante de sus discípulos, subiendo hacia Jerusalén». Él iba delante, como un rey va delante de su ejército, aunque este ejército no era como los ejércitos de este mundo.