Lead Kindly light.
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- Escrito por Alberto Velasco Esteban
- Categoría: San John Henry Newman
Acción de Gracias canonización John Henry Newman. Video
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- Escrito por Alberto Velasco Esteban
- Categoría: San John Henry Newman
El 18 de octubre de 2019, en la Catedral Magistral de Alcalá de Henares, el Oratorio de San Felipe Neri celebró una Eucaristía y organizó un Concierto de cámara en acción de gracias por la canonización de John Henry Newman. La misa estuvo presidida por el Señor Obispo D. Juan Antonio Reig Pla y el Concierto fue interpretado por el Coro de Cámara de Madrid.
Belleza, compañía e imitación de los santos
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Festivos y solemnidades
En la fiesta de Todos los Santos
1/ XI /2019
1/ XI /2019
«Una muchedumbre inmensa, que nadie puede contar»
Queridos todos, los que estáis aquí en el convento de las Bernardas, en Alcalá de Henares, donde celebramos los padres del Oratorio mientras nuestra iglesia permanece en obras; queridos todos los oyentes de RNE; queridos especialmente los enfermos y ancianos que no podéis acudir a una iglesia para celebrar la Misa de este día grande, el día de «Todos los Santos».
¿Qué significa esta fiesta? ¿Qué celebramos realmente? En pocas palabras: hoy la Iglesia celebra los méritos y la gloria de sus mejores hijos, de sus mejores miembros. Son nuestros, hermanos nuestros, miembros del Cuerpo de Cristo que, desde la resurrección, se extiende por el mundo y por los siglos.
¿Quiénes son esos hijos de la Iglesia y hermanos nuestros? La primera es Santa María Virgen y luego todos los hombres y mujeres, obispos y padres de familia, religiosos y laicos, hombres cultos o sencillos, que han llegado en su humanidad y en esta vida a la plenitud de la medida de Cristo. Algo enorme: ¡La medida de Cristo! San Agustín, san Francisco de Asís, santa Teresa de Jesús, los santos niños Justo y Pastor, mártires, San Felipe Neri, San John Henry Newman… ¡Y tantos otros! Una multitud, pero santos de verdad, que llegaron a la medida de Cristo, que participando del sacrificio de Cristo fueron perfeccionados.
Si uno quiere ver la belleza y la grandeza de lo humano, no tiene más que mirar a los santos. En ellos resplandece la humanidad perfecta, que es la que Dios quiso para Adán y la que conquistó su Hijo Jesús. En los santos resplandece la humanidad de Cristo.
El Hijo de Dios tomó e hizo suya la humanidad de Santa María Virgen y luego la llevó a su perfección por un camino de obediencia y de amor. Obediencia a su Padre y amor al hombre hasta el sacrificio. Consumó su obediencia y su amor en la cruz. Resucitado, Jesús adentró su humanidad en la Trinidad para ser amada por el Padre y ser ungida por el Espíritu Santo. La humanidad resucitada de Cristo en el seno de la Trinidad nos indica la verdadera perfección del hombre, el destino para el que fuimos creados. Pues bien, los santos han participado del camino de Cristo, del sacrificio de la cruz, de la victoria de la resurrección. En su humanidad resplandece la humanidad de Cristo, el hombre perfecto. Las Bienaventuranzas describen a Cristo y a sus santos en el camino de su perfección y en su gloria.
El Hijo de Dios tomó e hizo suya la humanidad de Santa María Virgen y luego la llevó a su perfección por un camino de obediencia y de amor. Obediencia a su Padre y amor al hombre hasta el sacrificio. Consumó su obediencia y su amor en la cruz. Resucitado, Jesús adentró su humanidad en la Trinidad para ser amada por el Padre y ser ungida por el Espíritu Santo. La humanidad resucitada de Cristo en el seno de la Trinidad nos indica la verdadera perfección del hombre, el destino para el que fuimos creados. Pues bien, los santos han participado del camino de Cristo, del sacrificio de la cruz, de la victoria de la resurrección. En su humanidad resplandece la humanidad de Cristo, el hombre perfecto. Las Bienaventuranzas describen a Cristo y a sus santos en el camino de su perfección y en su gloria.
«Bienaventurados los pobres de espíritu». Los santos son los «pobres de espíritu»: unidos a Jesús, cuya única riqueza es hacer la voluntad de su Padre y es despojado de todo en la cruz. Con su pobreza reciben el Reino de los Cielos, la Jerusalén celeste. Los santos son los «misericordiosos». Conforme a la oración del Señor, «perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden», han aprendido a vivir de la misericordia de Dios y a ser también ellos misericordiosos. Así han alcanzado la última misericordia de Dios: les ha acogido definitivamente en su amor, como hijos verdaderos. Los santos son los limpios de corazón: han purificado su corazón con la gracia del bautismo, del perdón y de la Eucaristía; con el ejercicio de la caridad; y con el deseo de ver a Dios, hasta adquirir los ojos de Jesús, que se levantó de la muerte para contemplar a Dios.
A la multitud de los santos, que participaron del sacrificio de Cristo y participan ya de su gloria, nos volvemos hoy: «una muchedumbre inmensa, que nadie puede contar». Eran hombres normales, pero unidos a Cristo han roto la separación entre el cielo y la tierra. Eran hombres normales, pero ahora viven la vida de Dios y lo adoran. Mientras, los ángeles se postran ante tan inesperado milagro: hombres que viven con Dios.
Celebramos a la multitud de los santos en una sola fiesta, primero, porque necesitamos alegrarnos con una alegría verdadera. En medio de este mundo necesitamos contemplar la belleza, la gloria y la alegría que esperamos. Necesitamos de esta alegría más que del alimento o del vestido. Nos alegramos con ellos porque son nuestros y porque esperamos llegar donde ellos han llegado.
Celebramos a la multitud de los santos en una sola fiesta, en segundo lugar, para pedir su intercesión. Nosotros estamos aún en camino; más aún, en medio de una guerra contra el mal. Ellos ya han llegado, pueden interceder por nosotros y pueden hacernos partícipes de los dones y las virtudes con las que lucharon y vencieron. No vivimos lejos de ellos, porque los santos que ya han vencido, los cristianos que se purifican en el purgatorio y nosotros que aún peregrinamos, formamos un solo Cuerpo con Cristo. Por tanto, los santos pueden interceder por nosotros y pueden alcanzarnos los dones que ahora necesitamos.
Celebramos a la multitud de los santos en una sola fiesta, en tercer lugar, para cobrar ánimos y, viendo que hombres de toda edad, de toda clase y condición, han alcanzado una gloria tan alta, también nosotros nos empeñemos en esta carrera por amar a quien nos ha amado, Cristo, y compartir con él padecimientos y gloria. No nos basta alegrarnos y pedir sus dones, hemos de imitarlos.
Celebramos a la multitud de los santos en una sola fiesta, primero, porque necesitamos alegrarnos con una alegría verdadera. En medio de este mundo necesitamos contemplar la belleza, la gloria y la alegría que esperamos. Necesitamos de esta alegría más que del alimento o del vestido. Nos alegramos con ellos porque son nuestros y porque esperamos llegar donde ellos han llegado.
Celebramos a la multitud de los santos en una sola fiesta, en segundo lugar, para pedir su intercesión. Nosotros estamos aún en camino; más aún, en medio de una guerra contra el mal. Ellos ya han llegado, pueden interceder por nosotros y pueden hacernos partícipes de los dones y las virtudes con las que lucharon y vencieron. No vivimos lejos de ellos, porque los santos que ya han vencido, los cristianos que se purifican en el purgatorio y nosotros que aún peregrinamos, formamos un solo Cuerpo con Cristo. Por tanto, los santos pueden interceder por nosotros y pueden alcanzarnos los dones que ahora necesitamos.
Celebramos a la multitud de los santos en una sola fiesta, en tercer lugar, para cobrar ánimos y, viendo que hombres de toda edad, de toda clase y condición, han alcanzado una gloria tan alta, también nosotros nos empeñemos en esta carrera por amar a quien nos ha amado, Cristo, y compartir con él padecimientos y gloria. No nos basta alegrarnos y pedir sus dones, hemos de imitarlos.
Alegrémonos con los santos, pidamos los auxilios que necesitamos de ellos y luchemos como ellos, unidos a Cristo, nuestro Señor, nuestro Maestro, nuestro Salvador, nuestra Vida, la alegría de nuestro corazón ahora y para siempre.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
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Homilía en al solmenidad de Todos los Santos, viernes 1 de noviembre de 2019
Oratorio de san Felipe Neri.
Misa celebrada en el convento de las Bernardas y retransmitida por RNE
Oratorio de san Felipe Neri.
Misa celebrada en el convento de las Bernardas y retransmitida por RNE
LA FE QUE HACE HOMBRES HUMILDES Y DA PODER A LA ORACIÓN
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo XXX
Oh Dios, ten compasión de este pecador.
Homilía (27-X-2017) XXX Domingo TO - C
La lucha de los cristianos no es la lucha por prevalecer sobre los malvados, sino la lucha para que el bien prevalezca en nosotros sobre nuestras propias pasiones y pecados; no es la lucha contra nuestros enemigos, sino la lucha por amar incluso a nuestros enemigos. En esta lucha es del todo necesaria la oración, porque solo de Dios podemos recibir el auxilio que necesitamos: «El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra». Pero la oración nace de la fe y es un acto de fe. La oración es el grito, la súplica, el llanto, o la acción de gracias, de la fe que se dirige a Dios. Quien cree, ama y espera, ¡ese es el que ora! Recordemos las palabras de Cristo en la cruz: «A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu». Con esta oración Jesús se entrega a Dios. El Hijo se entrega a Dios. No son solo palabras, sino un acto de entrega a Dios, un acto de fe.
Hoy Cristo nos habla de la necesidad de rezar con humildad, humildad ante Dios y humildad con relación al prójimo. Si profundizamos en lo que es la fe, entenderemos mejor lo que nos dice. Por tanto, preguntémonos qué es la fe.
Cuando decimos «Creo en Dios Padre todopoderoso… en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor… en el Espíritu Santo» le estamos diciendo a Dios: Sí, Tú existes, Tú eres, y eres Dios, desde siempre y para siempre, quien da el ser a todo lo que existe. Tú existes como misterio de amor, de vida y de fecundidad; Tú, Padre, Tú existes y desde la eternidad engendras a tu Hijo y lo unges con tu Espíritu; Tú, Hijo único de Dios, que desde lo eterno recibes de tu Padre amorosamente todo con el dulce Espíritu y con ese mismo Espíritu colmas de gratitud a tu Padre. Tú existes, Dios Espíritu Santo, que procedes del Padre y del Hijo, vínculo de amor entre ellos; Tú, el amor con el que el Padre perfuma y embellece al Hijo, el amor con el que el Hijo glorifica y afirma al Padre.
Cuando rezamos el Credo afirmamos también las obras de la Trinidad: «Sí, Tú nos has creado. Nos has hablado, te has acercado a nosotros y nos has llamado a ti. Y Tú nos has redimido vertiendo la sangre. Y Tú nos santificas en este tiempo, en nuestros días, en la Iglesia, con los sacramentos».
Por último, cuando decimos «Creo en Dios Padre todopoderoso… en Jesucristo… en el Espíritu Santo» estamos diciendo: «Tú, que existes y que obras maravillas, Tú eres el Único Necesario; solo tú fuente de vida, no yo; solo Tú eres fuente de dicha y alegría, no yo; solo tú eres fuerte frente a mi pecado; solo tú salvas, solo me justificas, solo tú me elevas hasta ti, como un niño pequeño es tomado, es llevado hasta el pecho y elevado hasta que puede mirar de frente los ojos de su padre. Solo tú me elevas hasta ti, no yo, y me entrego a ti y me pongo en tus manos.
Cuando decimos «Creo en Dios Padre todopoderoso… en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor… en el Espíritu Santo» le estamos diciendo a Dios: Sí, Tú existes, Tú eres, y eres Dios, desde siempre y para siempre, quien da el ser a todo lo que existe. Tú existes como misterio de amor, de vida y de fecundidad; Tú, Padre, Tú existes y desde la eternidad engendras a tu Hijo y lo unges con tu Espíritu; Tú, Hijo único de Dios, que desde lo eterno recibes de tu Padre amorosamente todo con el dulce Espíritu y con ese mismo Espíritu colmas de gratitud a tu Padre. Tú existes, Dios Espíritu Santo, que procedes del Padre y del Hijo, vínculo de amor entre ellos; Tú, el amor con el que el Padre perfuma y embellece al Hijo, el amor con el que el Hijo glorifica y afirma al Padre.
Cuando rezamos el Credo afirmamos también las obras de la Trinidad: «Sí, Tú nos has creado. Nos has hablado, te has acercado a nosotros y nos has llamado a ti. Y Tú nos has redimido vertiendo la sangre. Y Tú nos santificas en este tiempo, en nuestros días, en la Iglesia, con los sacramentos».
Por último, cuando decimos «Creo en Dios Padre todopoderoso… en Jesucristo… en el Espíritu Santo» estamos diciendo: «Tú, que existes y que obras maravillas, Tú eres el Único Necesario; solo tú fuente de vida, no yo; solo Tú eres fuente de dicha y alegría, no yo; solo tú eres fuerte frente a mi pecado; solo tú salvas, solo me justificas, solo tú me elevas hasta ti, como un niño pequeño es tomado, es llevado hasta el pecho y elevado hasta que puede mirar de frente los ojos de su padre. Solo tú me elevas hasta ti, no yo, y me entrego a ti y me pongo en tus manos.
Esto es la fe. Y en ella está el origen de la humildad. El hombre solo puede ser humilde si reconoce a Dios como Dios y se reconoce a sí mismo como criatura, antes que nada criatura, luego imagen de Dios, luego redimido, luego agraciado con la filiación divina y con la herencia de la Vida Eterna. La fe lleva forzosamente a la humildad, porque la fe es la afirmación de Dios como único Dios, del Dios que existe, que es veraz y ante el que me postro, a quien se dirige mi afecto, de quien espero la salvación final. Quien mira así a Dios no puede ensoberbecerse ante él y no puede mirar con desprecio a su prójimo. La fe lleva al hombre a la humildad. El que desprecia al hombre es el diablo, que no cree en Dios. Sabe que Dios existe, lo sabe mejor que nadie, pero no puede darle fe, no puede creer en él, no puede amarlo, ni esperar en él ni alegrarse de su existencia. Y desprecia al hombre, como despreció a Cristo y no puede entender cómo el Hijo de Dios se hizo hombre, no puede entender la humildad de Dios. El fariseo de la parábola no cree en Dios, solo cree en sí mismo. Su oración gira en torno a sí mismo, no se dirige a Dios, habla solo.
Solo la fe nos hace realmente humildes. Hay también una falsa humildad, llena de tristeza y amargura. Es la humildad de quien reconoce las miserias de su corazón y de su vida, pero no puede ir más allá de su propio ser y no puede pedir perdón a nadie. Está solo con su miseria, que le colma de tristeza. No es capaz de dirigir a Dios su oración como el publicano de la parábola: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador». La falta de fe le impide ir más allá de su propia miseria y suplicar a Dios. Este está también solo, a solas con la miseria de su corazón o con la pobreza de su vida.
Pero el hombre de fe dice: Solo Dios basta; solo Dios es Dios; solo Dios es necesario. Y se alegra de que Dios exista y de que Dios sea Trinidad. Y se alegra de la obra de Dios. Se alegra de la creación, del cielo que cubre nuestras cabezas, que ya estaba cuando vivieron nuestros antepasados y que seguirá ahí por generaciones hasta que llegue la parusía. Se alegra de la abrumadora grandeza de la redención, que se hizo con tanta humildad en el silencio de Dios: en el oculto seno de María, en el silencio de Belén, en la cruz desnuda, en el oscuro sepulcro. El hombre de fe se llena de alegría ante todas las obras de Dios, las grandes y las pequeñas. Se alegra, como san Francisco de Asís se alegraba, aunque en su corazón haya miserias, aunque su vida sea pobre. Más aún, se goza de su propia pequeñez que contempla en las poderosas manos de su Dios; y se goza de sus hermanos, aunque tengan sus miserias… porque cree en Dios, porque cree que todo lo hizo bien, porque cree en el poder redentor de la sangre de Cristo, porque cree en el Espíritu Santo y en su poder santificador.
De la fe nace una oración humilde, que termina por olvidarse de sí para afirmar a Dios y a su obra, a cada hombre creado por Dios. Se olvida de sí y se alegra con Dios. Y con la humildad la oración se hace profundamente fuerte y poderosa. La primera lectura muestra como si la oración del creyente fuese tan vívida, que cobrase existencia propia… personificada ante Dios: «La oración del humilde atraviesa las nubes y no se detiene hasta que alcanza su destino. No desiste hasta que el Altísimo atiende y le hace justicia». La oración del humilde es tan poderosa que Jesús dice que consigue la justificación del injusto. El publicano es un ladrón y un traidor a su pueblo. Él lo sabe, no se atreve a levantar la mirada, reza desde lejos, pero hace un acto de fe, se golpea el pecho y eleva su súplica: «Oh Dios, ten compasión de este pecador». Jesús dice que se fue de allí justificado. Es decir, dejó de ser injusto, fue hecho justo, dejó de ser un ladrón y un traidor, fue transformado. Fue Dios quien lo hizo, solo Dios puede cambiar el alma, solo él la puede perdonar, purificar y recrear.
Esta es la oración humilde que nace de la fe. La humildad a la que Jesús nos invita hoy y que será nuestro gozo: «el que se humille, será enaltecido». Confesemos ahora con el Credo la fe en Dios Uno y Trino, que nuestras palabras sean un verdadero acto de fe, que la fe nos haga humildes y vivifique nuestra oración.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
P. Enrique Santayana C.O.
Homilía del 27 de octubre de 2019
Domingo XXX TO C
Oratorio de san Felipe Neri
Domingo XXX TO C
Oratorio de san Felipe Neri
LUCHA CRISTIANA, ORACIÓN Y FE
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo XXIX
¿Encontraré fe en la tierra?
Homilía del 20 de octubre de 2019 (XXIX Domingo TO-C)
«Vino Amalec y atacó a Israel». Mientras Israel camina hacia la Tierra de la promesa es atacado. El estado habitual del cristiano que ha dejado de caminar hacia el cielo es la paz. Cuando ha olvidado la llamada de Dios a buscar su rostro, cuando ha olvidado la llamada de Dios a la santidad, no necesita luchar, ha hecho de este mundo su casa y está tranquilo. Sin embargo, el estado habitual del cristiano que camina hacia el cielo es la guerra. Cuando busca a Dios y quiere responder a su llamada, a su amor… el cristiano ha de luchar y vive en guerra: con el demonio, con el mundo, consigo mismo.
San Pablo advierte que nuestra lucha no es contra la carne y contra la sangre, sino contra los espíritus del mal. Es una lucha espiritual, pero tan real y tan sangrienta como la lucha de una guerra de este mundo. Es la lucha contra el diablo, contra las tentaciones, contra el mal. Atención aquí: no es solo la lucha por no hacer esto o aquello, sino una lucha por hacer el bien, por amar. La tarea del bien es inmensa. Al cristiano, padre de familia, sacerdote, esposa…, la tarea del amor le abre la puerta a un trabajo inmenso. El que se determina a hacer el bien entiende enseguida que siempre tendrá algo más que hacer. Así, la lucha cristiana nos impulsa a una acción constante: hacer lo bueno. Pero, al tiempo que la lucha por lo bueno exige un trabajo constante, el cristiano sabe que su auxilio le viene de arriba: «El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra», dice el salmo. Es tan grande la lucha contra el pecado y la tarea del amor que solo el auxilio de quien es Creador de todo y tiene todo en sus manos, puede darnos la victoria. En esta lucha estamos «como ovejas en medio de lobos»: solo el auxilio de quien es más poderoso que nosotros y que nuestros enemigos puede darnos la victoria. De forma que esta lucha nuestra exige por un lado un trabajo constante y, al tiempo, una oración constante. En la lectura del Éxodo hemos visto que mientras que las tropas de Israel comandadas por Josué luchaban, Moisés oraba en el monte con los brazos extendidos hacia el cielo. Cuando mantenía elevada su oración, vencía; cuando su oración decaía, vencía Amalec.
Tanto Josué, peleando, como Moisés rezando, nos hacen mirar hacia la batalla que Cristo mantiene en la cruz: allí se aclara el significado de la lucha y de la oración. El antiguo Josué comparte nombre con el hijo de María, Josué y Jesús son el mismo nombre hebreo: «Dios salva». Nuestro Jesús lucha por hacer lo bueno y por amar hasta el final. Su lucha, espiritual y sangrienta, es la lucha por amar hasta la perfección, por obedecer con perfección, por entregarse del todo. Y al tiempo que lucha como Josué, reza en el monte como Moisés, elevado sobre la cruz, con las manos extendidas, clavadas, fijas en su oración, elevadas al cielo. Eleva su súplica y grita: «Dios mío, Dios mío» y consuma su lucha diciendo: «A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu». Estas últimas palabras de Cristo en la cruz son, por un lado, una oración y, por otro, el cumplimiento de su lucha por hacer lo bueno, un acto de fe por el cual se entrega del todo en manos de su Padre.
Vamos al Evangelio. «Hazme justicia frente a mi adversario». Es la petición que Jesús pone en boca de la viuda que se dirige al juez inicuo. Es la petición que resume la oración del cristiano mientras dura su lucha, mientras dura esta vida. Empezaba san Lucas diciendo que Jesús, para enseñar a sus discípulos que debían orar siempre y sin desfallecer, les enseñó una parábola: «Había un juez…; había una viuda…», etc. Es necesario orar siempre, sin desfallecer, para llevar nuestra lucha hasta el final y alcanzar el cielo. El cielo ha sido ganado por Cristo, pero requiere nuestra lucha. Y para eso es necesario rezar, rezar siempre. Y, cuanto más se acerca la hora de la muerte, la hora del combate supremo, más debemos orar: «Hazme justicia de mi adversario», «Líbranos del Malo».
En la parábola el juez, aunque es injusto, hace justicia a la viuda (por temor, por cansancio… da lo mismo). La insistencia y la perseverancia de la viuda fuerzan al juez a hacer justicia y Jesús saca una primera conclusión: Si un juez injusto termina haciendo justicia por la insistencia de la viuda, «¿no hará Dios justicia a sus elegidos que claman a él día y noche?» ¡A los que claman día y noche! Sigue: «Os digo que les hará justicia sin tardar». Llegados al final de la batalla, los rescatará. Volvamos a la cruz para entender. El Hijo reza hasta el final y termina: «A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu» y Dios lo resucitó de entre los muertos. Cuando ha consumado el bien, lo rescata. El «sin tardar» se refiere a que, consumada la lucha, Dios no dejará que «su fiel conozca la corrupción». No rezamos para que nos prive de la lucha, sino para llegar hasta el final en el bien y en el amor.
Ahora expresa Jesús un pensamiento inquietante: «Pero cuando venga el hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?». Con estas palabras Jesús pone en claro que el fundamento de la oración es la fe: solo quien cree reza. Pero también al revés: el que reza mantiene y hace crecer su fe. Ahora aparece claro cuál es el núcleo fundamental de la lucha y de la oración del cristiano: la fe. El que cree en Dios ama, espera, suplica. Así, el Hijo hecho hombre clama: «Dios mío, Dios mío». Así ama y se entrega: «A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu».
La fe es el principio que mantiene viva la lucha y la oración. Pero solo quien ora mantiene la fe. El que ha dejado de rezar, ha dejado de creer, ha dejado de esperar, su fe no es verdadera, es una afirmación de meras nociones. Pronto dejará también de luchar. Está tranquilo con lo que tiene, no está en guerra; pero su paz no es signo de tener a Dios, sino signo de haber dejado de amar y de rezar, de haber dejado de tender a Dios y de buscar su rostro, es signo de haber dejado de creer.
Cuando Dios nos llame, cuando venga Cristo al final de nuestra carrera, ¿cómo nos encontrará? He aquí la inquietud que expresa el mismo Jesús, seguramente en relación con el final de los tiempos, pero que debe ser nuestra inquietud también sobre nosotros mismos, sobre los nuestros y nuestros contemporáneos: «¿cuando venga el hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».
Traigo ahora el ejemplo de lo que dice un hombre que hasta el final de sus días mantiene la fe, alguien que escribe con setenta y nueve años: «Mirando más allá de esta vida, mi oración primera, mi anhelo, mi esperanza ardiente es ver a Dios… Para la gente que quiero mi única oración es que ellos vean también a Dios. El pensamiento de Dios, su Presencia, su Fuerza, eso es lo que recompensa todos los sinsabores y aflicciones». Son palabras de san J. H. Newman cuando aún le quedaban diez años para morir.
Mantengamos la fe, amemos, hagamos el bien, recemos sin desfallecer.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía del 20 de octubre de 2019
Domingo XXIX del tiempo ordinario, ciclo C
Oratorio de san Felipe Neri, Alcalá de Henares, Madrid
Domingo XXIX del tiempo ordinario, ciclo C
Oratorio de san Felipe Neri, Alcalá de Henares, Madrid