ORIGEN, VERDAD PRESENTE Y JUICIO
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- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: Domingo XXVII
XXVII Dom. TO A – 4, X, 2020
Homilía para los de casa
«La piedra que desecharon los arquitectos se ha convertido en piedra angular»
«Voy a cantar a mi amigo el canto de mi amado por su viña»; «voy a cantar por mi amigo el canto de su amor por su viña». La traducción del primer versículo de Isaías es algo incierta, pero tras todas las posibilidades del texto aparece con claridad el amor como el principio de una historia: el amor de Dios por su Pueblo. Este amor origina una historia y el canto narra los cuidados del que ama y los desprecios del que es amado. Es lo primero que querría destacar: en el principio de todo está el amor de Dios, nada precede a este amor originario.
En el planteamiento del canto hay también un artificio literario destacable. Comienza como si hubiera varios personajes: por un lado, el dueño de la viña y la viña misma; por otro lado, quien canta el amor y también aquellos que escuchan la canción, a los que se les pide un juicio: «Ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, por favor, sed jueces entre mi viña y yo». Pero ya aquí se desvela el artificio, porque en realidad solo hay dos personajes, uno frente al otro: Dios y su Pueblo. Dios, que habla de su amor originario y de las obras que este amor ha desarrollado en la historia; y el Pueblo amado, a quien se dirige directamente, su interlocutor, los hombres de Judá, los habitantes de Jerusalén, que han despreciado el amor y ahora se ven convocados en juicio. Tras el artificio literario inicial, solo quedan dos personajes: Dios y su Pueblo, frente a frente.
La vida, como este artificio, nos lleva a este momento ineludible, nos enfrenta con nuestro Creador y Redentor. La Iglesia como Cuerpo y cada uno de nosotros personalmente estamos ante Dios. Y esta es una verdad religiosa fundamental. He aquí los principios de la Religión: el del amor que es inicio y origen de todo, y la verdad de que estamos ante él. En esta vida que tiene como origen su amor, Él es nuestro verdadero interlocutor, no hay otro. Tras el velo de las cosas, tras el ajetreo y la inquietud de los acontecimientos, solo Dios permanece como nuestro interlocutor. Estamos ante él. Y el amor que nos ha creado y nos mantiene ante él es la única verdad que da consistencia a las cosas y a la historia. Nada existiría sin este amor, la historia no iría adelante sin este amor. El diálogo en el que nuestro Creador nos ha puesto es la única justificación de la existencia del universo y de la historia. Podemos darnos cuenta o no de esta verdad durante la vida, pero al final todo será claro: Dios y su Pueblo frente a frente; Dios y la Iglesia frente a frente. Dios y cada hombre frente a frente.
El tercer elemento fundamental del canto de Isaías es el juicio. El amor que requiere al hombre es también un juicio. A veces imaginamos el amor de Dios como un amor sin interlocutor, como si el amado fuese solo un espectador. ¡Eso no es un amor real! ¡No es una verdadera relación de amor! De las relaciones marcadas por el amor que conocemos ninguna es así. Al contrario, requieren respuesta y son dinámicas: la amistad se ofrece y se acoge y se hace crecer o lo contrario; el amor paterno suscita el amor filial; el amor del esposo requiere el amor de la esposa. De igual forma, el amor de Dios ha creado al hombre como su interlocutor entre todos los seres del universo y requiere respuesta. Así, el amor con que es amado se convierte en el juicio del hombre. El destino del hombre se decide ante este amor: «Éste es el juicio: que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz» (Jn 3,19). El amor mismo se convierte en juicio y dicta sentencia al ser correspondido o al ser olvidado. Y la sentencia del olvido del amor es la incapacidad para generar vida, la esterilidad, la muerte. Por eso, el presente de la Iglesia y el presente de cada uno es un juicio anticipado. Isaías iluminó con este juicio el presente de Israel que él vivió. Nosotros debemos mirar nuestra situación con esa misma luz. La esterilidad de la Iglesia o de nuestra propia alma son una sentencia: «Ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, […] sed jueces entre mí y mi viña. ¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho? ¿Por qué, cuando yo esperaba que diera uvas, dio agrazones? Pues os hago saber lo que haré con mi viña: quitar su valla y que sirva de leña, derruir su tapia y que sea pisoteada. La convertiré en un erial».
Vamos al Evangelio. Continúa la polémica entre Jesús y los príncipes de los sacerdotes y los ancianos, que Mateo sitúa después de la entrada mesiánica de Jesús a Jerusalén y de la purificación del Templo.
Cuando Jesús inicia la parábola, «había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar…», hace resonar el canto de Isaías. Sus oyentes lo conocen, saben bien que en aquel canto es Dios quién se enfrenta con Judá y Jerusalén. Por tanto, es un momento cargado de seriedad. Jesús sigue el mismo artificio de Isaías y empieza una parábola con varios personajes, pero, al final, quedan solo los jefes de Israel que le escuchan y él mismo que se presenta como hijo.
Todo confluye en él, no ya el hijo de un propietario ficticio, sino el Hijo de Dios, presente ante ellos. La narración de la parábola dirige la atención sobre el Hijo y la decisión que madura en el corazón de los interlocutores: «Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia». El amor de Dios llega a su plenitud en la entrega de su Hijo y el desprecio de Israel llega a la aniquilación de todo amor, a la muerte de Dios. La gran diferencia de la parábola de Jesús con el canto de Isaías es que aquí el drama se va a realizar muy pronto en la carne de Cristo, el amor de Dios llega a un extremo y a un «realismo inaudito»[1]. En la humanidad de su Hijo, en la cruz, el amor llega hasta el final, pero también llega hasta el final el desprecio de quien es amado. Y ese realismo de su entrega y del juicio que provoca se prolonga ahora para nosotros en el sacrificio de la Eucaristía, que es el mismo y único sacrificio de la cruz.
Todo confluye en él, no ya el hijo de un propietario ficticio, sino el Hijo de Dios, presente ante ellos. La narración de la parábola dirige la atención sobre el Hijo y la decisión que madura en el corazón de los interlocutores: «Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia». El amor de Dios llega a su plenitud en la entrega de su Hijo y el desprecio de Israel llega a la aniquilación de todo amor, a la muerte de Dios. La gran diferencia de la parábola de Jesús con el canto de Isaías es que aquí el drama se va a realizar muy pronto en la carne de Cristo, el amor de Dios llega a un extremo y a un «realismo inaudito»[1]. En la humanidad de su Hijo, en la cruz, el amor llega hasta el final, pero también llega hasta el final el desprecio de quien es amado. Y ese realismo de su entrega y del juicio que provoca se prolonga ahora para nosotros en el sacrificio de la Eucaristía, que es el mismo y único sacrificio de la cruz.
Antes he dicho que el amor mismo dicta sentencia al ser correspondido o despreciado. Ante la imagen del Hijo de Dios muerto entregado realmente en la cruz esto se hace aún más evidente. El mismo amor que nos redime, que nos eleva y que nos convierte en interlocutores suyos, es el que nos juzga. Desde luego que el desprecio total del amor tiene su condena: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».
Pero aquí aparece la segunda gran diferencia de las palabras proféticas de Jesús con respecto al canto de Isaías. Ante la ingratitud, Isaías solo contemplaba la condena. En el Evangelio la condena también está, pero se perfila una nueva creación que va adelante porque el amor que se entrega a la muerte es demasiado grande y se ha convertido, conforme a la providencia de Dios, en un nuevo principio, en la oferta del amor más grande que permanece tras la resurrección: la piedra que desecharon los arquitectos se ha convertido en piedra angular.
«¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».
Ahora estamos nosotros ante este amor, como Iglesia, como Congregación, y como un yo personal que no puede evadir una respuesta ante este amor. El amor está en el origen de la creación y de la historia salvífica que llega hasta nosotros, se nos ofrece como nuestro verdadero bien y, al tiempo, nos juzga. No estamos ante una ley, no estamos ante unas obligaciones morales, ni ante unos trabajos que debemos hacer por Dios durante la vida. Estamos ante aquel amor que da valor y juzga nuestra vida. Más allá de toda circunstancia política, más allá de toda contingencia, lo verdaderamente real y decisivo es que estamos ante el Hijo de Dios hecho hombre y crucificado que nos ama, que concierne nuestro corazón, el Único que realmente lo conoce y lo toca, que nos llama y requiere la respuesta de nuestra libertad: el asentimiento de la fe y la entrega del corazón. El fruto de nuestra vida depende de la respuesta al amor que nos precede y nos llama. Pero no busquemos el fruto, busquemos a Aquel que nos ama. El fruto nace del amor, como los hijos nacen del amor.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.Archivos:
Homilía del 4 de octubre de 2020
para los de casa
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares.
[1] Cf. BENEDICTO XVI, Deus caritas est, 12
LA LUCHA POR SER HIJOS
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- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: Domingo XXI
XXVI Dom. TO A – 27, IX, 2020
Homilía para los de casa
Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús
Cuando un soldado que lucha por su rey cae herido en la batalla no recibe la reprensión de su soberano; al contrario, recibe su auxilio y su reconocimiento. De la misma manera, el cristiano que cae en la batalla contra el pecado no debe temer la reprensión de su Señor; lo que ha de esperar es el fuerte brazo de la gracia que lo levante y reconozca su mérito. Esto es algo que leí en San Ambrosio, y me parece que las cosas deben de ser así.
Pero el obispo de Milán da por descontado algo que los cristianos de su época conocían muy bien: la lucha. Hasta poco antes de nacer san Ambrosio, los cristianos habían sufrido muchas persecuciones y quienes aceptaban la fe sabían que aceptaban la lucha. Cuando las persecuciones cesaron, los cristianos mantuvieron el espíritu de lucha, lucha contra el pecado. En el fondo siempre había sido así, porque los cristianos no quisieron nunca instituir un nuevo orden político, no intentaron sustituir el poder pagano por un poder cristiano, sencillamente lucharon por no convertirse en idólatras, por no adorar el poder del emperador, por amar más a Dios que a su propia vida, por morir perdonando. Su lucha nunca fue contra el emperador; fue siempre la lucha por la fe, la lucha por vivir y morir para Dios. Era la lucha por seguir a Cristo íntimamente en su itinerario interior, que es el itinerario que describe san Pablo: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo…» Y lo que sigue.
El íntimo gobierno de estos principios en el corazón de los cristianos fue lo que generó poco a poco una sociedad cristiana bien distinta a la pagana. Pero su lucha consistió en seguir a Cristo, vivir unidos a él, vivir con «sus sentimientos». Es una lección de la Iglesia de los Padres para la Iglesia que vive en el momento presente.
También las palabras de Jesús reflejan la realidad de una lucha interior: por la conversión, por la obediencia, por ser hijos. Después de la expulsión de los mercaderes del Templo, Jesús tiene una larga discusión con los jefes de los sacerdotes y los ancianos. La cuestión final que plantea es: ¿estáis dispuestos a convertiros? ¿Estáis dispuestos a obedecer? Las prostitutas y los publicanos se han convertido, ¿vosotros estáis dispuestos? Jesús había llegado a Jerusalén haciendo un largo recorrido desde Galilea, donde Juan predicaba la conversión, acompañado por un buen número de discípulos, no solo los apóstoles, y entre ellos se habían juntado también prostitutas y publicanos, que con su obediencia en el seguimiento de Cristo se habían puesto por delante en el Reino de los Cielos: «Vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».
¿Y nosotros? ¿Estaremos dispuestos a convertirnos? Dejemos a un lado a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos y preguntémonos por nosotros. ¿Estamos nosotros dispuestos a convertirnos? La parábola describe la conversión como un acto de obediencia. Según la Biblia, la obediencia es la primera obligación de un hijo (Cf.: Si 3,1-16; Ef 6,1; Col 3,20). Ser hijo consiste fundamentalmente en obedecer. Jesús mostró en la obediencia amorosa y extrema que él era el Hijo Único de Dios. La parábola habla de dos hijos que reciben una orden de su padre y expresa lo duro que es obedecer. La obediencia es ardua y requiere hacerse una gran violencia. El primer hijo dice «no», pero se desata una lucha interior en él y, al final, obedece. De esta manera, el que ya era hijo llega a serlo de veras. El segundo hijo se muestra enseguida dispuesto, pero al final no obedece. Somos hijos, pero no llegamos a serlo verdaderamente sin esta lucha interior. Somos hijos de Dios por el bautismo, pero hemos de aprender a ser hijos, como Cristo mismo, el Unigénito, aprendió: «aprendió sufriendo a obedecer».
Vamos un momento a la primera lectura. Ezequiel predica cuando parte de Judá está deportado en Babilonia. Jerusalén y el Templo están aún en pie, pero muchos judíos están en el destierro, se preguntan por qué y acusan a Dios de ser injusto. Judá cree que habría de bastar ser el pueblo del Dios verdadero para no morir. Simplemente por ser hijos de Abraham y de la tribu de Judá, Dios no debía haber dejado que sufriesen el destierro y no debería permitir todo lo que vendrá después. Las primeras palabras de Ezequiel recogen este sentir: «Insistís: “No es justo el proceder del Señor”». Creen que solo por ser hijos de Abraham tenían derecho a vivir tranquilos.
Entre cristianos esta idea se ha colado muchas veces: estamos bautizados, vivimos en la Casa de Dios, la Iglesia, donde él nos da su Cuerpo y su Sangre, tenemos asegurada la salvación. Imaginad si además uno tiene un vivo sentimiento de pertenencia a una de las grandes órdenes religiosas, como los jesuitas o los franciscanos; o si se sabe parte de un gran movimiento del presente de la Iglesia; o si sabe que su director espiritual es un santo. Imaginad si no se nos puede colar la idea de que el mismo hecho de pertenecer al Oratorio, de ser hijos de san Felipe, de tener una historia de muchos años… si no se nos puede colar la idea de que ya está todo hecho.
El Evangelio pone ante nosotros la necesidad de convertirnos, de luchar por obedecer. No basta haber recibido el don del bautismo y vivir en esta Casa de Dios. No es suficiente llevar años en esta aventura nuestra que comenzó en Parla hace ya más de 25 años, incluso antes, en el Seminario de Madrid… ¡No basta! Es necesaria la obediencia. Y en esta lucha por obedecer con Cristo que obedece y seguir el itinerario interior de su servicio a los pecadores, que describía san Pablo, es donde tiene sentido aquella preciosa idea de san Ambrosio: si el soldado cae en batalla, su soberano lo tomará, lo levantará, lo recompensará. Podemos caer y esperar misericordia, pero hemos de estar en esta batalla.
Además, esta idea da respuesta a una gran inquietud en la Iglesia de Occidente. Los judíos deportados en Babilonia, cuando aún no había llegado el desastre total sobre Jerusalén, no entendían cómo se encontraban en el exilio, vencidos por paganos, por hombres que adoraban dioses falsos. Esa confusión la vivimos en la Iglesia en Occidente: ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo hemos perdido nuestra fuerza? ¿Cómo nos abandonan nuestros hijos y nuestra casa, la Iglesia, queda vacía? El mundo antes cristiano se aleja y toma leyes paganas. Pareciera que Dios nos ha castigado o, al menos, nos ha abandonado. Nos parece injusto y querríamos cambiar el poder de los paganos por un poder cristiano, las leyes de nuevo paganas por leyes cristianas. Creemos que volviendo a tener el control volveríamos a tener llena la Casa de Dios. La respuesta de Dios es una llamada a luchar por la propia conversión, a la obediencia y al seguimiento estrecho de Cristo.
En tiempos de Ezequiel, cuando los judíos se quejaban por la humillación de Judá, Dios llamaba a una conversión profunda y personal: «Cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá». Jesús da forma con su obediencia a esta conversión. Participar de esta obediencia, que implica una batalla interior con el propio yo, con los propios deseos, con la propia independencia, es el camino que se nos propone como Iglesia.
La respuesta a las inquietudes de nuestra vida personal y la respuesta a las inquietudes de la Iglesia Universal se juegan en este punto: que aprendamos a ser hijos, que luchemos, y lo hagamos nosotros, por tener los mismos sentimientos de Cristo, que hizo suyos los pecados de los hombres, que se humilló a sí mismo y obedeció hasta la muerte de cruz.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía para los de casa
Oratorio de san Felipe Neri
28 de septiembre de 2020
Oratorio de san Felipe Neri
28 de septiembre de 2020
Volver el corazón a Dios
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- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: Domingo XXV
XXV Dom. TO A – 20, IX, 2020
Homilía para los de casa
La vida es Cristo
Un propietario contrata a unos jornaleros por un denario. Lo hace al alba, para toda la jornada. Es una escena común en cualquier pueblo de Galilea. También era común que, conforme a la ley del Antiguo Testamento, se pagase lo acordado al finalizar la jornada de trabajo en el campo, a la puesta del sol. Este es el punto de arranque de la parábola. A partir de esta escena perfectamente comprensible para todos, empieza Jesús a llevar el corazón hacia lo que para ninguno de nosotros es evidente sino solo por la fe: «Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes».
Aquellos hombres esperaban la paga después de una jornada de trabajo, del amanecer al anochecer. Lo que no esperaban era que los llamados a media mañana fuesen a recibir un jornal entero; o que también los llamados al mediodía recibiesen todo el jornal; menos aún que recibiesen lo mismo los llamados a media tarde y al caer la tarde, que apenas habían trabajado. Esta es una sobreabundancia que nos sigue sin entrar en la cabeza porque pensamos en Dios con nuestras medidas. Pero Dios es siempre más grande. Es una de las cosas que Isaías había anunciado. No podemos sopesar ni imaginar la grandeza del don de Dios, su providente cuidado, su bondad y su amor, totalmente desproporcionado y gratuito con nosotros.
En medio de la oscuridad de los días que vivimos con esta peste diabólica, no desconfiemos de esta afirmación: «Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes». Dios es siempre más grande, su bondad y lo que nos prepara, mucho más grande de lo que nosotros podríamos imaginar. Este es el primer punto claro: la gran bondad de Dios y de su designio para con nosotros.
Vayamos a la queja de los que han trabajado todo el día. Parece que, si han trabajado más, mucho más que los de la media mañana, los del mediodía, los de media tarde y los del atardecer, deben recibir más. Esta es nuestra lógica, pero es una lógica que nace de nuestro corazón pequeño. Nuestra mirada no consigue comprender lo bueno que es Dios y lo bueno y grande de su paga, y así nuestro corazón es mezquino y envidioso. «¿Vas a tener envidia porque yo soy bueno?». Como un hombre que cree que sus riquezas pueden acabarse y que la vida se le escapa, como quien espera una paga pequeña, nuestro corazón está como encogido. ¡Como si este denario, la paga de Dios, fuese poca cosa!
Pero, ¿a qué hace referencia este denario? ¿Cuál es la paga de Dios? Jesucristo y la vida que él nos ha abierto, la del amor trinitario, la Vida Eterna. ¡Esta es la paga! Más grande que todo lo que podemos imaginar y siempre inmerecido, tanto si hemos trabajado mucho como si hemos trabajado poco, tanto si nuestro esfuerzo ha sido grande, como si ha sido pequeño. Esta paga se resume en un nombre propio, en alguien real, en Jesús. «Cristo es con mucho lo mejor», decía san Pablo: su misma persona, su mismo amor y la vida que él nos ha conquistado, la comunión de la Trinidad y en ella, dentro de ella, por nuestra unión con él, la Comunión de los Santos, el cielo. Con Cristo Dios nos lo ha dado todo, se nos da Él mismo y su vida. Y esto es de una grandeza, de una belleza, de una riqueza infinita y eterna. «La vida es Cristo».
La paga, grande e inmerecida, es Cristo. No se nos promete una vida más fácil en esta vida por ser cristianos o trabajar en la Iglesia, ni más riqueza, ni más salud. No se nos promete que el progreso de los que queremos ver crecer en la fe vaya a ser fácil, ni se nos promete el éxito. La promesa es este Jesús en el que Dios nos lo ha dado todo, el objeto del deseo de san Pablo: «Para mí la vida es Cristo y morir una ganancia». Este es el segundo punto de claridad: Cristo, y Dios mismo con Él, es nuestra paga, a la vez grande e inmerecida, también única.
Pero que sea grande solo lo entiende el que ama. Solo el amor puede comprender el valor de Cristo y gozar de él. Él es paga solo para el que ama. Solo si podemos decir de verdad «para mí la vida es Cristo y morir una ganancia», podremos también trabajar sin descanso en la Viña de Dios, esto es, en la Iglesia, por el bien de nuestros hermanos. Nosotros queremos trabajar solo con medida por la misma razón por la que aún no queremos morir, porque no amamos a Dios. «El cielo solo es cielo para los santos», decía Newman. El que no ama a Cristo no entiende. La parábola apunta a este bien único y así exige la conversión de nuestro corazón hacia él.
¿Qué significa eso? Que hemos de aprender a amar a Cristo. Hemos de reconocer que nuestro corazón dista mucho aún de amarlo a Él como nuestra verdadera paga. Lo amamos, pero no tenemos prisa por alcanzarlo definitivamente. Lo amamos, pero queremos también otras cosas. Este es el estado real de nuestro corazón. Nuestro corazón ha de convertirse a él. Este es el tercer punto de claridad de la parábola. Como los jornaleros de primera hora, podemos ser incapaces de comprender el valor de la paga. Llegados a primera hora, nuestra incapacidad para comprender, nuestra falta de amor puede relegarnos al último puesto. Nuestro corazón ha de convertirse a Cristo, y en él a Dios.
La Palabra de Dios empezaba hoy así: «Buscad a Dios». Pues bien, buscamos lo que amamos. Y crecemos en el amor de lo que buscamos y deseamos. «Buscad a Dios».
Jesús, Señor nuestro, Dios nuestro, enséñanos a amarte, a buscarte y a desearte hasta hacer de ti nuestra única paga. «Jesús, dulzura de los corazones, / fuente viva, luz de las mentes, / que excede toda alegría y todo deseo», enséñanos a amarte.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
Homilía del XXV Domingo del TO, para los de casa
20 de septiembre de 2020
20 de septiembre de 2020
PAGA DE DIOS
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- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: Domingo XIII
28, VI, 2020; XIII Dom. TO A
Por ser mi discípulo
La primera lectura se cierra con una promesa de Eliseo a la mujer que lo acoge en su casa: «El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando a tu hijo». La mujer no tenía hijos y su esposo era ya demasiado anciano para dárselos. La promesa de Eliseo responde al deseo de su corazón, un deseo imposible para ella. La mujer había sido muy generosa con Eliseo y, aunque no había pedido nada, recibe una promesa que ya solo en las palabras conmueve: «El año próximo, por esta época, abrazarás a tu hijo». Y en el tiempo indicado, la promesa se cumplió y la mujer pudo abrazar a su hijo. ¿Qué vemos en todo esto? Una gran misericordia de Dios. Por eso, tras la primera lectura hemos repetido: «Cantaré eternamente las misericordias del Señor». Dios atiende el corazón de los que le dan la más mínima entrada, de los que le abren su casa interior. Pero vuelvo a hacer la misma pregunta: ¿en toda esta misericordia qué vemos? Algo que nos da la clave para comprender el evangelio de hoy: vemos la recompensa del profeta y del justo. Lo que pagan el justo y el profeta.
En el evangelio hemos escuchado a Jesús: «El que recibe a un profeta porque es profeta tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá recompensa de justo». Esa es la recompensa de la sunamita que acoge a Eliseo. Pero Jesús añade: «El que dé de beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa». Y aquí se esconde la mayor de las misericordias de Dios. ¿Quiénes son esos pequeños? Son sus discípulos, los de todas las épocas, que van tras Él y no tienen otra riqueza. Y la gran misericordia es que Jesús, que viene del cielo, el Hijo de Dios, se identifica con esos pobres que van tras él. Por eso, quien acoge a uno de los suyos puede esperar una paga más grande que la que puede dar el justo y el profeta. Quien recibe a uno de estos pequeños discípulos de Cristo, recibe al Hijo de Dios y en él a Dios. Recibirá la paga que solo Dios puede dar. Pero quiero subrayar lo siguiente: que la gran misericordia es que Señor del cielo y de la tierra ama de tal manera a los pequeños que le siguen que vive en ellos, en ellos se goza o sufre, en ellos es honrado o despreciado. Después de la resurrección Jesús dirá a los suyos: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Este estar de Jesús con los suyos consiste en una plena identificación con ellos. No es que esté a su lado, sino íntimamente unido e identificado con cada uno de los pequeños que le siguen. Esta es la gran misericordia.
Es un misterio de comunión y de amor. El pequeño discípulo de Cristo, tiene siempre consigo al Hijo hecho hombre, y con él al Padre; ha entrado en la comunión trinitaria, la unión de un amor indivisible: «El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado». Cristo ha traído a la tierra el amor que llena el cielo, el amor trinitario, y ha hecho partícipe de él a sus discípulos, a los pequeños que le siguen, y que solo por eso son grandes. Cualquiera de los pequeños discípulos de Jesús, un niño, un anciano solitario, un hombre afligido por sus debilidades… cualquiera de los pequeños que le siguen es más que los antiguos y poderosos profetas, más que los grandes justos del Antiguo Testamento.
¿Estaremos nosotros entre ellos? Hemos recibido el bautismo, la confirmación, la Eucaristía… Estamos aquí, en su liturgia. Eso puede indicar que somos de sus discípulos. Pero el mismo Jesús nos da alguna indicación más precisa sobre el carácter de sus verdaderos «discípulos». Dice: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará».
Es la descripción de un amor que ha elegido amar a quien lo ha amado: a Cristo más que al padre querido o a la madre querida; a Cristo más que al hijo de las entrañas. Sencillamente porque no hay amor como el de Cristo, ni el del venerado padre, ni el del hijo, ni ningún otro. Es la descripción de un amor que quiere compartir toda la vida, también el dolor, y se decide a cargar con su parte de la cruz. Es la descripción de un amor al que no le importa perderlo todo, incluso la propia vida, con tal de ganarlo a Él.
Si queremos saber si nosotros, con nuestras pobrezas y debilidades, nos contamos entre estos que Jesús llama pequeños y discípulos, con los que se identifica, hemos de preguntarnos si hemos hecho de Jesús nuestro verdadero bien, si somos tan pobres en espíritu que solo aspiramos a andar tras Él y amar a quien nos ha amado, si queremos compartir el peso de su amor en la cruz, dejar todo atrás para ganarlo a Él.
Que Dios nos conceda la inteligencia de la fe, necesaria para reconocer el amor más grande; la voluntad decidida, para entregarnos a él; el afecto del corazón, para gozarnos al compartir su vida, sus dolores y su gloria.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
Homilía del domingo 28 de junio de 2020, XIII del tiempo ordianrio, ciclo A
Oratorio de san Felipe Neri. Iglesia de las bernarndas
Oratorio de san Felipe Neri. Iglesia de las bernarndas
Miedo a los hombres y temor de Dios
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- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: Domingo XII
XII Dom. TO A – 21, VI, 2020
No tengáis miedo
Jesús habla a los Doce. Los forma para la misión que afrontarán en cuanto él consume su obra. Antes, le han visto enseñar a la multitud, hacer milagros, caminar de un lugar a otro… Ahora escuchan atónitos instrucciones sobre la misión que ellos mismos tendrán que desarrollar. ¡Es curioso! Reciben instrucciones para un tiempo y unas circunstancias que desconocen: lo que ocurrirá con Jesús, y que llegará un día en que ya no lo verán con los ojos de la carne. Reciben instrucciones sobre una misión que tendrán que desarrollar en un tiempo del que no saben nada. Estarían un tanto desconcertados.
Al hablar a los Apóstoles, Jesús nos habla a nosotros. Porque nosotros somos parte de la Iglesia y la Iglesia es «apostólica», es decir: desarrolla la vida y la misión de los Apóstoles. La vida de los Apóstoles se resume en la relación que mantenían con Cristo y entre sí, antes y después de la resurrección, de una forma antes, de otra diversa después. Y la misión de los Apóstoles se resume en llamar a los hombres a adentrarse en esa relación que ellos mantenían con Cristo. Si somos miembros de la Iglesia fundada por Cristo, de la Iglesia Apostólica, entonces la vida de los Apóstoles es la nuestra y su misión es nuestra misión: nuestra vida se define por la relación que tenemos con Cristo resucitado y por la misión. La misión define nuestra relación con los hombres.
Pues bien, Jesús ha ido dando instrucciones hasta llegar al momento del discurso que escuchamos hoy.
Escuchamos una exhortación a no temer nada; y, en la misma medida, a temer a Dios: «No tengáis miedo a los hombres… Temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna». Pero hay una gran diferencia entre los miedos humanos y el temor de Dios[1]. Muchos de vosotros habéis pasado miedo durante estos meses de pandemia, de formas muy diversas: miedo ante el dolor físico, miedo ante la muerte, miedo por la suerte de los que queremos… miedo de no estar preparados para ponernos delante de Dios… No hay que esconderlo. Otros habrán experimentado un miedo más atroz: miedo a la nada; miedo a que todo sea un sinsentido; miedo a que el propio ser con su vida, el ser de los otros con su vida, se pierda en la absoluta oscuridad; miedo a que después no haya nada. Habrá quienes no han experimentado miedo, pero muchos sí.
Y el Señor habla del miedo porque sabe que atenaza a todos los hombres y también a los suyos. Él mismo experimentó el miedo antes de padecer y lo venció. Los Apóstoles y otros discípulos experimentaron el miedo, al mismo tiempo que Jesús vencía el suyo y abrazaba la cruz. Algunos parece que lo vencieron, como Juan y la Magdalena. La mayoría sucumbieron. Recordemos algunos casos concretos:
Marcos, el Evangelista, no era Apóstol, pero sí llegó luego a ser colaborador de Pablo y Bernabé, y también de Pedro, y llegó a escribir el primero de los Evangelios. Marcos estaba en el huerto cuando prendieron a Jesús, fueron a capturarle a él también y, desembarazándose de la sábana en la estaba envuelto, huyó desnudo. Tomás también muestra algún tipo de temor o de prevención cuando Jesús decide ir a Betania, cerca de Jerusalén, donde sus enemigos ya traman su muerte. En ese momento, Tomás dice con ironía y como en una especie de queda: «Vayamos también nosotros con él a morir». Miedo, desde luego, tuvo el primero de los Apóstoles, Pedro. El miedo lo venció, hasta negar tres veces a su Maestro. Jesús, que conoció el miedo y lo venció, conoció también el miedo de los suyos, nuestro miedo y habló para poner luz en esta situación.
El miedo es una dimensión natural de la vida. Desde la infancia se experimentan miedos que luego se revelan infundados y desaparecen. Pero surgen otros miedos que tienen causas más reales, como la pandemia que nos ha golpeado. Miedo al dolor, miedo a que nos arranquen nuestras libertades, miedo a la tiranía de los que quieren imponer un poder absoluto sobre el pensamiento y la vida de todos.
En medio de todos los miedos, que Cristo experimentó para vencer, Él nos enseña algo claro: quien teme a Dios no tiene miedo. En la Biblia el temor de Dios es el conocimiento de que Él es nuestro bien y de que no podemos perderlo, es el temor a alejarnos libremente de nuestro único bien. El temor de Dios es el conocimiento de que podemos alejarnos de Dios y de que esa lejanía puede significar el infierno, un infierno que puede llegar a ser definitivo con la muerte: «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna».
El que vive afianzado en el temor de Dios vence el miedo. Porque el que teme a Dios es como el niño que vive en brazos de su padre, teme perder la sujeción de esos brazos, pero en ellos no teme ninguna otra cosa. El cristiano vence el miedo porque sabe que está en manos de Dios, sabe que Dios lo sostiene: «¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones». Sí, para Dios valemos mucho más. El precio que él ha pagado por nosotros en la cruz, no oro o plata, sino la sangre de su Hijo Amado, nos da un indicio de lo que valemos para él.
Víctor, tú has escuchado, de parte de la Iglesia, el anuncio de este amor inaudito de Dios por ti, el amor que se expresa, se realiza y se resume en el signo de la cruz; has acogido este signo de amor, te hemos signado, con la cruz, para que de ahora en adelante tengas el amor de Cristo como tu verdadero bien, para que luches por él, para que temas perderlo, y así logres vencer cualquier miedo. Si caes, recuerda a Marcos, a Tomás, a Pedro. Cayeron y fueron levantados de nuevo por Cristo.
El mal, lo irracional, la injusticia, nuestro propio pecado no es, ni muchísimo menos, la última palabra. La última palabra es la de Dios: la Palabra que se hizo hombre, que nos amó hasta morir en la cruz, que venció la muerte y es Señor del mundo y de la vida. Nuestra vida y la vida de todos los hombres se juega ante él, porque es nuestro único bien: «A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos». No se puede elegir a Cristo en la clandestinidad. Se acoge su Palabra, como lo hizo María, en lo secreto, en el silencio de Dios, donde nadie puede ver; pero luego no puede ser clandestina, es necesario darla a luz, como María, que no puede esconderlo: «Lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea».
Los ya cristianos por el Bautismo nos ponemos en manos del Señor de la vida. Y a ti, Víctor, desde hoy catecúmeno, te ponemos en sus manos. Que el amor de Cristo expulse el temor, como enseña el apóstol Juan. Que lo expulse de los que ya hemos sido bautizados en las aguas que adelantan nuestra propia muerte en Cristo. Que lo expulse en ti, Víctor, que aguardas las aguas bautismales. Nos entregamos a Cristo y a ti te entregamos a él.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía del 21 de junio del 2020, en el Domingo XII del Tiempo Ordinario.
Oratorio de san Felipe Neri, iglesia de las Bernarndas.
Con el rito de Ingreso en el Catecumenado de un nuevo catecúmeno de la diócesis de Alcalá de Henares.
Oratorio de san Felipe Neri, iglesia de las Bernarndas.
Con el rito de Ingreso en el Catecumenado de un nuevo catecúmeno de la diócesis de Alcalá de Henares.
[1] A partir de aquí sigo en lo fundamental a Benedicto XVI, en el Angelus del 22 de junio de 2008.