EUTANASIA
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Noticias
CREER SIN ESPERAR
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- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: Domingo III
Homilía para los de casa
Domingo Gaudete (13, XII, 2020)
Los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas
Tan falsario es esperar sin creer, como creer sin esperar. Es la primera idea que me venía a la cabeza al observar a los judíos que dialogan con Juan el Bautista en el Evangelio y al ponerlo en paralelo con la trampa que acecha nuestra alma. Enseguida me referiré a ello.
La otra idea es la importancia que tiene Juan el Bautista en la obra de Cristo; aunque parezcan personajes tan diversos, protagonistas de dos mundos casi contrapuestos: la mortificación y la penitencia de Juan, su mismo aspecto, el lugar que elige para su ministerio… Todo parece contrastar con Jesús. Y sin embargo, Jesús no solo le da un puesto principal cuando habla de él, sino también cuando toma pie de la predicación de Juan, la llamada a la conversión, para iniciar su propia predicación. La alegría del Evangelio, Dios con nosotros, no nace de los placeres del cuerpo, de la soberbia de la razón, o del esfuerzo tenaz para construir un mundo propio. El gozo no nace de la auto afirmación, sino de la conversión, de la vuelta humilde a Dios. Ocupar el lugar propio en la creación, ante el Creador y ante el Salvador, junto a aquellos que han sido constituidos hermanos por elección y por gracia, es el principio del gozo. No es extraño que este Domingo Gaudete ponga nuestra atención en quien predica la conversión y ofrece un bautismo de penitencia.
San Pablo ocupó este puesto ante Dios y ante la Iglesia de Cristo y así encontró la alegría. A los tesalonicenses les escribe: «Estad siempre alegres». Es la primera carta canónica de san Pablo, la escribe desde Corinto, en plena acción evangelizadora y en libertad. Años después, cuando escriba a los filipenses desde la cárcel dirá aún con mayor énfasis: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. El Señor está cerca» (cf. Flp 4, 4-5).
Vayamos al texto del Evangelio.
El cuarto Evangelio introduce la primera noticia sobre el Precursor en medio del solemne prólogo que tiene como centro absoluto al Verbo que se hace carne. Eso nos da idea de la importancia que tiene el Bautista en la obra de Jesús. El evangelista que a los pies de la cruz recibió a María como lo más propio del corazón de Cristo, para que fuese guardado por su corazón de apóstol, en el prólogo no menciona a la Madre, sino al Bautista. Junto al Verbo, junto a la Luz, solo habla de aquel que daría testimonio de la Luz: «Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz». Son las primeras palabras del Evangelio de hoy. Tras ellas las liturgia salta todo lo que resta del himno cristológico para llevarnos al testimonio del Bautista, dando por supuesto que ya conocemos que llevaba un tiempo predicando la conversión y bautizando en el Jordán.
El caso es que Juan no había pasado desapercibido para el Sanedrín. Lo suponemos al ver un grupo de enviados por los judíos desde Jerusalén. Suponemos que es el Sanedrín el que envía a estos sacerdotes y levitas. El texto dice también que entre ellos había fariseos. Los fariseos no eran ni sacerdotes, ni levitas, pero es muy posible que fuesen enviados junto a los otros como escribas, como expertos en la Ley. Que fuesen unos u otros ayuda a imaginar a los personajes y poner carne al texto; en todo caso, lo importante es entender que el Bautista, hijo de un sacerdote, había llamado la atención de los dirigentes judíos.
Las tres preguntas de los enviados, si era el Mesías, si era Elías, si era el Profeta, hacen referencia a la esperanza de Israel. Es difícil precisar qué diferencia encontraban entre el Mesías, el nuevo Elías que tenía que venir y el Profeta, esto es, el nuevo Moisés. En el transcurrir de los siglos pasados, la promesa del don definitivo de Dios, se había ido dibujando con diversos anticipos, que se habían ido entrecruzando. Los Apóstoles descubrirían que todas las promesas, todas las imágenes y anticipos del pasado, encontraban cumplimiento en Jesús. Eran como los diversos hilos de oro de un único y gran cordón. Y aunaron en el título «Mesías», «Cristo», el cumplimiento de todas las promesas. Las tres preguntas hacen referencia, en esencia, a lo mismo: preguntan a Juan es si él es el esperado, si él es la esperanza de Israel.
Los judíos esperaban. Los evangelios nos muestran un clima de espera. Si era mayor o menor, si afectaba a los más o a los menos, no lo sé; pero había un clima de espera del Mesías. Los del Sanedrín también esperan. ¡Esperan los que no tienen la actitud necesaria para llegar a creer! Esto es lo llamativo. Mandan enviados mientras ellos permanecen en Jerusalén, dispuestos a no moverse un ápice. Todo lo contrario que los Magos que llegaron siguiendo la estrella para adorar. El Sanedrín quiere saber, pero su curiosidad no es la del sabio que rastrea con veneración los caminos de Dios, no la de aquellos que buscan el rostro de Dios para adorarlo y cumplir sus planes; o la de aquellos que esperan la salvación, que necesitan la luz en medio de las sombras. El Sanedrín conocía las Escrituras y esperaba, para no moverse, para no convertirse, para no creer. ¡Un misterio de iniquidad!
Yo pensaba en nosotros, en una actitud que se percibe en los cristianos de hoy: creer sin esperar. ¡Y no sé qué es peor! ¿Dudamos de la presencia de Cristo? Diría que no. ¿Dudamos de que sea el Hijo de Dios que se ha hecho hombre? Diría que no. Pero, ¿esperamos ser salvados como Pueblo y personalmente? Eso sí lo pongo en duda. Y observo que nuestra falta de esperanza en la salvación que nos trae Jesús es proporcional a nuestra mundanidad, algo más profundo que el gusto por los placeres. La mundanidad es esa forma de posicionarnos en el mundo que hemos aprendido del diablo, que echa raíces en nuestra inteligencia y en nuestra voluntad para hacernos creer que somos el criterio de todas las cosas, también del Mesías que viene y de la salvación que trae. Es una forma de fe que excluye la conversión, que excluye el riesgo de salir para suplicar y obedecer. Sin la conversión la fe no es fe, y no tiene esperanza ni alegría. Sin la conversión que anuncia el Bautista no alcanzamos el Evangelio, Cristo no nos alcanza.
Creemos que Jesús ha venido. Creemos que está entre nosotros. Creemos que vendrá. Convirtámonos para esperarlo y que nazca en nosotros la alegría.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
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Homilía para los de casa
Congregación del Oratorio de san Felipe Neri
Domingo III de Adviento, 2020
Congregación del Oratorio de san Felipe Neri
Domingo III de Adviento, 2020
VICTORIA DE CRISTO, PECADO, PERDÓN, PURGATORIO E INDULGENCIAS
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Formación
1º. El nuevo decreto del Vaticano, Penitenciaría apostólica, sobre las indulgencias plenarias en este tiempo de pandemia;
rescatamos este documento que escribimos en el 2005 por estas fechas.
2º. Una explicación que escribimos en el año 2005 sobre la doctrina del pecado, del purgatorio y de las indulgencias.
Aquí os podéis descargar ambos documentos:
VICTORIA DE CRISTO, PECADO, PERDÓN, PURGATORIO E INDULGENCIAS
SUMARIO:
I. La victoria de Cristo sobre el pecado y sobre el mal. La doctrina sobre el pecado.
II. La doctrina sobre el purgatorio
III. La doctrina sobre las indulgencias
IV. Las indulgencias plenarias que la Iglesia concede los días que van del 1 al 8 de noviembre
UN SOLO SEÑOR DEL MUNDO Y DE LA HISTORIA, CREADOR Y REDENTOR
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- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: Domingo XXIX
XXIX Dom. TO A – 18, X, 2020
¿De quién es esta imagen?
La primera lectura «nos dice que Dios es uno, es único; no hay otros dioses fuera del Señor; incluso el poderoso Ciro, emperador de los persas, forma parte de un plan más grande, que sólo Dios conoce y lleva adelante» (Benedicto XVI).
A veces, cuando surgen enfermedades que nos diezman y nos atemorizan o vemos el camino que toman los acontecimientos políticos, pensamos que el mundo va de acá para allá, llevado por el capricho de la naturaleza o por la injusticia de los que llegan al poder. Y concluimos que la historia no tiene un rumbo preciso, una meta, un sentido inteligible. Algunos cristianos viven todo esto pensando que la fe puede dar un sentido subjetivo a lo que en sí mismo no tiene sentido. Es decir, que él podrá salvarse, porque todo esto acabará, que la historia es un mal sueño y que podremos estar con Dios y olvidar esta tierra y lo que vivimos aquí. Pero eso no es así, la Biblia nos enseña otra cosa: que lo que Dios ha creado tiene un valor y que este mundo y este hombre no se le escapan de la mano. Que no se le escapa de la mano ningún hombre concreto, humilde o poderoso, ni tampoco la humanidad en su conjunto. La Biblia nos enseña que la historia tiene un rumbo y una meta, que tiene un sentido maravilloso, aunque sea conocido solo por Dios.
Muchas veces hemos hablado de lo importante que fue la deportación a Babilonia para el progreso espiritual del pueblo judío, para el camino por el que Dios preparaba la venida del Mesías. Dios purificó la religiosidad de su pueblo e hizo progresar su fe en un conocimiento más certero de Dios. Pero, ¿cómo ejecutó Dios su plan? Por mano de Nabucodonosor, el rey de Babilonia, que desconocía al Dios verdadero y sus planes. De la misma forma, cuando Dios quiso devolverles la libertad para que regresasen a Jerusalén, lo hizo no por mano de un judío devoto, sino por mano de otro hombre que no conocía a Dios ni sus planes, Ciro, el rey de los persas, que acabó con el imperio babilónico y concedió la libertad a los judíos.
Con Isaías Dios se dirige a Ciro para decirle a este pagano: «Yo te he tomado de la mano… te llamé por tu nombre, te di un título de honor, aunque no me conocías». Y antes ha llamado a Ciro «Ungido» de Dios. Como David, ¡como el mismo Hijo de Dios! La unción era un rito de consagración y Dios consagró al pagano para llevar a cabo su plan. En realidad no hubo tal rito, como cuando David fue ungido, o como cuando fue ungido el mismo Jesús en el Jordán. Pero Ciro es ungido porque no hay poder ni sabiduría que esté por encima de Dios, y es él quien conduce el universo entero y la historia por caminos desconocidos.
¡Eso nos da esperanza! Se nos escapa lo que pasará en el futuro, pero no a Dios. No sabremos el significado y el sentido de ciertas cosas, pero Dios lo sabe. Dios sabe y Dios reina. Así, no esperamos simplemente que todo pase y llegue el cielo. El cielo no será un olvidar la creación y la historia. El cielo no dejará atrás el amor, sino que lo purificará y lo llevará a plenitud; no dejará atrás los sufrimientos, sino que les hará justicia; ni olvidará los sacrificios sino que les dará recompensa; ni disolverá los lazos del amor que creamos en este mundo con los amigos, el esposo o la esposa, etc… No dejará atrás el amor con el que amamos o con el que fuimos amados. No dejará atrás el amor de Cristo por la samaritana, o los cuidados de María por su hijo niño, o el santo temor de San José al conocer que María estaba encinta. No se dejará de hacer justicia al dolor con el que María recogía en su alma cada gota de la sangre de su Hijo que caía por tierra; ni a la fe y la humildad de la cananea que se acercaba al Señor del mudo para recoger las migajas de la gracia traída al Pueblo de la Elección. No dejará atrás el amor de los santos, ni el amor de hombre alguno. Porque el Creador es el mismo que el Redentor y es el mismo que es Señor del Universo y de la Historia, el mismo que nos dará el Cielo.
Con Isaías Dios se dirige a Ciro para decirle a este pagano: «Yo te he tomado de la mano… te llamé por tu nombre, te di un título de honor, aunque no me conocías». Y antes ha llamado a Ciro «Ungido» de Dios. Como David, ¡como el mismo Hijo de Dios! La unción era un rito de consagración y Dios consagró al pagano para llevar a cabo su plan. En realidad no hubo tal rito, como cuando David fue ungido, o como cuando fue ungido el mismo Jesús en el Jordán. Pero Ciro es ungido porque no hay poder ni sabiduría que esté por encima de Dios, y es él quien conduce el universo entero y la historia por caminos desconocidos.
¡Eso nos da esperanza! Se nos escapa lo que pasará en el futuro, pero no a Dios. No sabremos el significado y el sentido de ciertas cosas, pero Dios lo sabe. Dios sabe y Dios reina. Así, no esperamos simplemente que todo pase y llegue el cielo. El cielo no será un olvidar la creación y la historia. El cielo no dejará atrás el amor, sino que lo purificará y lo llevará a plenitud; no dejará atrás los sufrimientos, sino que les hará justicia; ni olvidará los sacrificios sino que les dará recompensa; ni disolverá los lazos del amor que creamos en este mundo con los amigos, el esposo o la esposa, etc… No dejará atrás el amor con el que amamos o con el que fuimos amados. No dejará atrás el amor de Cristo por la samaritana, o los cuidados de María por su hijo niño, o el santo temor de San José al conocer que María estaba encinta. No se dejará de hacer justicia al dolor con el que María recogía en su alma cada gota de la sangre de su Hijo que caía por tierra; ni a la fe y la humildad de la cananea que se acercaba al Señor del mudo para recoger las migajas de la gracia traída al Pueblo de la Elección. No dejará atrás el amor de los santos, ni el amor de hombre alguno. Porque el Creador es el mismo que el Redentor y es el mismo que es Señor del Universo y de la Historia, el mismo que nos dará el Cielo.
En el Evangelio, lo primero que hay que saber, para comprender la maldad que se cierne sobre Jesús, pero que a Dios no le impide llevar a cabo su plan, es que los herodianos y los fariseos eran dos grupos opuestos y enfrentados entre sí. A los fariseos los conocemos mejor porque aparecen muchas veces en el Evangelio, porque san Pablo era fariseo y él nos describe bien una de las notas que les caracterizaban: «celoso defensor de las tradiciones de mis padres» (Gal 1,4). Los herodianos estaban en el polo opuesto, descreídos, solo ambicionaban poder, se hacían amigos de los romanos, olvidaban la identidad judía y deseaban adoptar como propia la cultura dominante. ¡Querían ser modernos! Unos y otros no se soportaban, pero llegan a un acuerdo para poner una trampa a Jesús.
Sin creerlo, sino solo para captar su benevolencia, le dicen: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias». Y tras la adulación, la trampa: «¿Es lícito pagar impuesto al César o no?». ¿En qué consistía la trampa? Pagar impuesto al César era reconocer la autoridad de César sobre Israel, autoridad que un judío amante de las tradiciones sagradas solo podía conceder a Dios y al rey ungido por Dios. No pagar el impuesto significaba enfrentarse a Roma, que no era poca cosa. Si Jesús decía «pagad», los fariseos podían acusarlo de idolatría, de reconocer un «señor» fuera del Dios de Israel. Si decía «no paguéis», los herodianos podían acusarlo de encabezar un levantamiento contra Roma.
Jesús responde a fariseos y herodianos, primero, dando muestras de que realmente era sincero, de que no le importa la apariencia, de que conoce el interior y de que no depende de nadie: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis?», ¿por qué me tendéis una trampa? En segundo lugar, Jesús encara la respuesta demandada: «El tributo al César se debe pagar porque, la imagen de la moneda es suya; pero el hombre, todo hombre, lleva en sí mismo otra imagen, la de Dios, y por tanto, a él y solo a él, cada uno debe su existencia» (Benedicto XVI). Muchos Padres de la Iglesia toman el camino de esta interpretación, desde el s. II, y también san Agustín.
Esto tiene un significado político básico: que la Iglesia reconoce la autonomía del poder político respecto al religioso. Hay una distinción entre el ámbito político y el religioso. Y tiene otro significado religioso, también básico: si el hombre es la moneda de Dios, donde Dios ha acuñado su imagen, el hombre le debe a Dios el amor, la adoración, que es lo que implica esta imagen, la imagen del Hijo que ama y obedece a su Padre, porque la imagen de Dios en nosotros es la Imagen de su Hijo, que ama y obedece a su Padre.
Sin creerlo, sino solo para captar su benevolencia, le dicen: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias». Y tras la adulación, la trampa: «¿Es lícito pagar impuesto al César o no?». ¿En qué consistía la trampa? Pagar impuesto al César era reconocer la autoridad de César sobre Israel, autoridad que un judío amante de las tradiciones sagradas solo podía conceder a Dios y al rey ungido por Dios. No pagar el impuesto significaba enfrentarse a Roma, que no era poca cosa. Si Jesús decía «pagad», los fariseos podían acusarlo de idolatría, de reconocer un «señor» fuera del Dios de Israel. Si decía «no paguéis», los herodianos podían acusarlo de encabezar un levantamiento contra Roma.
Jesús responde a fariseos y herodianos, primero, dando muestras de que realmente era sincero, de que no le importa la apariencia, de que conoce el interior y de que no depende de nadie: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis?», ¿por qué me tendéis una trampa? En segundo lugar, Jesús encara la respuesta demandada: «El tributo al César se debe pagar porque, la imagen de la moneda es suya; pero el hombre, todo hombre, lleva en sí mismo otra imagen, la de Dios, y por tanto, a él y solo a él, cada uno debe su existencia» (Benedicto XVI). Muchos Padres de la Iglesia toman el camino de esta interpretación, desde el s. II, y también san Agustín.
Esto tiene un significado político básico: que la Iglesia reconoce la autonomía del poder político respecto al religioso. Hay una distinción entre el ámbito político y el religioso. Y tiene otro significado religioso, también básico: si el hombre es la moneda de Dios, donde Dios ha acuñado su imagen, el hombre le debe a Dios el amor, la adoración, que es lo que implica esta imagen, la imagen del Hijo que ama y obedece a su Padre, porque la imagen de Dios en nosotros es la Imagen de su Hijo, que ama y obedece a su Padre.
Sin embargo, a la luz de la primera lectura, podríamos preguntar: ¿César, el poder político, es independiente de Dios? La respuesta es «no». César, —y cualquier poderoso de turno—, no tiene el poder que cree tener. Recordad el diálogo entre Jesús y Pilato: «No me respondes a mí, que tengo poder para…”; “No tendrías ningún poder si no se te hubiera dado de lo alto» (Jn 19,10-11)—. Así que, a lo largo de la historia, los cristianos hemos aceptado la autonomía del poder político —ya san Pedro enseñó a rezar por los gobernantes–, pero por encima de todo poder político está Dios. Como hemos dicho, esto nos sirve para no desanimarnos cuando vemos el camino que estos hombres hacen tomar a una nación, por ejemplo. Pero, también nos da un criterio para decir «no» a los gobernantes cuando sus mandatos, normas o leyes se oponen a la ley de Dios.
Ahora, importante: el primer acto con el que nosotros decimos nuestro «no» a la idolatría del poder mundano, el primer acto con el que les que mostramos su límite, es el empeño que ponemos en pagar a nuestro verdadero Señor, entregándonos del todo a él, con todo lo que somos y tenemos, obedeciendo en lo pequeño y en lo grande sus mandatos y adorándolo con nuestras vidas. La primera forma de poner límite al poder político por parte de los cristianos no es hacer política —aunque haya cristianos que deban hacer política, y gobernar y reinar—, la primera forma de poner límite al poder político es ser religioso, cumplir concienzudamente nuestros deberes: rezar a nuestras horas, ejercitar la caridad, celebrar con piedad los sacramentos, ayudar a la Iglesia en sus necesidades, socorrer a los pobres…. Luego, si el poder nos exige obrar contra la voluntad de Dios, antes que satisfacer a los poderosos preferiremos ser señalados como hombres de otra época, soportar una pobreza impuesta injustamente o la cárcel, o afrontar la misma muerte.
Ahora, importante: el primer acto con el que nosotros decimos nuestro «no» a la idolatría del poder mundano, el primer acto con el que les que mostramos su límite, es el empeño que ponemos en pagar a nuestro verdadero Señor, entregándonos del todo a él, con todo lo que somos y tenemos, obedeciendo en lo pequeño y en lo grande sus mandatos y adorándolo con nuestras vidas. La primera forma de poner límite al poder político por parte de los cristianos no es hacer política —aunque haya cristianos que deban hacer política, y gobernar y reinar—, la primera forma de poner límite al poder político es ser religioso, cumplir concienzudamente nuestros deberes: rezar a nuestras horas, ejercitar la caridad, celebrar con piedad los sacramentos, ayudar a la Iglesia en sus necesidades, socorrer a los pobres…. Luego, si el poder nos exige obrar contra la voluntad de Dios, antes que satisfacer a los poderosos preferiremos ser señalados como hombres de otra época, soportar una pobreza impuesta injustamente o la cárcel, o afrontar la misma muerte.
Pidamos a Dios, primero, confiar en él y en su Señorío sobre todo. Pidamos, luego, ser capaces de entregarnos a él, ya que él ha querido dibujar en nosotros la imagen de su Hijo, que nos ha marcado además con la cruz, la marca de su amor por nosotros. Y pidamos, en tercer lugar, el coraje para resistir, si se producen, los ataques de los que creen tener el poder.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
Homilía para los de casa,18 de octubre de 2020
El banquete de bodas. Llamada y elección
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- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: Domingo XXVIII
XXVIII Dom. TO A – 11, X, 2020
Homilía para los de casa
El contexto es el mismo que el de los domingos anteriores. Jesús está en Jerusalén, afronta el final de su ministerio público y dirige a los príncipes de los sacerdotes y a los ancianos una serie de parábolas que hablan del Reino de los Cielos y tienen un acentuado tono polémico, de lucha. Y es que con las parábolas Jesús no habla de terceras personas, sino de sí mismo y de la posición que toman ante Él quienes escuchan. Ahora bien, a lo largo de la historia, cada palabra suya, como cada gesto, llega viva hasta nosotros y nos concierne a nosotros: «Mis palabras no pasarán». Y eso no porque expresen verdades eternas que están más allá de las contingencias históricas. «Dos más dos son cuatro» es una verdad eterna, pero no hablamos de eso. La palabra de Cristo llega hasta nosotros porque Él Vive, porque resucitó, rescatando del tiempo cada gesto y cada palabra de su vida en carne. La primera cosa que me parece importante es que nos demos cuenta de este hecho: Cristo entra en polémica con nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Nos habla de él y de nosotros.
Por tanto, no somos espectadores curiosos de la lucha de Cristo por romper la dinámica del juicio de las autoridades de Jerusalén. La llamada y los dones de Dios requieren una atención continua y un continuo salir de uno mismo. No estar prevenido sobre esta realidad y pensar que el sí dado una vez a Cristo, que permanecer en una cierta costumbre de vida moral y sacramental, significa ya una confirmación de nuestra vida en la gracia, de la salvación eterna, son un error peligroso. Cristo nos llama personalmente, polemiza con nosotros, quiere romper la tendencia tranquilizante de nuestras rutinas.
La parábola habla de un rey y de su hijo. En Israel la imagen del rey representa a Dios, el verdadero Rey de Israel. El “hijo del rey” representa a quien les habla. Ya en la parábola anterior Jesús se había presentado veladamente como el hijo del dueño de la viña. Ahora es el protagonista de las bodas reales y de su banquete. Los festejos de las bodas solían durar varios días, pero todo culminaba en el banquete. Para nosotros, el banquete es lo que viene después de la boda, pero en el mundo judío la boda culminaba justamente en el banquete.
«Bodas» y «banquete» aúnan dos líneas proféticas del Antiguo Testamento: los desposorios de Dios con su pueblo y el banquete escatológico. En el desposorio la esposa deja la vida donde ha nacido y entra en la intimidad amorosa y en el ámbito vital del esposo. «Olvida tu pueblo y la casa paterna», dice el salmista a la esposa. El Antiguo Testamento ya presenta a Dios que desposa a su pueblo. La imagen del banquete, preparado por Dios para el hombre, universal y definitivo, confluye, como la imagen de las bodas, en la comunión de vida con Dios. Es la Sabiduría la que prepara un banquete que se caracteriza por adentrarse en el conocimiento de Dios. En el libro de los Proverbios (9,1-5) la Sabiduría da de su pan y de su vino: «Venid, comed de mi pan y bebed el vino que he mezclado para vosotros». Es un banquete de comunión que hace superar la insensatez, la ignorancia de Dios, que introduce a la amada en la intimidad del Esposo, para saciarla de conocimiento. También en el libro del Eclesiástico la Sabiduría ofrece sus frutos, que no se agotan, que sacian, pero que no matan el hambre: «Acercaos a mí los que me deseáis, y os saciareis de mis frutos […]. Los que me comen siguen teniendo hambre, y los que me beben siguen teniendo sed» (Si 24,19-21). En la lectura de Isaías que hemos escuchado, con el banquete preparado por el mismo Dios, el convidado deja atrás la muerte vencida («aniquilará la muerte para siempre»), entra en la vida plena de la riqueza divina y se goza con Dios: «Aquí está nuestro Dios».
Pero, ante el gozo que expresa Isaías: «Aquí está nuestro Dios […] Celebremos y gocemos con su salvación», Jesús denuncia el desdén y el desprecio de los invitados, que se subraya de varias maneras. Se dice que el rey envía sus siervos a avisar a los invitados, literalmente en griego «llamar a los llamados». La invitación a las bodas ya había sido cursada con tiempo, ahora solo se da el aviso de que todo está listo, no es un aviso repentino. Eso hace más grave el desprecio de los convidados. Además el rey insiste, cosa realmente impensable. Hay un desprecio contumaz. Algunos invitados no solo desprecian la invitación dedicándose a sus cosas, sino que maltratan y matan a los siervos enviados.
El rey de la parábola acabó con los homicidas y prendió fuego a la ciudad. Muchos estudiosos dicen que es una referencia directa a la destrucción de Jerusalén. En todo caso, habla de la imposibilidad de volver atrás en ciertas decisiones. Hay un «no» a Dios del que uno ya no puede volver atrás. Nosotros recibimos una invitación urgente: «Tengo preparado ya mi banquete, se ha hecho la matanza de mis terneros y mis reses cebadas, y todo está a punto; venid a las bodas», pero siempre podemos permanecer vueltos sobre nosotros mismos y nuestros importantes asuntos; más aún, siempre podemos dar un «no» definitivo. Estas dos posibilidades ya deberían hacernos volvernos a Dios.
La parábola tiene una segunda parte que consiste en un nuevo envío de siervos para llenar la sala del banquete, que solo se puede entender —me parece a mí— como un anuncio del nuevo Israel, que ahora se hace universal, la Iglesia universal. Hombres que no habían recibido las promesas son ahora invitados sin preparación alguna anterior. Y la sala se llena de invitados, buenos y malos. Toda esta parte de la parábola está marcada por el hecho de que el rey visita a los convidados ya reunidos para el banquete y observa a uno que no tiene vestido de bodas. Eso significa que los demás sí lo tenían. Y aquí la parábola se abre a un gran número de interpretaciones: todos los que entran en la Iglesia por el bautismo reciben la gracia santificante, pero ella requiere la respuesta personal y libre; o bien, todos entran por la fe y el bautismo, pero se requiere además la caridad, el doble mandamiento del amor. Sea como fuere, lo decisivo es entender que se puede estar aquí ante Dios, día tras día, y al fin, ser arrojado a las tinieblas. Seguro que, por lo dicho por Jesús en otros pasajes, el amor tiene mucho que ver con esto. Es, por cierto, la interpretación que hace del traje de bodas Gregorio Magno: el vestido de bodas es la custodia de la gracia de la caridad, sin la cual no es posible adentrarse en la amistad de Dios.
El primer movimiento de la caridad viene de Dios, que nos ha llamado, no una, sino muchas veces a gracias cada vez más altas, a una intimidad con él cada vez mayor («De su plenitud hemos recibido gracia sobre gracia» Jn 1,16). Cada llamada requiere una respuesta, con la que se avanza en esta intimidad. El último movimiento de la caridad es también el de Dios, la elección, que es literalmente, según el griego, un «nueva llamada», una llamada definitiva.
¿Qué se requiere para la primera llamada? Que se dibuje en nosotros la posibilidad del adentrarnos en la gracia del amor. Esa posibilidad la tenemos por la misma creación, por haber recibido la imagen de Dios, la del primer Adán. Por eso «muchos», «todos» son llamados. Pero, ¿qué se requiere para la segunda llamada? Que nos hayamos adentrado en el diálogo del amor cristiano, la comunión con Cristo, que en nosotros viva la imagen de Cristo crucificado por amor, el segundo Adán. La última llamada requiere un amor que pueda ser «elegido», que Dios pueda amar, en el que Dios pueda gozarse, en el que reconozca no solo a la criatura, sino al Hijo. La última llamada, la elección, requiere la caridad de Cristo, el amor de la cruz. Se entiende así que «muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».
La medida de este amor que posibilita la «elección» de la criatura, esta llamada definitiva, me hace recordar las palabras del salmo que tantas veces se ha aplicado a santa María Virgen: «Escucha hija, mira, inclina el oído, olvida tu pueblo y la casa paterna, ¡el Rey se ha prendado de tu belleza!» (Sal 54,11-12). No podemos engañarnos, no podemos aspirar a la vida divina sin crecer en este amor que nos hace partícipes de la belleza de Jesús y de María. Cristo entra en polémica con nosotros, en lucha con nuestra resistencia, para que avancemos en la comunión de su amor y podamos ser objeto de la elección definitiva.
Alabado sea Jesucristo.
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía para los de casa
Oratorio de san Felipe Neri
Domingo 11 de octubre de 2020
Oratorio de san Felipe Neri
Domingo 11 de octubre de 2020