Catecismo de la Iglesia Católica: La oración núm. 2568 - 2597
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- Escrito por P. Armando Solís
- Categoría: Ejercicios de los Sábados
En el marco de los Ejercicios del Oratorio el 15 de octubre de 2022, el Padre Armando Solís realizó un sermón con el fin ayudarnos para que podamos concretar la enseñanza del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la oración y la apliquemos a nuestra vida.
| Ejercicio de los Sábados | |
Conversión a la Iglesia Católica de san John Henry Newman. Conciencia, fe y desarrollo de la doctrina cristiana.
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- Escrito por OSFN
- Categoría: San John Henry Newman
En el marco de los Ejercicios del Oratorio, el 08 de octubre de 2022, víspera de la memoria de san John Henry Newman, el p. Enrique Santayana expuso el itinerario intelectual, espiritual y moral que llevó a Newman a abandonar la Iglesia Anglicana y a pedir el bautismo en la Iglesia Católica. La charla tuvo por título: "Conciencia, fe y desarrollo de la doctrina cristiana. Pensamiento y vida de S. John H. Newman".
| Ejercicio de los Sábados | ||
Lectura espiritual de la Sagrada Escritura
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Otros Ejercicios
«De la misma facultad necesitan tanto los que profetizan, como los que escucha a los profetas; ya que nadie puedo oír a un profeta si el Espíritu mismo que profetizó no le diera la inteligencia de sus propias palabras».
Por otro lado, es la lectura de un discípulo de Cristo, y un discípulo no quiere sino conocer más a su Señor y obedecerle. Según Benedicto XVI,
«una lectura espiritual de la Escritura es una lectura que la considera realmente como inspirada y procedente del Espíritu Santo, de modo que ella nos puede “instruir para la salvación”. Se lee la Escritura correctamente poniéndose en diálogo con el Espíritu Santo, para sacar de ella luz “para enseñar, convencer, corregir y educar en la justicia (2Tim 3,6). “Así el hombre de Dios se encuentra perfecto, preparado para toda obra buena”».
P. Enrique Santayana C.O.
La celebración "ad orientem" en el rito romano actual
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- Escrito por Alberto Velasco Esteban
- Categoría: Liturgia
Celebrar sin ver al pueblo no es algo exclusivo de la forma extraordinaria. También en la ordinaria es permitido. Esto es una cosa común en muchos lugares. Todos los papas han celebrado así. En la Instrucción General del Misal Romano (IGMR) se contempla que los altares no deben de colocarse pegados a la pared, para dar la oportunidad de celebrar de cualquier lado de éste. Cada una de estas dos posibilidades tiene su simbolismo. Ver hacia el pueblo da la sensación de que se comparte la mesa. Ver hacia el oriente litúrgico, en cambio, simboliza que todo el pueblo, con el sacerdote que es Cristo, miran hacia el Padre y se dirigen juntos a él.
Como es menos común que se celebre “versus Deum”, explicaremos el modo en que tiene que hacerse en la forma ordinaria del rito romano.
- El misal siempre se coloca a la izquierda del celebrante, y el acólito le ayuda por la derecha. Por ello, antes de la misa debe de colocarse la credencia del lado derecho del altar. De igual forma, las velas y la cruz, en caso de que se coloquen sobre el altar, deben de cambiarse de lado.
- El sacerdote se dirige al altar al inicio de la Misa. Al llegar, lo venera con un beso por el lado que ha de celebrar.
- Si se emplea incienso y el altar está pegado a la pared, lo inciensa iniciando por el lado derecho, volviendo al centro, después incensando el lado izquierdo y, finalmente, volviendo al centro. Si asiste un diácono, no lo acompaña al incensar. En caso de que el altar esté despegado de la pared, inciensa rodeándolo, como de costumbre, y acompañado del diácono. (IGMR n. 277)
- El celebrante preside los Ritos Iniciales desde sede, viendo al pueblo. La Liturgia de la Palabra es en el ambón, viendo al pueblo. Igualmente, el celebrante hace la homilía viendo al pueblo.
- Al inicio de la liturgia eucarística el celebrante se dirige al altar. Presenta los dones versus Deum.
- Si se emplea incienso, el celebrante inciensa los dones y la cruz (si está al centro del altar). Después, si el altar está pegado a la pared, como al inicio inciensa el lado derecho; vuelve al centro; después inciensa el lado izquierdo y vuelve al centro, en donde es incensado. En caso de que el altar no esté pegado a la pared, lo inciensa rodeándolo, como de costumbre. (IGMR n. 277)
- Para decir “Oren hermanos…” se voltea hacia el pueblo, y acabado la respuesta, vuelve a la posición ad orientem, en donde sigue la ;isa, sin voltearse para decir “el señor esté con ustedes” al inicio del prefacio. (IGMR n. 147)
- En la Consagración el celebrante no se voltea. Pero debe elevar el Cuerpo de Cristo y el cáliz con la y la Sangre de Cristo por encima de su cabeza, para que lo pueda ver el pueblo.
- Continúa celebrando versus Deum hasta el rito de la paz, en donde se vuelve para decir “La paz del señor esté con ustedes”. (IGMR n. 154)
- Tras ello, vuelve a la posición versus Deum y, después del Cordero de Dios, se vuelve al pueblo para mostrar el Cuerpo de Cristo partido mientras dice “Este es el Cordero de Dios…” (IGMR n. 157)
- El celebrante comulga sobre el altar, y después da la comunión como de costumbre.
- La oración después de la comunión y los ritos conclusivos los hace en la sede, viendo hacia el pueblo.
En el siguiente video se explica todo esto:
Este artículo ha sido copiado en esta página de la siguiente web: Liturgia papal - La celebración "ad orientem"
LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Festivos y solemnidades
29/ V /2022
«Y mientras los bendecía, se separó de ellos,
y fue llevado hacia el cielo»
Los Apóstoles dieron testimonio de que Jesús, después de resucitar de entre los muertos, estuvo durante cuarenta días mostrándose a ellos, comiendo con ellos, enseñándoles algunas cosas y dándoles algunas instrucciones que antes de la resurrección no hubieran podido comprender, y, sobre todo, dándoles muestras de que realmente había vencido a la muerte, no por un tiempo, sino para siempre. No para prolongar sin fin esta vida de la tierra, sino para alcanzar la vida verdadera, la vida de Dios.
La fiesta de la Ascensión del Señor subraya esta realidad de la victoria de Cristo y de lo que esperamos para nosotros mismos: la vida de Dios. Una vida distinta a esta que vivimos. Repito la afirmación fundamental del evangelio de hoy: «Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo». Ascender al cielo no significa solo subir, o subir mucho, sino adentrarse en una vida distinta, la vida de Dios.
Alguno pensará: «bueno, después de la Ascensión, el Hijo de Dios está junto al Padre como estaba antes de venir del cielo». Pero no es así. Es verdad que el mismo que vuelve ahora al Padre es el que vino de Él, pero no vuelve de la misma forma. Hay algo muy distinto, que nos afecta a nosotros. El Hijo se hizo hombre de verdad y, al ascender a los cielos, sube como el hombre verdadero que es. Ahora en la Trinidad hay un hombre verdadero, que ha nacido de mujer como nosotros, que ha sido tentado como nosotros y ha vencido toda tentación, que ha muerto, como nosotros moriremos. Con esto queda claro más o menos en qué consiste el acontecimiento de la Ascensión del Señor. De este hecho se siguen algunas cosas. Vemos tres de ellas.
La primera. Aquel que nos amó hasta entregar su vida por nosotros vive con la humanidad en la que nos amó. Y toda su vida humana, todas sus palabras, todo lo que hizo, su sacrificio voluntario en la cruz, vive en aquella vida de Dios en la que no hay sucesión de tiempo, en la que las cosas no quedan atrás, en la que todo es presente. Si nosotros podemos celebrar la Eucaristía y si en ella se actualiza el sacrificio de Cristo en la cruz es porque el acto de entregarse en la cruz por nosotros, es presente y vivo en Dios. Cada palabra salida de su boca, cada gesto suyo, como cada rasgo de su humanidad, vive en la vida de Dios. Podemos decir con toda la fuerza del mundo que en la cruz, al entregarse por nosotros, él nos amó. Y podemos decir, con la misma fuerza, que ahora y en cada instante ese acto de amor está vivo en la eternidad de Dios, que Jesús sigue amándome en este instante, con ese acto único de su entrega humana. La primera consecuencia de que la humanidad de Cristo haya entrado en la vida de Dios es que todo lo que hizo por nosotros es presente ahora. Somos amados humanamente por el Hijo de Dios ahora, con sus obras humanas.
La segunda. De la Ascensión de Jesús a los cielos se sigue también el contenido de la esperanza cristiana. Nosotros no esperamos solo alcanzar una vida después de la muerte. Los griegos ya sabían que el alma humana es inmortal. Pero nosotros no esperamos una vida cualquiera después de la muerte. Decía Newman que cualquier perspectiva de una vida inmortal que no significase la vida con Jesucristo, no sería sino una condena. Nosotros viviremos con Cristo. Unidos a Jesús en esta tierra por la fe y los sacramentos, le alcanzamos a él y la vida que él tiene, y nada de nuestra vida se perderá: ningún trabajo, ningún esfuerzo, ningún amor verdadero se perderá y viviremos la vida de Dios. ¡Hombres que viven la vida de Dios! Nuestro paraíso es Dios mismo y su vida, esto es, su amor trinitario, sin destruir nuestra humanidad, sin dejar atrás nuestro verdadero yo purificado, ni nuestras obras buenas, ni nuestro amor, cuando sea verdadero. En la vida de Dios que compartiremos con Cristo, se salvará todo lo bueno de nuestra vida humana, como se salva toda la vida humana de Cristo. De hecho, nosotros nos salvamos porque somos lo que Cristo ha amado en esta tierra y nada de lo suyo se pierde.
El contenido de esta esperanza es realmente maravilloso. Está tan lejos de lo que podríamos esperar si Dios hubiese dejado nuestro futuro en nuestras solas manos, si él no nos hubiese tomado en las suyas, que se necesita de su sabiduría para poder penetrar en lo que realmente ha preparado para nosotros. Por eso hemos oído de san Pablo: «Que Dios os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo».
Vamos a la tercera consecuencia de la Ascensión del Señor. Saber cuál es nuestro verdadero destino, grande y glorioso, significa también poner rumbo a él. El Evangelio según san Lucas no solo dice que Jesús «subió», sino que «se separó». Hay una verdadera distinción y separación entre la vida en esta tierra y la vida en Dios, en el seno de la Trinidad. Nosotros podemos y debemos aprender la vida de Dios para alcanzarla. La vida de la Trinidad no es otra que la del amor que nos ha traído Cristo. Con ese amor suyo nos ha vinculado a él y ha dado origen en nuestra alma a la fe, a la esperanza y a la caridad, virtudes con las que también nosotros nos vinculamos a él. Estas virtudes nos dirigen hacia él y elevan nuestro ser hasta superar la distancia que ahora nos separa. Y al final, la entrega amorosa de nuestra vida a él, definitiva en la hora de la muerte, supondrá el paso de esta vida a la suya, la superación de toda distancia. Pero para esa entrega es necesario entrenar nuestra inteligencia y nuestra voluntad en la escucha de su palabra y en la imitación y seguimiento de su vida, en las cosas pequeñas y en las grandes, un día y otro: amando lo que él amó, rechazando lo que él rechazó, esperando lo que él esperó. Empecemos ya, Cristo nos espera.
Alabado sea Jesucristo.
Siempre sea Alabado.
P. Enrique Santayana C.O.
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