Funeral por los alcalaínos difuntos durante la pandemia, 27 de mayo, 2022
«Ha resucitado»
La providencia ha querido que este funeral por todos los alcalaínos y familiares y amigos que han muerto durante la pandemia lo celebremos en el tiempo de Pascua; y en Pascua una afirmación se impone por encima de todas, una afirmación que se va abriendo camino poco a poco en medio del dolor del viernes santo y de la oscuridad de aquella noche, en medio del silencio del sábado, hasta llegar el alba del día siguiente. Los evangelios nos cuentan cómo las mujeres vieron el sepulcro vacío y cómo con esta noticia, Juan y Pedro corrieron al sepulcro, cómo lo vieron tal como lo habían dicho las mujeres, cómo en el corazón de Juan despuntó la certeza: «vio y creyó», dice el Evangelio. Acabamos de escuchar lo que nos cuenta san Lucas: que un ángel se apareció a las mujeres, allí mismo, en el sepulcro vacío. Y allí se oyó esta afirmación que luego se impondría por encima de toda oscuridad, de todo pecado y de todo dolor y que llenaría todo el mundo: «Ha resucitado».
Ha resucitado quien había soportado el peso de todos los pecados, el que había sido triturado por todos los crímenes, el que había sido desfigurado por todos los horrores cometidos desde la creación del mundo hasta el fin de los tiempos. El que había hecho suyos todos los miedos y todas las angustias y toda la soledad y toda la asfixia de la muerte. El que había hecho suyo y había participado por adelantado de todo el horror que han sufrido los que han muerto en esta pandemia. Jesús se sumergió en la oscuridad de la muerte, donde el sol calla, y destruyó la muerte con la fuerza de un amor vencedor, el amor del Dios-Hombre.
Y se descubrió entonces, para los ojos de la fe, lo que Jesús había creado en la cruz: un mundo nuevo. De eso nos habla el Apocalipsis: «Yo, Juan» —habla Juan, el que ama y cree— «vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe», el mar que simboliza la tenebrosa muerte que el hombre no puede dominar y donde naufraga; esa muerte no existe en la nueva creación. «Y vi la ciudad santa»: habla de ciudad, porque la nueva creación es una vida común, una comunión de hombres con Dios. «La nueva Jerusalén descendía del Cielo, de parte de Dios, preparada como una esposa que se adorna para su esposo», porque esta nueva creación consuma la unión amorosa del hombre y Dios, como un desposorio. Dice: «ellos serán su pueblo y “Dios con ellos” —es decir, el Dios que ha asumido al hombre y todo su pecado y todo su dolor— será su Dios». Y a continuación ve, porque es una visión del cielo, lo que rezamos en el credo: que Dios juzgará y hará justicia. Y aquí aparece el primer sentido de la justicia: Dios que juzga y hace justicia al hombre que ha padecido: «Y enjugará toda lágrima de sus ojos». Sí, Dios hará justicia a todos los que han sufrido. Y esa justicia será eterna: «Ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor». Y Juan escucha en la visión: «Mira», —como: «abre los ojos y date cuenta para que puedas decirlo a los que aún sufren en la tierra»—«Mira, hago nuevas todas las cosas».
Esta es la nueva creación que Dios ha creado con la sangre de Cristo para nosotros, para los amigos, los padres, los esposos, las esposas… que hemos perdido. En la ciudad santa, en la nueva Jerusalén los encontraremos, si somos dignos de ella, en la comunión del Dios Trino y Uno.
Es cierto, y digo esto como un inciso necesario, que llegar allí no es una cosa automática, que el hombre que rechaza el amor de Dios hasta el final no podrá gozar de él. Newman decía que sencillamente el cielo sería un infierno para el corazón que no ha aprendido a amar a Dios. Porque el cielo es Dios, allí todo es él. ¿Qué haría allí el que no lo ama? Todo lo que tendremos allí, también la comunión con los santos, con la Virgen y con todos los que nos han precedido, lo tendremos en él. El cielo es Dios, Uno y Trino. Los que rechazan a Dios de forma pertinaz hasta el final tendrán lo que han elegido: la soledad eterna, más fría que la misma muerte.
Antes he hecho alusión a cómo Cristo hizo suyo nuestro pecado y participó de todo el dolor, la angustia, la oscuridad… que pasamos los hombres. Todo lo que vuestros familiares han pasado, todo lo hizo suyo Cristo por anticipado y todo lo sufrió con ellos, más cerca de ellos de lo que podemos imaginar. Pero igual que hay una participación y comunión en los padecimientos, también hay una comunión y una participación en la gloria.
Cuando llegó el alba de la resurrección, la humanidad de Cristo, que se levantaba de la muerte no ya para este mundo, sino para el Padre, pudo cantar las palabras del salmo responsorial: «Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti, mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua». Estas palabras son las palabras de Cristo al levantarse de la muerte y dirigirse como hombre a su Padre: «Tú eres mi Dios», por ti vuelvo a la vida, después de haber pasado por esta tierra y por esta muerte; y mi alma tiene sed de ti, Dios mío; mi carne, toda mi humanidad, la que he tomado por amor al hombre, la carne de María Santísima, la carne de todo hombre, tiene ansia de ti. ¡Con qué ansia se dirigiría el Resucitado a su Padre! ¡Con qué ansia y con qué gozo!
Pues bien, igual que hay una comunión en los padecimientos, también hay una comunión en la gloria. Cuando cada uno de los nuestros termine su purificación en el purgatorio, si no la ha terminado ya, participará de este canto y también nosotros en su momento participaremos de él. Al cantarlo ahora, al rezarlo el domingo de la resurrección de Cristo en las laudes, al rezarlo tantos otros domingos, preparamos nuestra alma, uniéndola a Cristo que se levanta de la fosa y se dirige a su Padre, uniéndola al Cristo total, a los que unidos al Salvador del mundo, se levantan hacia Dios.
Levantemos el corazón, levantémoslo a Dios, levantémoslo con Cristo, con todos los santos que nos han precedido, con todos los nuestros que nos preceden en la Vida Eterna.
Homilía en el funeral por los alcalainos difuntos, amigos y familiares, durante la pandemia 27 de mayo, 2022 En la Iglesia del Oratorio de san Felipe Neri
«Huid de toda singularidad y deleitaos en la vida común»
Aunque todos los que estamos aquí queremos a san Felipe hemos de admitir que somos muy distintos a él. Diréis: ¡claro, él es un gran santo y a nosotros nos queda mucho! Es verdad, pero la diferencia no solo es de grado, él más santo y nosotros menos, sino que es muy posible que estemos andando caminos contrarios, sencillamente porque el principio del camino, el punto de partida, sea muy diferente. El principio que Felipe hizo suyo le llevó a la mayor santidad, el principio que posiblemente hemos hecho nuestro, nos mantendrá siempre en la mediocridad. Veamos estos dos principios.
Nuestra época exalta el «yo»: lo que yo pienso, lo que yo razono. «Atrévete a pensar por ti mismo», dijo Kant[1], trasformando sutil pero profundamente un antiguo dicho antiguo. Y se convirtió en el lema del hombre moderno. Suena muy bien y está muy bien que uno haga el esfuerzo de pensar las cosas importantes. Pero si el yo se autoproclama el centro del universo, sencillamente está pensando mal, porque no es el centro de nada, realmente no lo es, y creyendo otra cosa avanza por un callejón sin salida: lo que yo deseo, lo que yo soy capaz de hacer o no, lo que yo imagino, lo que yo siento…. Así cada uno de nosotros se ha convertido en el centro del mundo y el mundo se ha llenado de islas, nosotros somos esas islas. Así es difícil ser cristiano, así el hombre, cristiano o no, muere en vida. ¿Qué es ser cristiano? Encontrar en otro, en Cristo, la Vida y la Verdad y la dicha. Y aprender de él y obedecer su palabra y seguirlo, olvidándonos de nosotros, aunque al olvidarnos nos encontramos. Y hacer eso junto con todos los que escuchan su llamada y le siguen. ¿Qué es ser cristiano? Ser hijos, y vivir como hijos, hijos de Dios, que viven no solo de su genio, su fuerza y su decisión propia, sino que viven del Padre, haciendo la voluntad de su Padre, bajo su obediencia siempre. Nosotros decimos que somos hijos de Dios, pero se diría que, emancipados, tenemos a nuestro Padre en una residencia, que vamos a verlo un rato los domingos y le tenemos afecto, pero que en la vida práctica vivimos según nuestro propio criterio y lejos de su casa. Cada uno en la nuestra, cada uno siendo una isla. ¿Qué es ser cristiano? Haber recibido el Espíritu de Cristo, que nos conduce a la unidad, a la unidad de la caridad, la propia del Espíritu Santo, que es vínculo entre el Padre y el Hijo, el vínculo que nos une interiormente a nuestro Maestro y nos une a los cristinos en la unidad del Cristo total, en la unidad de la Iglesia.
Antes de morir escuchamos a Jesús rezar a su Padre: «Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros». Porque esta unidad es el amor que no muere, el amor de la Santa Trinidad, el amor que explica el acto creador de Dios y su obra redentora. Esta unidad en Dios Trino y Uno es el amor que, como diría Dante, «mueve el sol y las estrellas», lo que da razón de todo y el fin, el único fin, donde nuestro corazón halla dicha y gozo y alegría y vida.
En contra de nuestra tendencia a convertirnos en islas, san Felipe impuso en el Oratorio de Roma, porque lo impuso con toda la fuerza de su dulce paternidad, la repulsa a toda afirmación de lo propio sobre lo común. Decía habitualmente: «Huid de toda singularidad y deleitaos en la vida común». Esto está en sintonía con otra de las cosas que habitualmente repetía: «sed humildes, sed pequeños», porque para olvidarse de sí hace falta ser humilde y no creerse el centro del mundo, sino un pequeño ser plasmado del limo de la tierra, ocupando un pequeño punto en el universo, ocupando un pequeño intervalo de la historia. Para huir de toda singularidad y deleitarse en la vida común hace falta entender que uno es lo más bajo de la Iglesia Universal, lo más bajo del Oratorio, lo más bajo de mi casa, el más pequeño de entre todos con los que comparto el camino de la vida.
Así pues, la celebración de san Felipe nos obliga a cambiar la dirección de nuestra mirada habitual y nos llama a la primera conversión profunda: dejar de mirarnos a nosotros mismos para mirar al único necesario, a Dios, que a nosotros se nos ha dado en Cristo, que nos llama a la unidad en él. Él es el centro del Cosmos y de la Historia.
Con esto llegamos a otro punto fundamental de la vida y de la enseñanza práctica y teórica de san Felipe: su amor inmoderado por Cristo. Porque no vale de nada dejar de mirarse a uno mismo para mirar a otro que es, básicamente, igual que yo. Si salimos de nosotros mismos es porque tenemos algo realmente grande, algo realmente bello, algo realmente valioso: y ese es Jesús, el Cristo, el Ungido, el Hijo de Dios, cuyo amor dado de una vez para siempre en la cruz es siempre vivo y actual. Decía san Felipe: «Quien quiere otra cosa que no sea Cristo, no sabe lo que quiere. Quien pide otra cosa que no sea Cristo, no sabe lo que pide. Quien obra y no lo hace por Cristo, no sabe lo que hace. Todo es vanidad sino Cristo». Y san Felipe se dirigía a Jesús, trataba de seguirlo y le hablaba como si fuese un niño pequeño, como quien ama con la pureza y la sencillez del apóstol san Juan: «Jesús, sé siempre mi Jesús». Jesús, el Dios que se ha hecho hombre, nacido de Santa María, muerto y resucitado, ese es el tesoro eterno de san Felipe. El amor inmoderado a él es lo que ha hecho grande a san Felipe. Enamorado de Cristo, clamó y suplicó durante diez largos años en la soledad de la noche, en las puertas de las basílicas y de las catacumbas romanas que Dios le diese Espíritu, el Espíritu Santo que nos introduce en el corazón de Cristo más y más. Y cuando lo recibió en las vísperas de Pentecostés, en la soledad de las catacumbas de san Sebastián, se produjo en él una explosión de amor: hacia Cristo y hacia aquellos a los que Cristo ama. No hubo hombre que amase tanto a Cristo, ni tanto a los hombres que Cristo le confió en la vida.
El amor inmoderado a Cristo —me gusta esta expresión de Giovanni Papini, un literato italiano—explica la última cosa que quiero comentar de san Felipe. Su deseo de alcanzar el cielo, es decir, de abrazarse a Cristo y en él abrazar también a su Madre. San Felipe era un hombre que disfrutaba de muchas cosas de esta vida, amaba la música, se deleitaba mirando el azul del cielo, amaba la compañía de su hijos… amaba lo que Dios había creado. No era el típico amargado que encuentra motivo de tristeza en todas las cosas, sino justo lo contrario. Pero amaba tanto el cielo, deseaba tanto alcanzar definitivamente el cielo, que todo lo demás, al final, solo le era una carga. Por eso enseñaba a sus hijos a desear el mismo cielo y a correr junto con él hacia el cielo, por el ejercicio de las virtudes, especialmente de la caridad hacia todos. Enseñaba que el cristiano que no desea el cielo, que no va hasta el cielo con frecuencia con el pensamiento y con la voluntad, con el deseo, corre el riego de no llegar a él jamás. Y enseñaba que el cristiano verdadero, el amante de Cristo y seguidor suyo, que no quiere separase un milímetro de su Señor, «tiene la vida en penitencia y el cielo en deseo», con lo que he dicho ya no hará falta explicar más el verdadero significado de estas palabras.
En resumen: olvidémonos de nosotros, huyamos de toda singularidad para deleitarnos en la vida común, humildes y pequeños. Amemos a Cristo con toda la fuerza de nuestra alma y supliquemos sin descanso el Espíritu Santo, que nos introduzca en la intimidad del corazón de nuestro Señor y nos enseñe a amarlo cada día más. Corramos hacia él, que con el Padre y el Espíritu Santo, nos espera en el cielo, con todos los santos, con san Felipe, con san John H. Newman, con todos los que nos han precedido, con Santa María Virgen, nuestra madre.
Alabado sea Jesucristo Siempre sea alabado
Enrique Santayana
[1] Que me perdone Kant, que merecería un tratamiento más profundo, pero entenderá que esto es solo una homilía. Con este lema el hombre moderno creyó que llegaría lejos, pero el viaje terminó en el escepticismo, en el relativismo, en el propio yo cerrado, en el yo isla. El gran idealismo no llegó a nada. El humilde realismo, incluso el de los paganos, había llegado mucho más lejos.
Después de la resurrección de Jesús, los cristianos entendieron enseguida que algo nuevo había dado comienzo. Las palabras del libro del Apocalipsis son elocuentes: «Hago nuevas todas las cosas», dice el que está sentado en el trono, es decir, Cristo resucitado y glorioso. Jesús dio un nuevo inicio a todo lo creado en el principio. ¿En qué consiste esta novedad? En que ahora el hombre tiene acceso a Dios. Dicho de otra forma: la convivencia del hombre con Dios.
El paraíso antiguo, perdido por el pecado, se describía como un lugar donde Dios se hacía presente. Pero ahora, Cristo, al resucitar e introducir en el seno de la Trinidad la humanidad que había hecho suya en la Encarnación, inaugura un paraíso nuevo: la convivencia verdadera y definitiva del hombre con Dios no en la tierra, sino en el cielo. La muerte ya no podrá afectar a esta nueva existencia del hombre en Dios.
El Apocalipsis contempla esta nueva creación en su realización definitiva: «el primer cielo y la primera tierra desaparecieron y el mar ya no existe… ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor… Es la morada de Dios con los hombres… la nueva Jerusalén… preparada como una esposa que se adorna para su esposo». Es una visión llena de gloria.
Esta nueva creación no ha hecho sino comenzar con la resurrección de Cristo, y avanza poco a poco en la historia, tomando consigo a quien es digno por su voluntad de abrazarse a ella. Eso es lo que hace la Iglesia anunciando a los hombres el Evangelio, ciudad tras ciudad, hombre tras hombre, siglo tras siglo, hasta unir en su seno a todos los que acogen la nueva existencia. En la primera lectura aparece uno de los primeros capítulos de este avance lento y humilde, pero seguro, de la Iglesia: Pablo y Bernabé evangelizan en varias regiones de lo que hoy es Turquía, abriendo a los gentiles, a los que no conocían al Dios verdadero, la puerta de la fe. Porque la fe en Cristo y el bautismo son la puerta a la nueva existencia.
Dice la lectura que Pablo y Bernabé animaban a los que acogían el Evangelio, a los nuevos discípulos, diciéndoles que «hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios», en la nueva Jerusalén de la que habla el Apocalipsis. Porque, mientras que la vida nueva se desarrolla aún en esta vieja creación, experimenta la violencia del pecado, del mundo y de la carne. La vida nueva, el principio de comunión con Dios que Cristo ha implantado en nuestra alma, sufre violencia y puede ser aniquilada por el pecado. Aún es necesaria la lucha para no dejarse llevar por el pecado, que nos aparta de Dios; del mundo, que quiere que nos olvidemos de la vida con Dios y amoldemos nuestra alma a las cosas de esta vida vieja; de la carne, que quiere que busquemos la satisfacción de los apetitos del cuerpo y que nos embrutece, que en lugar de prepararnos y elevarnos para la convivencia con Dios, nos animaliza y nos hunde en el barro.
El evangelio nos presenta a Cristo ya dispuesto para conquistar la vida nueva para nosotros por medio de su sacrificio de amor. Judas ha salido del cenáculo para entregar a Jesús. Jesús lo sabe y no solo deja hacer, sino que se prepara para ofrecerse él mismo a la muerte. Porque esta muerte, no por ser muerte, sino por ser la realización del amor perfecto a Dios, será la puerta por la que hace entrar su humanidad y la de los que están unidos a él en la nueva creación. La victoria está escondida en este sacrificio de amor total. Por eso, habla de gloria: «Ahora soy glorificado, y Dios es glorificado en mí». Hasta esta muerte y esta cruz le lleva el amor a Dios y a los suyos: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo».
Esto ya se ha realizado. Cristo ha sido glorificado, ha inaugurado la nueva creación, de la que ya participa su Madre, la Virgen, y los santos —aunque estos aún no plenamente con su cuerpo—. Mientras tanto, en esta vieja creación en la que nosotros vivimos ya ha sido introducida por la acción de la Santa Iglesia, la vida nueva. También en cada uno de nosotros ha sido sembrada esta vida. Y también el pecado, el mundo y la carne, hacen la guerra en este mundo a lo que ya ha comenzado.
¿Qué debemos hacer nosotros? No tenemos más que escuchar a Jesús: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros». El amor es la forma de luchar contra el pecado, no hablamos del amor como habla el mundo, hablamos del amor tal como lo contemplamos al mirar a Cristo amar en la cruz y perdonar y entregarse en holocausto. El amor no es una opción piadosa, es un mandato de Cristo y debe ser nuestro primer empeño, solo con él venceremos. La victoria está escondida en este sacrificio de amor total.
El amor iniciado entre los cristianos es, ya en esta tierra, desarrollo de la vida nueva. La convivencia con Dios se inicia en la convivencia amorosa de los cristianos. Cuando nos olvidamos de nosotros y amamos, empezamos a vivir en el cielo, hacemos ya presente el cielo.
De ahí también que este amor sea el testimonio que llame a los hombres a la fe: «En esto conocerán que sois mis discípulos: si os amáis unos a otros». Porque solo el amor es digno de fe. Este amor distinto, gratuito, que no mira el interés propio, aunque sea legítimo, sino que se entrega siempre más, hasta el sacrificio cotidiano y diario del propio yo, es la manifestación más clara de que Dios existe, de que Cristo ha resucitado y ha preparado para nosotros un cielo nuevo y una nueva tierra donde nos espera.
Con los acontecimientos que celebramos en el Triduo Pascual, con la pasión, muerte y resurrección de Cristo, Dios nos ha manifestado quién es él y quiénes somos nosotros. Él es el Dios Trino, el Dios que es comunión, el amor mismo, desde siempre y para siempre sin depender de nada ni de nadie. En sí mismo Dios es amor. Ahora bien, para nosotros, en un acto de su voluntad, se ha hecho también, el Dios amante, el Dios que nos ama. ¿Recordáis la revelación de Dios a Moisés en la zarza ardiente? Ya entonces Dios le reveló a Moisés esta doble característica de su ser: lo que es para sí mismo desde siempre y lo que voluntariamente se ha hecho para nosotros.
Dios es el ser absoluto, el único que existe por sí mismo, sin que haya sido causado o creado por otro, que no puede no existir: «Yo soy el que soy». Nosotros, después de lo que su Hijo nos ha revelado, entendemos que el «Yo soy el que soy» es el amor eterno del Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. El que no ha sido creado ni causado y no puede no existir es una comunión de amor. El verdadero principio y poder de todo es el amor trinitario.
La segunda característica de su ser es que ama tanto al hombre que se identifica con él, se vincula a él, se hace «suyo». Después de decir: «Yo soy el que soy», añade: «Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». El Dios Único se hace de Abraham, de Isaac, de Jacob, de cada uno de nosotros. Y nosotros, después de haber visto cómo el Hijo de Dios ha entregado su vida por nosotros, entendemos hasta qué punto Dios se ha convertido en nuestro Dios, hasta qué punto se ha vinculado a nosotros, hasta qué punto nos ha amado.
Así pues, Dios nos ha revelado que él es amor y que nos ama. En sí mismo y por naturaleza es amor. Y en un acto de su voluntad se ha convertido en el Dios que nos ama definitivamente, como una característica de su existir eterno.
De esta forma nos ha dicho también quiénes somos nosotros: no unos seres perdidos en el largo trascurrir de la historia del mundo, no seres aislados y solos, no, sino aquellos que son amados por Dios y que tienen el destino de Dios, porque Dios nos ha vinculado a él.
Ahora, al final de estos días de Pascua, Dios busca algo más, no solo quiere que sepamos estas cosas al mirar la cruz y la resurrección de Cristo, quiere también plantar estas realidades en nuestra alma. Quiere adentrarse en el espacio interior de nuestra alma y allí tomar asiento, allí habitar, allí hablarnos internamente de su amor por nosotros. En el evangelio de hoy, Cristo promete una presencia y un amor totalmente íntimo a aquel que responde a su amor y lo ama. Y como Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, es inseparable del Padre y del Espíritu Santo, y donde está el Hijo está toda la Trinidad, así la promesa es la promesa de la inhabitación de la Santísima Trinidad en los que aman a Cristo. Pensadlo bien: hacer del alma un cielo que contiene a quien los cielos no pueden contener. Al Padre increado, al Hijo eterno, al Espíritu Divino. Es una cosa verdaderamente inaudita. Mientras caminamos hacia el cielo, si amamos a Cristo, él hace de nosotros un cielo interior, donde nos podemos comunicar, donde podemos gozarnos, donde podemos descansar en esta presencia real y amorosa.
Newman, san John Henry Newman, entendió que, entre todas las verdades de la doctrina cristiana, había tres realmente consoladoras: Una, que Cristo, presente, vive y actúa en la Iglesia; otra, que Cristo está todo entero presente en la Eucaristía y que en ella se nos da como alimento; la tercera es que Dios hace del alma que ama a Cristo su morada. Es la verdad de la inhabitación de Dios en el hombre.
Los cristianos podemos desarrollar a partir de esta realidad una increíble vida interior. ¿Os imagináis lo que es poder hablar sin intermediario con el Dios Altísimo, tener como amoroso huésped del alma a aquel que murió en la Cruz, tener como maestro, más íntimo a nosotros que nosotros mismos, a aquel Espíritu Santo que es vínculo eterno de amor entre el Padre y el Hijo?
Pero hay una diferencia muy importante entre lo que Dios ya ha hecho por nosotros al morir y resucitar en la cruz y su presencia interior en nosotros. La diferencia es que su amor en la cruz y en la resurrección está ya dado, hagamos nosotros lo que hagamos. Él ya nos ha amado. Nosotros podemos acogerlo o rechazarlo, gozarnos de él u olvidarlo, pero está ahí, ante nosotros, y lo estará siempre. Sin embargo, su presencia en nosotros, que este amor se convierta en el alma de nuestra alma, necesita de nuestra propia voluntad, de que queramos amar a quien nos ha amado, de que hagamos de él nuestro Maestro, y hagamos de su palabra el criterio de nuestra vida: «El que me ama guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él». Solo el amor a él y la obediencia a su palabra, le permiten a él, hacer de nosotros su templo.
¡Oh, si amásemos verdaderamente a Cristo y guardásemos realmente su palabra y la tomásemos voluntariamente como el mandato y la norma de toda nuestra vida! ¡Tendríamos todo el cielo en nuestra alma! ¡Oh, si teniendo el cielo en nuestra alma, nos aprovechásemos de su presencia en nosotros gozándonos de su amor! ¡Tendríamos por adelantado el gozo de la vida eterna!
Para terminar. Jesús dice también hoy: «El Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo». En la presencia interior de Dios, el protagonismo lo toma el Espíritu Santo. El Espíritu del Padre y del Hijo es el que habla a nuestro espíritu, el que nos comunica íntimamente el amor del Padre y del Hijo y el que nos enseña íntima y personalmente a amar al Padre y al Hijo. Estos días de Pascua que conducen hasta Pentecostés son días para decidirnos a amar a Cristo y obedecer su palabra, y días para suplicar el don del Espíritu Santo. ¡Pedidlo! Suplicadlo, como lo suplicaba cada día san Felipe Neri.
Cristo se nos presenta hoy en el Evangelio como el Buen Pastor.
En todo Oriente Próximo, en la antigüedad, la figura del pastor había sido tomada para describir al rey. El rey es el pastor que conduce a su pueblo. En Israel también se piensa en el rey como en un pastor que guía a su pueblo. En la mente judía esta imagen se enriquece con el recuerdo de Moisés y, sobre todo, con el recuerdo de David. Moisés no fue rey, pero su memoria, como quien camina al frente de un pueblo, haciéndolo cruzar el desierto y afrontando toda clase de peligros y tentaciones, hacia la tierra prometida, dio forma a la imagen que los judíos tenían del rey. David, por su parte, es el rey de Israel por excelencia. En primer lugar, David es un pastor, un joven pastor, que Dios elige y unge para ponerlo al frente de Israel y que sale al frente del ejército para hacer frente a los enemigos. Y, sobre todo, David, dócil y obediente a Dios, que sabe esperar la hora de Dios y guiarse no por sí mismo, sino conforme a la voluntad divina, es el rey que conduce a su pueblo hacia la adoración del Dios verdadero como único Dios[1], todo eso a pesar de que no es más que un hombre y a pesar de sus debilidades y pecados. Pero, al fin, dice Dios de él: «he ahí un hombre según mi corazón». David es grande porque es humilde. Es rey y pastor de Israel porque él mismo obedece a Dios, porque educa su corazón en un amor tierno y también decidido a Dios. De esta forma David anuncia a quien será propiamente «Hijo», a Jesús, que vive para hacer no su propia voluntad, sino la voluntad de su Padre.
Jesús, porque es verdadero Hijo y porque vive de hacer la voluntad de su Padre, puede ponerse al frente no ya de Israel, sino de toda la humanidad, para afrontar el desafío de la vida de cada hombre: cómo alcanzar una vida lograda, cómo ser realmente hombre. Es Jesús quien, obediente hasta la muerte, se pone al frente en la lucha contra el pecado. Y él quien recibe las heridas mortales en la batalla, en la lucha por cumplir el doble precepto del amor. Es él, el que muriendo destruye la muerte, el primogénito de entre los muertos, el que nos guía por el camino del amor, a través del sacrificio, más allá de la muerte, hasta la Vida de Dios, la “vida eterna”. Por eso Jesús es el Buen Pastor, tal como él mismo se proclama. Para nosotros la imagen del pastor puede ser una imagen bucólica. Pero en la Escritura, la imagen del pastor es la imagen del rey que lucha por su pueblo y que lo guía. En el Evangelio, Cristo es el Pastor que conduce al hombre hacia Dios, que amorosamente lo carga sobre los hombros y que movido por amor lucha hasta la muerte. Y en la entrega de su propia vida alcanza la victoria de la resurrección no solo para él, sino para nosotros, el primero de muchos, el primogénito de entre los muertos, y así nos permite alcanzar definitivamente a Dios.
Vayamos un poco hacia nosotros. Porque el evangelio de hoy pone la atención en nuestra relación con el Buen Pastor. Cristo dice: «yo conozco a mis ovejas». El conocer de Dios es amor y un amor que toma en cuenta la verdad de aquel que es amado. No un amor ciego, no el amor que lleva una venda en los ojos, sino un amor que toma al otro con lo que realmente es, con sus miserias, con sus pecados, también con sus virtudes y sus méritos. Esta es la primera y fundamental afirmación que Jesús hace sobre su relación con sus ovejas: «yo las conozco». ¿Qué hacen ellas? «Ellas escuchan mi voz y me siguen». Estas palabras recaen ahora sobre cada uno de nosotros: ¿escuchamos y seguimos a Cristo? ¿Queremos hacerlo?
Porque los maestros de este mundo nos enseñan que la forma de afrontar el reto de la vida es guiarnos por nuestro juicio privado y nuestros propios intereses individuales y que cada uno ha de hacer solo su propio camino y decidir su propia meta. Y así, engañados y solos, nos enfrentamos a una vida cuya verdadera meta olvidamos, para acabar perdidos y desorientados, con vidas insignificantes e historias que todos pronto olvidarán. Lo que hoy nos enseña el mundo es una forma cruel de lanzarnos a la muerte.
¿Creéis que algún hombre puede afrontar así las exigencias de la vida? ¿Quién está capacitado para afrontar solo la muerte? Imaginaos a alguien a quien queréis, a un hijo, por ejemplo: ¿querríais de verdad que afrontase solo, con su propio juicio inexperto el camino de la vida? Imaginaos a vuestro padre o a vuestra madre, ¿crees que tu madre, ella sola, abandonada a sus solas fuerzas corporales y espirituales, podría afrontar la muerte? – Ciertamente no. Y a pesar de todo, nos dejamos llevar de estos deseos de autonomía que alimentan hoy los maestros del mundo.
El que es de Cristo no afronta solo esta vida, la afronta con Cristo, con la seguridad de un amor tan decidido como tierno. El que es de Cristo afronta la vida no fiado de su juicio privado, no dejándose llevar por sus intereses individuales, ni fijando metas propias y pequeñas, sino caminando humilde y alegremente en compañía y detrás del Buen Pastor hacia la vida de Dios: «Mis ovejas —dice Jesús— escuchan mi voz… y me siguen».
Escuchar la voz de Cristo y seguirlo implica un trato personal, cotidiano, cercano y amoroso. Implica el reconocimiento de que él es el Maestro, de que él es el Pastor. Implica la decisión personal de que sea así, la decisión personal de rezar y escucharlo, la decisión personal de obedecerlo y seguirlo, de amar a quien nos ha amado hasta la muerte. Y de estos que escuchan su voz y le siguen dice tres cosas: «nadie las arrebatará de mi mano», «no perecerán para siempre» y «yo les doy vida eterna». Que seamos contados entre los que escuchan y siguen al Buen Pastor.
Alabado sea Jesucristo.
Siempre sea alabado.
Enrique Santayana C. O.
[1] Él prepara la construcción del Templo de Jerusalén, gran afirmación de la unicidad y exclusividad de Dios, del único Dios verdadero.