Cuando vino John Henry Newman
- Detalles
- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Congregación de Alcalá de Henares
Recuerdos de cómo llegamos a conocer a San Felipe y el Oratorio: cuando John Henry Newman llegó hasta nosotros y se puso a caminar justo «un paso por delante del nuestro», indicándonos el camino. Los inicios de una vocación y de una historia común. Recuerdos de cómo llegamos a conocer a San Felipe y el Oratorio: cuando John Henry Newman llegó hasta nosotros y se puso a caminar justo «un paso por delante del nuestro», indicándonos el camino.
Para leerlo, descarga aquí el archivo pdf:
«Quedan los dos solos: miseria y misericordia»
- Detalles
- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo V
«Quedan los dos solos: miseria y misericordia»[1]
Homilía V Domingo de Cuaresma C
7/ IV /2019
«Tampoco yo te condeno. Vete y, en adelante, no peques más»
Al final queda sola la mujer ante Jesús, al final quedamos cada uno de nosotros solos frente a Jesús. Al final, estoy yo solo ante Jesús. Al final solo los dos: la miseria y la misericordia. Todo lo demás ha desaparecido: las voces que incitan al pecado, las otras voces que lo justifican y aquellas otras que nos condenan. Voces engañosas y vacías, ¡han desaparecido! Solo cuenta la voz del que es la Palabra, la sentencia del único Juez Universal.
Cristo escribe en la tierra recordando que Él es quien dibujó su imagen en el barro y creó a Adán. Escribe en la tierra como escribió la Ley de vida en las tablas de piedra del Sinaí. Se ha inclinado sobre la tierra y escribe en ella, como el Verbo que se ha inclinado sobre el barro de Adán para tomarlo como propio y remodelarlo en su propia persona.
Se inclina Cristo sobre la tierra, para cargar con la miseria. Cuando se yerga, lo hará como Juez para pronunciar sentencia. Se levanta y lleva sobre sí la miseria de la adúltera y la miseria de cada uno, y la llevará aún hasta el final. Se levanta y pronuncia la sentencia: «¿Nadie te ha condenado? Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más».
La mujer es culpable, como cada uno de nosotros es culpable. Da lo mismo lo que digan las voces. Hay un punto en el alma donde estamos a solas ante el que es la Palabra, donde no llegan las voces, y allí sabemos que somos culpables, allí está estamos nosotros solos ante él, la miseria y la Misericordia. Pero él declara el perdón: «tampoco yo te condeno». Da lo mismo lo que digan las otras voces acusadoras, si el juez supremo declara el perdón. Al final todas las voces acusadoras pasarán y estaremos solos, cada uno solo ante el Juez Universal, que ha declarado nuestro perdón.
El mismo Juez, junto con el perdón, da un mandato: «en adelante no peques más». Da lo mismo lo que digan las voces halagadoras, esas que dicen: «no pasa nada, puedes seguir con tu vida, no importa lo que hagas, puedes seguir mintiendo, o robando, o viviendo con una mujer que no es la tuya…». ¡Esas voces halagadoras son voces mentirosas y vacías!: las que dicen que el adulterio no es pecado, o que no es pecado la eutanasia, o que no las relaciones homosexuales no son pecado, sino la cosa más maravillosa del mundo. ¡Voces aduladoras y mentirosas! ¡Pasarán! Ellas no estarán cuando cada uno se encuentre de forma inmediata ante el único Juez Universal. Cada uno de nosotros se encontrará solo ante él. Entonces no podremos decir: «algunos me dijeron que no pasaba nada, que podía seguir con mi vida». Esas voces allí no estarán, estaremos solos ante el Juez Universal que nos concedió un perdón que no merecíamos y nos mandó no volver a pecar.
FALSO CONSUELO
- Detalles
- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: cuaderno de notas
El Falso Consuelo del P. James Martin
Joseph Sciambra (Agosto de 2018)
Traducción de Mª Cecilia Gini
A la edad de dieciséis años, luego de haber tenido una educación católica más bien indiferente, de manera inexplicable, decidí visitar al sacerdote de mi zona.
No sabía exactamente por qué quería hablar con él. Esto fue en la cresta de la crisis del SIDA y yo tenía miedo, porque había reconocido frente a mí mismo mi tendencia homosexual hacía muy poco tiempo. Yo era un niño tristón y solitario, sin amigos ni mentores masculinos. Había abandonado la fe católica, pero quería hablar con un hombre —cualquier hombre— y no sabía a quién recurrir. Dando vueltas nerviosamente a unas pocas y simples palabras, fui al confesionario y le dije al sacerdote: “soy gay”. Él me aseguró que Dios entendía; Dios me había hecho así. Su intento de compasión y comprensión me evocó recuerdos de mis clases de religión del secundario, que siempre habían enfatizado la primacía de la conciencia. De acuerdo a este sacerdote, yo tenía que practicar el “sexo seguro”. Ese era el rol de mi conciencia: debía guiarme a actuar “de manera responsable”.
En menos de dos años, estaba entrando al distrito de Castro en San Francisco. Por un tiempo jugué a la segura, pero más tarde, ya no. Luego de unos años, en un momento en que mi vida no iba nada bien, hablé con otro sacerdote. Este me dio el mismo consejo que el primero, pero añadió que tenía que formar una pareja estable. Intenté hacer eso también, pero no creo haber hecho ningún cambio sustancial en mi manera de vivir a partir de lo que estos sacerdotes me dijeron. Ya estaba fundamentalmente hecho a la idea de que había nacido gay. Si algún dios me había hecho así o no, no me importaba en realidad. En cierto sentido, estos sacerdotes habían hecho mi vida más fácil confirmando lo que yo ya pensaba. Y sin embargo, a mis dieciséis, cuando hablé con aquel primer sacerdote, secretamente deseaba que me dijera otra cosa. Hubiera querido que fuera fuerte, hubiera querido que me rescatara de mí mismo.
Santa María de la Cruz. Aparición de la Virgen en Cubas de la Sagra (Madrid)
- Detalles
- Escrito por Padre Enrique Alonso, CO
- Categoría: Ejercicios de los Sábados
| Ejercicio de los Sábados | |
******