Métodos naturales de reconocimiento de la fertilidad. Por la Dra. Juncal Martínez.
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- Escrito por Dra. Juncal Martínez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados
| Métodos naturales de reconocimiento de la fertilidad | |
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La idea de los Padres de la Iglesia sobre el Anticristo: exhortación a la esperanza y a la vigilancia cristiana
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- Escrito por Enrique Santayana CO
- Categoría: Ejercicios de los Sábados
AUDIOS:
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El contenido de la libertad
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- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: Domingo XXXI
EL CONTENIDO DE LA LIBERTAD
XXXI Domingo T.O. – B (4 - XI - 2018)
«¿Qué mandamiento es el primero de todos?»
Hay preguntas que tienen un valor incalculable. Un escriba, un entendido en la Escritura, se acerca a Jesús a preguntarle por el mandamiento principal de la ley: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?». Jesús va a responder directamente: «El primero es…». Y enseguida añadirá: «El segundo es…».
Iremos luego al contenido, pero pensemos qué significa la pregunta del escriba. En el libro del Éxodo, Dios da los mandamientos en el marco de la Alianza. Primero, Dios ha sacado a Israel de la esclavitud de Egipto, le ha hecho cruzar el Mar Rojo, lo ha llevado por el desierto, lo ha alimentado con el maná, le ha proporcionado agua, una nube que lo protegía del sol por la mañana y que por la noche les daba luz… ¡Esto es lo primero: la acción de Dios! Acción con la que salva a su pueblo y lo cuida, acción que nace de su amor, amor gratuito, no motivado por un mérito especial de Israel. Luego, en medio de la marcha por el desierto, Dios llama a su pueblo en el Sinaí a hacer Alianza, a hacer un pacto. Que consiste básicamente en un pacto de amor: tú serás mi pueblo y yo seré tu Dios. Estas palabras —tomadas casi literalmente— son un calco de una alianza matrimonial. Parece que Dios quiere expresar un amor definitivo, exclusivo e incondicional hacia Israel y parece que demanda a Israel un amor similar.
Tenemos, por tanto, en primer lugar, la acción salvífica y amorosa de Dios; en segundo lugar, una alianza amorosa. En este contexto de la Alianza Dios da a Israel los Mandamientos: los mandamientos responden a la lógica del amor. No son la imposición de un Dios poderoso que oprime con una ley caprichosa, bajo la amenaza del castigo; lejos de eso, responden a la lógica del amor: Dios ama al hombre y quiere elevar al hombre hasta el amor con él. El amor de Dios solo puede llegar a cumplimiento si el hombre acoge este amor y responde a él; de no ser así, el amor queda frustrado. Así llegamos al primero de los mandamientos: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo su ser; que se desglosa en los tres primeros mandamientos del Decálogo.
Vida de la Sierva de Dios Eva Lavalier
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- Escrito por Padre Julio CO
- Categoría: Ejercicios de los Sábados
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Luz para el camino
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- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: Domingo XXX
Luz para el camino
(XXX Domingo T.O. B. 28/X/2018)
(XXX Domingo T.O. B. 28/X/2018)
«Señor, que vea»
Jesús iba camino de Jerusalén con los suyos. El viaje había comenzado lejos, en Galilea, al norte, ahora ya estaban cerca. Jericó marcaba la última etapa del camino antes de llegar a Jerusalén. El capítulo 10 del evangelio de san Marcos, donde se nos narra el episodio del domingo pasado y el de hoy, dice: «Iban de camino subiendo a Jerusalén. Jesús marchaba delante y ellos estaban sorprendidos: los que le seguían tenían miedo» (10,32). ¿Por qué tenían miedo? Porque sabían que al llegar a Jerusalén las cosas se complicarían. Jesús mismo les anuncia que él morirá, pero algunos creen que no será así: esperan una victoria y que Cristo se proclamase rey, por eso escuchamos el domingo pasado que Santiago y Juan le piden sentarse en su reino a derecha e izquierda. Salir de Jericó era afrontar la última etapa de la peregrinación. A Jesús y a los Doce se les ha ido uniendo bastante gente, llegarán con él hasta Jerusalén y allí, al entrar en Jerusalén, le aclamarán como Mesías, esto es, como rey; luego vendrá la cruz y la resurrección.
En la puerta de la ciudad, al borde del camino, un ciego pedía limosna. El barullo es grande y al enterarse de que se trata de Jesús empieza a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí». Muchos lo increpan para que se calle, pero él grita más. Hay que subrayar esta insistencia del mendigo. Llama y lo hace de forma tal que se le oye entre el barullo que rodea a Jesús. Llama e insiste, aun cuando muchos le dicen que calle. Él era solo un mendigo ciego, podría haberse ganado algún palo que otro por aquella insistencia suya. Sabía que era decisivo para él no perder aquella oportunidad de ser atendido por Jesús. Sabía de la importancia y estaba decidido a hacerse escuchar. San Agustín, en un sermón que dirige a unos adultos recién bautizados, les anima a seguir a Cristo, buscando la comunión total con la vida del Señor, a seguirle buscando la santidad. Entonces recuerda este episodio, recuerda a los que acompañaban a Cristo y mandaban callar al ciego, y advierte a los recién bautizados de estos cristianos viejos que rodean a Cristo sin valorar lo que tienen y sin buscar todo lo que Cristo puede y quiere darles. Dice san Agustín: «Al lado de Cristo caminaban quienes prohibían clamar a los ciegos». Aquí quizá también habrá alguno que, sabiendo que Cristo pasa, quiera gritar, habrá aquí alguno que sabe que necesita suplicar a Cristo. Y habrá también quien diga: «No, no es para tanto, no hay que exagerar». Ojalá fuésemos todos de los que saben que necesitan la gracia de Dios y están decididos a buscarla, a suplicarla. Ojalá el ruido externo no acalle el clamor del alma necesitada que grita a Dios. Ojalá las voces de unos y otros no acallen la voz del alma y la voz de la Iglesia que se dirige a Cristo como a su único Salvador. No esperamos la salvación de ningún otro. Ningún político nos salvará, ningún poder, ninguna circunstancia. Tampoco nosotros mismos nos salvaremos. Jesús es nuestro único Salvador, solo de él esperamos la salvación.