«Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea» (Mt 10,27)
San Lucas anuncia la venida del Hijo de Dios, «el sol que nace de lo alto», como fruto de las entrañas de misericordia de Dios: «Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto». Habla de la misericordia de Dios. Pero en Dios hecho hombre la misericordia se convierte en un estremecimiento de sus entrañas humanas, un padecer humano con los que somos humanos, un ponerse en nuestro lugar y tomar como totalmente suyo nuestro sufrimiento y nuestro dolor: la compasión de Cristo, que es el sentimiento humano que mostraba Jesús en el evangelio del domingo pasado: «se compadecía» de las gentes,«extenuadas y abandonadas». Esa compasión le llevará finalmente a la cruz: compasión máxima, verdadera y eficaz de Cristo. Digo eficaz porque su amor crucificado nos salva, rompe la dureza del alma, nos saca de nuestro egoísmo y nos eleva hasta él. Pero mirad bien lo que ha ocurrido en la cruz, porque fue en medio del odio donde brilló el amor, cuando el Cordero inocente es rodeado por sus enemigos crueles: «me acorrala una jauría de perros» (Sal 22,17). En medio del odio o del desprecio, el amor. Este es el único secreto de la Evangelización: un amor que vence al mal, la compasión de Cristo.
Ahora, para que esa compasión alcance a todos los hombres, elige a los Doce y constituye la Iglesia, que tendrá que evangelizar cada generación de ese mundo. Pero, ¿cómo lo hará? Imitando la pasión de su Dios, reproduciendo ante cada generación el amor de la cruz. El Cordero inocente, que ha sido rodeado por sus enemigos como perros salvajes, envía a sus files «como ovejas en medio de lobos». Él envía a su Iglesia —apóstoles y discípulos, pastores y fieles— a anunciar el Evangelio con la sola arma de la compasión de Cristo, la misericordia divina que ha traspasado, primero, por el corazón humano de Cristo, luego el corazón de cada discípulo de Cristo. Él lo advierte: «os envío como ovejas en medio de lobos». De una u otra forma, los evangelizadores, los que llevan a Cristo, los que llevan la compasión de Cristo, han de vencer el odio con el amor del Cordero sin mancha. ¿Cómo harás esto en tu casa, o entre tus amigos, cuando ni siquiera se percatan de que Él está ahí? Imitando la pasión de tu Dios. El mandato de Cristo, la compasión de Cristo, nos obliga. Nos obliga a cada uno a mostrar la compasión de Dios, «como ovejas en medio de lobos».
Es lógico sentir miedo. No es pecado sentir miedo. Sí lo es dejarnos llevar por él y dejar de hacer lo que tenemos que hacer. Por eso, por tres veces hoy escuchamos: «No tengáis miedo»: «No tengáis miedo a los hombres»; «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma»; «No tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones». Y, sin embargo, sí hay algo que debemos temer: debemos temer perder a Cristo y ser condenados nosotros mismos eternamente. Habitualmente, torpes de vista, hacemos lo contrario: nos tomamos el amor de Dios como si no valiese nuestra fidelidad y no tememos perderlo, mientras que nos inquieta que piensen o hablen mal de nosotros, o que nos persigan, o dañen nuestros bienes, o nos lleven a la muerte.
Hay que mirar más la cruz, mirarla de frente. En la contemplación de la cruz se forma el corazón sabio: que es seducido por el amor perfecto de Cristo y prefiere perder honores, riquezas, afectos, y hasta la propia vida del cuerpo, con tal de no perderlo a él, el amor del alma. En la contemplación de la cruz se forma el corazón sabio, que ha recorrido los caminos del mundo y ha encontrado pequeño todo amor humano, pero ha contemplado el amor de su Dios hecho hombre y ha dicho: «Encontré al amor de mi alma. Lo abracé y no lo soltaré jamás» (Ct 3,4). Y al abrazar este amor crucificado, la compasión de Cristo llega a ser su compasión, y aunque sienta miedo, no puede callar, como san Pablo: «Nos apremia el amor de Cristo… Por eso, en nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2Cor 5,14.20).
No tengáis miedo de hablar de este amor y de amar con este amor. Es el mandato de Cristo, y la lógica del amor que a nosotros nos ha salvado: «Gratis habéis recibido, dad gratis» (Mt 10,8). El amor que ha descendido como un bálsamo a nuestra alma, que allí vive escondido, que allí nos cura, ¡que llegue a todos! El amor del crucificado que llega a lo íntimo del alma por su palabra, que purifica lo más escondido de nuestras entrañas en el sacramento de la penitencia, que nos habita en la comunión eucarística, ha de alcanzar a todos. Así, «lo que os digo en la oscuridad y al oído —en el secreto del alma—, decidlo en la luz, pregonadlo desde la azotea». No tengamos miedo de los hombres, ni de la crueldad de su locura. ¿Qué nos pueden quitar? ¿la fama? ¿la hacienda? ¿la vida? Toda nuestra vida está en manos de Dios. Ni un solo cabello de nuestra cabeza se vuelve blanco o negro sin que él lo permita. Nos ha mostrado lo que valemos para él. Según dice el mismo Jesús: nadie puede arrebatarnos de su mano, nadie puede arrebatarnos de la mano de su Padre (Cf.: Jn 10,28-29). «Nadie nos separará del amor de Dios» (Rm 8,39).
Pero si callamos, si nuestras palabras y nuestras obras silencian su amor, entonces rechazamos ese amor que quiere llegar a todos. Callar y esconder el amor de Cristo significa romper con la compasión de Cristo crucificado. Y entonces, ¿qué tendremos?, ¿qué nos quedará? ¿La nada? No, no la nada, porque nuestra alma es eterna y nuestro cuerpo resucitará, «a una resurrección de vida; … o a una resurrección de juicio» (Jn 5,29). ¿Qué nos quedará entonces si nos alejamos de la corriente de la compasión de Cristo? La soledad eterna más absoluta, la lejanía de Dios, el horror más absoluto. No podemos pasar por alto las palabras de Cristo: «Temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”».
Cristo ha llegado a la cruz por mí, pero yo no puedo ser el último al que llegue su amor. Él ha muerto por mí, pero también por cada hombre, justo o injusto, necio o sabio, de derechas o de izquierdas. Y para él cada uno vale su sangre. Ha padecido por cada uno. Y ha constituido su Iglesia para que su compasión alcance a todos. Si nosotros nos negamos a amar con él, a compadecer con él, no nos quedará más que la eterna condena de una soledad sin él. Es la lógica de su amor, que padece por todos y quiere llegar a todos: «A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».
Quiero empezar centrando vuestra atención en unas palabras de Dios en la escena del libro del Éxodo. Dios había hecho un pacto con Israel, la Alianza del Sinaí. Concluido el pacto, Moisés subió al monte para recibir los Mandamientos; pero mientras tanto, en ausencia de Moisés, Israel se había hecho un becerro de oro y había dicho: «este es mi dios». Cuando Moisés bajó del Sinaí y vio el pecado de su pueblo rompió las tablas de una Alianza que ya había roto el pueblo con su pecado de idolatría. Alianza traicionada y rota desde el inicio. No parecía que hubiese futuro para la relación entre Dios e Israel. Sin embargo, Dios volvió a llamar a Moisés, para que subiese al Monte: «Labra dos tablas de piedra como las primeras y yo escribiré en ellas las palabras que había en las primeras tablas que tú rompiste. Prepárate para mañana, sube al amanecer a la montaña del Sinaí y espérame allí en la cima de la montaña». Moisés obedeció y fue entonces cuando Dios pasó delante de él revelando su ser: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad». Estas son las palabras sobre las que quería llamar vuestra atención. A continuación, Dios renovó la Alianza y volvió a darle a Moisés las diez palabras de vida para guiar a Israel, el Decálogo.
Pero vamos al hecho mismo en el que Dios sale al encuentro de Moisés y en sus palabras: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad [fidelidad]». ¿Qué muestra Dios de sí mismo? Que no es una especie de ser aislado, encerrado en sí, una isla alejada de todo, autosuficiente y satisfecho de sí; sino alguien que viene hacia nosotros y se comunica, que abre un camino hacia nosotros y de nosotros hacia él. Ese camino que nos lleva a él es, en un principio, las diez palabras de vida, que nos llevan a él. Dios es apertura y relación. 1) Al decir que es compasivo y misericordioso, se nos anuncia como quien viene hasta nosotros para llevar sobre sí el peso de nuestra miseria moral; quien se acerca con el fin de perdonar y derramar su corazón sobre nuestra miseria y colmar toda la carencia, el vacío de nuestro ser. 2) Al decir que es leal, fiel, nos dice que es quien se entrega sin echarse para atrás: viene para no volverse. Este punto de la fidelidad es particularmente significativo, porque la escena se produce tras el gran pecado de idolatría de Israel. Dios, el Dios verdadero y absoluto, es el que viene a nosotros y establece con nosotros una Alianza estable, una amistad, que ni siquiera nuestro gran pecado puede romper. El Dios todopoderoso se hace Dios del hombre, e Israel lo canta como suyo: «Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres».
Las palabras de Jesús en el Evangelio, dichas a Nicodemo en el contexto de una conversación amistosa y privada, señalan el final del camino iniciado por Dios en su búsqueda del hombre. Aquí Jesús dice: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». En Jesús Dios viene definitivamente hacia nosotros para derramar su misericordia desde su corazón abierto en la cruz, viene para permanecer elevado en la cruz, en la Eucaristía, fiel, sin echarse atrás por nuestro pecado, actual y presente en cada Eucaristía, en el altar, el lugar del sacrificio, el lugar del sacrificio definitivo, del amor que no pasa porque ha resucitado, el amor que nos salva.
Pero, en las mismas palabras de Jesús a Nicodemo, «Entregó a su Unigénito», no solo se nos revela la grandeza del amor de Dios sino que se nos revela el porqué de este amor. Jesús habla de Dios como de Dios Padre, y de él como su Unigénito, como su Hijo Único, enviado para salvar al hombre. Insinúa el misterio de la Trinidad, que explica el porqué ama Dios al hombre con un amor tan excesivo: Dios ama al hombre porque en sí mismo, Dios es amor. Es la conclusión a la que el apóstol san Juan llega en su epístola: «Deus caritas est» (1 Jn 4,8). Dios ama al hombre y lo llama al amor, a la comunión, porque él es amor y comunión: el Padre que eternamente se entrega y engendra a su Hijo, el Unigénito, que eternamente recibe agradecido y amorosamente su ser del Padre, el Espíritu Santo que es la corriente de amor entre el Padre y el Hijo, espirado por uno y otro en su relación eterna.
Al enviar a su Hijo al mundo, desborda su amor paterno para llegar a nosotros, y nos llama al amor para hacernos hijos adoptivos, hijos en el Hijo, y darnos su Espíritu, el vínculo eterno de amor entre el Padre y el Hijo. Enviando a su Hijo como hombre ha abierto del todo su camino hacia nosotros, y al resucitar y ascender al cielo, ha abierto del todo nuestro camino hacia él. Dándonos su Espíritu, nos ha dado lo más íntimo del Hijo, el vínculo eterno de amor con su Padre.
Ahora bien, el amor exige amor: en el Éxodo el camino abierto al hombre hacia Dios estaba señalado por el Decálogo, que el propio Jesús sintetizará así: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”» (Mt 22,37-39). Jesús, en su humanidad, nos ha abierto este camino en la cruz, porque eso es la cruz: el amor al hombre y a Dios hasta el extremo, hasta la perfección; el amor que ha vencido la muerte y nos lleva a la eternidad del amor de Dios Trino. La Trinidad es nuestro destino, solo podemos llegar unidos al Hijo único, y eso requiere nuestra obediencia al doble mandamiento del amor. Así participamos realmente de la Eucaristía, que es su sacrificio de amor y así caminamos hacia la Trinidad.
La Trinidad no es una teoría teológica, es el amor que da vida a nuestra vida y el destino glorioso de nuestro corazón.
Pero quiero hacer una advertencia. El camino a la Trinidad es la única vía recta para todo hombre y para la sociedad. Cuando se desdibuja la imagen de Dios Trino y olvidamos el camino que ha hecho hacia nosotros y ha abierto hacia él, nos olvidamos de quiénes somos y las relaciones humanas, en la casa, en la política, en todas partes… se convierten más y más en un infierno. Se multiplica la división y la violencia, nos convertimos en islas, el ambiente se hace cada vez más irrespirable… nos acercamos al infierno. Solo Dios es capaz de vencer el mal moral que todos llevamos dentro, solo su verdad es capaz de educar a la multitud y de organizar con justicia la sociedad. Solo la verdad de Dios nos salva: la verdad de quién es Él y de su amor por nosotros. Olvidad esta verdad y vuestra vida y vuestra sociedad se convertirá en un infierno.
Unámonos a Cristo en la Eucaristía y caminemos con él hasta el destino glorioso de la Trinidad, que él nos ha abierto, ofreciendo a todos, con humildad y caridad, la verdad que nos ha revelado y el camino que nos ha abierto.
Celebramos la fiesta de Pentecostés y el protagonismo es del Espíritu Santo, la tercera persona de la Santísima Trinidad. Pentecostés es la donación, la efusión, por parte del Padre eterno y de Jesucristo, ascendido al cielo, del Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo es el vínculo de amor del Padre y del Hijo. El amor con el que, desde toda la eternidad, Dios Padre engendra al Hijo; el amor con el que, desde toda la eternidad, el Hijo recibe su ser del Padre. Pentecostés es el don de este vínculo de amor que es la persona del Espíritu Santo, un don que implica la continuación de la obra redentora de Cristo en la vida de la Iglesia hasta que Cristo vuelva.
Lo primero que querría que entendiésemos es lo que significa que Dios nos dé y que nosotros recibamos el Espíritu Santo. No es difícil, lo puede entender cualquiera que haya amado a un padre, a un hijo, a un esposo, a un amigo… Habrá experimentado entonces que, por bueno y profundo que sea este amor, siempre aparece un límite, un límite que no se puede traspasar: en la donación de mí mismo, y en la acogida del otro. Es un límite que hace que yo no pueda vivir del todo en mi amigo, ni mi amigo en mí, que no pueda vivir del todo en mi esposo, ni mi esposo en mí. Por grande que sea el afecto, por años que dure la amistad, por fiel que sea el matrimonio, siempre hay un punto en el que yo soy impenetrable por el otro y el otro es impenetrable para mí. Un límite al amor.
Dios, por el contrario, todopoderoso, al decidir amarnos, no encuentra límites que su amor no supere. Los límites que nosotros experimentamos son nada para él. Su amor ha roto los límites del cielo y de la tierra, los límites de la naturaleza: el que es del cielo se ha hecho de la tierra; el invisible se ha hecho visible, el inmortal, mortal; el que no puede ser contenido por el universo ni por la historia, se ha introducido a sí mimo en un instante de la historia y en punto insignificante del universo, hasta llenar tan solo el pequeño seno de María. Dios se ha hecho hombre. Su amor omnipotente ha roto los límites y se ha hecho uno de nosotros. No contento con eso, su amor le ha llevado a morir por nosotros, a llevar sobre su cuerpo y sobre su alma humana el peso de nuestras culpas y morir bajo su peso. Y, cuando ha resucitado, no ha abandonado en el sepulcro la humanidad que había asumido en el seno de la Virgen María, sino que también la ha glorificado y la ha llevado hasta lo más alto del cielo, que es lo que celebramos el domingo pasado, en la Ascensión. Pues bien, no le ha bastado a Dios con todo eso, y aquí llegamos al don de Pentecostés. El amor de Dios ha querido también romper el límite de la alteridad y penetrar en nosotros, para vivir él en nosotros y nosotros en él, para habitar más íntimamente en nosotros que nosotros mismos. Y eso lo hace dándonos su Espíritu.
El Espíritu Santo es lo más íntimo de Cristo, lo que le define, su relación con el Padre eterno. Es el corazón de su corazón, por decirlo de algún modo. Y eso es lo que nos da, para que habite en lo más íntimo de cada cristiano, para vivir él en nosotros y nosotros en él. Con su Espíritu, Cristo viene a nosotros de una forma nueva: ya no está solo delante de nosotros con su palabra en el Evangelio, con su presencia sustancial en la Eucaristía, sino también en nuestro propio espíritu. El don del Espíritu Santo es el don de Cristo mismo, que quiere habitar en nosotros.
Así un cristiano nunca está solo, no está realmente solo. No solo es amado por Dios, sino que lo tiene consigo, en su alma. De ahí viene la inhabitación de la Santísima Trinidad, de la que os he hablado otras veces. El caso es que, con el don de su Espíritu, Cristo viene a morar en nosotros y nosotros podemos entrar en este diálogo de amor con él.
En el libro de los Hechos de los Apóstoles hemos escuchado cómo se derramó el Espíritu Santo en Pentecostés. Tenía que ser visible, para que se dieran cuenta de lo que ocurría. Un viento llenó la casa donde se encontraban, y aquello retumbó; y unas lenguas como de fuego se posaron sobre cada uno de ellos. Nuestra imaginación suele pararse en estas manifestaciones externas, pero el hecho sustancial es que fueron llenos del Espíritu Santo. Esto es lo decisivo: su alma se convirtió en un templo del Espíritu Santo.
En el Evangelio hemos escuchado que Jesús se pone en medio y dice: «La paz esté con vosotros». Luego lo vuelve a repetir y exhala sobre ellos su Espíritu. Lo más íntimo, su mismo corazón, su mismo Espíritu. Y dice: «Recibid el Espíritu Santo». A la acción de Cristo, de «dar», se corresponde la nuestra de «recibir». ¿Cómo se recibe el Espíritu Santo? Acogiéndolo con fe. Igual que nos acercamos con fe a acoger el cuerpo de Cristo, o el perdón al confesionario, también con fe escuchamos las palabras de Cristo: «Recibid el Espíritu Santo». Y lo acogemos, aunque no aparezca fuego encima de nuestras cabezas y aunque no tiemble todo. Ahora tenemos a Cristo, y al Dios Uno y Trino, no solo junto a nosotros, sino en nosotros.
Pero este hecho de darnos Cristo su Espíritu, y de acogerlo nosotros, significa también entrar en la dinámica del amor trinitario, la dinámica del amor con el que el Padre ha enviado a su Hijo al mundo para salvar a cada hombre. Por eso, Cristo dice: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y sopla sobre ellos el Espíritu Santo, y enseguida vuelve a hablar de esta misión: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Todos los cristianos participamos de la misión de Cristo, porque todos somos miembros suyos, porque en todos nosotros vive su Espíritu. Aunque cada uno reciba una vocación particular y unos dones determinados, todos los cristianos participamos de la misión de Cristo. A este respecto, solemos fijarnos en lo que ocurrió en Pentecostés con los Apóstoles, cuando salieron de la casa y abiertamente empezaron a dar testimonio del Evangelio. Y solemos decir: antes de recibir el Espíritu eran miedosos, luego el Espíritu Santo los llenó de valor. Es cierto, pero hay algo más decisivo que su miedo o su valor: ahora dan testimonio de algo que no está fuera de ellos, sino dentro de ellos. Dios vive en ellos, y dan testimonio de algo que poseen en su corazón, y que nadie les podrá arrebatar jamás. Son movidos desde los más íntimo por este vínculo del amor de Dios, que les hace participar de la misión salvífica de Cristo. Eso es lo que no tenían antes y ahora sí.
A todos los discípulos se nos da el Espíritu Santo y todos tenemos la misión de llevar la reconciliación de Dios a los hombres. No todos absolviendo los pecados —eso nos toca a los sacerdotes—, pero sí mostrando a los hombres el amor de Dios. ¿Cómo se muestra eso? Hablando, sin duda; pero, sobre todo, haciendo lo que hace Cristo. ¿Y qué hace? Llevar el pecado de todos sobre su humanidad inocente. Sí, nosotros debemos llevar unos las cargas de los otros. Más aún, debemos llevar sobre nosotros los pecados del mundo. Ves a tu hermano lejos de Dios; no lo alejes de ti a la primera; acércate a él y da testimonio de la Verdad. Ves que peca, quizá haya perdido la conciencia de pecado y no se da cuenta; le hablas de Dios y de su amor, pero él no entiende. ¿Qué hacer? Lleva tú sus cargas, ofrécete tú a Dios para llevar sus cargas y suplica su perdón como lo suplicarías si fuesen tus propios pecados, ofreciéndote tú con Cristo que se ofrece en la Eucaristía. Así lleva la Iglesia a todos los hombres, en cada generación, el perdón y la vida de Dios.
He querido subrayar lo que significa Pentecostés como superación del límite del amor. En la oración, en los sacramentos, en la escucha de su palabra, se cuida y se alimenta este don que se nos da para que cada uno de nosotros podamos tener un trato personal, directo, inmediato e íntimo con Dios. Y luego, os he hablado algo de la misión que recibimos con el don del Espíritu. Pues bien: recibid el Espíritu Santo.
«Hombres, ¿qué hacéis ahí plantados mirando el cielo?» (Hch 1,11)
Hoy celebramos la Ascensión del Señor Jesús a los cielos. Querría explicaros el hecho mismo, lo que significa este hecho para el Señor y lo que significa para nosotros. Son tres cosas que van de la mano. Luego, debemos recordar que el mismo Jesús pone a sus discípulos en disposición espiritual para lo que viene después de su ascensión: Pentecostés, el envío del Espíritu Santo.
La primera lectura nos dice que Jesús se les apareció a los apóstoles durante cuarenta días después de resucitar, hablándoles del Reino de Dios. En la última ocasión les ordenó que esperasen juntos, en Jerusalén, la venida del Espíritu Santo. Al terminar este último diálogo con los suyos, y ante sus ojos, imagino que llenos de asombro, «fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista». No es una anécdota, sino uno de esos hechos que forman el núcleo de nuestra fe; por eso quedó recogido en el Credo: «fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso».
Jesús ascendió, subió a los cielos. No hay que entender ese subir como el de una nave espacial hacia las estrellas. «Subir» es aquí otra cosa: dejar este mundo para adentrarse en Dios. Y Dios no es que esté más arriba, o más lejos, sino que está más allá de este universo, mientras que lo invade todo, lo llena todo, sin confundirse con nada, ni ser contenido por nada. Subir es dejar este mundo creado y adentrarse en Dios. La nube, que les quita a Jesús de la vista a los apóstoles, expresa el ámbito divino en el que el hombre no puede penetrar. En la Biblia la nube indica el misterio de Dios, incognoscible, impenetrable, que le hace estar más allá de todas las capacidades humanas, por mucho que estas crezcan. Pues bien, Jesús subió a los cielos, hasta que una nube se lo quitó de la vista: Jesús dejó este universo y se adentró en Dios. Jesús, desde la encarnación hombre verdadero, sale del ámbito de este mundo, del que ningún hombre puede salir, y se adentra en Dios, donde ningún hombre puede penetrar. Jesús con su humanidad está en Dios.
Aquí podríamos preguntarnos: ¿Pero Jesús no es Hijo de Dios y Dios él mismo? ¿Cómo decimos que entra ahora en el misterio de Dios? Efectivamente, Jesús es Dios y él siempre está en Dios y Dios en él. Incluso en la cruz, el Hijo de Dios permanece misteriosamente unido a Dios en el cielo, mientras sufre por medio de su naturaleza humana en la cruz. En la ascensión lo nuevo es que la sustancia humana del Hijo de Dios, con la que murió, participa plenamente de gloria de Dios. San Pablo, al inicio de su carta a los Romanos, habla de este misterio diciendo que el Hijo de Dios hecho hombre, después de la Resurrección, fue constituido Hijo de Dios con poder (Cf.: Rm 1,3). El evangelio de hoy lo expresa de otra forma, cuando Jesús resucitado les dice a los apóstoles: «se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra». Jesús no habla simplemente como Dios, sino como Dios y hombre verdadero que posee plenamente de la gloria y el poder de Dios. Estamos hablando de la consecuencia última de la Encarnación, cuando se hizo hombre de verdad y tomó lo humano como suyo de forma absoluta y definitiva. La primera consecuencia fue que el Hijo eterno e inmortal murió clavado en la cruz. La segunda consecuencia fue que, después de resucitar, su naturaleza humana alcanzó la gloria eterna que es solo propia de la naturaleza de Dios. La bendita humanidad de Jesús, con la que él enseñó, con la que nos amó, con la que sufrió y murió recibe el poder total de la divinidad: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra». San Lucas, en su evangelio, añade que después de esto, los apóstoles se volvieron a Jerusalén llenos a alegría (Cf. Lc 24,52). Es la alegría de saber que aquel que tanto los ha amado ha alcanzado la gloria.
Pronto entenderán algo más: que la ascensión de Jesús es el anticipo de que todos los que están unidos a su cuerpo, hasta formar parte de él, alcanzarán a su Señor y su gloria. Así lo enseña la segunda lectura. Cristo elevado al cielo es el objeto de nuestra esperanza, lo que podemos y debemos esperar: llegar a él y participar con él de su gloria con nuestra propia humanidad, con nuestra propia personalidad. Es algo tan inimaginable, tan novedoso, tan sorprendente, tan grande, que san Pablo les dice a los de Éfeso: «El Dios de nuestro Señor Jesucristo […] os dé espíritu de sabiduría […] para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación».
Nuestro destino es alcanzar a Cristo y participar de su gloria. Por eso, de alguna forma, los cristianos no dejamos de mirar al cielo. Cuando Jesús ya ha ascendido, los apóstoles siguen buscándolo con la mirada, y escuchan de los ángeles: «Hombres, ¿qué hacéis ahí plantados mirando el cielo?». Hacen lo normal: buscan al que aman y ya no ven. Desde entonces los cristianos tienen el deseo en el cielo, han hecho de Cristo resucitado su esperanza. Alcanzarlo a él en el cielo es el contenido fundamental de la oración y de la esperanza cristiana. Es la tercera de las virtudes teologales y un ancla clavada en el corazón de Cristo resucitado. Nos da seguridad cuando llega la oscuridad, la enfermedad, el dolor, la soledad, la injusticia o la muerte; nos hace desear el día sin ocaso que viene tras la noche; y, además, nos da libertad para ejercitarnos en el bien, incluido perdonar a los que nos hacen mal y llevar voluntariamente sobre nosotros el pecado de los otros, servir sin esperar recompensa, etc. Es decir, la esperanza nos hace mirar al cielo y, al tiempo, nos da libertad para obrar en la tierra: «Hombres, ¿qué hacéis ahí plantados mirando el cielo?». Cada uno ha de obrar según la vocación y los dones recibidos de Dios. Pero como Iglesia, el bien fundamental que hemos de buscar en todo es llevar a Cristo: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado». No hay bien más grande que podamos hacer que el de evangelizar: entregar el tesoro que es Cristo a los hombres, darles la posibilidad de tener una esperanza y un amor que no muere.
Pero para tener el alma en el cielo, para obrar el bien conforme a la medida del amor divino, y para llevar a Cristo a los hombres, necesitamos del don del Espíritu Santo. Con esto acabamos. Antes de ascender, Jesús les manda: «Aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días […] Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y “hasta el confín de la tierra”». No es el momento de dar muchas explicaciones sobre el Espíritu Santo, es el momento de obedecer este mandato de Cristo y hacer de la espera del Espíritu Santo la oración de estos días. Coincide que preparamos la fiesta de san Felipe, que también suplicaba un incremento del Espíritu Santo. Pidamos con él y con todos los santos este incremento del Espíritu en cada uno de nosotros y en la Iglesia universal.