«Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?» (Lc 18,8)
La Escritura nos presenta hoy la oración en el centro de una lucha por la vida: Israel es atacado y Josué sale a la batalla mientras Moisés sube al monte y eleva los brazos hacia Dios, suplicando la victoria, suplicando la vida. Mientras Moisés ora así, vence Josué. La oración perseverante es dura, es también penitencia, y Moisés tiene que ser auxiliado para mantener los brazos en alto, para mantener la oración. Solo así el Pueblo de Dios alcanza la victoria sobre el enemigo que quiere aniquilarlo. La oración es una cuestión de vida o muerte. Y en la lucha decisiva de la vida es el único medio del que no podemos prescindir.
Estamos acostumbrados a lo contrario: confiamos en lo que podemos hacer con medios humanos y, consumidos esos medios, entonces rezamos un poco. La escena de Josué combatiendo a Amalec, con Moisés en el monte, con sus manos extendidas hacia Dios, ayudado por Aarón y Jur, nos dice lo contrario: el medio necesario para la victoria es la oración, de ella depende la supervivencia del Pueblo: «Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra». No nos salvará nuestra fuerza, ni nuestro valor, ni nuestra inteligencia: «Yo no confío en mi arco, ni mi espada me da la victoria» (Sal 44,7). Tampoco de las fuerzas de este mundo nos vendrá la salvación: ni del poder político, ni del poder económico, ni de la ciencia: «No os salvará Asiria» (Os 14,3); «¡Ay de los que buscan auxilio en Egipto!» (Is 31,1). La salvación solo nos viene del cielo: «Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra». Y la oración, y la penitencia que la hace persistente, es el instrumento para invocar el auxilio del cielo.
Es necesario, ahora, que entendamos cuál es la guerra en la que estamos metidos nosotros y para la cual la oración es el medio necesario. Vamos al Evangelio. Jesús venía hablando del tiempo en el que él volvería como juez, un tiempo caracterizado por la apostasía generalizada, esto es, por el rechazo de los hombres (Cf.: Lc 17,25). Así como la mayoría de Israel reprobó a Cristo en su primera venida, así habrá un gran rechazo de Cristo antes de su vuelta como juez. Y la lucha para la cual es necesaria la oración consiste en mantener la fe. En medio de un mundo que nos dice que Cristo ya no cuenta, que la salvación hemos de buscarla nosotros en esta tierra y que no existe más que esta vida, en medio de un mundo dominado por el mal y la injusticia, por la avaricia, por el amor al dinero, por el egoísmo y el crimen, por la lujuria desbordada… En medio de un mundo que detesta la verdad y persigue de mil formas al que busca a Dios y quiere seguir su ley, la lucha definitiva es mantener la fe: la certeza de que Dios existe y lo ha creado todo, que se nos ha revelado en su Hijo hecho hombre como un Dios trino, un Dios que es amor, y que nos ama, personalmente, hasta el extremo de la cruz, que me ha abierto el camino de la vida eterna, la vida con él. Mantener la fe es mantener esta certeza sobre Dios y acogerlo a él, su oferta de salvación, su amor, su persona, y entregarme yo a él y caminar por el camino de sus mandatos, ponerme en sus manos, y decir: «Padre nuestro…». Pues bien, «en los últimos tiempos [cuya llegada desconocemos, pero que se anticipa siempre en el presente de la Iglesia] será tan grande la iniquidad de los hombres y tan generalizada la apostasía, que cualquier medio humano será absolutamente ineficaz; solo quedará el gran remedio de la oración» (Dolindo Ruotolo).
En medio de esa lucha, él vendrá como juez justo a socorrer a los que claman a él día y noche. Tomará a los suyos y dejará al resto. Unos y otros vivimos juntos, trabajamos juntos, vamos juntos por la calle: «Estarán dos juntos: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán» (Lc 17,34-35). Es el juicio del juez justo[1]. «El fiel (el que mantiene la fe) será tomado, el infiel, será dejado»[2] (San Ambrosio).
Solo la oración constante es capaz de mantener la fe. Y por eso Jesús, «para enseñarles que era necesario orar siempre, sin desfallecer, les dijo una parábola». La parábola pone frente a frente a una viuda y a un juez inicuo. La viuda en la Biblia, junto con el huérfano, es el ser más desvalido del pueblo, depende de la bondad de los otros. En la parábola, la viuda, indefensa, sufre la injusticia, y clama al juez, pero es un juez inicuo, «ni temía a Dios, ni le importaban los hombres». La viuda no tiene ninguna posibilidad, pero insiste, sin cansarse, es inoportuna, hasta que logra que el juez la atienda. Y Jesús saca la conclusión de la parábola: Si el juez injusto termina haciendo justicia a la viuda, «¿no hará justicia Dios a sus elegidos que claman a él día y noche? ¿Acaso Les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar». ¿Pero nos daremos cuenta nosotros de que nos encontramos en medio de una guerra y de que el mundo quiere arrancarnos la fe y separarnos de Dios? ¿No vemos al mundo avanzar posiciones en nuestra propia familia y dentro de nosotros mismos? ¿No nos daremos cuenta de que en esta guerra estamos en una situación de debilidad, cada cristiano personalmente y la Iglesia en su conjunto? ¿Seguiremos creyendo que nos ayudará tal o cual partido político? ¿Seguiremos creyendo que saldremos adelante con las armas de este mundo? La salvación no nos viene de nuestra astucia en la lucha política; ni de ocupar las cátedras de las universidades y poder exponer nuestra visión del mundo, del hombre y de Dios. No recibiremos la salvación por copar los medios de comunicación, aunque sea con la sana intención de hacer llegar a muchos el mensaje evangélico… Los cristianos laicos tendrán que luchar en todos esos lugares, como Josué en el llano, pero el único medio del que no podemos prescindir es la oración: «Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra».
Estamos en una guerra por la fe, y en una situación de debilidad grande. Sin embargo, tenemos un arma poderosa: la oración. Cuando un hombre eleva los ojos al crucifijo y suplica, hace un acto de fe y mantiene viva su fe. Cuando un hombre se arrodilla ante el Santísimo y gime por el dolor que le supera o que no entiende, hace un acto de fe y mantiene viva su fe. Cuando un hombre, en medio del pecado generalizado, que también le llega a él y muerde su alma, eleva sus ojos al cielo y clama misericordia, hace un acto de fe y mantiene viva la fe. Cuando un hombre ve peligrar la unidad de su matrimonio y reza el Rosario, implorando el auxilio de la Madre de Dios, hace un acto de fe y mantiene la fe en medio de su desconsuelo. Cuando un hombre deja sus ocupaciones cotidianas y se pone ante el Santísimo para adorar, hace un acto de fe y mantiene viva la fe. Este es el punto fundamental. El Señor vendrá y hará justicia a los suyos, les dará la salvación que esperan; pero, ¿estaré yo entre esos que claman a él día y noche? «¿Encontrará fe en la tierra?». La oración es una cuestión de vida o muerte, porque en la lucha decisiva de la vida, la lucha por mantener la fe, la oración es el único medio del que no podemos prescindir.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
[1] Esa separación aparece también, expresada de otra forma, en el anuncio del juicio final de san Mateo, donde el Juez justo separa a los hombres como se separa las ovejas de las cabras (Cf.: Mt 25,32-33)
[2] SAN AMBROSIO, Exposición del Evangelio según san Lucas, VIII, 52. Cf.: «La comunidad de vida no iguala los méritos de los hombres» (Ibid.: VIII, 47)
Habacuc, uno de los profetas, se dirige a Dios pidiéndole cuentas. La situación es que Israel, empezando por los jefes, ha olvidado a su Dios, ha olvidado la ley: injusticias, crímenes, abusos, destrucción… ¡Qué fácil sería aplicar estas palabras al presente de nuestra nación, de las viejas naciones cristianas y de la Iglesia misma! Habacuc ha predicado llamando a su pueblo a la conversión, pero nadie le hace caso. Ha pedido a Dios que corrija a su pueblo, pero tampoco él parece escucharle. Y se queja desde lo hondo del alma: «¿Hasta cuándo, pediré auxilio sin que me oigas? ¿Hasta cuándo te gritaré: ¡Violencia! [hasta cuándo te mostraré la violencia que me rodea], sin que me salves?». El profeta está atormentado por la ruina moral y religiosa de su pueblo, por el fracaso de su misión, por el silencio de Dios. El pecado parece impune, los malvados prosperan, los inocentes son pisoteados, los soberbios se ríen de la ley divina. «¿Por qué lo permites? ¡No me escuchas!».
Pero, aunque parezca lo contrario, Dios no es indiferente a la ruina moral del pueblo, ni al tormento de Habacuc. Tiene un plan de salvación y se lo comunica al profeta en una visión. Más aún, Dios quiere que todos conozcan el contenido de esta visión y le manda escribirla en una tablilla, que se puede exponer ante los ojos de todos, para que todo quede claro y manifiesto. La visión habla de un castigo purificador. Será una criba que hará caer a los soberbios: «el altanero no triunfará». No pasará la prueba el que se ensoberbece ante la ley de Dios. ¿Quién pasará la prueba? El justo, el justo que vive de fe. Es decir, el que espera en la omnipotencia del amor de Dios, aun cuando parece que todo se desmorona.
Quiero que penséis un momento en la cruz y en Jesús. También allí Jesús se dirige con las palabras del salmo a Dios: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Todo parece fracasar en la cruz. Sin embargo, Cristo, hasta un límite inimaginable, mantiene su confianza radical en Dios, dejando que el plan salvífico de Dios se cumpla en su propia pasión, «todo está cumplido», y entregándose del todo en manos de su Padre: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». En ningún sitio encajan mejor las palabras dichas a Habacuc que aquí: «el justo vivirá de fe». Por esta fe, el Hijo eterno hecho hombre obedece hasta el final, se sumerge en la muerte del hombre, y va más allá de todos los límites de la creación hasta vencer la muerte, resucitar, ascender a los cielos y adentrarse en la vida divina. Sí, «el justo vivirá de fe».
Solo la fe nos guía en este mundo de sombras y apariencias, solo ella nos da luz y conocimiento cierto de Dios y de su amor. Solo la fe nos sostiene en la enfermedad, en el dolor, en la injusticia, en el sacrificio que exige el amor, solo la fe fortalece en la hora de la prueba, solo ella nos permite afrontar la muerte y vencerla hasta alcanzar con Cristo la vida de Dios. Así que la petición que inicia el evangelio de hoy es una petición muy necesaria: «Auméntanos la fe».
La fe nos da el conocimiento cierto de Dios y, además, es un vínculo invisible pero real con él, nos une a él. El impío, el hombre sin Dios, está solo, no le queda más que confiar en sus propias fuerzas o rendirse ante el dolor y la muerte; no puede sino tener el alma hinchada y ser altanero, o rendirse ante la vida, lo que los clásicos llamaban el fatum, la fatalidad de la vida. El justo tiene a Dios, la fe le da a Dios, con eso enfrenta la vida. La enfrenta como un niño que se agarra a la mano de su padre.
«Señor, auméntanos la fe»: danos luz para conocer el plan de Dios y abrazar lo bueno que él realiza ocultamente, en medio del mal que se levanta a nuestro alrededor y también dentro de nosotros. Danos luz para que podamos ver a Dios con los ojos del alma, y adherirnos a él.
Jesús entiende que es la petición más que justa, y hace un elogio de la fe. Por pequeña y vacilante que parezca, la fe tiene el poder de hacer cosas que ni siquiera hubiéramos podido imaginar: que el hombre, mortal y miserable, pueda alcanzar a Dios; que pueda ir más allá de todo lo creado, superar la muerte y plantarse en Dios. Esto es lo que hace la fe: toma un árbol y lo planta en el mar; nos arranca de este mundo y nos planta en el corazón de Dios. Lo hace no evitando el dolor, la injusticia de los hombres, la guerra… sino tomando la mano a Dios, para que él nos lleve, como un padre a su hijo pequeño y querido. La fe nos enseña a ser hijos y a vivir como hijos, pendientes de Dios, con su nombre constantemente en nuestros labios: «Padre nuestro».
Eso enlaza con la segunda parte del evangelio. El hombre de fe, vive de Dios, agarrado a su mano, y sabe que sin él no es nada. Por eso se hace humilde. Después de la muerte y la resurrección de Cristo, los apóstoles van a protagonizar un milagro inimaginable: van a arrancar a los hombres del mundo y los van a plantar en Dios. Por la predicación del Evangelio y por los sacramentos van a llenar el seno de Dios de hombres, mujeres, niños… Pero tienen que saber que no hacen más que lo que deben. Han de mantenerse humildes y, después de cumplir el trabajo encomendado, con éxito o con fracaso, decir: «somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer».
También nosotros debemos pedir a Cristo que nos aumente la fe que nos permite vivir unidos a él y alcanzar la vida eterna. Esa fe nos da a nosotros, como antes a los apóstoles, hoy, igual que hace dos mil años, el poder de plantar a Cristo en el corazón de los hombres, darles la vida divina. Podemos y debemos dar esta vida a nuestros hijos, a nuestros amigos, a los que nos rodean y viven sin Dios, sin verdad, sin esperanza. Y, sin embargo, debemos entender que esta obra inmensa, ¡dar a los hombres la vida de Dios!, es solo nuestra obligación, que nunca la hacemos del todo bien, que, en último término, es una obra divina. Debemos mantenernos humildes. Si vemos que nuestras palabras y el ejemplo que damos a nuestros hijos son eficaces y también ellos se mantienen en el camino de la fe, no creamos que es un gran mérito: hemos hecho lo que teníamos que hacer. Y si vemos que, por el contrario, fracasamos, entendamos que eso es lo normal, porque nosotros no somos nada para una obra tan grande; pidamos entonces a Dios, que sea él quien lleve a buen puerto la educación en la fe de nuestros hijos. En el éxito o en el fracaso, como padres, como amigos, como predicadores de la verdad, que podamos decir: «Somos siervos inútiles. Hemos hecho lo que teníamos que hacer».
«Bienaventurados los pobres … ¡Ay de vosotros, los ricos!» (Lc 6,20.24)
Queridos hermanos:
Hoy tenemos que enfrentarnos con el Evangelio como el que se enfrenta con un juicio anticipado de su vida. Es la forma de que este texto sea saludable para nuestra alma. Es como si Jesús pintase ante nosotros un gran cuadro con dos figuras en fuerte contraste, una junto a la otra. La primera: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día». Aquí se expresa lo que el mundo nos ofrece como vida idílica, vestir con lo mejor y comer cosas exquisitas: darse gusto. Este podría ser el lema de la mayoría: gozarse la vida. «¡Hombre, exageras! ¡La mayor parte no pasa una vida tan placentera!». Cierto, pero porque no puede, y por eso vive frustrado, a veces reconcomido por la envidia y la ira. Reconozcámoslo: gozar es nuestro objetivo inmediato cotidiano. Es decir, que el rico del evangelio somos un poco cada uno de nosotros, en mayor o menor medida.
Vamos a la segunda figura de este cuadro: Había también «un mendigo llamado Lázaro que estaba echado en su portal, cubierto de llagas, con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico». Es la imagen de un desgraciado. Está muy cerca del rico, «en su portal» y esto hace que el contraste entre ellos se vea mucho más: la vida disoluta de uno, el sufrimiento del otro. Se diría que hay una distancia insalvable entre ellos, pero la única distancia entre ellos es la indiferencia y la indolencia del rico. Los perros se acercan a lamerle las llagas, más compasivos que el rico. La compasión de los perros ayuda a entender la separación entre el rico y Lázaro: el rico, en su afán por darse gusto, ha endurecido tanto su alma que se ha vuelto más animal que los perros.
Si este hombre viniese por el confesionario, diría: «Con respeto al amor al prójimo, nada, padre. No hago daño a nadie. Yo vivo mi vida sin meterme con nadie. Dejo que la gente viva su vida como quiera y yo no hago mal a ninguno, ni hablo mal de nadie». No se daría cuenta de que la omisión puede ser un pecado contra la caridad tan grave como el homicidio. Su afán por darse gusto le ha hecho insensible para el bien, ha perdido su conciencia moral.
La parábola es una advertencia contra ese afán tan nuestro, tan de nuestros días, de darse gusto en todo: si somos ricos, ese afán puede llevarnos a una indiferencia homicida, como la que se ve en la parábola; si somos pobres, puede llevarnos a la amargura, al resentimiento, incluso al odio, también homicida. En la parábola, en ese cuadro que dibuja Jesús para que nos miremos en él, la falta de caridad del rico es un muro invisible pero muy real que lo aísla, y ¿sabéis en qué consiste el infierno? Precisamente en esto, en un aislamiento absoluto. A eso le conduce el deseo no moderado de darse gusto y la falta de caridad. Se da cuenta tarde, cuando llega la muerte, porque ella tira por tierra todo lo que es apariencia y muestra la verdad.
Eso es lo que vemos en la segunda parte de la parábola: con la muerte todo lo que es apariencia cae como el telón de un teatro, y detrás se ve lo que es para siempre: una vida de comunión o una soledad absoluta y total, el cielo o el infierno. La muerte pone todo patas arriba, todo lo pone del revés: Lázaro muere y son los ángeles los que le toman y le llevan al seno de Abraham, donde descansa y goza de la compañía de los justos, mientras que el rico es enterrado. Así se expresa lo distinta que es la muerte para el justo y para el injusto: los ángeles, que te toman; o la fría tierra que te sepulta. Lázaro está con Abraham y los justos del Antiguo Testamento, y el rico está en medio de los tormentos del infierno. Todo ha quedado al revés. Por otro lado, la separación que ya aparecía en la primera escena, la falta de caridad, ahora se ha convertido en una separación imposible de salvar: «Entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros». Por último, la nueva situación es para siempre. La primera escena representaba la vida de este mundo, y esa vida pasa. La segunda nos presenta lo que será para siempre: infierno o gloria. Ahora se entienden aquellas otras palabras de Jesús: «Bienaventurados los pobres […] ¡Ay de vosotros, los ricos!».
¿Es esto así, realmente? No parece que Jesús hable de broma, lo dice con una parábola sencilla, para que se nos grabe en la imaginación, pero no habla de broma: nuestro destino eterno está marcado por nuestro comportamiento en esta vida que pasa. Somos libres para amar y alcanzar al que es amor, y somos libres para construir un muro de falta de caridad, que nos aísla de quien nos ama y nos introduce en el infierno.
Pero la parábola tiene también otro mensaje: que Dios, justo, hace justicia al que sufre la injusticia de este mundo. Dios hace justicia a Lázaro. La justicia de Dios no es una losa que nos atenaza, es una esperanza: Dios nos hará justicia. Y sobre esto hay un detalle hermoso: el rico no recibe nombre, se habla simplemente de «el rico». Ya he dicho antes que, en mayor o menor medida, nos representa a todos. Sin embargo, el justo pobre sí tiene nombre, Lázaro, Eleazar, que significa «ayudado por Dios». Para el justo que sufre el pecado del mundo, la justica de Dios es la promesa de una ayuda definitiva y radical: la resurrección y la vida eterna, inaugurada por el primer Lázaro, Cristo, el primero que ha muerto por una falta de caridad homicida, la nuestra, y que ha sido rescatado de la fosa y ha sido glorificado por Dios, su Padre.
La parábola tiene una tercera parte, decisiva para nosotros. El rico le pide a Abraham que vaya Lázaro a avisar a sus hermanos para que no terminen también ellos en aquel lugar de tormento. Atendamos bien la respuesta que Jesús pone en boca de Abraham: «Tienen a Moisés y a los profetas. ¡Que los escuchen!». Moisés representa la ley: «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas las fuerzas […] y al prójimo como a ti mismo», una regla para vivir y alcanzar la vida de Dios. Y los profetas no hacen sino sacudir al pueblo, una y otra vez, para que no olvide esta regla de vida, como hemos escuchado hoy al profeta Amós: «¡Ay de aquellos que se sienten seguros en Sion […] y no se conmueven para nada por la ruina de la casa de José! [Es decir, el Pueblo de Dios]. Por eso irán al destierro, a la cabeza de los deportados, y se acabará la orgía de los disolutos».
Los pecados de omisión contra la caridad no son solo indiferencia ante las necesidades del cuerpo, también a las del alma. Al leer al profeta no podía sino acordarme de los que tenemos responsabilidad sobre otros: los reyes y los gobernantes sobre los pueblos; los padres sobre los hijos; los maestros sobre sus alumnos; los sacerdotes sobre los fieles; los obispos sobres los sacerdotes y sobre los fieles. Cuando estos se olvidan del bien que cada uno de ellos tiene el deber de custodiar para los otros y se encierran en sus propios intereses, en sus propios gustos, groseros o refinados, son como estos de los que habla Amós, que no se conmueven por la ruina de los hijos de Dios. Las palabras del profeta son tan terribles como infalibles: «Irán al destierro, a la cabeza de los deportados, y se acabará la orgía de los disolutos».
El juicio anticipado de la parábola pone ante nosotros infierno o gloria.
«Tienen a Moisés y a los profetas. ¡Que los escuchen!». Que sea nuestra norma de vida no el darnos gusto, sino la ley de Dios. Aprendamos del que ha encarnado la ley de Dios, su Hijo hecho hombre. Aprendamos de Cristo, que por caridad enseñó la verdad a todos, intentando corregir incluso a aquellos fariseos que lo detestaban. Aprendamos de él, que por caridad curó a los enfermos, perdonó a los que lloraban sus pecados y auxilió a los que sufrían. Aprendamos de él, que olvidándose de sí y de sus derechos, dio su vida para la salvación de todos los que le obedecen. No hay vida más bella que esta, y solo esta lleva hasta Dios. Salgamos de nosotros mismos para fijarnos en él, para unirnos a él, para caminar con él, para entregarnos con él. Al final, y para siempre, viviremos con él, en la comunión con los santos y con Dios.