«Así se enderezaron las sendas de los terrestres» (Sb 9,18)
Queridos todos, después de los meses de julio y agosto, me alegro de volver a celebrar con vosotros la Misa del domingo.
¿Recordáis las últimas palabras del evangelio del domingo pasado? Os las recuerdo: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos». Es lo que hace el Señor con nosotros cada domingo. Al que es limpio, le disgusta juntarse con quien va sucio y huele mal; al que es inteligente e instruido, no le suele gustar perder el tiempo con quien es ignorante y tiene pocas luces, se aburre con él; al honrado, le asquea la compañía de mentirosos y ladrones; al virtuoso, le repele el vicioso… Así es el movimiento natural del corazón. Pensad, ahora, en el sentimiento de Dios hacia nosotros: no siempre sinceros, no siempre puros, no siempre justos. Al contrario: muchas veces embusteros o simuladores; a veces impuros, llevados de pensamientos y deseos vergonzosos; a veces desleales con el amigo o con la esposa; a veces egoístas y desagradecidos con los padres; a veces avaros y tacaños; a veces, insensibles al dolor de los otros, fríos e indiferentes; a veces duros en nuestros juicios con las debilidades de los demás, a pesar de que nosotros caigamos con frecuencia en sus mismos pecados; a veces tramposos; a veces iracundos con los débiles y cobardes con los poderosos; muchas veces perezosos o incapaces de controlar lo que comemos o lo que bebemos… ¡Y sobre todo el orgullo y la soberbia que nos hacen insufribles y odiosos! ¿Creéis que es plato de gusto para el que es santo entre los santos, puro, sabio, justo… convivir con nosotros? No, y hecho hombre, en su sensibilidad humanidad se levantaría una tormenta de sentimientos contrarios a nuestra compañía, tormenta de sentimientos contarios a nosotros que su libertad negó y contrarió con el movimiento opusto: el del amor, el de la misericordia que se entrega a lo miserable. Esto ocurre cada domingo, cuando él, verdadero hombre, resucitado, vivo, nos llama y nos ve acercarnos, «pobres, lisiados, cojos y ciegos», en el alma, moralmente. Y hace un acto de voluntad, un acto libre con el que decide amarnos y hablarnos de lo íntimo de sí, y darnos su propia persona como alimento.
San Pablo expresa de otra forma la misma realidad, teniendo a la vista a Cristo crucificado: «Cuando éramos enemigos suyos, él nos amó». Y podríamos decir que nuestros pecados, en la medida en que permanecen en nosotros, siguen haciéndonos, en cierto sentido, enemigos de Cristo. Y diré, sin ninguna duda, que Jesús, sigue reiterando, o actualizando, cada domingo ese acto libre de su voluntad, por el cual nos convierte en sus amigos y se nos da: la decisión de amarnos.
No es de extrañar que quien ama así, quien nos ha dado la primacía en su vida, quien nos ha amado más que a sí mismo, y ha cargado con nuestros pecados desde el pesebre hasta la cruz, se vuelva hacia nosotros y nos exija, con toda rotundidad, tener la primacía en nuestro corazón y en nuestra vida, la total primacía, y seguirlo en su amor. Eso es lo que aparece en el evangelio de hoy: Jesús ve una gran multitud que lo sigue y quiere, necesita, ser claro: su amor no es un sentimiento que va y viene, es una decisión por la que ordena toda su vida a la cruz, como acto extremo y final de amor con el que decide salvarnos. Y eso requiere de nosotros no un mero sentimiento de emoción o de agradecimiento, sino la decisión consciente, ponderada, de hacer de Cristo nuestro verdadero Señor: «Mucha gente acompañaba a Jesús. Él se volvió y les dijo: “Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío”».
Hay que pensarlo, hay que calcularlo, como el que quiere construir una torre y antes echa cálculos, como el que quiere emprender una guerra y antes tiene que valorar si va a poder vencer. Debemos valorar bien a Cristo y su amor, y entender que su amor exige nuestro amor, que él concreta en tres cosas: 1) amarlo a él más que a nadie y más que la vida misma; 2) llevar la propia cruz y seguirlo; y 3) renunciar a todas las posesiones.
Cada uno de nosotros ha de entender y vivir estas exigencias según su propia vocación, porque no quiere el Señor que todos seamos cartujos o carmelitas descalzas, o todos misioneros itinerantes como san Pablo, no. Lo que exige su amor es que lo ordenemos todo no a nosotros —que es lo que solemos hacer—, ni a ninguna otra criatura, sino a él.
¿Es esto un capricho? No, es que el amor pide amor, y no se contenta sino con el amor y solo puede pagarse con amor y solo puede llegar al fin al que tiende si es correspondido con un amor semejante. Pero hay algo más. Os preguntaba si esta exigencia de Cristo es un capricho. No lo es, porque solo en poseerlo a él por el amor el corazón del hombre descansa. Él, solo él, solo Cristo derrama gozo y plenitud en el corazón del hombre. Solo él es nuestro bien. Esta es la sabiduría desconocida en la antigüedad y por la que clamaba la primera lectura, aquello que los judíos justos anteriores a Cristo aún desconocían: que nuestro corazón está hecho para el Hijo de Dios, que habría de hacerse hombre y morir en la cruz. Este es el conocimiento que endereza nuestros caminos en la tierra hasta la vida verdadera.
«Grande eres, Señor […] y nos has hecho para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
Celebramos la Ascensión del Señor a los cielos, que es una de las verdades de la fe transmitida por los Apóstoles. Así en el Credo, después de la resurrección de Cristo, confesamos: «subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso».
El libro de los Hechos de los Apóstoles nos dice que vieron elevarse a Cristo hasta que una nube se lo quitó de la vista. Este subir en el espacio es el signo visible de un subir más real: adentrarse en Dios. Decimos “subir” porque no tenemos mejor forma de expresar este acrecentamiento del ser que significa pasar de este mundo creado a Dios, increado, eterno, que no está arriba, ni abajo, ni a derecha ni a izquierda, sino que lo llena todo y lo invade todo y está todo entero en todas partes sin confundirse con nada y es más alto, más perfecto, que todo lo que nosotros podemos ver, imaginar o concebir. Subir a los cielos significa adentrarse en Dios, en una vida que para nosotros es un misterio insondable, de la que sabemos lo que el Hijo nos ha revelado: que es una comunión trinitaria de amor. El Hijo de Dios vuelve a su Padre, pero no como había salido cuando bajó del cielo para hacerse hombre. Vuelve con su humanidad: con su cuerpo humano levantado del sepulcro, con su alma humana rescatada del sheol, con su corazón humano y con todo lo que él ama, con su Madre en el corazón, con Pedro, con Santiago, con Juan y con cada uno de aquellos por los que se entregó en la cruz. Es decir: asciende con esta naturaleza humana con la que se ha hecho hermano nuestro, y con nosotros en el corazón, en su voluntad amorosa. Así subió a los cielos. Y Dios le sentó a su derecha: le dio, como hombre victorioso, lo que ya tenía antes de la creación como Hijo eterno: ser Señor de todo.
La nube les quitó de la vista a Jesús. En todo el Antiguo Testamento la nube esconde el misterio de Dios que el hombre no puede penetrar. Conforme a ese significado de la nube, Jesús se adentró en ese misterio de Dios, que nuestra mirada no puede penetrar, que nuestra inteligencia no puede dominar. Y el relato dice que cuando la nube terminó por quitarles de la vista al Señor, los Apóstoles se quedaron mirando fijos al cielo, como tontos y embobados. ¡Qué natural me resulta esto! Querían seguir a su Maestro de alguna forma, aunque solo fuese con la mirada. Dijo sobre esto una vez el papa Benedicto XVI: «El Señor atrae la mirada de los Apóstoles —nuestra mirada— hacia el cielo», el Señor quiere hacernos crecer hasta Dios. Es verdad que la nube expresa una separación. Ya he dicho que Cristo se adentra en un misterio que ni nuestros sentidos pueden penetrar, ni nuestra inteligencia puede dominar. No podemos asaltar el cielo. No podemos forzar a Dios. Pero también he dicho que Cristo ascendió con nuestra naturaleza y con nosotros en la voluntad amorosa de su corazón. San Pablo reza por los cristianos de Éfeso —y yo lo hago por todos nosotros— para que comprendan lo que esto significa: que Jesús ha introducido en el seno de Dios nuestra naturaleza, para que lleguemos allí; que él nos lleva en el corazón, en ese corazón que gobierna el mundo, para tirar de nuestro amor con el suyo. Cristo en el seno de Dios es nuestro destino. Tenemos que comprender esto y tender hacia ello con el corazón, con la voluntad amorosa de nuestro corazón, por pobre y débil que sea: «El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, […] ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros». Que el Señor atraiga nuestro corazón hacia el suyo. La nube es solo temporal, la separación es solo temporal. Llegará el momento de reunirnos con él: «Volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros».
Mientras tanto, aunque esté en el cielo, no nos ha dejado solos y sin nada que hacer. Lo tenemos en su Palabra y en los sacramentos. Ya el domingo pasado os hablé de cómo Jesús promete una presencia espiritual en nosotros a través de su Espíritu; presencia espiritual más perfecta e inmediata que la corporal que tuvieron los apóstoles durante los tres años que convivieron con él. Es el Espíritu Santo quien nos trae su presencia real al alma. Y es también el que nos guía en la misión que Cristo nos da. Antes de ascender a los cielos, Jesús vuelve a recordarlo: «Aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que ya os he hablado […] dentro de no muchos días [se refiere a Pentecostés] seréis bautizados con Espíritu Santo». Con esta presencia de Cristo en el alma, unidos a él, pastores y fieles tenemos una misión que cumplir: «seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y “hasta el confín de la tierra”». Los confines de la tierra son también aquellos hombres que nos parecen imposibles de conquistar para el Evangelio. Pero Cristo no pide que nosotros los conquistemos, solo que demos testimonio de él, testigos de su amor que vence la muerte. Confiemos en el Espíritu que Cristo nos promete, para que sea él quien nos conduzca en la misión apremiante que tenemos; cada uno en su propio estado, cada uno según su propia vocación particular, cada uno conforme a los dones naturales que Dios le ha dado y los dones sobrenaturales que quiera darle. A veces esos confines están, en realidad, muy cerca de nosotros, y muchas veces nos olvidamos de que Cristo nos ha dado una misión. A veces es nuestro amigo; a veces nuestro hijo, que ha venido a ser un desconocido. Tenemos una misión con él, y no es solo darle ropa, o enseñarle cómo debe comportarse en público. El amor que les debemos, por el que todos seremos juzgamos, implica el testimonio del Evangelio. Ser testigos de Cristo es el más ineludible ejercicio de caridad. Parte importante de esta fiesta es la invitación divina a perseverar en la súplica de una nueva efusión del Espíritu Santo sobre cada uno de nosotros y sobre la Iglesia universal, que necesitamos para tener en nosotros a Cristo y para la misión que él nos ha dado. Estos días que median entre la fiesta de la Ascensión y Pentecostés son especialmente indicados para esta súplica.
Queridos hermanos, no podemos vivir como paganos. Somos cristianos, Dios nos ha dado algo que no merecemos y tenemos un deber que cumplir en esta vida, nos dediquemos a la banca o a fabricar coches. Por encima de todo, tenemos un deber: dar testimonio de quien ha dado la vida por nosotros. Queridos hermanos, Dios nos ha dado a su Hijo, y nosotros no podemos vivir con la ignorancia, la oscuridad y la tristeza escondida de los paganos, que guiados por el espíritu de este mundo, aman solo este mundo que pasa y decepciona, «sin Dios y sin esperanza». «Solo aspiran a cosas terrenas», como dice san Pablo: «Su paradero es la perdición, su Dios, el vientre; su gloria sus vergüenzas. Pero nosotros [sigue diciendo el Apóstol] somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo». Necesitamos mirar al cielo y aspirar al cielo. Celebramos la Ascensión del Señor para recordarnos a nosotros mismos que no tenemos otra meta que Dios.
«Vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23)
Desde que Juan, Andrés, Simón Pedro, Felipe y los demás conocieron a Jesús, poco después del Bautismo en el Jordán, tres años antes de su resurrección, uno tras otro se había unido a él dejando atrás su vida anterior —trabajo, familia, posesiones…— Jesús se convirtió en su única riqueza. Llegará a ser cierto lo que en una ocasión le dijo Pedro: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mt 19,27). Jesús se convirtió para los Doce, y para otros muchos, hombres y mujeres que lo seguían con más o menos cercanía y fidelidad, en una riqueza tan grande que sus males morales y espirituales fueron quedando atrás, en un bien tan grande que incluso las cosas buenas se oscurecieron en comparación con aquella luz de su presencia que llenaba sus días.
El Evangelio está lleno de detalles que confirman este hecho. Juan, el apóstol, sintetiza en una afirmación el resultado del primer encuentro que él y Andrés tuvieron con Jesús: «Se quedaron con él» (Jn 1,39). Y así se resume la vida de los tres años que los Doce pasaron con Jesús. Pero también de todos los demás discípulos se podría decir que Jesús se convirtió en el hogar que los acogía, que los curaba, que los perdonaba, que los enseñaba, que los corregía y que los unía entre ellos. Y cuando muchos se escandalizaron de él y se alejaron, Simón Pedro volvió a dar voz a todos sus fieles, diciendo: «Señor, ¿dónde vamos a ir? Solo tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68).
Sin embargo, la muerte en cruz rompió este vivir en su compañía. Cualquiera que haya perdido a alguien amado y cercano entenderá lo que significó esta ruptura. Después, verlo resucitado les llenó de alegría, porque con todas sus debilidades, lo amaban. «Se llenaron de alegría, al ver al Señor» (Jn 20,20), recuerda san Juan. Pero no resucitó para este mundo y cuando la Magdalena quiso abrazar sus pies, Jesús le dijo aquello de: «No me retengas que aún no he subido al Padre» (Jn 20,17). Tengo que subir al Padre. Y es que Jesús resucita no para vivir otra vez esta vida nueva, sino para alcanzar con su humanidad el seno de Dios, donde nosotros no podemos escalar. Por lo tanto, también la resurrección y la ascensión a los cielos, parecía que les quitaba a los apóstoles la cercanía cotidiana de Cristo. Hemos escuchado hoy que Jesús, antes de ser apresado, les dice: «Me voy […] al Padre»; sin embargo, añade algo: «Me voy y vuelvo a vuestro lado». En una ocasión anterior ya les había advertido que les convenía que él se fuese físicamente de su lado («os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito» (Jn16,7)), porque entonces podría venir de una forma más íntima, no para estar ante ellos, sino para estar en ellos, por medio de su Espíritu. Por medio de su Espíritu, Espíritu del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, él, Cristo, y también el Padre se adentran en el alma del cristiano y se hacen presentes a él, real y personalmente presentes. A eso lo llamamos inhabitación. Es la presencia verdadera y real de Cristo, de su Espíritu, de la Santísima Trinidad.
Los Apóstoles y los otros discípulos ya no podían vivir sin la compañía cotidiana de Cristo, pero tampoco Cristo quiere vivir lejos de los suyos: «Llévame como un sello en el corazón» (Cant 8,1), leemos en el Cantar de los Cantares, palabras que nosotros podemos escuchar en labios de Cristo dirigidas a nosotros. Sí, como un sello indeleble, imborrable, más que eso, como una presencia misteriosa, sobrenatural, pero real de él, el que nos ama, el que vive, de quien nada nos puede separar, solo nuestro pecado.
Mientras os digo estas cosas podéis pensar: también tenemos la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Es cierto. Pero ¿para qué se nos da esa presencia real fuera de nosotros, en las especies consagradas, sino para tomarlas («tomad, comed»), para que el que nos ama en la cruz y vive se adentre en nosotros y nos haga suyos cada vez más? Dice un maestro de vida cristiana, el venerable José Rivera: «La eucaristía ha sido instituida para intensificar en los cristianos la inhabitación de Dios: “para que tengan vida y vida abundante” (Jn 10,10) […] La Eucaristía es para la inhabitación. La presencia real de Cristo en la eucaristía tiene como fin asegurar e intensificar la presencia real de Cristo en los justos por la inhabitación»[1].
Para Juan, para Andrés y para todos los demás esta es la respuesta al desconcierto que sufren cuando ven que su Señor vive, pero que se aleja de ellos hasta el seno de Dios. La inhabitación es el gran don que hemos recibido los cristianos que caminamos en esta vida. San Ignacio de Antioquía, martirizado a comienzos del s. II, habla de Cristo como de «mi inseparable vivir». Lo dice en sentido real porque se sabe «portador de Dios», y así habla de sí mismo en sus cartas: «Yo, Ignacio, de sobrenombre Teóforo (portador de Dios)». Es solo un ejemplo, de lo que supone la inhabitación de la Trinidad en los cristianos, la promesa de Cristo en el Evangelio: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él».
Ahora, en esas breves palabras se indica también el camino de su presencia sobrenatural. El camino es el amor a Cristo, que es el amor a quien nos ama, no a una entelequia o a una doctrina, sino a Jesús, vivo. El camino de la presencia de Cristo en nosotros es el amor a él. Es el amor que nace de la fe, pero dejamos a un lado el asunto de la fe, para centrarnos en el amor a él, el asunto principal del que hoy habla el Señor. Pues bien, ese amor a él se realiza en la obediencia a su palabra. Su amor por nosotros se realiza en la cruz, nuestro amor por él se realiza en la obediencia a su palabra. Sin esta obediencia, el amor no llega a ser real. Guardar su palabra significa custodiarla en la memoria, en la inteligencia, en el corazón… pero significa, sobre todo, guiarnos por ella como criterio último y definitivo, hasta hacernos obedientes a ella. ¡Qué difícil esto en un mundo que desprecia la enseñanza de la obediencia más natural, como la de los hijos a los padres!
«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras».
El Señor nos da un don enorme, una gracia sobrenatural enorme, este de la inhabitación de la Trinidad en nuestra alma, de su presencia personal y real en nosotros. Y todo depende de nuestro amor, que se realiza en la obediencia a su palabra.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
[1] JOSÉ RIVERA – JOSÉ MARÍA IRABURU, Espiritualidad católica (CETE, Madrid 1982) 196-197
«Ahora es glorificado el Hijo del hombre» (Jn 13,31)
Estamos en Pascua, celebramos su V domingo. Y, sin embargo, el evangelio nos retrotrae a la Pasión. El pasaje de hoy comienza en el momento en el que Judas sale del cenáculo para encontrarse con los guardias del Templo y conducirlos hasta Jesús. Jesús queda en el cenáculo con los otros discípulos. Es el comienzo de la Pasión, y Jesús dice: «Ahoraes glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él». Es decir: «Ahora voy a ser glorificado y mi Padre va a ser glorificado en mí». Podemos preguntarnos por qué habla Jesús de su glorificación y de la glorificación de su Padre cuando va a ser humillado hasta lo inimaginable, cuando el Padre va a tener que contemplar cómo desprecian a su Hijo y en su Hijo a él.
Para entender esta aparente contradicción tenemos que retomar el primer versículo de este capítulo de san Juan: «Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo[1]» (Jn 13,1). Los amó hasta el extremo, hasta el final, hasta la perfección. La glorificación del Padre y del Hijo consiste en la realización perfecta del amor del Hijo en su humanidad, realización que se lleva a cabo en la entrega que de sí hace Cristo en su pasión y muerte.
La gloria, del Padre y del Hijo, está en ese amor que se realiza entregándose por nosotros, muriendo por nosotros. La gloria está en ese amor llevado a la perfección en el padecer y morir. Ese amor realizado hace presente la gloria de Dios en medio de la muerte en cruz y vence la muerte. La resurrección está contenida en su muerte por amor. Ya profetizaba este amor de Cristo el Cantar de los Cantares: «Las aguas torrenciales [las aguas mortales] no podrán apagar el amor» (Cant 8,7). El Hijo y el Padre son glorificados en este amor que se entrega hasta la muerte y vence la muerte, por este amor que ahora se muestra vivo y eterno. Cuando los cristianos miramos la cruz, vemos un amor viviente que nos llama.
Demos un paso más. Este amor es la gloria de Dios y es también lo que nos cautiva del Crucificado y de su Padre, que nos lo da. Lo que nos ha cautivado es el amor con el que el Padre nos da a su Hijo amado. No el dolor o la angustia… lo que ha cautivado a los hombres desde que Cristo abrió sus brazos y fue elevado sobre el madero es su amor por nosotros, y que es un amor que vence la muerte. En su entrega es un amor perfecto, en su resurrección es un amor vivo; y así se convierte en una red que captura y conquista nuestro corazón. San Felipe Neri comparó el amor de Cristo con una red que atrae hacia él nuestro corazón[2]. No con la fuerza y la violencia física, no con la contundencia de un razonamiento irrefutable que doblega la razón, no con una especie de fuerza espiritual que someta y anule nuestra voluntad, sino con la persuasión de su amor, que ni somete ni obliga, sino que llama a nuestra libertad, a nuestra razón, a nuestra voluntad, a nuestro amor: «cor ad cor loquitur». El corazón llama al corazón.
Así, el amor de Cristo llama a nuestro corazón y se convierte en mandamiento, el mandamiento más apremiante, el mandamiento definitivo y nuevo; nuevo porque nace del amor realizado en la cruz y resucitado. Es el mandamiento a amar a quien nos ha amado, de amar a quien él ama, de amar como él ama. «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros». Es el mandamiento de unirnos a Cristo en su amor a los otros. Dios ya había dado el mandamiento del amor en el Antiguo Testamento, la novedad está en que ahora él nos precede en este amor, su amor se convierte en la fuente de nuestro amor y en nuestro modelo, en la medida y la norma de nuestro amor: «amaos como yo os he amado». Basta mirar a Cristo para entender que este mandamiento lo exige todo de nosotros.
Muchas veces, cuando consideramos el amor de Cristo, el amor de Dios, este se convierte en una especie de espejismo ante nuestros ojos: quisiéramos abrazarlo, pero se nos escapa, como se escapa un espejismo a quien está sediento en medio del desierto. Entendemos que Cristo nos ama, pero no somos capaces de hacerlo realmente nuestro, como hacemos nuestro el amor de otras personas, aunque sean amores pequeños y limitados. Reconocemos que es perfecto, pero es como si nunca llegase a ser realmente nuestro. Y es que, para hacerlo nuestro tenemos que responder a su llamada, a su mandato. Solamente en la realización concreta de este mandamiento de amor al prójimo nos unimos a Cristo y él se hace real para nosotros. Si no amamos con él, no estamos unidos a él y lo conocemos solo desde lejos, solo como una idea, una imagen borrosa en nuestra mente. Solo el que ama con él y muere con él por amor se hace su discípulo y se une a él y lo conoce realmente. Empecemos a ser discípulos amando de verdad con Cristo que nos ama.
Termina Jesús diciendo: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os amáis unos a otros». Porque este amor es lo que caracteriza a Cristo, es lo que lo hace visible, lo que da al mundo una imagen real de Cristo. «Esta y solamente esta será “la señal”. Ninguna otra peculiaridad de la Iglesia puede convencer al mundo de la verdad y de la necesidad de la persona y de la doctrina de Cristo. El amor vivido y repartido por los cristianos será la demostración de todas las doctrinas, de todos los dogmas y de todas las normas morales de la Iglesia de Cristo»[3].
«Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna» (Jn 10,27-28a)
Jesús se nos presenta como el buen Pastor. Antes de adentrarnos en sus palabras, quiero deciros que esta fue la primera forma que tuvieron los cristianos primitivos para representar a Cristo: como un pastor bueno, con una oveja sobre sus hombros y rodeado de otras ovejas. Así aparece, por ejemplo, en las catacumbas romanas. Jesús, llevando dulcemente sobre sus hombros a la oveja enferma, conduciendo a las demás. Fue la imagen que se grabó en la imaginación de los primerísimos cristianos, la que consolaba sus penas, la que encendía su afecto.
Ahora, cuando el Señor pronunció las palabras que acabamos de escuchar, tenía delante a los que le seguían como discípulos y a quienes lo rechazaban. A estos últimos les dice: «vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas». Por tanto, hay unos que son ovejas de Cristo y otros que no lo son. El hecho de que Jesús marque una división tan clara, nos alerta. Si no estoy entre sus ovejas tengo motivos para entristecerme, más aún, para temer por mi salvación eterna y buscar los medios para convertirme. Porque llegará un día, el del juicio final, en el que esta división será definitiva, cuando Cristo vuelva en su gloria: «Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras». No hace falta que recordemos todo ese pasaje en el que Jesús anuncia la sentencia definitiva que allí se producirá.
Las palabras del evangelio de hoy se centran en los que Jesús sí considera sus ovejas: «Mis ovejas escuchan mi voz». La primera característica de los que son de Cristo es que lo escuchan, están atentos a su voz. No dejan que su palabra se pierda, sino que están atentos a ella y, como María, la guardan en el corazón. Además, en la Biblia, «escuchar» implica también «obedecer»: escuchar, guardar, obedecer. Por eso en otra ocasión dice Jesús: «El que acepta mis mandamientos y los guarda [se rige por ellos], ese me ama». Así pues, «mis ovejas», las que son realmente mías, «escuchan mi voz», guardan mi palabra y la obedecen.
Sigue Jesús: a esas ovejas «yo las conozco». Cristo conoce a los que escuchan su voz en dos sentidos. Primero: al ver en ellos la obediencia a su palabra, los reconoce como algo propio. Tienen su voz en los oídos y en su memoria, en el corazón, esa misma palabra se trasluce en sus obras, en su forma de vivir, en el transcurrir de sus días. Y Jesús, al ver su palabra viva en sus discípulos, los reconoce como propios, como quienes están muy cerca de su corazón. Segundo: decir que Cristo conoce a los suyos es decir que Cristo los ama con ese amor que solo es posible cuando la persona amada permite que el amor penetre en su alma. Cristo ama a todos, pero estos le han abierto la puerta, y su amor puede avanzar en ellos hasta que «el corazón habla al corazón». El conocer de Cristo viene a ser un caminar suyo hasta lo más íntimo de quien acoge su palabra.
Pero entonces añade: «y ellas me siguen». Porque una vez que Cristo ha tocado el corazón, entonces este ha de caminar también para adentrarse en el corazón de Cristo, que no es un viaje meramente sentimental, ni siquiera solo espiritual, sino la comunión con la vida, con la voluntad, con la mente y con los sentimientos de Cristo. El domingo pasado veíamos un ejemplo cuando el Señor llegaba con sus palabras hasta lo más hondo del corazón de Pedro, para terminar diciéndole: «Sígueme»; que para Pedro será dar a su pensamiento, a su voluntad, a su sensibilidad… la forma de Cristo, y seguir sus huellas, hasta compartir incluso su cruz. También san Pablo lo expresa cuando, prisionero, escribe a los filipenses y les dice que quiere morir la misma muerte que su Señor, porque ha sido alcanzado por el amor de Cristo crucificado y ahora quiere también él alcanzar a Cristo, amar a su Señor crucificado compartiendo su misma muerte, para vivir con él: «muriendo su misma muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos».
Y este es ya un paso más, porque el morir con Cristo, en correspondencia a su amor, tiene la promesa de vivir con él, y él está en Dios y es Dios. Dios es la meta a la que Cristo nos arrastra con su amor, es el lugar al que ha llegado con su humanidad y tira de nosotros hasta allí con su amor. La salvación que Cristo nos ofrece no es solo dar un sentido intramundano a esta vida, no es solo permitir una cultura donde cada hombre es mirado con misericordia, más aún, con admiración como imagen de Dios… La salvación que Cristo ofrece no es solo la de suscitar una cultura donde surge la ciencia, la universidad, los hospitales, el cuidado de los débiles… La salvación que Cristo nos ofrece es alcanzar a Dios. Y todo lo demás cobra sentido por esto: alcanzar a Dios. «Me voy para prepararos sitio», les dijo a los suyos antes de morir. Así pues, quien le sigue, alcanza a Dios. Por eso dice: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doyla vida eterna».
Cristo es pastor no simplemente para guiarnos por esta vida, sino para llevarnos hasta Dios. Cuando pronunció estas palabras, en los días de su vida mortal, sus discípulos no podían pensar en esto. Lo seguían como a un pastor porque ya con él la vida estaba llena de bien, pero no podían imaginar dónde llegaría el Pastor y dónde llegarían ellos detrás de él. Sin embargo, después de morir y resucitar, de alcanzar a Dios y de mostrarse uno con él, también en su humanidad, los suyos entendieron que Cristo es el Pastor para llevarnos a la vida de Dios, para darnos a Dios.
Él ha ido delante de nosotros para inaugurar un espacio que antes no existía, un espacio para el hombre en el seno de Dios. No al lado de Dios, ni ante Dios, sino en el seno de Dios. Los ángeles están ante Dios, adorándolo. Y ese será su lugar eternamente. Nosotros no somos tan grandes ni tan perfectos como los ángeles, pero Cristo se ha unido a nosotros y nos ha unido a él por un vínculo de amor eterno: unos con él, hijos con él, y ocuparemos el lugar que le es propio a él, el que ocupa como Hijo Eterno de Dios, Uno con Dios: «Yo y el Padre somos uno», dice. Cristo resucitado, el «pastor de nuestras almas», nos conduce a esa unidad. En él también nosotros seremos uno.
Pero no quiero terminar sin volver al principio. Es necesario que Cristo reconozca en nosotros sus ovejas, porque escuchamos su palabra, porque la guardamos, porque la obedecemos.