Hermano Rafael (VI). D. Juan Antonio Martínez Camino
Ejercicio de los Sábados
El Obispo Auxiliar de Madrid, D. Juan Antonio Martínez Camino, ofreció la sexta conferencia sobre el Hermano Rafael, San Rafal Arnaiz Barón. Es la sexta y última conferencia sobre este santo.
«Mirad que realizo algo nuevo». Las palabras que Dios nos dirige hoy se abren con esta llamada de atención: «Mirad que realizo algo nuevo». Algo distinto a todas las maravillas que hice al crear el mundo y de todas las que hice para salvar a Israel de la esclavitud. Eso nuevo se esconde en la escena de la mujer adúltera indultada por Jesús.
Queridos hermanos, este es un pasaje muy conocido, pero solemos hacernos una idea un tanto superficial de él, en la que se difumina la novedad que Dios anunciaba. Por eso, debemos mirarlo con atención.
Jesús está enseñando en el templo de Jerusalén, rodeado de un gran número de gente. Los escribas y fariseos le traen una mujer sorprendida en flagrante adulterio. Incluso en nuestra época licenciosa entendemos que el adulterio tiene algo de traición grave, con la que se ofende al cónyuge y se hiere a los posibles hijos. Pero, además, ofende a Dios. Es tan grave que la ley de Moisés mandaba dar muerte a las que adulterasen. La Tradición de la Iglesia distingue entre la ley dada expresamente por Dios en el Decálogo, una ley eterna y universal, que Cristo no abrogó, sino que llevó a plenitud; y los mandatos de Moisés, que fueron abrogados por la Nueva Alianza[1]. Cristo abrogó el castigo con el que la ley de Moisés castigaba el adulterio de las mujeres, pero mantuvo la gravedad del adulterio y llevó hasta su raíz el mandamiento que prohíbe adulterar: «Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pues yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón». Lo mismo hizo con los otros pecados contra la Ley de Dios. Cuando atentamos contra alguno de los mandamientos de la Ley de Dios «con pleno conocimiento y consentimiento deliberado»[2] cometemos un pecado mortal; mortal no porque seamos castigados con la muerte, sino porque rompe la comunión con Dios y nos lleva a la «pena eterna»[3], que es una forma de muerte sin fin. Y como una especie de fatídico anuncio, estos pecados dejan un rastro de muerte alrededor, en la tristeza y el dolor de los hijos, o de los esposos, o de las esposas… Digo todo esto para que no nos centremos solo en la hipocresía de los fariseos y escribas, sino que entendamos que el pecado de la mujer era realmente grave.
Así pues, los escribas y fariseos llevan hasta Jesús a aquella mujer que han sorprendido cometiendo adulterio. Y le dicen: «La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». El evangelista añade: «Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo». El centro de atención de escribas y fariseos no era la mujer, sino Jesús; buscaban algo con lo que acusarlo y darle muerte a él. Pero, ¿en qué consistía la trampa? La respuesta no es del todo segura, pero lo más probable es lo siguiente. Roma permitía que el Sanhedrín, el consejo de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas más importantes, gobernase la vida de Israel, según la ley de Moisés, pero no le permitía dictar y ejecutar sentencias de muerte. Acordaos cuando en la Pasión, los del Sanhedrín llevan a Jesús ante Pilato. Pilato, molesto, les dice: «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra ley». Pero los del Sanhedrín le responden: «A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie» (Jn 18,31). Efectivamente, no podían dictar una sentencia a muerte, porque Roma les había privado de esa capacidad. Hacerlo significaba un enfrentamiento directo con Roma. Y eso es lo que buscan con la adúltera. La llevan ante Jesús para ponerlo ante un dilema: o sigue la Ley de Moisés, dicta la sentencia de muerte de la mujer y así puede ser acusado ante el gobernador romano; o no lo hace y puede ser acusado ante el pueblo de no seguir la ley de Moisés, por lo tanto, de no ser un verdadero profeta[4].
El paso siguiente de la escena tiene también un cierto misterio. Ante la pregunta de los judíos, Jesús se inclina y se pone a escribir con el dedo en el suelo. Ha habido muchas hipótesis sobre lo que Jesús escribía o garabateaba en el suelo. Una, por ejemplo, dice que Jesús iba escribiendo los pecados escondidos de los acusadores, dejándoles desarmados. No tenemos seguridad. Pero Benedicto XVI[5], siguiendo a san Agustín, dice que Jesús, escribiendo, recuerda el dedo de Dios escribiendo el Decálogo sobre las tablas de piedra, y se muestra él mismo como el Señor de la ley. Y así, como legislador divino se yergue y dice: «Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra». Y vuelve a inclinarse para escribir en el suelo. Entonces, empezando por los más viejos, «envejecidos en días y en crímenes» (Dn 13,52), todos se fueron escabullendo.
No queda nadie alrededor de la mujer, ninguno de sus acusadores. Jesús se incorpora. Solo quedan la adúltera y él, miseria y misericordia[6]. La mujer no ha pedido perdón, el evangelista no nos dice que tuviese gesto alguno de arrepentimiento por el pecado, ni que expresase voluntad de no volver a caer. Ella representa sencillamente el pecado, la miseria del hombre. Es justo aquí donde brilla con más claridad que el perdón otorgado por Cristo es un don gratuito que no merecemos de ninguna manera. A esta mujer Jesús no la excusa, ni la propone como ejemplo de arrepentimiento y de amor a él, ni elogia su fe, cosas todas que había hecho en otra ocasión con una prostituta en la casa de un fariseo (Cf.: Lc 7,39-50). Nada tiene la mujer que la pueda salvar, es pura miseria, delante de Cristo, pura misericordia.
Y es aquí donde tenemos que ir al fondo de la escena del Evangelio. ¿En qué consiste esa misericordia? No sencillamente en decir: venga, yo miro para otro lado y hago que no es pecado grave y mortal lo que realmente sí lo es. La misericordia de Cristo consiste en un amor tal que lo lleva a ocupar el puesto de la adúltera en la muerte. El próximo domingo leeremos la Pasión y la muerte de Cristo, porque Cristo ha querido ocupar el lugar de esta mujer y nuestro lugar, derramando en su muerte un amor que es capaz de liberarnos del pecado. Si miramos bien, en la carne de Cristo, en su humanidad crucificada, contemplaremos nuestra propia carne[7]: Dios ocupando nuestro lugar en el castigo, Dios muriendo por la criatura que lo ofende. Esto es lo realmente nuevo anunciado por medio del profeta Isaías: «Mirad que realizo algo nuevo». Y esta misericordia y este amor —que no son la misma cosa— son una llamada a nuestra alma indultada de la muerte y librada del pecado: «Ve, y en adelante no peques más».
Nadie como san Pablo entendió esta llamada de Cristo amante y crucificado. Por eso dice —y así podemos resumir la segunda lectura— que todo le parece basura comparado con la unión con Cristo; y que solo quiere correr hacia la cruz, es decir, devolver amor por amor, hasta participar de la misma cruz donde él ha sido perdonado, amado y llamado.
Cristo, el inocente, muere por mí, derrama su amor, su amor me libera de la servidumbre de mis pecados, y me llama a una vida nueva: «Ve y no peques más». No podemos quedarnos en decir lo indulgente que era Jesús en comparación con los escribas y fariseos, debemos entender que su misericordia sangra en la cruz, y muere, que su misericordia ama, que con su amor recrea y llama a nuestra libertad: «Ve y no peques más».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
[1] Cf. SAN IRENEO DE LIÓN, Contra los herejes 4,16,2-5 —En el Oficio de Lecturas del viernes de la II Semana de Cuaresma
[4] Es un dilema muy similar al que le plantean a propósito del tributo al César. Cf.: Mc 12,13-17
[5] Cf.: BENEDICTO XVI, Ángelus 21.III.2010. Cf.: SAN AGUSTÍN, Comentario al Evangelio de Juan, 33, 5
[6] SAN AGUSTÍN: «Relicti sunt duo, misera et misericordia» (In Jo., XXXIII,5; PL 35,1650).
[7] Cf.: SAN LEÓN MAGNO, De passione Domini, 3-4: PL 54, 366-367: «El verdadero venerador de la pasión del Señor tiene que contemplar de tal manera, con la mirada del corazón, a Jesús crucificado, que reconozca en él su propia carne».
«Un abismo grita a otro abismo con voz de cascadas» (Sal 41,8)
Un abismo de pecado y un abismo de misericordia. La parábola nos revela estos dos abismos: uno tenebroso y lleno de dolor, otro lleno de luz. Los dos hijos de la parábola, el pequeño y el mayor, nos desvelan el abismo del pecado, pero ese abismo está en nuestra alma, es nuestro. El padre nos muestra el otro abismo, el de la misericordia, y ese está en Dios. La ocasión se le presenta a Jesús cuando unos fariseos y escribas critican abiertamente que acoja a hombres y mujeres con pecados escandalosos, cuya compañía todos rehuían. Pero no Jesús.
El hijo pequeño es un pecador manifiesto, un rebelde; el mayor cree ser justo, pero solo es un pecador camuflado. El pequeño es un rebelde porque, buscando gozarse la vida, no quiere vivir bajo unas normas que no sean las suyas, se independiza, se libra de la sumisión, prescinde del padre. ¡Es un hombre moderno de hace 2000 años! Y se aleja a una tierra extraña: el mundo sin Dios. Pero la autonomía del hombre con respecto a Dios es un espejismo y en esa tierra extraña empieza a pasar una necesidad degradante, querría comer cualquier basura para sobrevivir, las algarrobas de los cerdos; pero el mundo no le da ni las algarrobas, ni tampoco la amistad de los rebeldes como él, porque en el pecado no sobrevive ni amistad ni familiaridad. Así que «nadie le daba nada». Pero el dolor es como una trompeta que el Creador ha provisto para llamar a sus hijos rebeldes: la miseria y la soledad le hacen recordar al hijo pequeño que en la casa de su Padre incluso los jornaleros viven con dignidad. Y decide volver. El mundo lo ha abandonado, y por mero ahogo decide volver. No parce una decisión heroica, pero es lo único que puede hacer. No es heroica, pero le hace humilde y en esa humildad forzada llega a entender que su error es, ante todo, una ofensa. Eso es el pecado. No solo un error contra nuestra naturaleza, sino una ofensa a quien nos ama, por la que hemos perdido todos los derechos: «Me levantaré, me pondré en camino hasta donde está mi padre, y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Trátame como a uno de los que tienes a sueldo, como a uno de tus empleados”». El abismo del pecado queda al descubierto: la miseria y la soledad; la ofensa al Bueno que nos ha dado el ser y nos sostiene en la existencia; la ofensa a quien nos ha redimido con su sangre y nos ha dado su Espíritu; la ofensa a quien nos ama; el dolor inmenso de Dios, amante, que todo lo ha hecho para ese hijo que ha querido prescindir de él. ¿No habéis experimentado vosotros la traición de un hijo, de un esposo, de una esposa, de un amigo…? Os digo que Dios, por el gran amor que lo mueve, es más vulnerable que nosotros. Las palabras con las que el hijo se expresa cavilando en su interior revelan la ofensa a Dios que es el pecado; y así, la pérdida de nuestros derechos: «Ya no merezco ser tu hijo».
En esta situación, solo el recuerdo de la bondad de su padre, que no lo llenó de insultos ni de amenazas cuando se fue de casa, le da una esperanza. Apoyado en ella «se levantó y vino donde estaba su padre. Y cuando aún estaba lejos, su padre lo vio». El padre escrutaba la lejanía deseando ver volver a su hijo. Dios escruta la tierra lejana donde has huido; aunque estás lejos, él ve tu miseria y soledad; y oye el debate que se entabla en tu corazón, el diálogo que tienes contigo mismo cuando decides volver[1]. «Su padre lo vio, se le conmovieron las entrañas; y echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos». Esto es la misericordia de Dios: un abismo más grande que el del pecado. El mal enorme se hace insignificante en el océano de la misericordia divina. La misericordia ahoga el propio dolor del corazón de Dios e introduce en ella el alma dolorida del hijo rebelde y decepcionado del mundo.
Dice un salmo: «Un abismo llama a otro abismo con voz de cascadas». Cuando creo que me hundo en el abismo de mi pecado, me rescata el recuerdo de tu bondad y, antes de que pueda invocar tu perdón, ya me has tomado y me has envuelto en el abismo de la misericordia. Ahora más que nunca es justo que rinda mi alma rebelde: «Padre, he pecado contra ti; ya no merezco ser hijo tuyo». Y en el alma rendida del hijo se vuelca el corazón de su padre: el mísero es introducido en el hogar de las delicias familiares; el que en tierra extraña se había hecho esclavo, recibe la túnica preciosa, las sandalias y el anillo de los hijos; el que había pasado hambre es introducido en el banquete donde se come el ternero cebado: Cristo se nos da como alimento. El abismo del pecado se pierde en el abismo de la misericordia, que es una fiesta.
Aún queda el hijo mayor. No se ha ido de casa, pero vive como un extraño. Ciego y sordo, no se percata ni se goza del amor de su padre, ni tampoco lo ama. Y así trabaja y obedece con amargura y tristeza. Recuerda a esos cuya condición de cristianos les resulta una carga, que cuando vienen a la iglesia están deseando salir, que difícilmente escuchan aquí a Dios, solo oyen a los que leen o predican. Esos cristianos pesarosos de su religión vienen a Misa y tienen ante los ojos el sacrificio de Cristo, pero no son capaces de comprender la gracia de su amor. Les sobran los cantos, les sobra la predicación, les sobra el silencio… solo quieren acabar rápido para dedicarse a sus cosas. Ni gozan del amor de Dios ni lo aman. Si siguen la ley divina, es porque va bien con su forma de ser o de pensar, porque les parece una forma razonable de afrontar los asuntos de la vida, o por cualquier otro motivo, pero no por amor a Dios. Obedecen la ley de Dios cuando coincide con su voluntad, pero si se encuentran en la disyuntiva de elegir una u otra, elegirán hacer su propia voluntad, mostrando que nunca obraron por amor a Dios, sino por amor a sí mismos. En las cosas del mundo siguen la ley de Dios en la medida que esa ley es conforme a su voluntad e intereses. Y en las cosas de Dios son fríos: se olvidan de la oración, de la caridad con el que nada les puede devolver, cuando llega el domingo no buscan la Misa en la que mejor vivir el sacramento, sino la Misa que menos les estorbe en sus planes. Son cristianos tristes en su religión, alegres en el mundo. Ni disfrutan del amor de Dios, ni aman. Así era el hijo mayor de la parábola, se creía justo, sin darse cuenta de que solo camuflaba su pecado. También esa frialdad es una espada en el corazón amante de su padre.
Pero hay algo que despierta al mayor: la fiesta del amor paterno por la vuelta del rebelde, la fiesta que el padre ha hecho por el hermano indigno, que no ha trabajado, que no ha obedecido, que ha malgastado su herencia. La fiesta de la misericordia de Dios le despierta y le espanta: ¿cómo es que a este hijo tuyo le haces fiesta, le matas el ternero cebado y a mí nunca me has dado un cabrito para comerlo con mis amigos? En su indignación manifiesta que ni conoce ni ama a su padre. Trabaja y obedece, pero solo querría divertirse con sus amigos, no con su padre. La fiesta de la misericordia descubre el abismo del pecado en el que el hijo mayor vive. Y es la ocasión para que el padre de la parábola le ofrezca de nuevo lo que ciego y sordo ha despreciado hasta ahora: «Hijo, tú estás siempre conmigo. Y todo lo mío es tuyo». Estas palabras esconden el lamento del amor paterno que el hijo mayor tiene en nada, pero prevalece en ellas la misericordia que apremia al hijo a abrir los ojos al amor del padre. La misericordia ahoga la propia pena si consigue que el hijo vuelva a él. Entonces la misericordia se vuelve fiesta.
Mirémonos a nosotros, pecadores lejanos o cercanos, miremos nuestro pecado, nuestra ofensa, la pérdida de nuestros derechos. Y miremos la misericordia de Dios que nos llama. Rindamos el alma a su misericordia. Dios nos ha hecho sus hijos y se nos ha dado por entero en Jesucristo. Cada domingo contemplamos la actualización de este milagro del amor divino por el cual estamos con Dios y tenemos acceso a los misterios insondables de su amor. Ojalá despertemos también nosotros para entender estas palabras: «Hijo, tú estás siempre conmigo. Y todo lo mío es tuyo».
«Yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante» (Lc 13,8)
Queridos hermanos:
Con este domingo llegamos a la mitad del camino cuaresmal y es como si Dios se empeñase en que volvamos a la idea fundamental del primer día, del miércoles de ceniza: la conversión. Necesitamos convertirnos. ¡Que palabra tan extraña a nuestra mentalidad!
Se acercan unos a Jesús para contarle que Pilato, el gobernador, ha dado muerte a unos galileos cuando ofrecían sus sacrificios en el Templo. Los judíos creían con razón que Dios, justo y Creador del hombre, hace justicia del mal o del bien cometido. Pero se equivocaban al pensar que Dios hacía justicia en esta vida: de forma que la buena fortuna era la recompensa de Dios por una vida buena, y la enfermedad, el infortunio y las desgracias, eran su castigo por una vida mala. No tenemos tiempo de explicar las raíces de esta idea que les venía de antiguo y que Jesús corrige. Cuando le cuentan lo de los galileos muertos por mano de Pilatos, Jesús pone al descubierto ese pensamiento con una pregunta: «¿Creéis que esos galileos eran más pecadores que los demás por lo que les ha pasado?» Estarían todos por decir: «¡Claro, maestro!». Pero Jesús, sin dejar que respondan, sigue: «Os digo que no». Nosotros esperaríamos que aquí nos explicase por qué existe el mal, o por qué hay hombres que sufren una muerte así. Pero a Jesús no le interesa eso, al menos en este momento, sino que convierte la muerte sangrienta de aquellos en una advertencia: «Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis igualmente». Y confirma lo que les acaba de decir recordando otro hecho desgraciado que debían de conocer todos: «Aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y murieron, ¿eran más culpables —más pecadores— que los demás habitantes de Jerusalén?» Y sin dejar que contesten, vuelve a sentenciar: «Os digo que no. Y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».
Si no nos convertimos, sufriremos una muerte cruel, no en el sentido físico, sino en un sentido más profundo. Jesús va de lo visible a lo invisible, del cuerpo al alma, de lo que es pasajero a lo que es eterno. Advierte de la crueldad que supone la muerte del alma, la eterna lejanía de Dios, la eterna oscuridad, el odio eterno en el que se consume el alma que no se convierte. «Si no os convertís». No hay forma de edulcorar esta advertencia de Jesús. Tomemos esta advertencia tal como nos llega a cada uno.
Reconozcamos que somos culpables, nuestra lejanía de Dios, y volvámonos a él. San Pablo, que teme por la salvación de los cristianos que él ha hecho en Corinto, también quiere moverlos a conversión y les recuerda lo que había pasado con los judíos que habían salido de la esclavitud de Egipto. ¿Quién iba a decir que aquellos elegidos quedarían tendidos en el desierto? Nadie lo habría dicho, pero así ocurrió. Después de haber sido liberados con el paso del Mar Rojo, de ser alimentados con el maná y saciada su sed con el agua que brotaba de la roca, «la mayoría de ellos no agradó a Dios y sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto». Y termina el Apóstol: «Por lo tanto, quien se crea seguro, tenga cuidado, no caiga». San Pablo, igual que Jesús, advierte a los que ama. Tomemos nosotros la advertencia de Jesús, que ciertamente nos ama, tal como nos llega a cada uno.
San Pablo dice: «Estas cosas —la muerte de los judíos que murieron en el desierto— sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo codiciaron ellos». «Codiciar el mal». El original griego habla de «no codiciar las cosas malas»[1], lo cual me parece más concreto, porque normalmente no codiciamos el mal en general y en sentido absoluto, sino que codiciamos cosas malas: una comodidad excesiva, el honor de los grandes, los bienes del prójimo, la mujer del prójimo… las riquezas. Y esa codicia, el amor a las cosas malas, pervierte nuestro corazón y nos encamina hacia la perdición. El gran san Bernardo habla de la conversión como una conversión del amor, habla de «convertir el amor», cambiar el objeto y el rumbo de nuestro amor. Es decir: dejar de «codiciar las cosas malas», para apetecer al Bueno, para desear a Dios. ¡Convertir el amor! Es verdad que la conversión tiene otros aspectos no tan hermosos como este de convertir el amor a Aquel que tanto nos ama, cuyo amor nos llama desde la cruz. Pero hoy basta que nos tomemos en serio la advertencia de Jesús: «Os digo que … si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».
En el Evangelio, Jesús sigue adelante con una parábola: una higuera que lleva ocupando tres años un terreno fértil sin dar fruto. Esta imagen nos lleva al punto crucial del juicio de Dios: la falta de fruto, la falta de obras de misericordia, una vida improductiva en el amor. No basta no dejarse llevar por la codicia de las cosas malas hasta hacer el mal, además es necesario hacer el bien, dar fruto. No hace falta que os recuerde cómo describe Jesús el Juicio Universal, con un examen en el amor práctico de las obras de misericordia. Solemos confesarnos de lo que hacemos mal: hemos hecho mal esto o aquello, hemos mentido, hemos ofendido a alguien, hemos pecado contra la pureza… Pero no vigilamos nuestra falta de fruto: las obras del amor que podríamos hacer y no hacemos. Por la falta de fruto, el dueño quiere cortar la higuera, pero el viñador le pide un poco más de tiempo y dice al dueño: «Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar». No es difícil entender que estas palabras simbolizan la oración de Jesús por nosotros. Él es el viñador que nos alimenta con su cuerpo y su sangre, dándosenos él por entero, y rompe nuestro corazón duro con el arado de su cruz, para que en nosotros pueda penetrar su alimento. Pero el amor llama al amor y nada puede si no es correspondido libremente. Hemos de convertir nuestro amor y Jesús es nuestra última oportunidad: «Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar».
Jesús, tú eres mi última oportunidad. Tu sangre será el último riego que me dará la oportunidad de dar fruto. Dame la gracia de convertir mi amor hacia ti. Que olvide todas las riquezas que tú no me das, que me olvide de todos los placeres desordenados, de todos los honores que no me corresponden, para que seas tú el único deseo absoluto de mi alma. Jesús, tú eres mi última oportunidad, el arado de tu cruz en mi alma, la sangre de tu amor como alimento, tu oración me da el último tiempo que tengo para convertirme. Tú eres mi última oportunidad.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
[1] «Para no codiciar las cosas malas»: εἰς τὸ μὴ εἶναι ἡμᾶς ἐπιθυμητὰς κακῶν
Hermano Rafael (V). D. Juan Antonio Martínez Camino
Ejercicio de los Sábados
El Obispo Auxiliar de Madrid, D. Juan Antonio Martínez Camino, ofreció la quinta conferencia sobre el Hermano Rafael, San Rafal Arnaiz Barón. Es la quinta de seis conferencias que están previstas para este curso.