LA ENCRUCIJADA DE LOS DISCÍPULOS
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo VI
VI Dom. C (16-II-2025)
«Por causa del Hijo del hombre» (Lc 6,22)
Acabamos de escuchar las Bienaventuranzas. Solemos recordar las ocho de san Mateo, pero hoy nos centramos en el Evangelio según san Lucas, que nos refiere cuatro. Estamos aún en las primeras etapas de la vida pública de Jesús. Hasta este momento, había enseñado, había hecho milagros, y había llamado a algunos hombres a seguirle de cerca, a ir con él, los discípulos. Justo antes de las Bienaventuranzas, Jesús había subido al monte para orar y había pasado la noche entera en oración. Su oración dio paso a un momento decisivo: reunió a los discípulos y, de entre ellos, eligió a doce, a los que llamó «apóstoles». Jesús tenía ante los ojos de su alma el mundo entero, al que quiere llegar a través de la Iglesia fundada sobre los Apóstoles. Jesús tenía ante los ojos de su alma a los hombres de todos los tiempos a los que quiere salvar.
Con esta visión en el corazón bajó del monte con los Doce y, ya en un llano, se encontró con una gran multitud. Esta reunión recuerda a otros momentos clave en la formación del pueblo de Dios, como cuando fue reunido en torno a Moisés, para sellar la alianza del Sinaí, después de haber salido de Egipto. O como cuando fue reunido en Jerusalén, a la vuelta del exilio de Babilonia, en torno a Esdras y Nehemías, para rememorar y renovar aquella misma Alianza. Ahora, en torno a Jesús, están los Doce, recién elegidos, más un grupo numeroso de discípulos y una gran multitud venida de todo Israel y de algunas ciudades paganas. Se está preparando la nueva alianza y el nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia universal. Es lo que Jesús contempla en su alma.
Y con los ojos del alma ve la dicha de los que se dejan hacer realmente suyos, y la desgracia de los que no. Lucas dice que aquella multitud le buscaba para escucharle y para ser curados (Cf.: Lc 6,18). A lo largo de los siglos, muchos se acercan con la curiosidad de escuchar a un gran maestro, o con el interés de recibir de él algún bien. Pero eso no basta para hacernos suyos. ¿Quiénes llegan a ser suyos? y ¿cuál es su dicha? Son hechos suyos los que se encuentran con él y reconocen en él el bien del alma, el amor y la alegría de su corazón. Esos que han hecho de Cristo el bien de su corazón, son los pobres, como Simón y Andrés que han dejado todo para seguirle, o como Santa Teresa de Calcuta que por amor a Cristo comparte la pobreza de los más pobres. Esos que han hecho de Cristo el bien de su corazón son los que en este mundo tienen hambre, como san Francisco Javier que quería siempre llegar más lejos para salvar más almas, o como las vírgenes que rechazan el bien del matrimonio y de la maternidad para saciarse solo del amor de Cristo. Esos que han hecho de Cristo el bien de su corazón son los que lloran, como la Magdalena que no soporta la ausencia de Cristo, como los que, por amor a Cristo, hacen penitencia por los pecados de los demás, o como aquellos otros que abrazan como voluntad de Dios una soledad no buscada ni querida, solteros o viudos, y no buscan ir más allá de lo que Cristo les ha dado. Esos que han hecho de Cristo el bien de su corazón son todos aquellos que por amor a él afrontan la burla, la injusticia, la persecución o la muerte, como cualquiera de los mártires antiguos o modernos, o como una madre de muchos hijos que soporta la burla de los que la miran con desprecio porque la creen ignorante y atrasada dejándose cargar de hijos; o como la anciana que pasa sus días rezando, soportando el desprecio de los que creen que se empeña en algo inútil.
Son solo unos pocos ejemplos de estos pobres, que en este mundo tienen hambre y lloran, que son perseguidos o marginados… todo «por Cristo», por amor a él, por reconocer en él el bien verdadero, el amor definitivo. La última bienaventuranza es la que nos da esta clave para entender el conjunto: «Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo». Aquí está la clave para entender las bienaventuranzas: «por causa del Hijo del hombre», «por mi causa», «por mí», esto es lo que nos hace bienaventurados: Jesús. Él es más real que todo lo que este mundo considera riquezas, más real que todo lo que este mundo considera causa de satisfacción o de alegría. Igual que es más real la eternidad que el tiempo presente, que caerá como cae un velo, para mostrar lo que dura para siempre, ¡para siempre! Por eso Cristo, al pronunciar las bienaventuranzas, pone nuestros ojos en la eternidad, nuestro destino, más real que el hoy: el Reino de los cielos, que será vuestro, donde seréis saciados, donde seréis consolados, donde seréis recompensados con un amor eterno.
Las bienaventuranzas expresan el gozo del alma que encuentra a Cristo, pero también el gozo de Cristo por el amor de los suyos, de los que son verdaderamente suyos, y por ver a los suyos saciados de su amor. Los “ayes” expresan el dolor de quien se deja engañar por la apariencia de este mundo que pasa y se queda sin Cristo; y expresan también el dolor de Cristo por la pérdida de esos, a los que también ama, en cuya felicidad nunca se podrá gozar: «¡Ay de vosotros, los ricos, porque habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis!» «¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros!».
Al escuchar estas cosas de labios de Jesús, nuestro espíritu se encuentra en una encrucijada, como aquella en la que se encontró Israel al salir de Egipto y recibir los Mandamientos: «Pongo ante vosotros la vida y la muerte, la bendición y la maldición» (Dt 30,19). Entonces la encrucijada era obedecer o no obedecer. Y debajo de la obediencia o de la desobediencia, la confianza o la desconfianza, que expresa el profeta Jeremías: «Maldito el que confía en el hombre», el que pone su confianza en lo humano…; «Bendito quien confía en el Señor», el que pone su confianza en Dios.
Ahora el mandamiento de Dios, y la confianza en él, se ha hecho concreto en el seguimiento de Cristo, en el que Dios se acerca a nosotros. San Felipe Neri repetía que todo es vanidad sino Cristo. Es decir, que Cristo lo es todo. Hay que entender bien esto. Porque habitualmente él no nos pide abandonar todos los bienes, ni negarnos el amor humano de los amigos, del esposo, de la esposa, de los hijos o de la patria. No nos prohíbe el consuelo de las cosas buenas de este mundo y el contento que dan. Pero sí se nos ofrece como el bien definitivo, al que hay que ordenar todo lo demás.
Podemos acercarnos a Cristo porque es un maestro al que nos gusta escuchar, o porque esperamos recibir algún bien. Pero no basta escucharlo con agrado, ni recibir un milagro. Estamos ante esta encrucijada: o él lo es todo, o no; o él es el bien definitivo o no; este hombre, Jesús, ¿es Dios o no lo es?, ¿nos entregamos a él o no? Desde el momento en que las bienaventuranzas fueron pronunciadas hasta el momento de la cruz y la resurrección de Cristo, todos los que lo escucharon y recibieron sus bienes se dividieron. Nosotros nos dividiremos en esta encrucijada: reconocer a Cristo como Dios y confiar de forma absoluta en él, o confiar en nosotros mismos; entregarnos a Cristo o no; bendición o maldición; vida o muerte. Ser dichosos con el que nos ama hasta su entrega total y ser la causa de su dicha; o ser desgraciados y la causa del dolor de aquel que nos amará siempre.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
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Homilía, domingo VI, TO - C
16, febrero, 2025
En el Oratorio de San Felipe Neri
16, febrero, 2025
En el Oratorio de San Felipe Neri
San José Sánchez del Río
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- Escrito por Rubén Núñez
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San José Sánchez del Río
Padre Julio González
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El padre Julio González presenta la vida de San José Sánchez del Río.
LA VOCACIÓN APOSTÓLICA Y EL MISTERIO DE DIOS
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- Escrito por P. ENRIQUE SANTAYANA LOZANO
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Domingo V T.O - C
9-II-2025
«Serás pescador de hombres»
(Lc 5,10)
Queridos hermanos,
La primera lectura y el evangelio ponen ante nosotros a dos personas muy diversas, en dos situaciones muy distintas y ejerciendo un oficio muy distinto. Por un lado, Isaías, un sacerdote instruido, perteneciente a la aristocracia de Jerusalén, ejerciendo en el imponente templo construido por Salomón, en Jerusalén. Por otro lado, Simón, un pescador, en la orilla del lago de Galilea, en el amable entorno del azul del lago y de su ribera verde y suave. Estos hombres tan distintos son objeto de una manifestación de Dios y de una vocación que pone ante nuestros ojos algo de lo que Dios es, algo del misterio de Dios.
A pesar de sus diferencias, tienen cosas en común. La primera, el pecado. Tienen en común el pecado. No eran grandes pecadores, como Mateo o la Magdalena, o David antes que todos ellos. Eran pecadores sencillamente porque eran hombres y no hay hombre que no lo sea. El pecado nos aúna tristemente a todos. Y aunque uno era culto y sensible y el otro rudo y más ignorante, tienen también en común la conciencia, que les informaba interiormente a ambos de su culpa ante Dios. David ya lo había expresado con toda agudeza: «Yo reconozco mi culpa, tengo siempre delante mi pecado. He pecado contra ti». Isaías y Simón sabían de su pecado, y que la ofensa del pecado les separaba de Dios con un abismo insalvable. Lo mismo sabe cualquier hombre sano de juicio, aunque no tenga una gran cultura, ni instrucción religiosa, basta que tenga conciencia: que el pecado y la santidad, las tinieblas y la luz, son incompatibles. Ya decía el Antiguo Testamento que no puede el hombre ver a Dios y seguir viviendo, expresando así la distancia infinita entre ellos.
La tercera cosa que comparten Isaías y Simón es que Dios se acercó a ellos, se les manifestó y les llamó. Dios saltó el abismo que les separaba. Esto solo Dios puede hacerlo. El hombre no puede superar esta distancia. A Isaías se le manifestó en una visión en el Templo de Jerusalén, posiblemente mientras ejercía su oficio, como le pasará a Zacarías, el padre del Bautista, ocho siglos después. A Simón Dios se le manifiesta en la humanidad de Cristo, mientras limpiaba las redes. Aquí hay una gran diferencia, porque Isaías vivió una visión. No estaba propiamente ante Dios, que seguía más allá del cielo y de la tierra que ha creado, sino ante una visión de Dios, que no es lo mismo. Por el contrario, Simón sí tiene delante a Dios, porque Jesús es Dios, no una imagen de Dios, sino Dios hecho hombre. Pero los dos se vieron sorprendidos y confundidos, y los dos hicieron lo único que podían hacer, postrarse y reconocer que no eran nada ante Dios. Uno lo manifestó con las palabras de un hombre culto, otro con las palabras de un hombre sencillo: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de gente de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Señor del universo», dijo Isaías; y Simón dice: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador». Pero Dios no se alejó, siguió avanzando hacia ellos y les dio la gracia del perdón, dejando la culpa atrás. En la visión de Isaías un serafín, palabra que en hebreo hace referencia al fuego, tomó un ascua encendida en el altar donde se quemaban los perfumes y con ella se acercó a Isaías y tocó sus labios, mientras Isaías escuchaba: «He aquí que ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado». A Simón el perdón le llegó con las suaves palabras de la gracia de Dios en su expresión más plena: «No tengas miedo». Ya ni recuerda el pecado. Liberados de su culpa, nada le impedía a Isaías estar ante la presencia del Dios que le ha buscado, y nada impide a Simón estar junto a Jesús. Sin embargo, el acercamiento de Dios no ha llegado aún a su término. A Isaías le mostró el deseo de alcanzar a todo Judá: «Escuché la voz del Señor, que decía: “¿A quién enviaré?”». Y Simón, inclinado sobre las rodillas de Jesús en la barca, recibe una misión que mira a toda la humanidad: «Desde ahora serás pescador de hombres». Dios llamó a Isaías para que hiciese resonar su palabra en medio del reino de Judá, y llama a Simón para darle una misión universal: reunir a todos los hombres en su Iglesia. Es la misión con la que el Hijo eterno ha salido del Padre, y a esa misión Jesús vincula a Simón. Jesús identifica a Simón con él. Simón llegará a ser Pedro, Piedra, el Vicario de Cristo
Tras la llamada de Jesús a Simón para unirlo a él y convertirlo en el pescador universal, el evangelista añade un detalle que no puede pasar desapercibido. Llegan a tierra con las barcas y Simón, y también los que le acompañan, lo dejan todo y siguen a Jesús. El amor de Dios que Cristo les ha revelado libera su corazón de todo. Lo dejan todo no porque sean desprendidos, sino porque el amor de Cristo ha liberado su corazón. Desde ahora su bien y su riqueza será Cristo. Es la paga y la herencia del sacerdote, tal como anunciaba proféticamente un viejo salmo compuesto por un sacerdote del Templo: «Tú eres el lote de mi heredad y mi copa. Me encanta mi heredad».
¿Quién es el Dios tres veces santo cuya presencia hace vacilar los dinteles del Templo de Jerusalén? ¿Quién es el Dios que en Jesús se muestra dominador de la creación? No es solo el Dios trascendente, que creó de la nada el cielo y la tierra. No es solo el Omnipotente y el Absoluto. Es también el que rompe la distancia infinita con el hombre y le ofrece su perdón hasta dejar en el olvido su ofensa. Es el que busca uno a uno a todos y a todos quiere reunir, con la misma red, en una sola barca. ¿Qué nos dice esto de Dios? Que es amor. Dios ama al hombre porque es amor. Busca llevar al hombre a la unidad y la comunión, en una barca, porque él mismo es unidad y comunión: Dios Uno y Trino. Los serafines se gritan el uno al otro en la visión: «Santo, santo, santo». Nosotros lo repetimos ante el altar justo antes de la consagración, justo antes de que Dios se nos dé en sacrificio como alimento. ¿Qué nos dice eso? Que el sumun de su santidad es su amor y que por ese amor él ha hecho del hombre su gloria. La gloria de Dios, que desborda el mundo e hizo estremecer a Isaías y a Simón, pero él, por su amor, ha hecho del hombre su gloria. Nosotros, pobres hombres, pecadores, hemos venido a ser la gloria de Dios.
A Simón Jesús le da una misión universal: «Serás pescador de hombres». En ese momento Simón no conoce el alcance de su misión. Durante toda su vida verá cómo el mar de su pesca es cada vez más grande, porque Dios quiere reunir a todos. ¿Quién le iba a decir a él que acabaría en Roma? ¿Quién le iba a decir que, hasta el fin de los tiempos, de forma ininterrumpida, le sucederían hombres para reunir en la Única Iglesia a todos los que se salvan? «Serás pescador de hombres». Lanzarás las redes al mar de este mundo y reunirás en la barca de la Iglesia a hombres de todos los lugares y de todos los siglos. Esta llamada, la vocación apostólica, la vocación sacerdotal, es la expresión del amor de Dios, que es Trinidad y que busca llevar a su comunión a todos. La vocación sacerdotal es la expresión del amor de Dios por el hombre.
Dichoso este ser pequeño, pobre y pecador, ¡el hombre! Mil veces dichoso todo hombre: deseado, buscado por Dios, amado hasta ser hecho por Dios su gloria, llamado a entrar en la barca de la Iglesia y en la comunión de la Trinidad. Y mil veces más dichoso el que es llamado al sacerdocio, a la cercanía de Cristo y a su intimidad, a ser uno con él y reunir con él, en la única barca, a los hijos de Dios dispersos. Dichoso este que puede repetir: «El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, me ha tocado en suerte un lote hermoso. Me encanta mi heredad».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O
Homilía, Dom V TO C, 2025
Oratorio de San Felipe Neri
P. Enrique Santayana C.O.
Oratorio de San Felipe Neri
P. Enrique Santayana C.O.
Hermano Rafael (IV)
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- Escrito por Rubén Núñez
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Hermano Rafael (IV).
D. Juan Antonio Martínez Camino
| Ejercicio de los Sábados | |
El Obispo Auxiliar de Madrid, D. Juan Antonio Martínez Camino, ofreció la cuarta conferencia sobre el Hermano Rafael, San Rafal Arnaiz Barón. Es la cuarta de seis conferencias que están previstas para este curso.
Aquí puedes ver las fotografías:
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Conferencias anteriores:
Hermano Rafael (I)
Hermano Rafael (II)
Hermano Rafael (III)
NUESTRA LUZ Y NUESTRA GLORIA
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
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PRESENTACIÓN DEL SEÑOR
2-II-2025
«Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel» (Lc 2,32)
Queridos hermanos, intentemos retener y entender la Palabra de Dios. Es la Palabra que habita en su corazón y que pronuncia para que llegue a habitar en el nuestro. Es el primer medio para vivir unidos a Dios, en comunión con él: que nuestra alma sea habitada por aquella Palabra que es el corazón de Dios, que existe desde el principio, que desde el principio está junto a Dios, que es Dios, la que fue acogida por María y en ella tomó carne.
Empieza el evangelio de hoy: «Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor”, y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones”». Cuarenta días después del parto, María, siguiendo la Ley de Moisés, tal como prescribe el libro del Levítico, cumple el rito de la purificación. Aunque no necesita ninguna purificación, se somete de buena gana a la Ley, según la cual la madre debía ofrecer un cordero de un año más una paloma o una tórtola; pero si la mujer era pobre, solo dos palomas o dos tórtolas, que es lo que ofrece María, porque era pobre. Junto a la purificación de la madre, había que cumplir otro rito: la consagración y el rescate del hijo primogénito, tal como prescribe el libro del Éxodo. Eran dos elementos que iban juntos: consagración y rescate. El primogénito se entregaba a Dios, se sacrificaba a Dios, como Abraham ofreció a su hijo Isaac en el Moria. En las religiones de los pueblos vecinos, los hijos se convertían a menudo en moneda de cambio con los ídolos: eran sacrificados para conseguir algún favor de los ídolos. El Dios de Israel nunca permitió esta práctica, la consideró abominable —como considera abominable el aborto, que es la versión moderna de aquellos ritos satánicos—. Lo que mandó el Antiguo Testamento es ofrecer el primogénito a Dios y junto a él ofrecer una cantidad de plata específica, cinco siclos de plata, según fija el libro de los Números, para rescatarlo del sacrificio. Uniendo consagración y rescate, los descendientes de Abraham aprendían a reconocer que todo les venía de Dios, también lo más querido de sus entrañas, el primogénito. Aprendían que los hijos no son una posesión de la que disponer a su antojo, sino alguien que Dios pone en sus manos y del que darán cuenta ante el mismo Dios. San Lucas nos da la noticia de la purificación de María y de la consagración de Jesús, pero no dice nada del rescate. De ahí que algunos digan: Jesús no fue rescatado, porque él sí sería ofrecido en sacrificio cuando llegase a la plenitud de la vida adulta, en la cruz, como rescate que se ofrece por todos. Estamos ante un gran misterio: el anuncio velado, o no tan velado, de que Dios va a ofrecer a su Hijo por el hombre, la vida de su Hijo por la nuestra.
Pero mientras ese momento llega, Dios presenta a su Hijo, ante Israel y ante el mundo. A eso nos lleva san Lucas, porque los ritos de los que hemos hablado se realizaban en cualquier lugar, pero José y María viajan a propósito desde Belén hasta Jerusalén para cumplirlos en el Templo. No era algo habitual. Van al lugar sagrado por excelencia, al centro espiritual de Israel y, tal como lo concebían los judíos, al centro del mundo, el lugar «escogido por Dios para habitar». Al entrar, antes de poder hacer ninguna otra cosa, tiene lugar el encuentro con Simeón. A través de este encuentro Dios presenta solemnemente a su Hijo. Lucas nos dice que Simeón era un hombre justo y piadoso que aguardaba el consuelo de Israel, es decir, el tiempo del cumplimiento de las promesas mesiánicas. Nos dice que el Espíritu Santo estaba con él y le había revelado que vería al Mesías de Dios. Ese día, impulsado por el Espíritu Santo fue al templo y reconoció al Mesías en el niño, lo tomó en brazos y bendijo a Dios: «mis ojos han visto a tu Salvador, a quien presentas ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». En este encuentro y en estas palabras se condensa el significado del Evangelio y de esta fiesta: Dios nos presenta a su Hijo como único Salvador del hombre, pagano o judío: luz para alumbrar a las naciones, es decir, a los paganos desconocedores del Dios verdadero; y gloria de Israel, de aquellos que buscaban a Dios y esperaban sus promesas. A unos y a otros, en el lugar que él se había escogido de todo el mundo para habitar, allí lo presenta.
La luz de Dios se encuentra con la sombra del mundo de los hombres, con su confusión. La gloria de Dios se encuentra con la debilidad del hombre y con su miseria. Pensemos en esto. ¿Qué traemos nosotros hasta aquí? Traemos las sombras en las que se desarrolla el pasar de nuestros días, sin saber muy bien hacia dónde vamos ni por dónde caminar; la oscuridad de no saber si nuestra vida será útil para alguien, si daremos algún fruto que perdure; si nuestro trabajo o nuestro sufrimiento tendrá algún significado y algún valor. ¡Traemos la oscuridad del mundo pagano! Esa oscuridad, tan vieja como el mundo, acecha en nuestra alma. Traemos la debilidad de nuestra humanidad cansada de luchar y de perder contra la injusticia, contra la enfermedad, contra nuestro propio pecado; nuestra humanidad llena de las miserias morales de cada uno y de las miserias de nuestra generación. Una miseria tan vieja como el homicidio de Caín. ¡Traemos la miseria de Israel!, duro de cerviz, desobediente a la Ley de Dios, infiel por generaciones al Dios que lo ha elegido. También la miseria moral acecha en nuestra alma, como una lepra que nos corroe. En definitiva, traemos en el alma, porque son nuestras, la oscuridad del mundo pagano y la miseria de Israel, algo tan viejo como Simeón, tan viejo como el mundo.
Pero Dios presenta a su Hijo, como luz, un Niño en brazos de su Madre, una luz pequeña pero totalmente nueva, que viene de Dios y ya no envejecerá ni se extinguirá, luz para alumbrar a las naciones. Luz benigna que atrae el alma con suavidad. Dios presenta a su Hijo como gloria nuestra, porque tomará nuestras miserias y las lavará con su sangre, tomará nuestra alma y la recreará con su amor en la cruz: «luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo». Nuestra alma, envejecida por la falta de luz y por la miseria, recibe la luz y la gloria del hombre nuevo, que ya no envejece, porque ha vencido el pecado y la muerte, porque ha inaugurado una vida nueva.
Acojamos con alegría a Jesús, nuestra luz y nuestra gloria. Y bendigamos a Dios: Tú Señor con tu Hijo hecho hombre ya nos lo has dado todo. «Ahora puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía en la fiesta de la Presentación del Señor
Domingo, 2 de febrero, 2025
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares
Domingo, 2 de febrero, 2025
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares