San Pío de Pietrelcina
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- Escrito por Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados

San Pío de Pietrelcina
Padre Julio González
| Ejercicio de los Sábados | |
El padre Julio González presenta la vida de San Pío de Pietrelcina.
GAUDETE
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- Escrito por P. Enrique Santayana
- Categoría: Domingo III
III Domingo de Adviento. C
15-XII-2024
«En medio de ti» (Sof 3,17)
Queridos hermanos,
Hemos llegado al tercer domingo de Adviento, llamado en latín «gaudete», que significa «alegraos». Esta llamada a la alegría se expresa en dos signos de la liturgia: color penitencial, el morado, se aligera con el rosa; y en la corona de adviento se enciende una vela distinta, más festiva que las otras. Todo converge en este imperativo: «alegraos», tomado de san Pablo, tal como lo hemos escuchado en la segunda lectura: «Alegraos siempre en el Señor. Os lo repito […] El Señor está cerca». Está claro cuál es el contenido de esta alegría: la cercanía del Señor, cercanía de la Navidad. Nuestra alegría no nace de cerrar los ojos al dolor, de olvidar la enfermedad o el pecado. Mucha gente, quizá alguno de vosotros, no podría, aunque quisiera, olvidar estas cosas y alegrarse, sin más. El contenido de nuestra alegría es la cercanía de Dios: «Alegraos en el Señor», que no depende de los vientos de la fortuna y las cambiantes circunstancias de la vida, ni siquiera de nuestros estados de ánimo. El Señor está cerca y sean como sean las circunstancias de nuestra vida, nos trae la alegría, Cristo es la alegría de nuestro corazón. Esta es la idea clave.
Las lecturas nos ayudan a dos cosas: primero, a sopesar esta realidad que nos trae la alegría, a tomar en nuestras manos, por decirlo de alguna forma, esta realidad, la sustancia de la alegría, el Señor que está cerca; en segundo lugar, nos ayudan también a enderezar nuestra vida hacia este acontecimiento. ¡Las dos cosas! Porque nuestra alegría tiene un objeto que no depende de nosotros, que se nos da: el Señor que viene. Pero no solo viene, también llama a cada uno, para que los ojos del alma se abran a él, para que nuestro corazón se levante, para que nuestra vida se entone con este venir de Dios.
El profeta Sofonías, un poco anterior al gran Jeremías, tiene dos grandes líneas de predicación: por un lado, fustiga a aquellos que se han olvidado de Dios para poner su confianza en los ídolos, los de siempre, el poder, las riquezas, el placer, y así se han olvidado también de la ley, del amor debido a Dios y al prójimo. Por otro lado, Sofonías se dirige a los «pobres de Dios», a los que, a pesar de los sufrimientos de la vida y de las propias miserias, siguen esperando en Dios. Son los mismos a los que Jesús dirigirá las bienaventuranzas: «Dichosos los pobres de espíritu; porque de ellos es el Reino de los cielos». Nos convendría a nosotros identificarnos y contarnos entre los «pobres de Dios». Lo haremos, si tomamos las desgracias que nos afligen para volvernos al Señor y decir: «Señor, espero en ti». Nos contaremos entre los pobres de Dios, si afligidos por la pobreza de nuestras virtudes y por la abundancia de nuestras miserias morales, nos volvemos a Dios y decimos con el alma: «Señor, espero en ti».
A los «pobres de Dios» se dirigen las palabras que hoy hemos escuchado de Sofonías. Les exhorta a la alegría, porque el Señor viene. La misma idea que en san Pablo. Y, aunque el profeta habla mucho antes de que el Señor se haga hombre y nazca como hombre, lo da por hecho y contempla al Señor ya presente en medio de sus pobres: «Alégrate, hija de Sión. Grita de gozo, Israel. Regocíjate y disfruta con todo tu ser, hija de Jerusalén […] El Señor está en medio de ti». Por eso, no temas mal alguno y él te salvará de todos tus males. En lengua hebrea, la expresión «en medio de ti» recuerda al vientre donde se gesta al niño que está por nacer. Por eso, la Tradición de la Iglesia vio aquí un anuncio de María Virgen que lleva en su seno al Señor, un eco de las palabras del Ángel a María: «Alégrate […], el Señor está contigo». El Señor viene no como algo externo, sino como aquel Dios que se hace nuestro, que viene a vivir con nosotros, a compartir nuestra vida, a adentrarse en nuestro corazón, el Dios de nuestras entrañas.
Pero hay otra afirmación muy hermosa en las palabras de Sofonías: que el Señor mismo se alegra: «El Señor, tu Dios […] se alegra y goza contigo, te renueva con su amor; exulta y se alegra contigo, como en día de fiesta». Dios no viene a la fuerza, viene y se alegra de adentrarse en nuestra alma. Se alegra cuando llega a todos los que se hacen pequeños y débiles, y ponen su confianza en él. ¿Qué motivo puede haber para que el Señor se alegre de estar con nosotros? Solo un amor inexplicable. Se alegra, porque nos ama y eso mismo es lo que nos renueva. Es su amor el que nos levanta de la postración de nuestras miserias, el que renueva nuestro ser y nos da la alegría.
Ante esto, nosotros podemos preguntar —como preguntaban los judíos que se acercaban a escuchar al Bautista—: «¿Qué hemos de hacer?». El Señor está cerca y nuestro espíritu ya se alegra por ello. Ahora, ¿qué hemos de hacer nosotros? La respuesta es sencilla: ejercitarnos en la caridad de la que somos capaces. ¡Caridad! Quizá no la caridad en grado máximo, sino solo aquella de la que somos capaces y que a veces solo será justicia, algo que no llega a ser caridad y está por debajo de ella.
Mirad las cosas concretas que les dice el Bautista a los que están allí escuchando: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; el que tenga comida, haga lo mismo». Esto es ejercer la caridad. Recordemos las obras de misericordia, corporales y espirituales. Nos cuenta san Lucas que habían ido también allí unos recaudadores de impuestos, los publicanos. ¿Qué les dice? «No exijáis más de lo establecido». Esto es mera justicia, ¡menos que la caridad! Y algo parecido a un grupo de soldados: «No os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga». De nuevo, simple justicia. El ejercicio pobre de la caridad, —insisto en esto de pobre, porque muchas veces no somos capaces de una caridad desbordante—, que a veces no llega siquiera a ser caridad y se queda en mera justicia, eso, por pequeño que sea, abre las puertas de nuestra alma al que es la verdadera caridad, al que es verdadero amor, un fuego de amor, a Dios, que cuando viene es capaz de encender, purificar, transformar, abrasar, renovar nuestro ser entero.
Así se entiende lo que añade el Bautista: «Él, [el Señor, que está cerca] os bautizará con Espíritu Santo y fuego». Literalmente: «Él os sumergirá en el amor abrasador», porque bautizar significa sumergir, y porque el Espíritu Santo y el fuego de Dios es la misma cosa: el amor eterno de Dios, que cuando llega al hombre, que libremente le abre el corazón, lo abrasa, no para matarlo, sino para encenderlo y renovarlo.
Alegraos en el Señor, que está cerca, que viene a nosotros, a lo más íntimo, con el fuego de su amor en la Eucaristía, para encendernos y renovarnos. Y mientras este fuego nos renueva, ejercitémonos en la justicia y en la caridad, en las obras de misericordia, las que son posibles para cada uno.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Hermano Rafael (II)
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- Escrito por Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados

Hermano Rafael (II).
D. Juan Antonio Martínez Camino
| Ejercicio de los Sábados | |
El Obispo Auxiliar de Madrid, D. Juan Antonio Martínez Camino, ofreció la segunda conferencia sobre el Hermano Rafael, San Rafal Arnaiz Barón. Es la segunda de seis conferencias que están previstas para este curso.
Aquí puedes ver las fotografías:
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Conferencias anteriores:
Hermano Rafael (I)
LA INMACULADA Y LOS ENEMIGOS DE LA NATURALEZA HUMANA
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Festivos y solemnidades
8-XII-2024
«Llena de gracia» (Lc 1,28)
Queridos hermanos,
La fiesta que hoy celebramos, la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, puede parecer la celebración de algo que está muy lejos de nuestra vida. Sin embargo, necesitamos celebrar esta fiesta, para no perdernos en el mar de la mentira y de la falsedad, peor aún, el mar de la muerte.
La Inmaculada Concepción es la exaltación de la humanidad cuando es librada del pecado. María es la mujer que, preservada de toda mancha de pecado, alcanza la máxima altura posible de la naturaleza humana. Es como si viésemos un bosque inmenso y milenario de árboles enfermos, que a duras penas sobreviven, que a duras penas dan fruto, que a duras penas son capaces de generar árboles nuevos, que mueren antes de lo que es conforme a su naturaleza, sin llegar nunca a ser lo hermosos, lo fructíferos, lo longevos, lo fuertes, que deberían llegar a ser. Un océano de árboles enfermos que se extiende por el mundo entero y durante siglos, repitiendo el drama de no llegar nunca a ser lo que deberían ser. Y en medio de este océano de árboles enfermos, de repente, surge entre todos uno fuerte, hermoso, bellísimo, que se levanta bien alto, recto y frondoso hacia el cielo con un color espléndido, un árbol que alegra al Creador. Es el árbol que el Creador habría querido ver desde el principio, el árbol por cuya existencia ha cuidado todos los demás.
La fiesta que hoy celebramos, la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, puede parecer la celebración de algo que está muy lejos de nuestra vida. Sin embargo, necesitamos celebrar esta fiesta, para no perdernos en el mar de la mentira y de la falsedad, peor aún, el mar de la muerte.
La Inmaculada Concepción es la exaltación de la humanidad cuando es librada del pecado. María es la mujer que, preservada de toda mancha de pecado, alcanza la máxima altura posible de la naturaleza humana. Es como si viésemos un bosque inmenso y milenario de árboles enfermos, que a duras penas sobreviven, que a duras penas dan fruto, que a duras penas son capaces de generar árboles nuevos, que mueren antes de lo que es conforme a su naturaleza, sin llegar nunca a ser lo hermosos, lo fructíferos, lo longevos, lo fuertes, que deberían llegar a ser. Un océano de árboles enfermos que se extiende por el mundo entero y durante siglos, repitiendo el drama de no llegar nunca a ser lo que deberían ser. Y en medio de este océano de árboles enfermos, de repente, surge entre todos uno fuerte, hermoso, bellísimo, que se levanta bien alto, recto y frondoso hacia el cielo con un color espléndido, un árbol que alegra al Creador. Es el árbol que el Creador habría querido ver desde el principio, el árbol por cuya existencia ha cuidado todos los demás.
Esos árboles creían que esa fealdad suya, esa pobreza de frutos, esa vida corta y triste, esos colores desvaídos eran lo propio de su naturaleza, lo máximo a lo que podían aspirar, hasta que descubren este otro árbol único lleno de vida.
Durante generaciones, el pecado ha mantenido al hombre como esos árboles de los que os hablaba. Porque el pecado es terrible. No es una broma. Es una ofensa a quien nos ha dado la vida y la naturaleza que tenemos, una ofensa a su amor. Y esa ofensa ha caído sobre nosotros y ha arruinado nuestra vida. Nos habíamos acostumbrado a esta pobreza, a esta fealdad, a esta miseria, a este sufrimiento y a esta muerte… Pero de repente ha aparecido María —«De repente» para nosotros, no para Dios que la esperaba y preparó su nacimiento desde el principio—. Ella, libre de pecado, sin nada que ver con el pecado, se levanta como una estrella entre todo el océano de hombres mediocres y sufrientes, y nos dice: ¡Esta belleza! ¡Esta bondad! ¡Esta es la humanidad creada por Dios! ¡No la miseria que os consume!
Para que salgamos de esta miseria, Dios ha querido que María nos dé a su Hijo, Dios hecho hombre, el que restaura nuestra naturaleza herida por el pecado, más aún, el que nos recrea uno por uno, para elevar nuestra naturaleza, por encima de todo lo que podamos imaginar. Esta obra de restauración ha sido efectiva. Por eso, después de María y de su Hijo, durante siglos, ha aparecido una legión de santos, de vidas bellas y llegas de amor verdadero, más fuerte que el pecado. Son vidas que han llenado de belleza los siglos que siguieron a Cristo y nos han precedido: desde los Apóstoles, hasta san Juan Pablo II o santa Teresa de Calcuta, por poner solo algún ejemplo cercano a nuestro tiempo. En medio de otros hombres llenos de miseria y de pobreza espiritual, ellos han reproducido aquel milagro único de María. Y cuando pasemos el umbral de la muerte y contemplemos a Santa María Inmaculada y a todos los santos que vinieron después de ella, por la gracia de su Hijo, quedaremos pasmados al contemplar la belleza del hombre creado por Dios. ¡Esto es lo que Dios creó! ¡En esto pensó! ¡Por esto envió a su Hijo!
Parece que queremos tirar por la borda este legado de santidad, de amor, de verdadera belleza, de bondad. ¡Volvemos a preferir el pecado! No es que nos veamos débiles y pequemos por debilidad. No es eso. Es que preferimos el pecado, la fealdad y la miseria de la que nos sacó María. ¡Preferimos el pecado! Y le decimos a Dios, a su cara: «No me da la gana obedecerte». Sin darnos cuenta de que la muerte y la destrucción caen sobre nosotros, como una enfermedad que nos aplasta contra la tierra inerte, que nos reconcome como un cáncer por dentro.
La fiesta que celebramos hoy es la antítesis de lo que nos meten por los ojos todos los días los que en este mundo nuestro tienen poder e influencia. El viernes escuché al presidente de España hablar del «derecho del aborto» y del «derecho del matrimonio homosexual». El aborto no es un derecho, es un crimen. Nadie tiene derecho a matar a otro. Una sociedad que permite esto, que permite que existan fábricas de muerte, abortorios donde se matan sistemáticamente a los inocentes, y donde este crimen abominable se jalea como un derecho, una sociedad así, está condenada a la destrucción. Una sociedad que confunde el matrimonio, que implica una entrega definitiva entre un hombre y una mujer con vistas a ayudarse, a amarse y a dar hijos a este mundo… Y que constituye el núcleo de cualquier sociedad humana… Una sociedad que confunde esto con la satisfacción sexual de cualquier tipo, con la búsqueda egoísta de placer… y dice que esa aberración es un derecho, está destinada a desaparecer.
No, el pecado no es un derecho. El pecado es una ofensa a Dios y nos destruye. Y cuando el pecado atenta contra la vida, en el seno mismo de la vida, en el seno materno, y contra el núcleo de donde nace y crece esa vida, que es el matrimonio, la unión amorosa, sólida y definitiva entre un hombre y una mujer, cuando esos pecados terribles se proclaman como derechos, el hombre cava su tumba. El aborto no es un derecho. El mal llamado matrimonio homosexual no es un derecho. El pecado no es un derecho. Es una desgracia.
Miremos a la Inmaculada. Es lo contrario al pecado. Y siendo lo contario al pecado, ella nos enseña el camino de la verdadera humanidad. Ella es el camino por donde viene hasta nosotros el Hijo que se hace hombre. Y ella es el camino por el que el hombre, unido a su Hijo, alcanza a Dios, no hay otro camino. Luchemos contra el pecado, el nuestro. No lo proclamemos un derecho, nuestro derecho es la santidad, nuestro derecho es que la gracia de Dios nos haga santos, nuestro derecho es formar parte del cortejo de los santos que llenan de gozo la creación, que llenan de gozo a la humanidad, a los ángeles y al Creador. Nuestro derecho no está en revolcarnos por el lodo, sino en alcanzar el cielo y la vida de Dios. Ese es el derecho de los hijos de Dios.
María, toda hermosa,
toda santa,
patrona de España,
ten piedad de tu tierra.
Y tal como se lo enseñaste antes a nuestros padres,
enséñanos de nuevo el camino a nosotros,
a los que vivimos en esta generación que parece haberte olvidado.
No permitas que venzan los enemigos de tu Hijo y del Creador,
no permitas que venzan los enemigos de la naturaleza humana.
María Inmaculada, ruega por nosotros.
P. Enrique Santayana C.O.
Homilía del 8 de diciembre de 2024
La Inmaculada Concepción de María
Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
La Inmaculada Concepción de María
Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
LA VENIDA GLORIOSA DE CRISTO
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo I
I Domingo de Adviento. C
1-XII-2024
«Verán al Hijo del hombre» (Lc 21,27)
Está Jesús en el Templo de Jerusalén y le hacen considerar la grandeza y la belleza del Templo. Entonces él aprovecha para advertirles: «De todo esto no quedará piedra sobre piedra». Los que lo oyen se asustan porque el Templo es el símbolo de su nación, de lo que han recibido de sus antepasados… Además, la destrucción del Templo solo puede suceder si Israel entra en guerra y es castigado por su enemigo; por tanto, implica la calamidad, la pobreza, la muerte… Por último, el Templo es el signo de la elección divina y de la cercanía de Dios; su destrucción significa que Dios los abandona… En una palabra, la destrucción del Templo significa la destrucción de todo lo que aman.
Entonces, como es lógico, le preguntan a Jesús cuándo ocurrirá eso, querrían no tener que verlo, pero lo verán. Las palabras de Jesús se cumplieron con exactitud en el año setenta, aunque Jesús no les desvela el momento, lo que hace es tomar la destrucción del Templo y de Jerusalén como símbolo de lo que ocurrirá cuando llegue el fin del mundo, porque de todo el mundo manchado por el pecado no quedará piedra sobre piedra. De todo lo que el hombre ha construido de espaldas a Dios, enorgulleciéndose en sus miserias, no quedará piedra sobre piedra.
Sin embargo, Dios obra siempre el bien. Cuando Jerusalén fue destruida en el año setenta, los cristianos entendieron que ellos eran el Nuevo Israel y el Templo de Dios. Así, la destrucción del Templo no dejó al mundo sin Dios, al contrario, los hombres de todos los pueblos pudieron encontrar a Dios, de una forma nueva y más plena, en la Iglesia Católica. De forma similar, el fin de este mundo afectado por el pecado señalará el inicio de una tierra nueva y un cielo nuevo, donde la comunión del hombre con Dios será perfecta, mucho más que la que perdimos por el pecado original en el Paraíso.
San Juan en el Apocalipsis, lo contempla así en su visión: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra ya han pasado… Y vi la nueva Jerusalén que descendía del cielo, de Dios, preparada como una esposa que se ha adornado para su esposo. Y oí una gran voz … que decía: “Esta es la morada de Dios con los hombres. Él vivirá entre ellos, ellos serán su pueblo y Él … será su Dios”. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo anterior ha pasado. “Mira, hago nuevas todas las cosas”». Y dice otras muchas cosas maravillosas de esta nueva creación en la que los fieles convivirán con Dios.
Por tanto, así como la destrucción del Templo de Jerusalén fue necesaria para que la Iglesia apareciese como la nueva casa de Dios, así es necesario que todo este mundo nuestro sea destruido, para que aparezca, resplandeciente, la nueva creación.
En el Evangelio de hoy Jesús empieza describiendo el fin de todas las cosas: «Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas». La angustia de las gentes es la angustia de los que han puesto su confianza en sus propias obras y proyectos, y en este mundo que pasa. Pero Jesús, después de afirmar que su venida será precedida por un tiempo de angustia, sigue: «Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria». El «Hijo del hombre» es él, el Hijo de Dios que se ha hecho hijo de hombre, hombre verdadero. Él vendrá no como vino la primera vez, en la pobreza, en la humildad, sin que más que unos pocos lo supieran, rodeado del «silencio de Dios», sino de forma sobrenatural, con gran poder y gloria, para culminar la obra de la redención, es decir, de nuestra liberación. Por eso Jesús exhorta a los suyos a no dejarse llevar por el miedo, ni por la tristeza, sino a erguirse de las miserias y levantar la cabeza: «Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación».
Los cristianos vivimos de fe y de esperanza. La fe tiene como contenido fundamental lo que Cristo hizo por nosotros: murió y resucitó. La esperanza tiene como contenido lo que él nos ha prometido: que vendrá, que nos librará definitivamente de todo lo que tiene que ver con el pecado y con la muerte, que hará nuevas todas las cosas, y gozaremos de él y con él de su Padre, como Padre nuestro. Vivimos de fe y de esperanza. Por eso, cada vez que nos juntamos y celebramos la Misa, que es la actualización de lo que Cristo ya ha hecho por nosotros, repetimos las palabras del Apocalipsis: «Ven, Señor, Jesús». Lo que la liturgia del Adviento remarca de las palabras de Cristo que hemos escuchado es que él viene, y con él nuestra liberación. Seremos definitivamente liberados, para adentrarnos en el amor infinito de Dios, sin que nada obstaculice nuestro amor. Porque la libertad está en función del amor.
El Adviento que empezamos hoy nos enseña a levantar la cabeza hacia nuestro Salvador, a llamarlo, a esperarlo. Y espera quien tiene la cruz grabada por la fe en el corazón y quien se sabe necesitado de salvación. Ese mantiene viva la esperanza y el deseo de su vuelta. Y ante este deseo todo se empequeñece. Todo, por grande que sea, sufrimientos o gozos, se vuelve nada en la espera de su venida. Él, su persona, llena el deseo del alma. Sin él no hay salvación. Sin él la eternidad sería despreciable, sin él no hay cielo. Él, el que nos amó. Él es el contenido de nuestra esperanza.
La espera que levanta al cielo los ojos queriendo abreviar los días de su vuelta es el latido que da vida a la liturgia de hoy. Pero Jesús sabe que esta venida no será inminente. Entre su resurrección y su vuelta gloriosa se abre el tiempo del mérito de nuestro amor. Es nuestro hoy, del que añade Jesús: «Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra». Será una característica de los tiempos que precedan a la venida de Cristo, que el alma humana se vea sofocada por la búsqueda constante de los placeres y por las preocupaciones de la vida presente. Eso ya ocurre. La búsqueda sin freno del placer, a veces con formas refinadas, a veces de forma brutal; el trabajo sin pausa para dar respuesta a las necesidades de la vida presente; la necesidad ansiosa de buscar distracciones en el tiempo libre… todo eso nos hace olvidar las necesidades espirituales y asfixia el alma. Para quien así vive, la venida de Cristo significará no ganancia, sino pérdida, un lazo.
Debemos vigilar nuestro corazón, para que no se embote, para que no se endurezca ante el amor de Cristo, para que no deje de confiar en él, ni deje de creer, ni deje de esperar. Esta es la gran prueba. Mirad que no se nos pide ser impecables, sino que no nos abandonemos al pecado, que no nos embotemos ni con los placeres, ni con los trabajos e inquietudes de la vida.
Los sufrimientos, que acompañarán el fin de los tiempos y el fin de nuestras vidas personales, pondrán de manifiesto la verdad de nuestro corazón: embotado por las cosas de este mundo, o despiertos, esperando al que nos ha de liberar. Los sufrimientos caen sobre los corazones embotados como una losa que los aplasta: pierden la fe, dejan de confiar y desesperan, se incapacitan para recibir al que viene de lo alto. Esos mismos sufrimientos llegan a los que esperan a Cristo y ellos mantienen la fe y la esperanza. Cuando Cristo llega, lo reconocen y Cristo no los defrauda: «Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre». La verdad de cada hombre se revela en su final.
Jesús, que nosotros nos mantengamos firmes en la fe, que nuestros días transcurran en el ejercicio del amor a ti y a nuestros hermanos, que la oración nos mantenga despiertos, que los sacramentos nos sostengan, que cuando llegue la hora de nuestra muerte, nuestra alma esté levantada hacia ti y tú nos des la libertad final que nos capacita para el amor eterno. Que veamos entre los justos tu venida gloriosa a este mundo. Que entre los santos, te veamos glorioso en este mundo en el que te humillaste y nos amaste. Que veamos el fin del pecado y el surgir de la Nueva Jerusalén, donde tú lo serás todo.
¡Ven, Señor, Jesús!
Enrique Santayana C.O.
Homilía del I Domingo de Adviento,
1 de diciembre de 2024
Iglesia del Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
1 de diciembre de 2024
Iglesia del Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares