TESTIGO DE LA VERDAD. CRISTO REY
- Detalles
- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Cristo Rey
Jesucristo, Rey del Universo. Ciclo B
24-XI-2024
«Para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad»
(Jn 18,37)
Queridos hermanos, cada gesto de Cristo, lo que hace o lo que no hace, sus palabras y sus silencios, cada aspecto de su humanidad, nos abre la puerta a la inmensidad de Dios. Nos muestra quién y cómo es Dios. Cada «centímetro» de su humanidad es como una puerta por la que nos muestra a Dios, derrama sobre nosotros el amor salvífico de Dios y nos introduce en Él. La Tradición ha llamado «misterio» a cada momento y a cada aspecto de su humanidad: «los misterios de Jesús», o «los misterios de la vida de Cristo», porque nos introducen en la riqueza insondable de Dios, un océano de amor, de belleza, de bondad, de vida… Y «nos es dulce naufragar en este mar», porque no nos perdemos, sino que nos encontramos en Él y ante Él, el Dios que nos ama.
Desde que empieza el Adviento hasta la fiesta de hoy, Jesucristo, Rey del Universo, que cierra el ciclo anual de la liturgia, recorremos los misterios de Cristo para sumergirnos más y más en este océano: el Dios Uno y Trino, el Dios que es amor.
Hoy contemplamos a Jesús atado e interrogado poco antes de morir en la cruz, inerme frente a un poder que quiere destruirlo, y Pilato, con toda la fuerza y el poder de Roma. La liturgia llama nuestra atención sobre esta escena y nos dice: Jesús es el Rey universal y eterno. Y es que Jesús tiene la osadía de proclamarse rey, aunque las apariencias parecen decir todo lo contrario. El poderoso gobernador le interroga con cinismo: «¿Tú eres rey?». Y Jesús le responde con toda solemnidad: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».
Para entender las palabras de Jesús tenemos que retrotraernos al Antiguo Testamento. Allí el rey de Israel es quien se pone a la cabeza de su pueblo para conducirlo por los senderos de la historia. Es un pastor al frente de su rebaño. Generación tras generación, los reyes que se sucedieron no cumplieron con estas expectativas. Solo el rey David se levanta en la memoria de la Biblia como uno conforme al corazón de Dios. Y cuando esos reyes condujeron al pueblo al caos más absoluto, cosa que acaeció con la deportación a Babilonia, Dios suscitó la esperanza de un Rey Mesías, hijo de David, distinto de todos los anteriores, que conducirá a Israel no solo hacia su tierra, sino hacia Dios, a la convivencia con Dios, una nueva tierra, un nuevo Edén. Jesús, que en ocasiones favorables había rechazado ser proclamado rey, ahora, cuando se enfrenta a la muerte y parece indefenso, reclama para sí el título de rey: «Soy Rey»; porque es encarando la muerte, cuando se comprende su realeza: al frente del pueblo de Dios para llevarlo por los caminos de la historia, por los valles muchas veces oscuros, por la vida, muchas veces llena de sufrimientos, para llevarnos hasta Dios. Cristo es Rey por nosotros y para nosotros, para conducirnos y llevarnos hasta Dios.
Para llevar a cabo esta misión Jesús se hace partícipe de la oscuridad que se abate en nuestro camino cuando estamos en manos del poder arbitrario e injusto de este mundo. Así está él ante Pilato, un poder injusto, porque no le importa la verdad. Hoy nuestra vida discurre bajo un poder mundano que declara que la verdad no le importa, o que no existe, e impone sus reglas con crueldad. El comunismo es el ejercicio de un poder al que le da lo mismo la verdad, una idolatría del poder, que usa la crueldad para imponer sus proyectos. El Islam es la exaltación del poder como dios, un falso dios, un poder sin referencia a la verdad, que por eso tiene como arma la guerra. Nuestras democracias occidentales han renunciado también a la búsqueda de la verdad e imponen sus leyes arbitrarias asfixiando la vida del hombre. En definitiva: el mundo se levanta ante nosotros con un poder que se cree omnímodo y que oprime al hombre. No son teorías: allí donde triunfa el comunismo, allí donde triunfa el Islam, o aquí, donde hemos olvidado la verdad decisiva del hombre y hemos ordenado nuestra vida de espaldas a ella, nuestras familias de espaldas a ella, nuestras relaciones económicas y de trabajo de espaldas a ella, nuestras políticas de espaldas a ella… donde triunfan los mentirosos, los corruptos, los avaros, los soberbios, los soeces… cada vez es mayor la falta de libertad para sacar adelante una familia, para engendrar y educar a los hijos, para ocuparse de los ancianos o de los enfermos. La falta de verdad ha degradado las relaciones naturales que sostienen la vida de cada hombre, el amor de la familia y la armonía de la nación. La división, el resentimiento, la ira, el miedo… nos hacen solitarios, débiles ante el ataque del pecado en nuestras propias carnes. Así, cada vez es más difícil no dejarnos llevar por la idolatría del poder, de las riquezas y del placer. Esta lucha no es nueva, viene desde el principio y durará hasta el fin de los tiempos. Cristo lo anunció a los suyos: «en el mundo tendréis lucha» (Jn 16,33). Él se ha puesto a nuestro lado, o mejor, a nuestra cabeza, para recibir los golpes del mal y dar testimonio de la verdad. Así es como reina, así es como nos lleva hasta Dios.
Jesús hace frente al mal no con la fuerza violenta, que es el instrumento del poder, sino con la verdad, que es el camino del amor. Jesús es el testigo de la verdad y así hace posible el camino del hombre hasta Dios. La verdad de la que da testimonio es la única verdad que incumbe de forma definitiva al hombre: la de Dios. Y la verdad de Dios es el amor: «Deus caritas est», concluye san Juan en su primera carta. Dios es amor y el amor se ofrece no violentando la voluntad, sino mostrando la verdad de lo que es. Y justo ahora, cuando asume el golpe del mal sobre el hombre y da testimonio de la verdad, es cuando se muestra como Rey. Así llegará a la cruz y en la cruz dará el más solemne de su testimonio. Y el que es de la verdad entiende este testimonio. «Todo el que es de la verdad, escucha su voz». Los hijos de la verdad lo entienden: es la ofrenda que Dios hace de sí al hombre en la persona de su Hijo.
Los poderes idolátricos del mundo siguen burlándose de este testimonio, porque les parece débil y pobre, pero el crucificado venció la muerte con su amor, abrió las puertas del cielo y llama a su pueblo para que le siga en su reino. Cristo lucha amando y vence amando, pero no es rey para sí mismo, es rey para su pueblo, para que le sigamos, para que acojamos el testimonio de su amor, la verdad de Dios, y dejemos que esta verdad se grabe en nuestros corazones y dé forma a nuestros corazones: es la verdad de la Trinidad y de su obra por nosotros, lo que confesamos en el Credo. La verdad que confesamos en el Credo tiene poder para dar forma a nuestro corazón, para unirnos a Cristo y vencer con él todo mal. Esta fuerza es más real que la del poder de los tiranos.
No nos debe preocupar el aparente poder del mundo, que nos desprecie o nos persiga, lo que debe preocuparnos es que nos contaminemos con su mentalidad, que deseemos como ellos, que obremos como ellos, que nos convirtamos en idólatras del poder, de las riquezas o del placer. Nosotros no debemos tener mayor preocupación que conocer la verdad de la que Cristo da testimonio y alimentarnos de ella, escuchando su palabra, comulgando su Cuerpo, para que él viva en nosotros, para que con él demos testimonio de la verdad y con él reinemos.
Cuando la apariencia de este mundo caiga como un velo, se mostrará a todos lo que ahora sabemos por la fe: que Cristo es el Rey del universo, rey universal y eterno. Entonces aparecerá Cristo glorioso, con las marcas de su Pasión; y junto a él nosotros, con nuestras propias heridas, participando de su gloria. Y esa gloria, no es oro, ni placeres carnales, ni el orgullo de los poderosos, sino el gozo limpio del amor divino, solo amor.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
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Homilía del 24 de noviembre de 2024
SOLEMNIDAD DE CRISTO REY
Oratorio de San Felipe Neri
Alcalá de Henares
SOLEMNIDAD DE CRISTO REY
Oratorio de San Felipe Neri
Alcalá de Henares
EL EVANGELIO DEL FIN DEL MUNDO
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- Escrito por Enrique Santayana Lozano
- Categoría: Domingo XXXIII
XXXIII Domingo T.O. B
17-XI-2024
«Verán venir al Hijo del hombre» (Mc 13,26)
Queridos todos: Hoy el Señor nos habla de los últimos tiempos. Es necesario que entendamos algunos elementos esenciales de esos últimos tiempos:
Por un lado, su vuelta gloriosa estará precedida por un estallido generalizado del pecado, de la iniquidad, de la corrupción moral, de la negación de Dios. Es el momento del Anticristo, tiempo de persecución de la Iglesia, de apostasía general, de un falso mesianismo que proclamará al hombre como dueño y salvador de sí mismo. El hombre apartará a Dios para proclamarse él mismo, con violencia de todo tipo, como único señor. Será la última prueba de la Iglesia, en la que solo la fe y la oración resistirán.
Entonces, volverá Cristo glorioso. El universo entero será sacudido por su venida y se manifestará que todo es nada ante él, el Dios Único, creador y redentor. De este segundo aspecto o momento de los últimos tiempos habla hoy Jesús.
Con la venida gloriosa de Cristo acaecerá el Juicio Universal, que desvelará también el secreto del corazón de cada hombre ante él, cuando cada uno reciba la justa paga de sus acciones, de su fe y de su amor. Entonces, la creación entera, encabezada por el hombre, ya purificada y sometida por entero a Cristo Rey, será recreada por Dios para que los elegidos puedan participar en cuerpo y alma de la Gloria de Dios para toda la eternidad.
Vamos al evangelio.
Comienza así: «En aquellos días, después de la gran angustia». La gran angustia es el tiempo dicho del Anticristo, de la apostasía general, cruel y despiadada. Entonces, «el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor y los astros se tambalearán». Es una imagen con la que Cristo anuncia que todo el universo, todo eso que parece tan grande y tan inconmovible, la tierra, el sol, los astros…, todo mostrará que es solo como un velo que se arranca y se tira por tierra. El hombre, que se habrá proclamado señor y salvador de sí mismo, entenderá que no es señor de nada, ni de sí mismo ni de nada, y verá que él mismo cae en el abismo con todo lo que creía suyo. Y cuando el velo es arrancado y tirado, ¿qué es lo que se ve? Se ve lo que ocultaba el velo, la verdad escondida que solo la fe alcanzaba a afirmar: al crucificado por amor, que ha resucitado y es Señor de todo.
El velo caerá y «verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria». El Hijo del hombre es Jesús, el mismo que está ante los apóstoles y les habla, el mismo que está entre nosotros y nos habla en esta mañana. Vendrá este: el Dios hecho hombre y amante hasta la muerte, que vive y está presente en el sacrificio del altar. Cuando todo caiga, cuanto todo se desvanezca, él se mostrará como el que permanece. Cristo permanecerá para siempre, porque solo él se identifica con la Vida, con el Ser, con la Verdad, con Dios. Permanece él y todo lo suyo: sus palabras, vivas, originales, verdaderas: «mis palabras no pasarán». Ellas no mudan, no cambian, no pierden verdad ni luz. Ellas guían nuestro camino, hoy y siempre. Aunque todo caiga, su palabra se mantiene inamovible y cada uno de nosotros será juzgado por su adhesión a ella. Adhesión que significa confianza y obediencia; confianza en quien es Dios y nos ama; obediencia a quien reconocemos como Verdad y como amor.
Todo pasará, pero Él no. El Dios hecho hombre, con su cuerpo, su vida, sus cansancios, su risa, su rostro humano, no pasará. Jesús resplandecerá como el Dios hecho hombre y amante hasta la cruz y su palabra resonará viva y verdadera eternamente. Pero, ¡atención!, tampoco sus elegidos pasarán. Ellos serán llamados en torno a él: «enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo». Aclaro. ¿Quiénes son los elegidos? Los que hayan respondido al amor gratuito con el que él nos eligió en la cruz. Ha dicho: «reunirá a sus elegidos». Lo que hoy nos separa: el tiempo, la muerte, las lenguas diversas, el espacio entre uno y otro punto de la tierra, las diversas culturas y épocas, los límites de nuestra naturaleza afectada por el pecado, el pecado mismo… todo eso será superado. La comunión será perfecta. Junto a Cristo glorioso, bellísimo en su humanidad y en su divinidad, aparecerá su Iglesia, la comunión de los que sean hallados fieles. Es la Iglesia de los santos, unida en torno a Santa María y a los Apóstoles, la Iglesia de los mártires, de los esposos santos, de los obispos y sacerdotes santos, de los célibes santos, de los niños santos, de los solteros santos, de los religiosos santos… y de todos aquellos que purificados después de la muerte son también ya santos ¡La Iglesia triunfante! ¡Ojalá también nosotros! Llamados por Cristo. ¡También nosotros! Quizá después de haber pasado por el purgatorio. ¡Y nuestros padres, y nuestros hijos! ¡Con sus rostros! ¡Con sus méritos! ¡Con sus obras hechas por amor! El Hijo del hombre no pasará, sus palabras no pasarán, y llamará de nuevo en torno a sí, a sus elegidos, a los que claman por él día y noche.
¿Qué tendremos que hacer hasta que todo eso suceda? Guiarnos por sus palabras. En la antigüedad los hombres se guiaban por las estrellas. Por ellas sabían dónde estaba el norte o el oriente, por ellas se orientaban. Incluso pensaban que las estrellas describían su camino vital, de ahí el engaño del horóscopo. Las palabras de Cristo son la verdadera guía para nuestro camino en la tierra, nuestra luz hacia el cielo.
No sabemos cuándo llegará el tiempo de la angustia y la vuelta de Cristo en gloria, cuando los elegidos sean reunidos por él. Ni lo sabemos ni debemos tener curiosidad por saberlo. Todo nuestro empeño ha de estar en vivir conforme a su palabra. Jesús vivió su camino humano abandonando su hora en manos de su Padre; y nosotros hemos de abandonarnos también en sus manos, como hijos verdaderos: «En cuanto al día y a la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, solo el Padre». Lo que sabemos es que todos participamos por adelantado de lo que ocurrirá en los últimos tiempos: «No pasará esta generación sin que todo esto suceda». La gran angustia final se adelanta en los sufrimientos de la vida presente; pero también en la vida presente él sostiene a sus elegidos con su palabra y con la Eucaristía, en medio del constante deshacerse de las obras humanas, en medio del constante fracaso de todos los intentos por vivir sin Dios. El amor crucificado y resucitado de Cristo sigue brillando en la Eucaristía, anticipo de su vuelta gloriosa y de nuestra reunión definitiva con él.
Aprendamos a vivir no de lo que va a desaparecer, sino de lo que permanece para siempre, aprendamos a vivir de Cristo, el pan cotidiano que solo podemos esperar del cielo, de su palabra y de la Eucaristía.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía, 17 de noviembre de 2024
P. Enrique Santayana
Oratorio de San Felipe Neri
Alcalá de Henares
P. Enrique Santayana
Oratorio de San Felipe Neri
Alcalá de Henares
Hermano Rafael (I)
- Detalles
- Escrito por Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados

Hermano Rafael (I).
D. Juan Antonio Martínez Camino
| Ejercicio de los Sábados | |
El Obispo Auxiliar de Madrid, D. Juan Antonio Martínez Camino, nos ofreció la primera conferencia sobre el Hermano Rafael, San Rafal Arnaiz Barón. Es la primera de seis conferencias que están previstas para este curso.
Aquí puedes ver las fotografías:
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El Sagrado Corazón de Jesús: conferencia de Madre Olga María del Redentor
- Detalles
- Escrito por Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados

El Sagrado Corazón de Jesús
Madre Olga María del Redentor. C.S.S.J
| Ejercicio de los Sábados | |
La Madre Olga María del Redentor estuvo con nosotros hablándonos sobre el Sagrado Corazón de Jesús.
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"PERTENEZCO A JESUCRISTO". Crónica de mi ordenación diaconal (Mikel Cacho Ruiz C.O.)
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- Escrito por OSFN
- Categoría: Congregación de Alcalá de Henares
Aunque han pasado ya algunos días, todo sigue pareciéndome novedoso. Y, sin embargo, interiormente me siento tan natural “como pez en el agua”. Pertenezco por completo a Jesucristo —ahora de un modo nuevo— y para toda la eternidad.
Recuerdo que la noche previa a la ordenación, después de repasar la celebración junto con un hermano de mi Congregación, me retiré a mi habitación y me quedé mirando un cuadro del Sagrado Corazón. Pensaba en la entrega total e ilimitada con la que me iba a ofrecer al Señor. Recuerdo que, en particular, llamaba mi atención la promesa de “imitar siempre a Cristo” que hacen los ordenandos. Tal vez podría decirse que resume y engloba a todas las demás. Es una promesa de tal envergadura que, ciertamente, sólo con la gracia de Dios podría atreverme a hacer.
Me adelanté al resto de mis hermanos de comunidad, pues había sido citado allí a una hora más temprana para preparar la celebración.
Ésta comenzó con el canto del Veni Creator; pidiendo de este modo que el Espíritu Santo descendiera sobre nosotros.
También recuerdo entrañablemente las letanías de los santos: todos esos amigos e intercesores del Cielo estaban acompañándonos verdaderamente ese día.
A pesar de haber hecho el propósito de intentar concentrarme en el misterio que Dios iba a realizar, y así no dispersarme en exceso en aspectos externos o secundarios, lo cierto es que no pude evitar que los nervios me acompañaran durante un buen rato.
No obstante, todo cambió durante la oración consecratoria: Dios había obrado su milagro, y ya era suyo para siempre.
Por mi parte, simplemente me había ofrecido al Señor poniéndome en sus manos, y Él había hecho el resto.
Quedé mucho más tranquilo a partir de ese momento, y el resto de la celebración lo viví con una gran paz.
Justo después, el p. Armando C.O., a quien había conocido mucho tiempo antes de ingresar en la Congregación, fue quien me revistió con la estola y la dalmática, y los ordenados nos retiramos hacia el fondo del presbiterio.
Ahora, el lugar central lo ocuparía el Santo Sacrificio de la Eucaristía.
Después de la Comunión y la Ofrenda floral a la Virgen del Val —Patrona de la diócesis—, los fieles nos despidieron con un gran aplauso.
Pero yo no había hecho nada que lo mereciera; el aplauso sólo se lo merece el Señor.
Él es el que sigue cuidándonos a todos; a la Iglesia.
Él es el que vela por nosotros mediante sus dones jerárquicos y carismáticos, que distribuye entre sus fieles.
Él es quien hizo que ese fuera un día grande.
Y yo, en adelante, sería simplemente un instrumento en sus manos.
Tras regresar a la sacristía, fue muy hermoso ver a los hermanos de la Congregación, tomando juntos una fotografía con el Obispo diocesano y el emérito, que siempre nos han tratado con gran afecto y familiaridad.
También fue muy de agradecer la acogida y el trato por parte del clero diocesano y los responsables de la Catedral, que fue sumamente cordial en todos los aspectos.
Ya de regreso en el Oratorio, estábamos todos reunidos para comer al aire libre en el patio de nuestro colegio.
Y ese “todos” incluye también a todo el Oratorio Seglar, esta vez acompañado también de mis familiares más cercanos, que habían venido hasta Alcalá para la ocasión.
Seríamos alrededor de unas ciento cincuenta personas.
A pesar de la abundancia de comida, casi me faltó tiempo para comer.
Sin embargo, puedo decir que no me faltó el afecto y la compañía de todos ellos.
