SAN LEOPOLDO MANDIC
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- Escrito por Alberto Velasco Esteban
- Categoría: Ejercicios de los Sábados
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EL HIJO QUE DIOS NO SE HA RESERVADO
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo II
II Domingo de Cuaresma. B
25-II-2024
«Es mi Hijo» (Mc 9,7)
Los falsos dioses no son meros entes inexistentes. Bajo sus nombres y su culto se esconde quien pretende ocupar el lugar del Dios vivo y verdadero en el corazón del hombre y asfixiarlo con su odio, el diablo. Le delata su crueldad con el hombre.
Abraham vivía en un mundo de religiones, algunas de las cuales exigían sacrificios humanos. Solo pensarlo da escalofríos. Eran religiones diabólicas, como las que vimos los españoles al llegar a Méjico. Hoy el cristianismo vive también en medio de religiones diabólicas, aunque algunas no se llamen religiones. En España, después de abandonar al Dios verdadero, veneramos un dios escondido y sin nombre, que exige sacrificios humanos. Nos hace correr hacia la comodidad, y no hallamos descanso; hacia el placer de los sentidos, y no somos capaces de disfrutar de los dones de la creación; hacia las riquezas, y nada nos sacia; hacia el poder sobre nuestros cuerpos, y jamás hemos sido tan esclavos. Y en aras del placer y de la comodidad y del dominio de nuestro cuerpo, sacrificamos miles de niños, los destrozamos en el seno de su madre con el aborto. Nos hemos convertido en homicidas, cada vez más crueles y odiosos, como odiosa es la imagen de este dios escondido y sin nombre que asfixia al hombre. Esta falsa religión y este falso dios sin nombre al que rinde culto la modernidad deja en nuestra mente una imagen terrible de Dios.
Los pueblos entre los que vivía Abraham tenían también una idea falsa de Dios. Y Abraham aún conservaría en parte la imagen de un dios terrorífico y falso, mezclada con la imagen del Dios bueno que le había llamado a su amistad. Para mostrar su verdadero rostro, el Dios vivo, el que hizo con orden, bondad y belleza todas las cosas, llama a Abraham y le pide que haga para él lo que los falsos dioses pedían a sus siervos: un sacrificio humano, el de su propio hijo, Isaac, tanto más amado, cuanto más había esperado para obtenerlo de Dios. Abraham se dispone a obedecer muerto de dolor, pero no extrañado, porque aún confunde el rostro del Dios verdadero con las caretas deformes de los ídolos. Abraham no se sorprende de que Dios le pida el sacrificio de Isaac, lo que le va a sorprender es que Dios detenga su mano y él mismo provea un animal para el sacrificio: «“¡Abrahán, Abrahán! […] No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada […]”. Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó […] y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo».
Abraham aprendió a distinguir al Dios vivo y verdadero, amante del hombre, de los ídolos diabólicos. Pero esta lección del amor de Dios queda abierta. Los textos del Antiguo Testamento son solo parte de un camino, no se entienden cerrados sobre sí mismos. Solo se iluminan cuando se abren y se ordenan a Cristo. A Abraham Dios le impide sacrificar a Isaac, porque es él quien ha dispuesto el sacrificio de su Hijo por el hombre. Es Dios quien ama al hombre —por incomprensible que esto nos pueda parecer, ya que nos hemos hecho odiosos por la crueldad de nuestros pecados—… Es Dios quien ama y quien por nosotros no se ha reservado a su Hijo. Paró la mano de Abraham para que no sacrificase a Isaac, pero a su Hijo amado lo entregó a la muerte.
La escena del Moria, donde Dios impide el sacrificio de Isaac, se esclarece mirando la escena del Calvario, donde Jesús es sacrificado. En la mente se implanta la imagen de un Dios que ama al hombre hasta entregarse en sacrificio de holocausto por él.
La Palabra de Dios quiere hoy que nos fijemos en esa verdad, que san Pablo formula: «Dios no se reservó a su propio Hijo por nosotros». Es el núcleo del mensaje de la liturgia de la Palabra en este segundo domingo de Cuaresma.
Estamos tan acostumbrados a oír hablar de Cristo, a oírle a él, a acercarnos a la iglesia y ver cómo el sacerdote consagra y distribuye la comunión, que no nos damos cuenta de lo que realmente ocurre ante nuestros ojos: que es el Hijo de Dios el que va a la muerte por nosotros, que es el Hijo de Dios y su sacrificio por nosotros, quien se hace presente en el altar de la Eucaristía. Los apóstoles tampoco se daban cuenta muchas veces de quién era Jesús, al que acompañaban —el Hijo eterno de Dios—, ni del camino que llevaba —el camino hacia el Calvario—. Y hoy, mientras Jesús reza, se atisba la gloria del Hijo eterno, cuando se transfigura y sus vestidos refulgen. Después, junto a Jesús aparecen Moisés y Elías, que representan la Ley y los Profetas, esto es, el Antiguo Testamento. Aparecen para decir que la creación había sido preparada para que él apareciese, que los libros del Antiguo Testamento lo preparaban y que Jesús es la clave con la que ellos desvelan toda la verdad que encierran. Que lo que ocurrió en el Moria no se explica del todo hasta que no se ve a Jesús en el Calvario.
Después de que Cristo se transfigurase y del testimonio de Moisés y Elías, es Dios mismo quien hace resonar su voz, para abrir nuestro corazón y que entendamos lo que veremos al contemplar la cruz: al Hijo amado que se entrega por nosotros. Habría que hacer silencio ante este misterio de amor, incomprensible y a la vez luminoso. El Dios vivo ofrece por nosotros a su Hijo. No nos ofrece una ideología o una regla moral, no nos enseña en un libro una filosofía, ni nos promete baratijas que no sacian el alma. Él nos da a su Hijo: «Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo». Y este «escuchadlo» final es como una súplica para que prestemos atención a su amor por nosotros. Con una súplica nos entrega a quien ama, se entrega a sí mismo, porque él y su Hijo son Uno. Como dice san Pablo, «Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo» (2 Cor 5,19).
Como decía antes, este es un misterio a la vez incomprensible y luminoso. Incomprensible hasta dónde llega el amor de Dios por un hombre que se ha hecho odioso por el pecado. Luminoso, porque con este amor, nuestra vida se llena de luz y de esperanza. San Pablo se ha hecho fuerte en esta verdad, «Dios no se reservó a su propio Hijo por nosotros» y, luego, saca las consecuencias: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?».
Se erradica la imagen terrorífica de los falsos dioses y se graba en nuestras almas la imagen del crucificado, del Dios que muere por el hombre, por voluntad propia, por amor. Esta imagen nos ofrece dos verdades fundamentales, sobre Dios y sobre nosotros mismos. La verdad de Dios: que ama al hombre; y la verdad del hombre: que somos amados por Dios.
¡Todo ha cambiado con la cruz! La vida del hombre en la ignorancia del rostro de Dios es cruel esclavitud y nos hace crueles y odiosos. La vida del hombre que conoce a Dios en el don que nos hace de su Hijo es una llamada al amor verdadero. La imagen del crucificado y la verdad de quién es Dios, de quiénes somos nosotros, liberó a san Pablo de sus propios demonios, a Pedro, a Santiago, a Juan y tantos otros. Liberó, en la antigüedad, uno a uno a los pueblos que acogieron el Evangelio. Los liberó de la tiranía de las falsas religiones y de la propia crueldad.
Dios quiere imprimir de nuevo la imagen verdadera de Dios, la del Hijo de Dios hecho hombre muriendo en la cruz por amor nuestro, quiere imprimirla en nuestras almas para darnos la libertad que hace posible el amor y nos hace dignos del amor de Dios.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.Archivos:
Homilía del 25 de febrero de 2024
Domingo II de Cuaresma. Ciclo B
Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares
JESÚS SE ENCAMINA AL DESIERTO
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo I
I Dom Cuaresma B
18-II-2024
«El Espíritu lo empujó al desierto» (Mc 1,12)
El primer domingo de cuaresma nos centra siempre en Jesús que va al desierto y es tentado por el diablo. Pero si otros años Mateo y Lucas dan algunos detalles, san Marcos solo dice de forma escueta que fue tentado. Esta falta de detalles no escapa a la providencia de Dios.
Nos dice san Marcos que el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Es el Espíritu Santo que Jesús había recibido en su bautismo en el Jordán. El bautismo de Jesús está estrechamente vinculado con su ir al desierto. Bautismo y tentaciones son dos misterios en los que nos perdemos, porque no llegamos a entender más que aspectos parciales, pero es claro que son dos momentos de un gran contraste y el Espíritu Santo, inspirando el Evangelio, ha querido que se contemplen uno junto al otro.
El bautismo nos muestra a Jesús en las aguas del Jordán, al que desciende el Espíritu como el nuevo Adán, cabeza de una nueva creación, con una perfección inaudita, porque no es ya solo hombre, sino el hombre Hijo de Dios que llena de gozo el corazón de Dios Padre: «Se oyó una voz desde los cielos: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”». La humanidad de Jesús aparece rodeada de gloria: el cielo, cerrado al hombre por el pecado, se abre para este nuevo Adán: «Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma». E inmediatamente el Espíritu lo empujó al desierto.
Aquí llega el gran contraste: de la gloria del Jordán Jesús camina hacia el desierto. Desde el Jordán, que corre en una gran depresión bajo el nivel del mar, Jesús ha de superar un desnivel de cerca de mil metros, hacia el oeste, donde se extiende el pedregoso desierto de Judea. Ya no tiene ante sí el cielo abierto, ni escucha la voz amorosa del Padre, sino que experimenta la debilidad del hombre que se ha alejado de Dios y está solo ante el tentador. Voluntariamente Jesús se convierte ya desde este momento en aquel que carga con las consecuencias del pecado del hombre. En esta situación de debilidad sufre la embestida del enemigo del hombre.
Esta es su forma de comenzar la obra de la redención. Porque él es el Redentor, que ha de rescatar al viejo Adán de las garras del diablo; y es también el Nuevo Adán, que ha de iniciar una nueva creación que supere la división con Dios provocada con el pecado. Jesús se introduce en la debilidad de nuestra condición de hombres, separados de Dios por el pecado, se enfrenta a Satanás y vence con su obediencia amorosa a Dios. Los cuarenta días se resumen en esta lucha. Como Redentor hace suya la debilidad del hombre que quiere redimir y como Nuevo Adán inicia la nueva creación con su amor obediente a Dios Padre.
San Marcos sí añade dos detalles que hemos de considerar. Dice que Jesús vivía entre las fieras. Es un detalle realista de lo que se encontraría Jesús en el desierto de Judea, pero tiene un valor simbólico: la situación de separación de Dios, en la que Jesús se introduce, no es una situación propia de los hombres, sino de las fieras. Lo propio del hombre es la compañía de Dios. Lejos de él solo le queda la vida de las fieras.
Pero también están los ángeles. Dice san Marcos que «los ángeles le servían». Aunque la situación del hombre en esta vida es la lejanía de Dios, Dios no ha podido nunca ver al hombre alejado totalmente de él. A lo largo de la Escritura los ángeles muestran que, aún en esta situación, Dios cuida de los pasos de los hombres. En la vida de Jesús la presencia de los ángeles tiene un significado especial. A lo largo de los evangelios, los ángeles aparecen muchas veces, pero junto a Jesús solo aparecen en dos momentos: en las tentaciones del desierto y en la agonía del Huerto de Getsemaní. San Mateo dice que, una vez que Jesús venció las tentaciones y el diablo se alejó, llegaron los ángeles y servían a Jesús (Cf. Mt 4,11). Me parece que solemos imaginarnos a los ángeles llevando comida a Jesús, pero la imaginación nos juega aquí una mala pasada. Si vamos al otro pasaje donde aparecen los ángeles junto a Jesús entenderemos en qué consiste el servicio de los ángeles. San Lucas nos cuenta que en el Huerto de los Olivos, justo antes del prendimiento, Jesús, inmerso en la oración, afrontó por adelantado la muerte que iba a sufrir. Lucha para hacer la voluntad de Dios, para obedecer y amar hasta la perfección —este es el gran asunto de la lucha espiritual—: «De rodillas oraba diciendo: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Se le apareció un ángel que le confortaba. Y entrando en agonía oraba con más intensidad». Enseguida, esa intensidad llega al punto de sudar sangre. Por tanto, ¿en qué consiste el servicio de los ángeles? No en llevarle alimentos y aligerar su hambre, no en traer a Cristo la noticia de que ya no tendría que morir o distraerle de lo que se le venía encima, sino en confortarlo, darle ánimos con el recuerdo del cielo, para que llegase hasta el final en su lucha. Así pues, podemos suponer, —con la prudencia de acercarnos a un misterio que no nos es dado escudriñar en sus detalles—, que, bien a lo largo de esos cuarenta días, bien solo al final de ellos, los ángeles indican la complacencia de Dios, la confirmación del camino y el ánimo para seguir hasta el fin. De hecho, la guerra espiritual de Cristo no termina hasta que entrega su alma a Dios. El diablo le hará la guerra hasta el final y en la misma cruz distinguimos su voz burlona: «¡Baja de la cruz y creeremos en ti!».
Ahora debemos dar un paso más y entender que el camino de Cristo dibuja nuestro camino cuaresmal y el camino de toda nuestra vida de bautizados, hasta que llegue el momento decisivo de la muerte. No nos engañemos: en el bautismo recibimos el Espíritu que nos hace hijos, pero ese mismo Espíritu se nos dio en el sacramento de la confirmación para luchar y vencer con Cristo, para llegar a ser no solo hijos, sino hijos que aman obedientemente a su Padre y se entregan por amor. Y esto es una lucha para nuestra voluntad rebelde.
No es fácil hacernos a la idea de que la lucha es real y que implica toda nuestra vida. Pero es mi obligación deciros que el camino que Cristo nos propone implica ir con toda nuestra vida tras él, sin dejar nada al margen. Nosotros nunca tendremos que enfrentarnos solos al diablo, porque Cristo está siempre con nosotros, si usamos los medios que nos ha dado para permanecer unidos a él. Pero que él nos acompañe no nos evita la lucha. Nuestro gran problema no es que la lucha contra el diablo sea más o menos dura, sino que no creemos que estamos metidos en una guerra real y que nos jugamos la gloria, y, así, no hacemos frente a nuestro enemigo. De hecho, es muy probable que muchos creáis que estoy exagerando.
En esta lucha, ¿cuál será la intención de Satanás? Sencillamente: que no lleguemos a compartir con Cristo el amor con el que él llega a entregarse en la cruz. Quiere que no nos entreguemos un día tras otro, aprendiendo cada día a amar mejor, hasta ser capaces de ofrecer el último aliento. Para eso Satanás no necesita precipitarnos en grandes pecados, le basta tenernos entretenidos con las cosas de este mundo. Bombardea constantemente nuestros ojos y nuestros oídos con cosas que en sí mismas no tienen por qué ser malas, pero que nos mantienen distraídos, buscando qué ver, qué tocar, qué oír, para dar satisfacción a nuestra curiosidad y a nuestros sentidos. Sin necesidad de llevarnos a pecados gravísimos, mantiene adormecido nuestro espíritu, cada vez más blando y egoísta, más encerrado en sus pequeños gustos, cada vez más incapacitado para el sacrificio, para el amor verdadero de la cruz.
Cristo nos invita a mantener despierto el espíritu y afrontar la lucha. Para eso oramos, para eso nos desprendemos de nuestras pequeñas o grandes riquezas con la limosna, y para eso ayunamos de alimento y de otras cosas. Así luchamos por escuchar a Dios y hacer su voluntad, luchamos un día tras otro por amar, negándonos a nosotros mismos en favor de los demás. Pedimos perdón cuando caemos y seguimos en esta lucha cotidiana y consciente, hasta que ya no nos quede más que el aliento y con un acto libre se lo entreguemos a Dios, quizá con las mismas palabras de Cristo: «a tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu».
Entregaremos a Dios nuestro espíritu y esperaremos con seguridad que él nos levante, se complazca en nosotros como en su Hijo y nos unja eternamente con su Espíritu de amor.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía Domingo I, Cuaresma, ciclo B
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares
18-II-2024
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares
18-II-2024
5 CONFERENCIA MARIANA D. JUAN ANTONIO REIG PLA
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- Escrito por Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados
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5 Conferencia mariana D. Juan Antonio Reig Pla |
| Ejercicio de los Sábados | |
1 CONFERENCIA MARIANA D. JUAN ANTONIO REIG PLA
2 CONFERENCIA MARIANA D. JUAN ANTONIO REIG PLA
3 CONFERENCIA MARIANA D. JUAN ANTONIO REIG PLA
4 CONFERENCIA MARIANA D. JUAN ANTONIO REIG PLA
EL MISTERIO DEL MAL Y EL MISTERIO DEL AMOR DE DIOS
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
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DOMINGO V TO B
4-II-2024
«Recuerda que mis ojos no verán más la dicha»
(Job 7,7)
1. El Evangelio nos muestra varias escenas que se suceden en una jornada habitual de sábado, en los inicios de la vida pública de Jesús, acompañado ya de los cuatro primeros discípulos. Jesús ha estado por la mañana en la sinagoga. Allí había enseñado y había liberado a un poseído del diablo. Lo vimos el domingo pasado. Ahora, acompañado de Santiago y Juan, va a casa de Simón Pedro y de Andrés. La suegra de Simón Pedro está enferma. No debe de ser una enfermedad de poca importancia, porque le hablan de ella. Él la toma de la mano, la levanta y se le pasa la fiebre. Y la mujer se pone a servirles. Como era sábado, la comida estaba preparada desde el día anterior, así que la buena mujer lo que hace es servir la mesa. Es un detalle mínimo, pero nos muestra la veracidad del relato de san Marcos y nos introduce en el ambiente que rodeaba la vida de Jesús. Cuando se pone el sol, es decir, cuando declina el deber del descanso sabático, los de Cafarnaúm llevan a todos los enfermos y endemoniados a la puerta de la casa de Simón. Jesús cura a muchos enfermos y expulsa muchos demonios. No dice que curase a todos, ni que expulsase a todos los demonios. Y esto por dos razones diversas: porque no a todos les convenía para su salvación eterna; y porque no todos tenían la fe suficiente. Podríamos pararnos a explicar esto, pero prefiero seguir adelante. Así acaba el día. Y antes de que amaneciese, Jesús ya ha salido de la casa de Simón para rezar en soledad. Los discípulos lo buscan y, cuando lo encuentran, le hacen saber que todos lo buscan. Pero él responde: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido». Y concluye san Marcos: «Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios». Es decir, que la jornada que había vivido en Cafarnaúm la repetiría en muchos otros lugares de Galilea.