7 CONFERENCIA MARIANA D. JUAN ANTONIO REIG PLA
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- Escrito por Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados
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7 Conferencia mariana D. Juan Antonio Reig Pla |
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1 CONFERENCIA MARIANA D. JUAN ANTONIO REIG PLA
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EL BUEN PASTOR, LOS INTRUSOS Y EL REBAÑO DE DIOS
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo IV
IV Domingo de Pascua. B
21-IV-2024
«Yo soy el Buen Pastor» (Jn 10,11-18)
En el evangelio Jesús habla a sus discípulos después de que hubiese curado a un ciego de nacimiento y de que los jefes del Sanhedrín levantasen una dura polémica contra él, y acosasen al ciego y a sus padres, para que negasen el milagro. Ahora, resucitado, Jesús se dirige a sus discípulos de todos los tiempos, para advertirnos de los falsos pastores y para llamarnos a él, el Buen Pastor.
Jesús, dolido por la dureza de los jefes del Sanhedrín, que habían expulsado de la sinagoga al ciego, pone en guardia al pueblo contra ellos. Quieren ser sus guías y sus jefes, pero no buscan el bien de su pueblo, sino el provecho propio: riqueza, poder, fama, honores, reconocimientos, ser aclamados como «maestros», «guías», «directores», «padres» …
Desde el momento en que se empezaron a cumplir en Jesús las profecías del Antiguo Testamento, los jefes del Sanhedrín debían haber reconocido en él al Mesías, al Pastor de Israel. Debían haberse sometido a su autoridad y a su enseñanza, haber señalado a Jesús como el cumplimiento de todas las promesas y llevar hasta él al pueblo entero para que se alimentase de la verdad y de la gracia de Dios. Hicieron lo contario: tildaron de fanáticos e ignorantes a los que se sentían atraídos por Jesús y se empeñaron en alejarlos de él con todas las insidias posibles. Traicionaron la misión de su cargo y así perdieron el derecho a dirigir al pueblo, se convirtieron en intrusos. Toda autoridad que no se somete a Jesús, el Pastor prometido, se convierte en intruso y conduce a la muerte espiritual a quienes guía.
Jesús expresa esto con una imagen que toma de los usos de los pastores de su tierra. Al caer la tarde, los pastores llevaban sus rebaños a un aprisco común y grande, al cuidado de un vigilante. Así podían ir a dormir. A la mañana siguiente cada pastor volvía al redil, entraba por la puerta, llamaba a sus ovejas, reunía a las suyas con su voz, porque las ovejas reconocen la voz de su pastor, y las sacaba de nuevo hacia los pastos. Los miembros del sanhedrín, que no reconocieron en Jesús al Pastor, al Mesías de Israel, se convirtieron en intrusos en medio del rebaño. No habían entrado por la puerta, que es el reconocimiento de Cristo como Mesías, y solo estaban allí para robar las almas y matarlas.
Todos los que reciben autoridad, pero luego no suspiran por Cristo y no hacen de él el objeto de su fe, de su amor y de su esperanza, terminan siendo intrusos. Todos los que no dirigen el afecto, la memoria, la fe, la esperanza y el amor del pueblo hacia Cristo, sino que desvían la atención del pueblo hacia ellos mismos, buscando honra o riquezas o poder, todos esos son intrusos en medio del rebaño de Dios. Los que llevan la atención del Pueblo de Dios hacia los bienes de este mundo, haciéndoles soñar con un reino temporal y un paraíso en esta tierra, con un proyecto político de uno u otro signo, esos son intrusos. Arrancan en el corazón de los fieles el amor a Dios y lo sustituyen por una mezcla de religión y de amor mundano, por la aspiración a una vida religiosa a la par que cómoda, a una paz mundana que Cristo no ha prometido. Los que en lugar de corregir con paciencia sus propios pecados y los pecados de su pueblo, halagan las pasiones de los hombres anulando la denuncia de la conciencia y de la ley de Dios sobre pecados; los que llaman normalidad al pecado, que llaman bueno a lo que Dios ha sancionado como malo, esos son intrusos. Son intrusos esos que en nombre de Dios prometen la felicidad en esta tierra, una felicidad que Cristo nunca prometió, y arrancan así del corazón la espera del cielo, el deseo de ver a Dios. Todos esos son intrusos, que roban las almas y las matan.
Con dolor Jesús advierte de los intrusos y, en la misma medida, con amor llama a los suyos, de entonces y de hoy. Los discípulos de Cristo no están solos, Cristo es su Pastor, el Buen Pastor. El Antiguo Testamento había anunciado a un Mesías que traía la gracia de Dios. Y Jesús, desde el principio de su vida pública mostró un derroche de esa gracia en sus palabras y en sus milagros: «Los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados» (Mt 11,5). El Antiguo Testamento también había dibujado la figura del Mesías prometido como un rey pastor, que se ponía al frente de su pueblo para conducirlo por los caminos de la historia, tantas veces oscuros, hasta Dios. Jesús, lleno de amor por su pueblo, reivindica su lugar en la historia de la salvación, su misión y su identidad: «Yo soy el Buen Pastor». E inmediatamente muestra cómo lleva a cabo su misión: con el sacrifico de su propia vida: «Yo soy el Buen Pastor, que da la vida por las ovejas». La cruz por amor es el signo del Buen Pastor —y de todos los que ha llamado a participar de su sacerdocio y le son fieles—. Reconocemos estas palabras cumplidas. Cristo ha muerto por nosotros, ha pagado con su vida por nuestra redención y ahora vive. Y es como si añadiese para quien sabe entender: «Venid a mí… Yo os llevaré conmigo… hasta las moradas de mi Padre» (Cf.: Mt 12,28; Jn 14,1-4). No hagáis caso a los falsos pastores, intrusos, asalariados, mercenarios, que solo buscan su propia supervivencia y que os abandonarán cuando llegue el peligro… que roban de vuestra alma el amor a Cristo con el amor a las cosas de este mundo. «Venid a mí», dice él, que ya he vencido la muerte y que voy con vosotros, delante de vosotros por el angosto camino de la salvación.
El signo de la cruz es el signo del Buen Pastor, y es real y actual en la Eucaristía. En el altar él perpetúa para siempre su sacrificio por nosotros y con esa entrega ejerce su pastoreo. La Eucaristía es, además, la forma que tiene Cristo de convertir su amor y su sacrificio en alimento del alma, y alimento para cada uno.
En la Eucaristía su amor se convierte en alimento que llega hasta lo más profundo de nuestra alma, aquel lugar que es solo nuestro y del Creador, donde conocimiento y amor se identifican. Con la Eucaristía Cristo llega hasta lo más íntimo para amarnos y conocernos, para ser conocido y amado: «Yo soy el Buen Pastor, que conozco a mis ovejas, y las mías me conocen». La Eucaristía es el vínculo amoroso entre Cristo y los suyos, tan grande y tan real que Cristo lo parangona con el conocimiento y el amor que existe entre Dios Padre y él, el Hijo Eterno de Dios: «conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre».
Y eso uno a uno. Con la Eucaristía une a él a los discípulos, uno a uno; vivifica a los que ama y le aman, uno a uno. El sacrificio de la cruz, hecho de una vez para siempre y para la salvación de todos, con la Eucaristía llega ser el sacrificio de amor hecho totalmente por cada uno. Por eso Jesús puede proclamarse no solo Pastor de los que le escuchan en Jerusalén antes de su pasión, no solo del viejo Israel, sino de todos los hombres. Ninguno está excluido de su llamada de Pastor Universal: «tengo otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor». La cruz es la llamada a todos, «cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32), y la Eucaristía es la forma que él tiene de que su amor crucificado llegue a todos, en la única Iglesia Católica, su único rebaño.
De esta entrega eucarística, perenne, que se perpetúa hasta el fin del mundo, vive siempre la Iglesia, de ella se alimentan sus discípulos y resurge siempre la unidad del único Pueblo de Dios. Con esta entrega eucarística madura en el corazón de los discípulos su salvación eterna. Con esta entrega eucarística, en medio de la apostasía de todos los tiempos, madura en el corazón de la Iglesia la Jerusalén celeste, cuando Dios sea todo en todos (Cf.: 1Cor 15,18).
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
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Homilía del domingo 21 de abril de 2024
IV domingo de Pascua, ciclo B
Iglesia del Oratorio de San Felipe Neri
Alcalá de Henares
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VIDA DE LA BEATA CHIARA LUCE BADANO
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- Escrito por Alberto Velasco Esteban
- Categoría: Ejercicios de los Sábados
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CONVERTIRNOS A CRISTO RESUCITADO
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo III
III Domingo de Pascua. B
14-IV-2024
Resucitado ya de entre los muertos, durante cuarenta días Jesús estuvo apareciéndose a los Apóstoles y a otros discípulos. ¿Qué buscaba Jesús con estas apariciones? Primero, grabar en su inteligencia una verdad: que él estaba vivo. Segundo, confirmar que lo que había enseñado durante su vida pública era verdadero. Tercero, dejarles claro cuál era su deber y su misión para el futuro.
El evangelio nos sitúa en el momento en el que los discípulos de Emaús vuelven a Jerusalén. Tras la muerte de Jesús, habían perdido la fe en que fuese el Hijo de Dios, ya no creían siquiera que fuera el Mesías, y solo podían pensar en él como un profeta, malogrado como tantos otros en la historia de Israel. Descreídos y descorazonados, habían abandonado al grupo y se habían vuelto a su vida anterior. Jesús resucitado les sale al encuentro… No voy a contar ahora todo el episodio, solo recordar que, tras este encuentro, los dos discípulos vuelven a Jerusalén donde están los Apóstoles, algunas de las mujeres que los habían acompañado desde Galilea, la Madre de Jesús, y otros discípulos. Allí, cuando están contando a los Apóstoles lo que les había pasado, Jesús se presenta en medio de ellos.
Jesús vive. Esta es la primera verdad. ¿Pero cómo vive? Decimos que los muertos viven, porque el alma del hombre es inmortal. Pero cuando decimos que Cristo vive no estamos hablando de la supervivencia del alma tras la muerte, sino de que el alma se ha unido otra vez al cuerpo y que ambos tienen vida humana verdadera.
Lo primero que se les pasa a los apóstoles por la cabeza es que están delante del espíritu de Jesús. Dice el evangelio: «creían ver un espíritu». Y creyendo estar ante un espíritu de ultratumba se aterraron, como nos pasaría a cualquiera. Aún no les cabía en la cabeza que Jesús estuviera vivo en cuerpo y alma. Pero Jesús les dice: «¿Por qué os alarmáis? … Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo». Los apóstoles van a pasar del miedo a una especie de estado de atontamiento, porque no sabían muy bien qué pensar, no dejaban de tener miedo, al tiempo que la alegría empezaba a despuntar en sus almas. Para mostrarles que era él, en cuerpo y alma, les pide de comer y come un pescado, ¡como tantas veces había hecho antes de su muerte!
Por tanto, estaba vivo con su cuerpo humano y su alma humana. Pero entonces, ¿había diferencia entre la humanidad de Cristo antes de su muerte y después de su resurrección? Sí, una diferencia enorme: que su humanidad ahora participaba plenamente de la gloria y del poder de su divinidad. ¿Tiene la divinidad alguna limitación? No. Su humanidad ahora tampoco. Está ante sus discípulos y está ante su Padre, se manifiesta a quien quiere y se oculta a quien quiere. No necesita abrir las puertas para entrar o para salir. Su humanidad gloriosa participa plenamente de la gloria de su divinidad. ¡Adán ha sido perfeccionado! Ha sido llevado más allá de sus propios límites, elevado por encima de la creación, hasta participar del ser de Dios. ¡Adán ha llegado a ser Dios! Y ¡¡¡este es nuestro destino‼! ¿Esperamos que nuestra alma sobreviva a la muerte? Sí, claro. Como lo han esperado muchos hombres antes y después de Cristo. Pero esperamos más, mucho más, esperamos resucitar con Cristo y participar con él de la gloria de su humanidad nueva. Esto nos enseña Cristo respecto a que él está vivo.
Pero también les va a enseñar que todo lo que les había dicho durante su vida pública era verdad. Después de comer el pez asado, les dice: «Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y en los Salmos acerca de mí». Jesús les había dicho desde el principio de su vida pública: Ese de quien hablan las Escrituras, «la Ley, los Profetas y los Salmos», ese soy yo. Yo soy el Mesías. Y uno con Dios y su Hijo Único, el único salvador del cada hombre, el que puede dar vida eterna a quien crea en mi. En cada palabra y en cada milagro de su vida pública Jesús afirmaba estas cosas. Eso es lo que había escandalizado a los de su propia familia, hasta pensar que estaba loco; y lo que había escandalizado a los del Sanhedrín, hasta sentenciar que era un blasfemo y que merecía la muerte. Y ahora Jesús, vivo, les dice: con mi vida, con mi muerte y con mi resurrección se ha cumplido todo lo que había sido anunciado por Dios en la Escritura acerca del Mesías: «yo soy»; y es verdad todo lo que os dije. Sí, «yo soy». Es verdad lo que él había afirmado: que ante él nos jugamos la vida y la muerte eternas. Da lo mismo lo que piense de nosotros el vecino, el presidente del gobierno, el maestro, el padre, la madre o el amigo. Cada uno de nosotros decidimos nuestro destino eterno única y exclusivamente ante Cristo vivo. Solo a él le debo fe divina, amor incondicional, y él es el único objeto de mi esperanza.
Estoy vivo, primera cosa. Soy de verdad el Mesías anunciado por la Escritura, el Hijo de Dios, y el único Salvador, segunda cosa. Y, ahora, les muestra lo que a ellos les queda por hacer. Les dice: «Está escrito —anunciado por Dios en la Escritura—: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto». La muerte y la resurrección del Mesías ya se ha cumplido, ahora, en cada generación de la historia y en cada rincón de este mundo «se proclamará la conversión para el perdón de los pecados». Esto es muy importante. Cuando llegamos a este punto, el de la resurrección de Cristo, solemos olvidar la obligación de convertirnos. La hemos afirmado en la Cuaresma y parece que ahora nos sobra. Pero nada de eso. Justo al afirmar la resurrección de Cristo y su nueva gloria es cuando llega el momento definitivo de la conversión.
Es ahora cuando su amor, llevado al extremo de la muerte, ha vencido sobre nuestro pecado. Ha vencido y, como dice san Juan: «tenemos a uno que abogue por nosotros ante el Padre: a Jesucristo, el Justo». Él se ha entregado por nosotros: «es víctima de propiciación por nuestros pecados», la víctima que libremente se ha entregado en nuestro lugar, para suplicar al Padre nuestro perdón. Ahora vive y su amor por nosotros nos hace capaces de cambiar de vida. Si ese amor suyo no nos conmueve y nos hace cambiar y suplicar a Dios el perdón, entonces no tenemos esperanza. Volvamos a él. Este es el momento. 1) Es ahora cuando su amor hace posible la conversión.
Pero también 2) ahora la conversión es la verdadera respuesta de nuestro amor. Este al que hemos olvidado, despreciado, desobedecido, tomado como un lunático y un exaltado, es el Hijo de Dios que se hizo hombre por amor nuestro. Hemos matado a quien nos ama. Pero no lo sabíamos, éramos ignorantes. Sin embargo, hora sabemos que ha muerto por nosotros y que vive. Y ahora, lo que podemos hacer, como respuesta a su amor, es convertirnos. Es lo que dice Pedro a los judíos: «Vosotros matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos». Es tremendo: Pedro les dice esto a los del Sanhedrín en el mismo lugar del Templo en el que habían rechazado a Jesús por blasfemo y habían querido apedrearlo, en el pórtico de Salomón. Ahora, en el mismo lugar, Pedro concluye: «arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados».
Es en nuestro corazón y en nuestra voluntad donde desobedecimos el mandato de Cristo, donde decidimos dejarnos llevar por el pecado. Al mismo lugar, a nuestro corazón y a nuestra voluntad, se dirige de nuevo la palabra de Dios: «Arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados». Tomemos la decisión de amar a quien nos ha amado, de obedecerlo, de fiarnos de él, de entregarnos a él, de creer en él, y esperarlo todo de él. Guardemos su palabra, guardemos sus mandamientos, como recuerda también san Juan. La conversión es la verdadera respuesta de nuestro corazón al ver resucitado a Cristo, a quien nosotros matamos, al escuchar de sus labios: «Paz a vosotros». ¿Qué podemos hacer cuando, aquel a quien hemos crucificado, el que nos creó, que el nos amó, viene a nosotros y nos dice: «Paz a vosotros»? ¿Qué hacer sino dejar que se parta el alma, arrepentirnos y convertirnos?
Queda una cosa en el evangelio de hoy: «Vosotros sois testigos de todo esto». Con nuestra propia conversión, con nuestro cambio de vida, proclamemos ante el mundo que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, que murió por nosotros y vive para siempre, y es el único Salvador del hombre. No tenemos la obligación de convertir a nadie, pero sí de convertirnos nosotros y de llamar a los otros a la conversión. Convirtámonos de una vida mediocre a una vida de santidad, la vida nueva de los hijos de Dios.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía del III domingo de Pascua, 2024,
ciclo B
en la iglesia del Oratorio de San Felipe Neri
de Alcalá de Henares
ciclo B
en la iglesia del Oratorio de San Felipe Neri
de Alcalá de Henares
CRISTO RESUCITADO Y LOS BIENES ETERNOS
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo I
Domingo de Pascua
31-III-2024
«Buscad los bienes de arriba, donde está Cristo» (Col 3,1)
María Magdalena, Pedro y Juan habían sido heridos en el alma al ver a Jesús en la cruz, muerto en brazos de María, depositado en el sepulcro. No es difícil imaginar a la Magdalena golpeada en el alma por la impotencia, ante el mal que se había abalanzado sobre Cristo. Ni el escozor de las lágrimas de Pedro, por su cobardía y su falta de virilidad. Tampoco es difícil imaginar a Juan herido por el mucho amor con el que amaba a su Maestro.
Juan mismo nos cuenta cómo los tres buscaron, entre las sobras y las primeras luces del alba, el rostro de quien amaban y había muerto. Al alba del tercer día de la muerte, María fue al sepulcro, la piedra que lo cubría estaba apartada y el sepulcro vacío. Más allá de Santa María Virgen, la Magdalena fue la primera en buscarlo y la primera que lo verá resucitado. Con el pulso acelerado corrió donde Simón Pedro, porque era Pedro, a pesar de su pecado, a quien Jesús había hecho otro yo suyo, cabeza de todos los discípulos. Donde está Pedro está también Juan que, siendo el más pequeño, por su amor y por su fidelidad a Cristo, se había convertido en autoridad para los más viejos.
Los dos corrieron al sepulcro, les hacía correr el amor. Juan con su amor virginal y sacerdotal, todo de Cristo. Pedro, bastante mayor que Juan, como puede, con el peso de su pecado, también amaba y corrió detrás de Juan, que llegó el primero. En el evangelio recuerda cómo vio el sepulcro y, desde fuera, tendidos, los lienzos con los que había sido cubierto el cuerpo de Jesús. Esperó a que llegase Pedro, el que debía ir en cabeza. En el Evangelio Juan lo llama «Simón Pedro». «Simón» era el nombre de siempre, el nombre del pescador del lago de Genesaret. «Pedro» era el título que le había dado Jesús, la piedra de la Iglesia, el otro «yo» de Jesús. Él debe ir siempre en cabeza. Pedro llegó, entró en el sepulcro y vio los lienzos tendidos y el sudario enrollado en un sitio aparte. Jesús no estaba. El sepulcro estaba vacío. Y el detalle de los lienzos, ¿qué importancia tienen? Señalan el lugar donde estuvo muerto Jesús y donde ya no está. Tienen la importancia de ser el rastro que había dejado aquel a quien amaban. Detalles importantes solo para el que ama y busca a quien ama.
Este amor alumbró la fe. Porque solo el que ama llega con su fe más allá de lo que ven los ojos. Ellos vieron la tumba vacía, los lienzos y el sudario, pero el amor alumbró la fe que descubre la verdad: Cristo había resucitado, según había prometido. El amor alumbró la fe y la fe abrió el entendimiento. «Si no creéis, no comprenderéis», había dicho Isaías. Ellos creyeron y entendieron; la fe nos da acceso a la verdad. Así lo recuerda Juan: «Entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos». Y así quedaron los tres a la espera de verlo y escucharlo vivo. Y Jesús no defraudó su amor. Lo verían poco después. Cristo no defrauda a quien lo ama y lo busca, aunque no tenga un amor tan perfecto como el de Juan.
Pasado el tiempo Simón Pedro vino a ser, para la mayoría de cristianos, sencillamente «Pedro», la piedra sobre la que Cristo construye, aquel que hace presente a Cristo. Así aparece ya en la primera lectura. Pedro predica y vuelve sobre aquel hecho fundamental de la resurrección. Ahora no es solo el que buscaba a Jesús en la mañana de la resurrección, ahora es el testigo del resucitado, y el maestro que tiene una responsabilidad, el que, por amor a su Señor, enseña el significado de la resurrección.
«Somos testigos», dice, «nosotros hemos comido y bebido con él después de su resurrección». Pues bien, a Cristo, «Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos». Esta afirmación de Pedro nos pone no solo frente a la victoria de Cristo sobre la muerte, sino que nos enfrenta a todos, cristianos o no, a un destino eterno del que Cristo es juez. Cristo, que ha vencido a la muerte, es ahora juez universal. Tenemos un destino eterno, de salvación o de perdición, y Cristo es el juez de ese destino. Los hombres, sobre todo los que se creen poderosos o sabios, pueden ignorarlo; puede ignorarlo el mundo entero; pero un día descubrirán que toda su vida y ellos mismos son juzgados por el crucificado que vive. ¿Y cuál es la ley de este juez, su criterio y su medida? El amor que ha mostrado y ofrecido en la cruz. Este es el criterio, la medida y la ley con que seremos juzgados. Quien desprecia este amor se condena. Es así de sencillo. Quien, sin embargo, cree en él, recibe por él el perdón de los pecados. Lo dice san Pedro: «Todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados». Pedro recordaría siempre la mañana de la resurrección, la tumba vacía y los lienzos abandonados; sabía muy bien qué era eso de creer en el crucificado, aun con su pecado, y sabía muy bien cómo Cristo da el perdón y que su perdón abre nuestra vida pobre y fugaz a la vida de Dios, gloriosa y eterna.
Dios no nos creó a su imagen para vivir solo esta vida en la tierra, pobre y huidiza. El Unigénito de Dios no se hizo hombre para darnos una salvación temporal. No murió en la cruz para que nuestra esperanza se limite a este mundo, siempre pequeño para el alma. No reduzcamos nuestro destino glorioso a una útil profesión, a un poco de bienestar burgués y de tranquilidad. Cristo murió para salvarnos de la muerte y resucitó para hacernos capaces de entrar en el seno de Dios y vivir la vida de Dios, una vida de santidad, de amor perfecto, la vida eterna.
Subrayo esto: por la resurrección nuestra esperanza está en el cielo, no en esta tierra. Hoy nos alegramos de que nuestro Señor viva, de que su amor por nosotros no termine con la muerte. Nos alegramos de que nada ni nadie pueda separarnos de él. Ni la muerte, ni ninguna otra circunstancia, cosa o persona, pueden poner un límite a su amor y separarnos de él. Hoy se alegran los ángeles, con la Madre de Jesús, con todos los santos y con todos los que buscamos su rostro, aunque llevemos la marca de nuestros propios pecados. La resurrección no es un símbolo, es un hecho: nuestro Señor vive. Y la esperanza que nace de este hecho no es la esperanza raquítica de vivir cuatro días más en esta tierra, o de ser un poco más buenos y tener así un poco más de tranquilidad espiritual. La esperanza que nace de la resurrección es la de la vida eterna, la de participar de la santidad y de la vida de Dios. Nuestro destino es eterno. Y lo es por Cristo, solo por él, porque él murió y resucitó.
Esto me lleva a lo que dice san Pablo. Repito sus palabras, que no requieren comentario: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros juntamente con él en gloria».
Aprendamos de la Magdalena, de Pedro y de Juan, a buscar siempre a Cristo, entre las sombras de esta vida y las primeras luces de la vida eterna que ya ha despuntado. En esta vida busquemos su rastro, pidámosle que nos admita a su mesa eucarística y, alimentados de él, crezca nuestro deseo, conforme crece el amor y la fe. Busquemos a Cristo, un día tras otro, con el amor que tenemos, grande o pequeño, aunque esté manchado por el pecado. Por su gran misericordia, veremos su rostro glorioso y le alcanzaremos en la Vida eterna, a él que es nuestro único bien.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía del Domingo de Pascua
31 de marzo, 2024
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares
31 de marzo, 2024
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares