EL HOY DE CRISTO
- Detalles
- Escrito por Enrique Santayana Lozano
- Categoría: Domingo III
III Dom. C – 26-I-2025
«Todos los ojos estaban fijos en Él» (Lc 4,20)
Israel sabe que debe escuchar a Dios. La primera lectura nos trae a la memoria un momento duro de la vida de Israel, a la vez, lleno de expectativas. Años atrás, el pueblo judío había olvidado las obras de Dios y el camino de la Ley que Dios le proponía, para entregarse a los ídolos, es decir, para hacerse mundano. Tenemos siempre esta tentación: Dios nos propone un camino que nos eleva hasta el cielo, que nos hace celestes, pero a nosotros nos tira la tierra, tenemos un corazón mundano. A pesar de que los profetas hacían oír la voz de Dios para reclamar su corazón, Judá no quiso oír. La consecuencia fue la destrucción total de su tierra y un duro destierro en Babilonia. Pero pasados setenta años, Dios movió el corazón de Ciro, para que su pueblo pudiera volver y reconstruir Jerusalén, sus casas y el Templo. Un salmo refleja el tono espiritual de esta vuelta: «Al ir, se va llorando… Al volver, se vuelve cantando». Pero la tierra estaba arrasada, las ciudades destruidas, la pobreza era grande, y los enemigos acechaban los pasos de los que habían vuelto del destierro. La alegría de la vuelta no podía hacer desaparecer los peligros, la pobreza y la dificultad.
Esdras era un sacerdote y escriba venido también del destierro y se había convertido en el jefe del pueblo. Es un día de otoño y convoca al pueblo en la Plaza del Agua, en Jerusalén, allí lleva el libro de la Ley. Lleva la voz de Dios hasta el corazón del pueblo, para que el pueblo eleve su corazón hacia el único que le da consistencia y diga con otro salmo: «Tú, Señor, tú eres nuestro refugio». Hemos escuchado que el pueblo lloraba al escuchar la palabra de Dios. Y solo alcanzaban a responder: «Amén. Amén». La situación que os he descrito explica esta conmoción del corazón, que aunaba dolor por el pecado, conciencia de necesidad de Dios, agradecimiento porque Dios no les ha olvidado y vuelve a dirigirles su Palabra. Solo así recobran el ánimo necesario para comenzar a reconstruir su nación y sus familias. La conmoción de volver a escuchar la Palabra de Dios y de recomenzar los abre a la alegría: «Este es un día consagrado al Señor, vuestro Dios. No estéis tristes ni lloréis». Y la alegría fortalece los vínculos de los hombres, los saca del aislamiento individual, para afrontar la ardua obra que tenían por delante.
En el día consagrado a Dios, día dedicado a elevar el corazón a él, parando de la actividad cotidiana, para reconocer que solo Dios da estabilidad y sentido al trabajo del hombre, que sin él no hay alegría, Jesús acude con todo su pueblo a la sinagoga. Cada sábado los judíos se reunían en las sinagogas de cada ciudad y allí escuchaban de nuevo las palabras que resumían la Ley: «Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas…». Y cada sábado volvían a leer algún pasaje de la Ley y de los profetas. Y después, escuchaban una explicación y una exhortación. Jesús está comenzando su vida pública y vuelve al pueblo donde ha crecido, a Nazaret. Y tal como había hecho cada sábado desde niño, acude a la sinagoga. Por ahora, todo entra dentro de esta normalidad en la que Israel vuelve a Dios. Jesús se levanta para hacer la lectura y toma el volumen, el rollo, del profeta Isaías, lo desenrolla y busca el pasaje que quiere leer. Lo encuentra. Es un pasaje que describe al Mesías como ungido con el Espíritu de Dios, esto es: elegido, capacitado con su fuerza divina y enviado para una misión. En concreto, para llevar su palabra, un profeta. Os recuerdo que Jesús ha recibido en su bautismo la unción del Espíritu Santo y que el evangelista ha dicho poco antes que Jesús había vuelto a Galilea «con la fuerza del Espíritu». Pero a ojos de sus paisanos por ahora todo transcurre dentro de esa normalidad religiosa del sábado. Jesús lee el pasaje que ha buscado: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor».
Lo lee en pie, como era la costumbre. Después de leerlo vuelve a enrollar el volumen, se lo da al ayudante de la sinagoga. Ahora le tocaría sentarse y hacer un comentario del pasaje y una exhortación. Dice san Lucas: «Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él». Era necesaria esta atención para la explicación, y dice: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». Jesús se hace a sí mismo la explicación del texto. Jesús se convierte en el comentario, en el cumplimiento y en la plenitud de sentido de la Escritura. Es como si les dijese: hasta ahora habéis escuchado las promesas de Dios, promesas dirigidas a un futuro desconocido. Ahora, Dios os da el cumplimiento de las promesas. Yo soy el cumplimiento de las promesas. Yo soy el profeta ungido por Dios con la fuerza de su Espíritu. A los pobres, a los que no tienen a Dios, yo les traigo a Dios. A los cautivos y oprimidos por la vieja esclavitud del pecado y de las pasiones, yo les traigo la gracia de Dios, que libera y eleva por encima del peso de la condición terrena. A los ciegos, que no ven la meta ni el camino de la vida, yo, la luz del mundo, les traigo el conocimiento de la verdad y me convierto en camino que lleva a la vida. Yo traigo el año de gracia de Dios, el tiempo en el que la misericordia divina limpia el corazón del hombre, lo hace agradable a él y lo eleva. Mi vida entera es ese año de gracia. Ahora, si de veras queréis escuchar a Dios, debéis escucharme a mí y seguirme a mí.
El próximo domingo veremos la reacción de los paisanos de Jesús. Pero ahora debemos entender que estas palabras se dirigen a nosotros. Nosotros vivimos en el hoy de Jesús. No vivimos después de Jesús, sino en su hoy, porque él está vivo. Resucitado y vivo. El hoy de la gracia de Jesús se prolonga hasta su segunda venida y somos nosotros los que tenemos que responder a Cristo. Si queréis, podéis clavar en él vuestra mirada, porque él está presente, realmente presente, sacramentalmente presente. Podéis clavar en él la mirada del alma y responder: «Amén. Amén».
Sí, Señor, quiero que traigas a mi alma la presencia de Dios, sin la cual soy el más pobre de tus criaturas. Sí, Señor, necesito que me liberes de las esclavitudes de mis pasiones y pecados. Sí, Señor Jesús, necesito tu gracia y la quiero. Quiero que limpie mi pecado y recree mi corazón, y me dé un corazón puro, capaz de verte, de oírte y de seguirte hasta Dios. Sí, Señor Jesús, «tú eres nuestro refugio». Tú eres mi refugio. Sí, amén, tú, Jesús, eres la luz de mis ojos.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Archivos:
Homilía. III Domingo TO C
26 de enero, 2025
Oratorio de San Felipe Neri
Alcalá de Henares
26 de enero, 2025
Oratorio de San Felipe Neri
Alcalá de Henares
EL ESPOSO
- Detalles
- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo II
II Dom T.O. C
19-I-2025
«Como se regocija el marido con su esposa,
se regocija tu Dios contigo» (Is 62,5)
El domingo pasado contemplábamos cómo Cristo tomaba sobre sí el peso de la humanidad, el peso del pecado y de la muerte. El que se había hecho hombre en el seno de María entraba en las aguas del Jordán no como un pecador más, sino como el que lleva el pecado de todos, adelantando su muerte por todos. Solo el amor le obligaba.
Hoy avanzamos en este misterio de amor, porque lo que se nos revela es que Dios nos ama de tal modo que ha dispuesto la unión esponsal con el hombre. «El Señor te prefiere a ti», le grita Isaías al Pueblo de Dios, «el Señor te prefiere a ti». No es la voz de un hombre enamorado, sino la voz del Dios todopoderoso, enamorado, decidido a desposarse con su pueblo, en un pacto de amor eterno. Un esposo hace partícipe a su esposa de todo lo que tiene y, sobre todo, de los bienes de su alma. Es lo que Dios ha decidido: introducirnos en lo íntimo de su morada, para entregarnos lo que tiene y lo que es. Y para que más nos admiremos, Dios declara que en este llevarnos a su intimidad y entregársenos por entero él encuentra su gozo: «Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo».
El desposorio anunciado en Isaías entre Dios y su Pueblo será realizado por Jesús. Él es 1) el Hijo de Dios que se ha hecho hombre para participar de nuestra condición; 2) el que ha tomado nuestro pecado para llevar él nuestra muerte y salvarnos de la muerte; y 3) el que nos introduce en lo más íntimo de su casa, como verdadero esposo, para darnos todos los bienes de su ser. En el primer milagro que Jesús hace, el signo de las bodas de Caná, esto es lo que se anuncia: el desposorio entre el hombre y Dios. El desposorio entre Cristo y tu alma.
Vayamos al Evangelio según san Juan. Estamos en la primera semana de la manifestación pública de Jesús, en los primeros siete días que dan inicio a su obra. En el Jordán Dios lo ha señalado como su Hijo (Cf.: Jn 1, 31-34); el Bautista lo ha señalado como el Cordero de Dios (Cf. Jn 1,36); Jesús ha elegido a los primeros discípulos (Jn 1,37-51); y, tras llamar a Andrés y a Natanael, al tercer día, llega el día séptimo y el singo de Caná. Tenemos que resaltar dos números: el siete y el tres. El siete nos habla de la semana de la creación y el tres de la resurrección. Toda la vida de Cristo está aquí anunciada como la obra de una nueva creación, que concluye en los tres días en los que padece la muerte en la cruz y abre la intimidad del seno de Dios en la resurrección. El signo realizado por Cristo en Caná expresa la meta de su obra: llevarnos a una unión amorosa con él, un desposorio, en el que se derrocha el vino porque la alegría del amor es incalculable.
Había una boda en Caná de Galilea a la que había sido invitada María y a la que acuden también Jesús con los primeros discípulos. María, atenta a las necesidades de todos, hace notar a su Hijo que se acaba el vino, fundamental para la fiesta: «No tienen vino». Jesús responde con unas palabras que nos parecen misteriosas: «Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora».
Llama a su madre «mujer». Acordaos del libro del Génesis, después del pecado, cuando Dios le dice a la serpiente: «pongo hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya. Ella [la mujer] te pisará la cabeza, mientras tú acechas su calcañar». Acordaos ahora también de las palabas de Jesús en la cruz: «Mujer, ahí tienes a tu hijo», dice señalando a Juan y en Juan a todos los creyentes. En las bodas de Caná Jesús llama “mujer” a su madre y así la muestra como la Nueva Eva, que va a colaborar en su obra hasta dar a luz la nueva humanidad, cosa que ocurrirá en el momento de la cruz y la resurrección. Ese momento de la muerte y la resurrección lo llama Jesús «mi hora», porque es la obra que le ha encargado el Padre.
«Mujer», le dice. Y sigue: «¿qué tengo yo que ver contigo?». Esto se ha interpretado mal muchas veces. Si traducimos más literalmente el texto griego leeremos algo como: ¿qué hay entre tú y yo?, ¿qué hay entre nosotros? Es decir: ¿cuál es nuestro vínculo? Esas palabras llevan a María a entender más profundamente el vínculo maternal con su Hijo. Es como si Jesús le dijera: «Tú eres mi madre y vas a ser la Mujer, la Nueva Eva, la Madre de los creyentes, con la que llevaré a cumplimiento la obra redentora, la nueva creación, cuando llegue mi hora. Pero esa hora aún no ha llegado».
María está adiestrada en escuchar a quien es la Palabra. Ella es quien ha escuchado y guardado la Palabra de Dios hasta darle la humanidad que ahora es la humanidad de Dios. Así que, cuando escucha las palabras de su Hijo, las acoge y responde conforme a la misión que su Hijo le acaba de dar, la misión de ser la Mujer, la Nueva Eva, la Madre de los creyentes. Y dice: «Haced lo que él os diga». Es una respuesta de fe y nos muestra el camino de la fe obediente. Ya no habla solo como la madre de Jesús, sino como la madre de Jesús que colabora en su obra y viene a ser la madre de los creyentes.
Entonces, Jesús realiza el signo con el que adelanta su hora: cuando él esté en la cruz y María junto a él; cuando él resucite y María sostenga con su oración a la humanidad recreada por su Hijo. El vino se había acabado y solo quedaban las tinajas, también vacías, destinadas a las purificaciones rituales de los judíos, el camino de purificación que el hombre necesita emprender. Es un camino duro, por él el hombre no llega a Dios, pero se pone en situación de que Dios lo alcance. Es lo que ocurre aquí: Jesús no rechaza aquellas tinajas de las purificaciones, sino que manda llenarlas, pero es él quien trae del cielo el don del amor divino que desposa al hombre. Es él quien trae el amor divino, que se expresa en el vino generoso, sobreabundante, unos seiscientos litros, algo totalmente desproporcionado para una boda. Vino sobreabundante y bueno, el mejor vino. Lo había anunciado Isaías, Jesús lo cumplirá con su muerte y resurrección, y lo anticipa en el signo de Caná: «Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte [Sión], un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; […] vinos refinados» (Is 25,6).
El vino hace referencia a la sangre de Cristo, al modo con el que nos hace suyos. Porque Cristo no nos toma con la imposición de su poder, sino con la fuerza de su amor que se entrega hasta derramar su sangre. El vino hace referencia a su sacrificio, pero también a la alegría del amor que se da, que conquista nuestro amor y nos toma con un vínculo de amor eterno: «Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo». Con el signo del vino excelente y sobreabundante Jesús presenta a su Madre, como Madre de los Creyentes, como Nueva Eva, que nos indica el camino: «Haced lo que él os diga»; y se presenta a sí mismo como el Esposo de la Iglesia, el Esposo divino del alma, que nos quiere con él, que se alegra al entregarnos su vida y ganar la nuestra.
Una última cosa: no perdamos de vista que lo que Jesús anticipa con el signo del vino en las bodas de Caná, lo que realiza en la cruz y en la resurrección, se actualiza en cada Misa: María está junto al altar; y en el altar, Cristo renueva su entrega amorosa, hasta que nos introduzca definitivamente en sus moradas.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Hermano Rafael (III)
- Detalles
- Escrito por Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados

Hermano Rafael (III).
D. Juan Antonio Martínez Camino
| Ejercicio de los Sábados | |
El Obispo Auxiliar de Madrid, D. Juan Antonio Martínez Camino, ofreció la tercera conferencia sobre el Hermano Rafael, San Rafal Arnaiz Barón. Es la tercera de seis conferencias que están previstas para este curso.
Aquí puedes ver las fotografías:
Pinche aquí
Conferencias anteriores:
Hermano Rafael (I)
Hermano Rafael (II)
EL CAMINO DEL BAUTISMO
- Detalles
- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: El bautismo del Señor
Bautismo de Cristo
12-I-2025
«Y sucedió que, cuando todo el pueblo era bautizado,
también Jesús fue bautizado» (Lc 3,21)
Las fiestas de Navidad concluyen con la solemnidad del Bautismo del Señor, que hoy celebramos. San Lucas presenta el bautismo de Jesús en relación con la obra de san Juan Bautista: indica el fin de la misión del Bautista y el inicio de la misión pública de Jesús. Hasta este momento, Juan había predicado la conversión para acoger al Mesías inminente. Llamaba a los hombres a volverse a Dios suplicando perdón con el signo del baño del bautismo y cambiando de vida. Especialmente san Lucas subraya este doble aspecto de la conversión que Juan reclamaba: la decisión personal de cambiar de vida, de dejar atrás el pecado; y la súplica a Dios, porque solo él puede perdonar y dar al hombre la posibilidad de empezar de nuevo. Las estremecedoras palabras del Bautista y su poderosa figura de asceta, libre de toda mundanidad, provocaron una conmoción en Israel, un movimiento de conversión y de expectación del Mesías. Muchos se preguntaban si el Mesías no sería Juan y él tuvo que corregir esta opinión señalando a otro más fuerte: «Viene el que es más fuerte que yo». La fuerza de la que habla es la potencia del Dios de Israel, capaz de crear de la nada y capaz de redimir, de rescatar del mal. El que viene es quien tiene el poder divino, yo «no merezco desatarle la correa de las sandalias». El bautismo de Juan llega hasta donde puede llegar el hombre: tener la voluntad de cambiar de vida y suplicar al Creador un nuevo comienzo desde lo más profundo. Pero solo el Dios que creó de la nada cuando «su espíritu se cernía sobre las aguas» (Gn 1,1) puede hacer que su Espíritu se cierna de nuevo sobre este mundo para recrear el corazón del hombre de raíz, no externamente, sino desde el alma y el corazón. El Bautista deposita este poder en el que viene, el Mesías, porque el Mesías sería quien recibiese el Espíritu de Dios, y pudiese con ese Espíritu de Dios dar inicio a la nueva creación para el hombre, para nosotros. «Yo os bautizo con agua […] Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego».
¿Aspiramos nosotros a un cambio en el alma? ¿Esperamos nosotros aún, a pesar de los años y de todas las derrotas espirituales, un nuevo nacimiento? Es el asunto de la conversión y es importante porque es la puerta por la que entra Cristo. La conversión es la puerta del Evangelio de Cristo. Juan abrió esa puerta para sí mismo y para los que escucharon su predicación. Ojalá también para nosotros.
Ahora, ¿cómo esperaría Juan que apareciese el Mesías y ejerciese este poder del Espíritu? ¿Cómo imaginaba el bautismo de Espíritu Santo y la recreación del hombre? Es difícil saberlo. Pero es seguro que no esperaba que fuese como ocurrió: «Y sucedió —dice san Lucas— que, cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado». ¿Sabéis lo que significa esto? Significa que Jesús, con todo su poder divino, decide tomar como propia la vida de aquellos hombres, y recrearlos, regenerarlos, salvarlos así: tomando como propio el pecado de ellos, tomando como propio el camino de penitencia que ellos habían iniciado, tomando como propia su súplica y su oración lanzada al cielo, tomando como propio aquel bautismo de conversión en el Jordán: «Y sucedió que, cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado». Es algo abrumador. El Hijo de Dios ya se había hecho hombre, ya había tomado nuestra naturaleza; al hacerse bautizar tomó también nuestro pecado, hizo suya nuestra voluntad de dejarlo atrás, y se apropió de nuestra súplica de perdón. Desde entonces, nuestro pecado recae sobre él, desde entonces nuestra voluntad de conversión él la hace suya, desde entonces él clama con nosotros hacia el cielo: «Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado» (Sal 50,1). La conversión es la puerta de Cristo, la puerta por la cual nosotros esperamos la llegada de Cristo, y la puerta que cruza Cristo para hacernos suyos. Incluso si nosotros no abrimos esa puerta de la conversión, él la ha cruzado. Infinita misericordia. ¿Os dais cuenta del amor que esto supone? ¿Os dais cuenta de la grandeza de este amor humilde y paciente del Unigénito que se muestra como siervo? ¿Os dais cuenta del amor necesario para que Jesús tome como suyo nuestro pecado, nuestras lágrimas y nuestra súplica? San Lucas dice que, cuando Jesús fue bautizado, oraba. Dirigía a Dios nuestra súplica, que ya era susúplica.
¿Qué se sigue de ahí? Que se abrió el cielo. Se abrió el diálogo entre la tierra y el cielo, entre Jesús, que se pone a la cabeza de la creación, y el Padre eterno que responde a su Hijo hecho hombre, que lleva sobre sí el pecado, y le ha dirigido la súplica del hombre, que se ha hecho cabeza de la humanidad: «Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco». Y lo unge con el vínculo de su amor, el Espíritu Santo. Las palabras del Padre y la unción del Espíritu Santo se dirigen directamente a Jesús, pero como él se ha hecho cabeza nuestra, como ha tomado nuestro pecado, nuestra voluntad de conversión y nuestra súplica, las palabras del Padre y la unción del Espíritu son también para nosotros. Así, Cristo transforma el bautismo de agua de Juan en sacramento, en un signo eficaz con el que Dios nos toma como hijos. Nos toma como hijos porque Jesús nos ha tomado como hermanos. Así crea Cristo el primer sacramento, con el que se inicia la vida cristiana, la vida de unión con él. Así somos adoptados como hijos de Dios y ungidos con su Espíritu.
Ahora es necesario recordar algo que sabéis. El bautismo del Jordán es el principio y el anticipo de la cruz y de la sepultura de Cristo. Ser sumergido en las aguas era una forma de expresar la muerte al pecado. La cruz y la sepultura fueron la realización definitiva de este tomar nuestro pecado y nuestra súplica. De la misma forma, cuando nosotros somos bautizados con Cristo, morimos al pecado y recibimos una vida nueva, que a su vez es anticipo de nuestra participación definitiva en la muerte de Cristo, en su resurrección y en el abrazo definitivo del Padre a su Hijo eterno, cuando vuelve al Padre con su humanidad, con la que ha llorado, con la que ha suplicado, con la que ha sufrido y con la que ha amado.
Igual que Jesús ora al Padre al salir del Jordán y el Padre responde, así sucede también en la resurrección. En el domingo de la resurrección Cristo se levanta de la sepultura y ora con el viejo salmo de David: «Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti, mi alma tiene sed de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua» (Sal 62). Y Dios responde ungiendo con el Espíritu Santo definitivamente a su Hijo con la humanidad que ha llevado hasta él.
Nosotros hemos recibido el Bautismo y con él hemos sido recreados, regenerados en nuestra naturaleza más íntima. Ya no somos solo criaturas hechas a imagen de Dios, ahora somos hijos. Cristo nos ha hecho suyos, por eso Dios nos ha hecho sus hijos y nos ha dado su Espíritu. Ahora somos hijos, adoptivos, hijos en el Hijo único. Se ha obrado un milagro inimaginable en nosotros. Lo ha obrado Jesús, que nos ha tomado con un infinito amor sobre sus hombros, que nos ha unido a su corazón. Y Dios nos escucha porque le escucha a él, nos mira como le mira a él, y espera que con él concluyamos nuestro camino. Caminemos el camino de Cristo, detrás de él y unidos a él, hasta entregar del todo la vida, amando. Abriremos los ojos ante el Dios verdadero y pronunciaremos con Cristo sus palabras: «Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti, mi alma tiene sed de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía del 15 de enero de 2025
Solemnidad del Bautismo del Señor
Oratorio de San Felipe Neri de Alcalá de Henares
Sor Cecilia de la Santa Faz
- Detalles
- Escrito por Rubén Núñez
- Categoría: Ejercicios de los Sábados

Sor Cecilia Mª de la Santa Faz
Padre Julio González
| Ejercicio de los Sábados | |
El padre Julio González presenta la vida de Sor Cecilia Mª de la Santa Faz.