TRANSFIGURACIÓN
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo II
II Dom. Cuaresma C
16-III-2025
«Se encontró Jesús solo» (Lc 9,36)
Queridos todos:
Es difícil imaginar una escena de la vida de Jesús más fascinante que esta de la Transfiguración: de repente, en la noche oscura de un monte, mientras ora, el rostro de Jesús resplandece de gloria, sus vestidos brillan, como si no pudieran ocultar el resplandor del cuerpo de Jesús, que es el cuerpo humano de Dios… Pero no debemos engañarnos, esta escena nos habla de la cruz a la que nos encaminamos, nosotros con Cristo, si es que somos de verdad suyos.
Las autoridades judías nunca habían aceptado que Jesús viniese de Dios. Al principio solo habían mostrado una oposición latente; pero en el tiempo en que acontece la transfiguración el enfrentamiento era ya abierto y creciente. Les parecía insoportable que Jesús enseñase e hiciese discípulos, mostrando la pretensión de venir de Dios. Esa oposición suponía una doble prueba para la fe aún titubeante de los discípulos: ¿no estarían siguiendo a un loco o a un blasfemo? Y, si el Maestro acababa mal, ¿cómo acabarían ellos? Por si eso fuera poco, Jesús les anunció, por primera vez de forma abierta, que él debía sufrir mucho, ser reprobado por el Sanhedrín, ser matado y resucitar al tercer día. Y, a continuación, les había dicho: «Si alguno quiere venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y me siga».
Ocho días después de estas palabras tiene lugar la Transfiguración. Jesús sube al monte y todo acontece en el ámbito de la oración de Jesús: «Mientras Jesús oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor». Es un signo de la vinculación sobrenatural de Jesús con Dios. Y aunque no podemos romper el misterio del diálogo entre Jesús y Dios Padre, lo que sucede nos revela, al menos en parte, el contenido de ese diálogo. Junto a Jesús aparecen Moisés y Elías, también ellos revestidos con una gloria que no es de este mundo, como testigos de Dios, delante de Jesús y delante de los tres discípulos. Moisés es representante y cabeza de la Ley, Elías lo es de los Profetas. «La Ley y los Profetas» era la fórmula con la que los judíos se referían a lo que Dios había revelado a Israel desde Abraham. La Ley y los Profetas, la entera Escritura, todo lo que Dios había hecho, legislado y anunciado, todo apunta a Jesús y forma parte del diálogo de Jesús con su Padre. ¿Y de qué hablan? Dice san Lucas: «hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén». La cruz es el centro del plan de Dios Padre y el Hijo recibe amorosa y obedientemente de su Padre este plan y lo lleva hasta el final. Moisés y Elías, dos hombres, están presentes porque este plan tiene que ver con el hombre. El diálogo sobre la cruz es el diálogo amoroso sobre nuestra salvación. Los sentidos perciben un contraste: vemos la gloria divina de la humanidad de Cristo y, al tiempo, escuchamos hablar de su muerte, de su humillación. Ese contraste nos indica que nosotros hemos entrado en el corazón de Dios, con todo nuestro pecado, con nuestra desobediencia, con nuestra ofensa… La gloria viene de Dios, la humillación de nuestro pecado. Y todo recae sobre el Hijo hecho hombre.
En poco tiempo, veremos a Jesús orando en otro monte, el de los Olivos. El tema será el mismo: su muerte. Ya no veremos gloria alguna en el rostro de Jesús, sino sudor de sangre y angustia, porque él mismo abrirá las puertas de su alma humana para sufrir la oscuridad y la lejanía de Dios que le llegan del pecado de todos los hombres. En los dos momentos estarán presentes los discípulos. San Lucas dirá que en los Olivos «se dormían por la tristeza» (Lc 22,45). Y aquí en la transfiguración dice: «se caían de sueño». El papa Benedicto XVI comentaba que el sueño expresa la torpeza de quien ve y no entiende. En los Olivos, dominados por la tristeza, no serán capaces de entender nada del sufrimiento que se acerca. En la transfiguración, consiguen superar la torpeza de la mente y llegan a ver la gloria de Jesús. Entonces Moisés y Elías se alejan de Jesús y Pedro habla: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Pedro siempre habla apresuradamente, pero capta algo cierto. Lo dice perfectamente con toda la sencillez del mundo: ¡Qué bueno es que estemos aquí! Porque «somos ciudadanos del cielo», tal como ha dicho san Pablo, porque estamos hechos para Dios. San Lucas apostilla: «No sabía lo que decía» y con eso quiere decir que Pedro no sabía que aún quedaba un camino estrecho y amargo para llegar a la gloria definitiva, que es nuestra verdadera casa. Es indispensable que entendamos que la compañía de Dios y de los santos es nuestra casa, que solo accedemos a ella por nuestra unión con Cristo y que solo allí podemos decir: ¡Qué bueno es que estemos aquí! Si no entendemos esto, andaremos, como dice san Pablo, «como enemigos de la cruz de Cristo». Si renunciamos a alcanzar nuestra casa, si renunciamos a la gloria, rechazaremos la cruz, nos haremos enemigos de la cruz de Cristo.
Mientras Pedro está aún con la palabra en los labios, «llegó una nube que los cubrió con su sombra». De la luz en medio de la noche pasamos a una densa nube que los introduce en una oscuridad más densa que la oscuridad natural de la noche y los llena de temor. La nube les introduce sensiblemente en una realidad que está más allá de los sentidos: la grandeza siempre misteriosa de Dios: insondable, inescrutable, inabarcable, inefable… Los ojos ya no pueden ver, pero entonces los oídos se hacen más atentos y escuchan una voz que proviene de la nube, la voz de Dios: «Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadlo». Digan lo que digan los entendidos y poderosos de este mundo, «Este es mi Hijo». Pasaréis miedo cuando se acerque la cruz, pero no dudaréis de que es mi Hijo. No sabréis por qué es necesaria la cruz, pero no dudaréis de que es mi Hijo, el que he elegido para llevaros a mi gloria. Lo escucharéis, le obedeceréis, no os apartaréis de él. Nuestra fe puede pasar por mil dificultades, dejará de ver, experimentará temor, pero no albergará una sola duda: seguimos al Hijo eterno de Dios.
Escuchada la voz, todos los signos sobrenaturales desaparecen. Ya no hay luz ni sombra sobrenatural, ya no están los testigos del Antiguo Testamento, ni se oye la voz del cielo… Está Jesús solo. Los discípulos tienen delante a Jesús solo.
Los discípulos, hoy igual que entonces, tenemos a Jesús y con él lo tenemos todo. Él lo es todo para nosotros. Unidos a él, sobre todo en la Eucaristía, no huiremos de la cruz, aunque experimentemos miedo y aunque no entendamos. Cuando llegue la cruz, con la soledad o la enfermedad, con el señalamiento público o con el martirio; cuando llegue la cruz con el sacrificio cotidiano que conlleva la obediencia a la ley de Dios, con el sacrificio cotidiano que exige el amor a Dios y al prójimo; con el sacrificio como padres o esposos, hijos o amigos; con el sacrificio que nos exige el amor a todos…; cuando llegue la cruz de la forma que sea, no huiremos, no nos mostraremos como enemigos de la cruz de Cristo, sino que en ella nos uniremos más a Jesús: «Si alguno quiere venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y me siga». Dice Benedicto XVI: «“Jesús solo” es todo lo que se les da a los discípulos y a la Iglesia de todos los tiempos: es lo que debe bastar en el camino. Él es la única voz que se debe escuchar, el único a quien es preciso seguir, él que subiendo hacia Jerusalén dará la vida y un día “transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo”».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
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Homilía del II Domingo de Cuaresma, C
16 de marzo de 2025, Oratorio de San Felipe Neri
Alcalá de Henares, Madrid
16 de marzo de 2025, Oratorio de San Felipe Neri
Alcalá de Henares, Madrid
TÚ ERES MI DIOS. ¿Batalla cultural o guerra espiritual?
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo I
I Domingo de Cuaresma, C
9-III-2025
«No de pan solo vive el hombre» (Lc 4,4)
En el bautismo Jesús fue ungido por su Padre, con el Espíritu Santo. Eso marcó el fin de su vida oculta y el inicio de su vida pública. Pero antes de empezar a predicar fue al desierto, no por voluntad propia, sino conducido por el Espíritu Santo, y allí permaneció cuarenta días. San Lucas da a entender que fue tentado durante todo ese tiempo. Las tres tentaciones finales son la recapitulación de todas las que padeció en esos días. Además, san Lucas termina la narración diciendo: «el demonio se marchó hasta otra ocasión». El Señor fue tentado por el diablo hasta el momento mismo de su muerte. San Mateo relata que ya crucificado, los que pasaban por allí, primero, los miembros del Sanhedrín, después, y, en tercer lugar, los salteadores ajusticiados con él, le incitaban a desobedecer el plan de Dios o a apostatar (Cf.: Mt 27, 39-44). Así, toda la vida de Jesús aparece como una guerra contra el diablo. La obra redentora de Cristo, antes que nada, es una lucha espiritual, que consiste en afirmar existencialmente, como hombre verdadero, 1) que Dios es lo único necesario para el hombre, porque «el hombre no puede vivir de pan solo»; 2) que el hombre no puede sustituir a Dios haciéndose dueño absoluto de sí, ni puede sustituirlo por los ídolos del poder, del placer o la riqueza: «Al Señor tu Dios adorarás, y solo a él darás culto»; y 3) que a Dios no podemos ponerlo a nuestro servicio, al contrario: el hombre como criatura le debe obediencia; y el cristiano como hijo adoptivo, le debe una obediencia amorosa y confiada: «No tentarás al Señor, tu Dios».
Estas tres grandes afirmaciones existenciales de Jesús se recapitulan en su obediencia a Dios en la cruz, que es 1’) el sí definitivo a Dios, 2’) el sí obediente a su voluntad, 3’) el sí de su alma que se entrega y se pone en manos de Dios. Toda la predicación de Jesús y todos sus milagros no hubieran valido nada si Jesús no hubiese llevado esta lucha hasta el final. En la cruz, vencidas todas las tentaciones, Jesús se convierte en una fuente de la que mana una vida nueva. Del Crucificado manan los sacramentos y la gracia. Esa gracia es su amor que nos une a él y es el principio de nuestra propia victoria.
Quiero llevar esto a nuestro presente. Muchos, cristianos y no cristianos, se dan cuenta de que algo no va bien en nuestro mundo. Parece que caminamos hacia nuestra destrucción. Algunos ven que ese camino hacia el precipicio está guiado por las ideas que ya desde hace tiempo han venido dando forma a las leyes, a la vida cotidiana y al pensamiento de muchas personas. Entre otras: las ideas introducidas con la ideología de género, las ideas que promueven el aborto y la eutanasia, las ideas que tienen que ver con la bajísima natalidad, las introducidas por el ecologismo radical o el feminismo radical, la idea de que el matrimonio ya no es para toda la vida… Tienen razón los cristianos y no cristianos que afirman que estas ideas nos conducen al abismo. Ante eso, propugnan que hay que dar una batalla cultural, una batalla de ideas. Sin embargo, al menos los cristianos hemos de darnos cuenta de que, en realidad lo nuestro es una guerra espiritual.
Los males de nuestra época tienen su origen en la posición espiritual del hombre contemporáneo: su negación de Dios como Dios, es decir, la apostasía generalizada. Según esa negación, el hombre está solo en el universo y ha de darse sus propias normas e intentar buscar su pequeña salvación en este mundo. En nuestros días, la negación de Dios se ha extendido hasta su obra: se niega que el mundo y el hombre tengan una naturaleza que imponga leyes biológicas y morales. Se quieren romper las leyes naturales de la biología, de forma que una mujer pueda decir que es varón o un varón pueda decir que es madre. Y olvidan las leyes morales, como si mentir, robar, traicionar, adulterar… no tuviera consecuencias. La negación de Dios lleva a la negación de la naturaleza misma de las cosas y de las personas. La muerte de Dios termina con la muerte del hombre. Esta es una guerra espiritual que se libra desde la creación del mundo, en la que se juega la salvación o la condena eterna, una guerra en la que todos participan, lo quieran o no.
Pero aquí viene un punto fundamental: esta guerra se libra, antes que en ningún otro ámbito, en el alma de cada cristiano. Jesús no hizo declaraciones altisonantes, no hizo una revolución, ni fundó un periódico para divulgar sus ideas, ni encabezó un partido político para cambiar las cosas con el poder, sino que en primera persona, desde el primer día hasta el final en cruz, se enfrentó personalmente con la tentación y la venció. Nosotros no podemos hacerlo de otra forma. Las batallas que haya que dar en la política, en la cultura, o donde sea necesario, dependen de esta anterior que se libra en nuestra alma.
Todo se juega en estas tentaciones. La primera: ¿Estoy solo en este universo material o existe también Dios? Si solo existe lo que podemos ver y tocar, lo material, entonces intentaremos volcar en ello nuestra alma como si fuera nuestro único pan («haz que estas piedras se conviertan en pan»). Pero nosotros, unidos a Cristo diremos: No. Hay algo más que este mundo material. Existe Dios, que me creó y tengo hambre de él. Todo el universo material es poco para mi alma. Solo Dios es mi verdadero alimento. Sólo él es la respuesta al hambre de amor que hay en mi, hambre de amor perfecto, infinito y eterno que solo él puede saciar: «No de pan solo vive el hombre»[1].
La segunda: ¿Puedo yo ocupar el lugar de Dios y que todo sirva a mi voluntad y mi poder? ¿Puedo decidir yo lo que está bien y lo que está mal, lo que es verdadero o falso? ¿Puedo abortar a mi voluntad, elegir ser varón o mujer, adulterar, robar, mentir o traicionar según me parezca o me convenga? ¿Puedo hacer del poder, del placer o de riqueza mi Dios? ¿Puedo proclamarme Dios? «Te daré el poder y la gloria […] Si te arrodillas delante de mí, todo será tuyo». Nosotros, unidos a Cristo, diremos: ¡No! Dios ha creado el Universo con un orden inteligente y bueno, que se expresa en las leyes de la naturaleza y en la ley moral inscrita en el alma. Y para que toda la creación se dirija a él en un movimiento de amor y de adoración, Dios ha puesto al hombre como su cabeza. Yo no romperé esa ley llena de bondad, de belleza y de bien. Yo adoraré solo a Dios. No al poder, no al dinero, no al placer, no a mí mismo ni a ningún otro. Me uniré a Jesús y adoraré solo a Dios: «Al Señor tu Dios adorarás y solo a él darás culto».
La tercera. ¿No podré poner a Dios a mi servicio? ¿No podré usar de su misericordia para hacer lo que me dé la gana con impunidad? ¿No podré servirme de la religión para ganar la voluntad de los hombres religiosos y hacerme con el poder o con las riquezas? ¿No podré, incluso, servirme del ministerio sagrado para escalar hasta la cumbre de la vanidad? «Si eres Hijo de Dios, tírate», «Exige de su bondad que se ponga a tu servicio. ¿No dice que te ama? Pues que te sirva». Pero nosotros, unidos a Cristo, diremos: ¡No! No pondré a prueba el amor a Dios, no tentaré a Dios. Soy yo el que he sido creado para servir a Dios y mi única gloria consiste en perseverar y permanecer en su servicio: «No tentarás al Señor, tu Dios».
Estas son las tentaciones que dan forma a la guerra espiritual en la que estamos metidos de hoz y coz, en la que cada uno de nosotros es protagonista y que se desarrolla, en primer lugar, en el alma. Unidos a Cristo y con su gracia, los cristianos de esta generación podemos vencer de nuevo, como lo hicieron otros antes que nosotros. Solo eso asegura un cambio real en el mundo, una cultura que vuelva a ser cristiana, donde el hombre pueda vivir y caminar hacia Dios.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía del domingo I de Cuaresma, ciclo C
9 de marzo de 2025
Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares
9 de marzo de 2025
Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares
[1] Es es la traducción que mejor respeta el original griego: Οὐκ ἐπ̓ ἄρτῳ μόνῳ ζήσεται ὁ ἄνθρωπος, donde «solo» no es adverbio, sino adjetivo de «pan»; y me parece que expresa mejor el sentido de las palabras en el Evangelio.
Demonios y exorcismos
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- Categoría: Ejercicios de los Sábados

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GUÍAS CIEGOS
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo VIII
VIII Dom. C (2-III-2025)
«Ponte detrás de mí» (Mt 16,23)
Comienza el evangelio de hoy con una pregunta que es, en realidad, una advertencia: «¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego?» Jesús habla a los discípulos, que le han tomado como maestro. Pero curiosamente en otra ocasión aplica las mismas palabras a los fariseos, no por ser fariseos, sino por negar que venga con una autoridad divina y rechazarlo como maestro de la verdad: «Son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo» (Mt 15, 14). Jesús sabe que sus discípulos, los de entonces y los de ahora, siempre sufriremos la tentación de dejar de ser verdaderos discípulos; que siempre tendremos el peligro de apartarlo como maestro y convertirnos en guías ciegos. Por eso nos advierte. Expliquémoslo.
Los discípulos habían escuchado aquellas sorprendentes palabras con las que les mandaba amar a los enemigos, ser generosos hasta con los ladrones, perdonar a todos, hacer el bien incluso a los malvados, sin esperar nada… lo que escuchábamos nosotros el domingo pasado. Y si a nosotros esas palabras nos sorprenden, a pesar de haberlas escuchado muchas veces, y nos incomodan, mucho más a los discípulos de entonces, que las escuchaban por primera vez. Después de la sorpresa o del estupor ante ese mandato, «amad a vuestros enemigos», el discípulo se dice a sí mismo: «me fío de mi maestro», «me toca obedecer». Pero ante una ley tan grave, tan elevada, tan exigente, tan difícil para nuestra pobre naturaleza, antes o después surgirá como un susurro interior, al principio casi imperceptible, más o menos así: «Nuestro maestro, que viene del cielo, es tan santo que nos propone una ley para ángeles, no para hombres; para santos, no para pecadores». El susurro va elevando el tono con pensamientos como este: «Jesús habla en hipérbole, con imágenes exageradas, para llamar nuestra atención e indicarnos una tendencia. Su ley del amor no se puede realizar, es una utopía, que está bien como horizonte hacia el que se camina pero que no se puede alcanzar». Al final, apartamos a Cristo y sentenciamos, como si pudiéramos corregirlo a él: «Nosotros, que somos adultos y tenemos inteligencia, tenemos que traducir esta ley irrealizable en algo al alcance de nuestra humanidad». Hemos dejado de ser discípulos, nos convertimos en maestros. Ocupamos delante de Jesús el lugar de los fariseos, «ciegos que guían a otros ciegos». Porque ya no miramos a Cristo como quien proclama una ley divina que hemos de obedecer. Ya no es para nosotros aquel cuyas huellas ensangrentadas hemos de pisar, ya no es aquel a quien acompañar en su sacrificio. Ya no es el amor del que no queremos separarnos, en su vida, su muerte y su gloria. Ahora solo es un ejemplo ideal y lejano que amoldamos al espíritu de nuestra época, a lo que juzgamos razonable. Lo hemosmodernizado y traducido al lenguaje del mundo, lo hemos traicionado. Y casi no nos hemos dado cuenta, aunque en el fondo sabemos que a Él lo hemos perdido, que ya no es alguien vivo a nuestro lado y que, de nuevo, como antes de conocerlo, estamos solos, sin él, sin Dios.
Tenemos siempre la tentación de dejar de ser discípulos —discípulo es el que aprende de otro y sigue sus pasos— para convertirnos en maestros, de nosotros mismos y de otros. El mayor peligro está en que apenas nos damos cuenta. Y por eso Cristo nos alerta.
En el Evangelio tenemos un caso paradigmático que Jesús corrigió con gran energía y dureza. Se trata de Pedro. Sucedió en un momento especialmente importante para él y para la Iglesia futura. Jesús les había preguntado a los Doce quién decía la gente que era él. Había varias respuestas que iban en una dirección no muy errada, porque todas vinculaban a Jesús con Dios, pero no alcanzaban la verdad. Pedro, movido por el Espíritu Santo, confesó la verdad:«Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Confesó la verdad, tocó el verdadero misterio de Jesús y de Dios, y gracias a esta profesión de fe también nosotros, unidos a Pedro, podemos hoy confesar y tocar con el alma la verdad de Cristo y de Dios. La Iglesia no es sino la correcta profesión de fe que ha recibido de los Apóstoles y que Pedro proclamó entonces. Es tan importante, que Jesús le llama Bienaventurado y le cambia el nombre, Pedro, la piedra sobre la que Cristo edifica su Iglesia y resistirá los ataques del diablo hasta el fin de los tiempos. El caso es que, a continuación, Jesús les dijo a los Doce, por primera vez de forma absolutamente clara, que debía ir a Jerusalén, padecer y ser llevado a la muerte, y luego resucitar. ¿Qué hizo Pedro? Llevado por su buena intención, pero sin tener en cuenta el plan de Dios, quiso corregir a Cristo, se lo llevó a parte y lo reprendió (Cf.: Mt 16,22). El discípulo fetén se ha convertido en un falso maestro. Y Jesús, que lo ama profundamente, lo corrige con palabras muy severas y muy duras, porque no puede permitir que su Pedro se convierta en el guía de los que quieren adaptar el Evangelio a la mentalidad de los hombres: «Ponte detrás de mí, Satanás, porque tú piensas como los hombres, no como Dios». Pedro, al menos por un instante, sucumbió y se hizo a sí mismo maestro de Cristo. Jesús lo corrigió con dureza y le hizo volver al lugar que le correspondía, detrás de él.
Nosotros estamos a salvo mientras seamos discípulos. No importa no llegar a entender todo lo que ordena nuestro Maestro. Quizá lo entendamos, quizá no, pero nos basta saber que él es el Maestro y que lo mejor que podemos hacer es obedecer. No importa no saber por qué escoge este camino tan empinado, cuando parece que hay otro más suave, podemos llegar a saberlo o no, pero nos basta querer estar con él y seguirlo. Mientras seamos discípulos estamos a salvo, un paso detrás de él, junto a él. Cuando dejamos de ser discípulos nos convertimos en falsos maestros de nosotros mismos y, desgraciadamente, de otros, ciegos que guían ciegos. Ojalá ese día aún seamos capaces de acoger la corrección de Cristo: «Ponte detrás de mí».
El ejemplo de Pedro nos brinda otra lección: de entre los discípulos, el que más peligro corre de convertirse en un guía ciego es el que ha recibido más responsabilidad. El maestro de los niños o el profesor de Universidad, el padre o la madre… Y, sobre todo, el sacerdote y el obispo. A lo largo de la Historia de la Iglesia, gran parte de los cismas y herejías han sido provocados por sacerdotes u obispos que han dejado de ser discípulos. Especialmente, los sacerdotes, tenemos que vigilar y sentir el temor de sucumbir a la tentación de adaptar y modernizar el Evangelio y traicionarlo, para que sea aceptado más fácilmente.
Son los Apóstoles y sus sucesores, los obispos —y junto a ellos los sacerdotes—, los que reciben la responsabilidad de enseñar la verdad del Evangelio y la responsabilidad de conducir las almas hacia el cielo. Para eso deben ser discípulos ellos mismos, dejarse enseñar por quien es la Palabra y por la Tradición apostólica, dejarse corregir hasta lo más íntimo del alma, dejar que Cristo y su Espíritu reformen constantemente su vida. Cuando los fieles no encuentran ni doctores de la verdad ni guías espirituales es, en parte, porque los que han recibido este oficio no quieren ser ellos mismos siervos de la Verdad y discípulos del Crucificado. Solo el que permanece como siervo de la Verdad puede enseñarla. Solo el que la ama con reverencia pueda servirla. El que no la ama así, solo se acerca a la Verdad para usarla a capricho, hasta deformarla. Es necesario que el que curó a tantos ciegos arranque de los ojos de nuestra alma las vigas del error y del pecado. ¿Cómo, si no, vamos a corregir y sacar la mota de polvo de los ojos de nuestros hermanos? El sacerdote que no se deja enseñar y corregir por Cristo, termina siendo un hipócrita: «¡Hipócrita! Sácate primero la viga que tienes en tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano».
Ocupemos la posición que ocupemos en la Iglesia, pastores y fieles, hemos de velar para ser siempre discípulos, siempre detrás de él, el Maestro, el Señor. «No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro». Cuando termine nuestra vida, si nos hemos mantenido como discípulos, nos pareceremos a él, el hombre perfecto, y veremos que no nos equivocamos no queriendo ir delante, eligiendo y decidiendo por nosotros mismos, confiados en nuestra inteligencia. Veremos que no nos equivocamos al mantenernos siempre como discípulos, yendo detrás de él, bebiendo sus palabras y pisando una tras otra sus huellas.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía, 2 de marzo, 2025
Domingo VIII To C
Iglesia del Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares
Domingo VIII To C
Iglesia del Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares
EL AMOR DIVINO Y SU LEY
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Domingo VII
VII Dom. C
23-II-2025
«Mi yugo es suave, y mi carga ligera» (Mt 11,30)
Queridos todos:
Las palabras de hoy son continuación de las Bienaventuranzas del domingo pasado. Jesús proclamaba bienaventurado a quien se hacía pobre para tenerlo a él, a quien, por hambre de él, sufría lo insípido y vacío que es este mundo, a quien por él aceptaba cualquier privación o sufrimiento, a quien por su causa era odiado, excluido, injuriado y proscrito. Bienaventurados porque poseerán el Reino de Dios, donde serán saciados y consolados.
Bienaventurado san Pablo, que escribe a los de Filipos: «Todo lo que para mí era ganancia, lo consideré pérdida a causa de Cristo. Más aún: todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él[…]. Todo para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, esperando la resurrección de entre los muertos» (Flp 3,7-11).
Y con san Pablo, bienaventurados, tantos otros que le eligen a él, que antes los ha elegido a ellos; y prefieren su amor, que les ha dado en la cruz, por encima de cualquier otro bien; que son dichosos al compartir la vida, la muerte y la gloria eterna de aquel a quien aman. He aquí la clave para entender las palabras de Cristo: querer estar donde él está, vivir lo que él vive, compartir sus sentimientos, amar lo que él ama, gozar y sufrir con él, morir su muerte, vivir eternamente con él. Solo estos pueden entender y vivir la ley de la caridad que hoy hemos escuchado.
Porque estas palabras, «amad a vuestros enemigos», son la invitación de Cristo a compartir su propio camino humano. El amor a los que no le aman es el que le mueve a hacerse hombre y compartir nuestra vida, cuando tantas veces le despreciamos; el que le mueve a enseñarnos, cuando tantas veces somos indiferentes a su palabra; el que le mueve a darnos sus dones en los sacramentos, que con tanta frialdad recibimos; el que le mueve a llevar nuestros pecados, de los que nunca terminamos de arrepentirnos; el que le mueve a morir por nosotros y a abrirnos el camino de la vida eterna, que ni siquiera anhelamos. «Amad a vuestros enemigos. Haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian». ¿No es este su propio camino? «Ultrajado, no ha devuelto el ultraje; golpeado, no ha devuelto el golpe; despojado, no se ha resistido; crucificado, ha pedido perdón para sus perseguidores, “Padre, perdónales este pecado, pues no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Excusaba de su crimen a los que actuaban criminalmente. Ellos prepararon la cruz, él les dio a cambio, la salvación y la gracia» (San Ambrosio). Cristo, en su vida humana, nos da un amor divino, un torrente de amor inagotable, más fuerte que cualquier pecado y más fuerte que la muerte, no hay nada de extraño que nos pida amar con ese amor que él nos da. El amor humano, el de los padres, por ejemplo, nos capacita para amar humanamente y seguir así la ley natural del amor. El amor a los padres, el amor de los esposos, el amor de los amigos, el amor de la patria… todo eso forma parte de la ley natural del amor, que es posible, exigible, deseable, para cualquier hombre, por el amor natural que recibe. Pero nosotros no solo recibimos un amor natural, recibimos un amor sobrenatural, eterno, fiel, un manantial que nunca se agota… el amor divino, el amor eterno de Dios, que le movió a crear el mundo y el hombre a su imagen, el amor que le movió a redimirnos. Ese amor divino, que Cristo nos ha traído, más real y más firme que la tierra que pisamos, nos capacita a amar por encima del pecado de los demás, con un amor más fuerte que el miedo a la muerte, más fuerte que la misma muerte. ¿O es que acaso vamos a decir que Jesús no es Dios? ¿O que no ha abierto su costado inocente para darnos un perdón que nos hace posible empezar cada día? ¿O que no nos alimenta en la Eucaristía de su amor eterno? No podemos decir eso. Por el contrario, Cristo nos ha traído un amor divino y con ese amor ha inaugurado la vida nueva, de la que tantas veces habla san Pablo (Cf. Rm 6,4; Col 2,12; Ef 5,26).
Por eso no han de extrañarnos ni echarnos para atrás las palabras de Jesús: «Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada».
Alguno puede hacerse una pregunta lícita: ¿se puede mantener una sociedad sobre una ley así? Aclaro este punto. El mismo amor que me exige perdonar a quien me ofende, me exige defender al indefenso de la violencia, o del abuso, o del robo, o de la injusticia. Si por amor a Cristo, amaré incluso a los que me matan, también por amor a Cristo me jugaré la vida y los bienes defendiendo a los que sufren una injusta amenaza de muerte. Si soy soldado, defenderé mi país cuando es atacado, aunque me cueste la vida. Si soy juez, aplicaré la justicia para preservar de los malvados a los inocentes, aunque la ira de los poderosos caiga sobre mí. Si gobierno, dictaré leyes que defiendan a los que no pueden defenderse, aunque me cueste el poder. El mismo amor que me obliga a amar a quien me insulta, me obliga a no mirar a otro lado, cuando un hombre indefenso es insultado. Esto es suficiente para aclarar las perplejidades lícitas ante las palabras de Jesús.
Pero, para concluir, volvamos al asunto principal. ¿Cuál es el asunto principal? Si queremos vivir con Cristo o sin él. Si queremos compartir o no su vida, sus sentimientos, y también su gloria. El camino que nos hace andar este amor divino es el camino de nuestra propia perfección, primero como criaturas que son imagen de Dios, luego como hijos que se parecen a su Padre celeste: «Será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo».
Es normal sentir que se nos pide algo sobrehumano. Es cierto. También los santos han experimentado esta aparente imposibilidad, pero es que también es cierto que recibimos un amor sobrehumano. Escribe santa Teresa de Lisieux: «Si es difícil dar a cualquiera que nos pida, es más difícil aún dejar que nos quiten lo que nos pertenece y no pretender que nos lo devuelvan […] Digo que es difícil, pero debería decir que parece difícil, porque el yugo del Señor es suave y ligero. Cuando se acepta, enseguida sentimos su dulzura y decimos con el salmista: “He corrido por el camino de tus mandatos, después que has dilatado mi corazón” (Sal 119,32). Solamente la caridad [el amor divino] puede dilatar mi corazón. Oh, Jesús, desde que esta dulce llama me consume, corro con alegría por el camino del mandamiento nuevo. Quiero correr este camino hasta el día dichoso en el que, uniéndome al cortejo de las vírgenes, pueda seguirte en el espacio infinito [en el cielo], cantando tu cántico nuevo, el del Amor» (SANTA TERESA DE LISIEUX, Manuscrito dirigido a la madre María de Gonzaga).
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía, Domingo VII TO C
23, febrero, 2025
Iglesia del Oratorio de San Felipe Neri. Alcalá de Henares.
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