Celebramos el octavo día de las Pascua. La liturgia alarga durante ocho días la máxima solemnidad de la resurrección de Cristo. ¿Por qué durante ocho días? Para entenderlo hagamos referencia, primero, al séptimo día de la creación. Es el día en el que se concluye la obra creadora de Dios con su descanso. El día séptimo indica que el hombre, su trabajo, y toda la creación, tienen como verdadero fin a Dios, la adoración de Dios, su creador y Señor.
Al hacerse hombre, el Hijo de Dios ha asumido este ordenarlo todo hacia Dios, pero de una forma fascinante: rompiendo todas las distancias que separan al hombre de Dios, llevando el hombre hasta el seno de Dios. Lo ha hecho por el camino del amor, que ha consumado en su muerte en cruz (Viernes Santo) y en su sepultura (Sábado Santo). El Sábado Santo, cuando el Hijo de Dios sufre el peso de la muerte sobre su cuerpo en el sepulcro y el horror de la muerte en su alma en la región de los muertos, es el día séptimo de Jesús. Es el último sábado de la Antigua Alianza. Pasado ese día, el Hijo de Dios rescata su alma del seol y su cuerpo de la fosa, y lleva su humanidad hasta el seno de Dios. Es una nueva creación, en el seno de Dios y en la eternidad de Dios.
Cada domingo nos hace participar de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte que aún nos acechan en este mundo, con su amor que vence la muerte en este mundo. Eso cada domingo. Este que celebramos hoy, el día octavo de la Pascua, es especial: nos encamina hacia esa nueva creación: en un espacio nuevo, el seno de Dios; en un tiempo nuevo, un día sin ocaso, día sin fin, el de la eternidad de Dios, el día octavo, «el día que hizo el Señor».
En el Evangelio, una imagen destaca por encima de todo: las llagas de Cristo. Nos hablan de la Pasión, de su sacrificio por nosotros y, en último término, de nuestros pecados. Las llagas de Cristo hablan de nosotros, de nuestra miseria y de su misericordia. Pero ya no son aquellas heridas que hacen que apartemos la mirada por el espanto que nos provocan. Ahora son llagas gloriosas, las del Resucitado, las del Viviente. Pues bien, nada más aparecer a sus discípulos, Jesús les muestra las llagas mientras les saluda: «“Paz a vosotros”. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado». Aquí se encierra un misterio enorme de amor: el Resucitado, Señor de la historia y del Mundo, Kyrios, dice quién es mostrando esas llagas. Su identidad se expresa en sus llagas, que hablan de su amor por nosotros. Es el cumplimiento de la profecía: «En las palmas de mis manos te llevo tatuado» (Is 19,46). Y en esas marcas de su amor, los discípulos lo reconocen: «Les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor». Solo este amor que supera el pecado, que vence la muerte y que es presente y actual, no un recuerdo, nos llena de alegría.
Las llagas de Cristo vuelven a aparecer en el diálogo entre Tomás y los otros discípulos. Tomás, que no estaba en la primera aparición, no era capaz de creer que Jesús hubiera resucitado. Pero ni siquiera él, en su incredulidad, puede imaginar a Cristo sin las marcas de la Pasión: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
Ocho días después, Jesús, con una paciencia enorme y con una sonrisa de indulgencia —esto de la sonrisa de indulgencia me lo imagino yo– toma la mano del apóstol y la lleva a las llagas de sus manos y de su costado. Es el tercer momento en el que aparecen mencionadas las llagas en el evangelio de hoy.
Las llagas nos hablan de nuestro pecado perdonado, del amor que nos ha perdonado, de la misericordia. No están impresas en el recuerdo o en una estatua de madera, sino en el cuerpo del Viviente. Son las llagas de un amor que vive, de la misericordia viva y actual. La resurrección hace que el crucificado pueda abrazar al universo entero y todos los siglos. La resurrección hace eterna la cruz. Y por eso nosotros podemos celebrar la Eucaristía, no solo recuerdo, sino actualización del sacrificio de Cristo.
Podemos preguntarnos quién es este Jesús que viene a nosotros en el Evangelio y en la Eucaristía. Es el que nos ama con el amor extremo de la cruz y vence con él nuestro pecado. Y es nuestro Dios, él se ha hecho nuestro:«Señor mío, y Dios mío». Cristo es el Dios todopoderoso que lleva las marcas de su amor por nosotros.
Para finalizar, quisiera que entendieseis qué es la misericordia que nos ofrece Cristo. Al menos dos aspectos de ella. Mirad que el Hijo de Dios rescató de la muerte alma y cuerpo, toda su humanidad. Esa humanidad suya amante y sufriente tiene la gloria del Hijo Eterno de Dios. De igual modo, su misericordia viene para rescatar todo nuestro ser. No viene para poner un velo oscuro sobre nuestro pecado y que no se vea la podredumbre. Viene para rescatar todo lo que somos y transformarnos. Su misericordia no es un mero olvidar nuestros pecados, sino la fuerza que quiere hacer brillar nuestra humanidad con su santidad, con esa gloria que brilla en sus llagas. Ese es el primer aspecto fundamental: no tapar nuestra miseria, sino transformarla en santidad. La misericordia es la potencia transformadora del amor de Dios.
Segundo aspecto. La fuerza que puede transformarnos es la fuerza de su amor. Solo su amor es capaz de matar en nosotros el pecado y de recrearnos. El amor es la mayor de las fuerzas, «Dios es amor». Pero el amor es un ofrecimiento que requiere respuesta. No puede imponerse al ser amado, no puede violentar la libertad. Así, la misericordia que se nos ofrece requiere ser suplicada hasta con las lágrimas, como aquella mujer que corrió a los pies de Jesús. Requiere que le abramos el alma, hasta lo más hondo, por eso Jesús le dijo a Zaqueo: «Conviene que me quede hoy en tu casa», porque era necesario que él entrase hasta lo más hondo donde se escondía su pecado. Requiere que correspondamos. Por eso Jesús, para rescatar a Pedro de su negación, arranca de él una triple confesión de amor y termina diciéndole: «Sígueme». Es decir, sigue las huellas de mi amor por ti. Cosa que Pedro hizo hasta morir en Roma.
Cada domingo nos recuerda que vivimos ante Cristo resucitado, cuyo amor por nosotros hasta la muerte en cruz es presente. Hemos de aprender a vivir de ese amor, de su misericordia: suplicándola sin descanso; permitiendo que penetre hasta lo más profundo, allí donde a veces nos da miedo mirar; confesando una y otra vez nuestro pequeño amor y siguiendo las huellas de su amor. Llegará el momento en que este tiempo quede atrás y entremos en el día octavo, el día que hizo el Señor, cuando nuestra vida brille con la gloria de su amor.
Jesús tiene un bondadoso cuidado con los que le aman. Es la primera idea que sugiere el evangelio de hoy. Jesús no se les aparece resucitado a los suyos a la primera de cambio. Antes de presentarse a ellos vivo, les hacer ver a algunos que el sepulcro está vacío y a otros les manda ángeles para que les anuncien que vive. María Magdalena, que tanto amaba al Señor, fue la primera en ir al sepulcro de madrugada y ver la losa quitada. Al volver corriendo donde Pedro y Juan y contarles lo que ha visto, manifiesta su sorpresa y, en el fondo, la pregunta: ¿qué ha pasado? ¿dónde ésta? «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Traslada esa inquietud al alma de Pedro y Juan, les pone en movimiento y así prepara el alma de los dos Apóstoles, que corren al sepulcro. Es muy posible que montones de pensamientos y de sentimientos contrarios se alzasen en sus cabezas y en sus corazones: quizá temieron que alguien hubiese robado el cuerpo; quizá se acordaron de lo que el mismo Señor les había dicho varias veces antes de morir: «Al tercer día, resucitaré». Pero la devastación de la pasión y la muerte de Jesús era tal, que hacía más impensable, si cabe, que ese cuerpo volviese a tener vida. Así llegaron corriendo al sepulcro. Primero Juan, más joven, que miró desde fuera y vio los lienzos extendidos, sin el cuerpo al que antes cubrían. Después Simón Pedro. Entró Pedro y luego Juan. Y vieron los lienzos, y el sudario de la cabeza, doblado. ¡Nunca se olvidará Juan —el que lo cuenta— de esos detalles!
«Vio y creyó», dice el evangelista de sí mismo. ¿Pero qué le lleva a la fe? ¿Qué le lleva a creer que Jesús ha resucitado? Aún no lo ha visto vivo. En el tumulto de pensamientos es el amor lo que inclina la balanza hacia la fe. Es el amor a su Señor el que abre los ojos de la fe. El amor al que colgó en la cruz es el cimiento de la fe en la resurrección de Juan, de los otros Apóstoles, de los discípulos, de la Magdalena y de las otras mujeres. La cruz y la resurrección de Cristo son dos hechos inseparables. Allí donde se anuncia al Resucitado, se anuncia al Crucificado. Allí donde está presente el Resucitado, está presente el que por nosotros murió en la cruz. La resurrección es la afirmación del amor de la cruz como un amor vivo y eterno. El bondadoso cuidado de Jesús con los que le aman consiste no solo en no darles un susto de muerte, sino, sobre todo, en dejar espacio a la libertad, dar espacio para que su amor creciese e impulsase la fe. No quiso imponer su victoria como un hecho ineludible, prefirió que el amor y la fe creciesen hasta el punto de ver un pequeño indicio y concluir con gozo: «Esta vivo». Eso es el «vio y creyó».
Había otro motivo para darles muestra gradualmente de su resurrección: para que pudieran entender que no era como la vuelta a la vida de Lázaro. Cristo no volvía a la antigua vida, sino que llevaba su vida humana hasta la vida de Dios. ¡Qué cosa más impensable! Quizá a nosotros no nos causa sorpresa y así no nos percatamos de la grandeza que encierra: no simplemente un alma eterna, no simplemente un hombre que vuelve a la vida, sino un hombre vence la muerte para alcanzar la vida de Dios, para participar como hombre de la vida de Dios.
Esto por lo que se refiere a la comprensión del Evangelio de hoy. Pero querría pararme en dos consideraciones a partir del hecho mismo de la resurrección. La primera: ¿Qué le llevó a Cristo a la cruz? Algo que a muchos les pareció insoportable. Que se presentó como la verdad del mundo y la vida de los hombres: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí». Ni el hombre solo pude acceder a Dios, ni lo puede el hombre guiado por religión alguna, ni por Mahoma, ni por ninguna filosofía. El hombre accede a Dios por medio de Jesús. Él es el camino. Él nos muestra la verdad de Dios, del hombre y del camino para llegar a Dios. Él mismo se hace ese camino, el único por el que el hombre alcanza la vida. Se presentó como Dios en medio de los hombres, que tiene en su mano el destino eterno de cada hombre: «Quien crea en mí, aunque haya muerto, vivirá; y quien viva y crea en mí no morirá para siempre». ¿Quién esta capacitado para decir que puede dar vida más allá de la muerte? Solo lo puede asegurar Dios, y Jesús se presenta así, como Dios, con el destino de los hombres en sus manos. Muchos creyeron que era un loco y otros muchos le creyeron un blasfemo. Y el demonio instigó a unos y a otros para que lo llevaran a la muerte. Pero la resurrección significa que nuestro Señor es exactamente quien dijo ser. Por ese motivo, Pedro y los demás, que eran judíos, y como judíos miraban al resto de los pueblos con cierto desdén, terminaron anunciando a Cristo a todos los hombres, no solo a los judíos. Porque entendieron que en la fe en Cristo se juega la salvación de cada hombre. Por eso dirá Pedro, como recoge el libro de los Hechos: «no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos». Lo dijo Pedro y lo decimos los cristianos hoy y lo diremos hasta el fin de los tiempos. Es una verdad que el mundo sigue despreciando, que a muchos les sigue pariendo una fanfarronada o una locura; que el demonio sigue queriendo acallar como sea. Pero nosotros debemos volver sobre esta verdad, primero, para alegrarnos, después, para gritarlo a los cuatro vientos: que Cristo es la salvación del hombre, la única salvación del hombre. Que la salvación no solo la de los que nos reunimos en la iglesia, sino la de tu hijo, tu nieto, tu padre, la de cualquier hombre que viene a este mundo, lo sepa o no, le guste o no, no viene de ningún poder humano, ni de la economía, ni de la ciencia, ni del arte, ni de ningún político bueno o malo, ni de ninguna filosofía, buena o mala… solo del crucificado, ¡que vive! Nosotros no podemos callar. Por amor a Cristo y por amor a los hombres, aunque nos desprecien o nos maten, no podemos callar.
Hay otra consideración tan importante como la anterior. Al final, la única que me importa. Volvamos a la cruz. ¿Qué vimos allí? Un amor extremo. No hay nada más atractivo y más bello que eso. ¿Pero es un amor extremo y extinguido? ¿Un amor apagado por la muerte? ¿Un amor muerto? No, un amor vivo y eterno. La resurrección hace de la cruz un amor eterno. El que nos ama hasta la muerte vive para siempre. Y al final es lo único que a mí me importa: que mi Señor vive, el que me amó vive. Bueno…, y otra cosa que se sigue de esta: que el que me amó con un amor más fuerte que la muerte, me recogerá a mí de la muerte y no dejará que mi pequeño amor se pierda en la nada, que me tomará y que me llevará con él. No deja que se pierda el imperfecto amor de Pedro y no dejará que se pierda mi pobre amor, tan lleno de debilidades y miserias. Y, aunque cuando llegue la hora, me deje morder por el dolor, él, el Señor, me recogerá. No permitirá que mi pequeño amor se muera.
¿Qué nos queda, sino amar, morir y vivir con Cristo? Amemos a quien nos amó y vive. Y aspiremos a morir y a vivir con él. Con las palabras de san Pablo: «buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios».
«Caminaba delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén» (Lc 19,28)
En el domingo de Ramos nos unimos a los discípulos que acompañan al Señor. Tenemos la idea de que es la población de Jerusalén la que aclama a Jesús, pero son sus discípulos los que le aclaman entusiasmados, que en este momento son muchos y le vienen acompañando durante muchas jornadas, peregrinando para la Pascua. La última gran parada antes de llegar a Jerusalén, ha sido Jericó. Allí Jesús ha curado a un ciego que le aclamaba como el hijo de David, como el Mesías. Y con el milagro, se ha exacerbado el entusiasmo de sus discípulos. Tienen la certeza de que en esta Pascua su Jesús será proclamado Mesías, esto es, Rey, como el rey David, o como Salomón. De hecho, que Jesús entre sentado en un pollino nos recuerda cómo entró Salomón para ser coronado, también en Jerusalén, así lo narra el libro de los Reyes. También el profeta Zacarías había anunciado que el Mesías Rey entraría en la Ciudad santa sobre un asno joven, no montado antes. Y los ramos de olivo recuerdan aquellos que usaban cada año en la fiesta de las Tiendas para pedir y anticipar simbólicamente la venida del Mesías. Ahora, sus discípulos ya no piden ni anticipan en símbolos, lo reconocen presente: “Este es el Rey de Israel”, el hijo de David. Y mientras alfombran el camino con sus mantos, cantan los salmos previstos para recibir la comitiva real en la entrada del templo: «¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas».
Nosotros, discípulos de Cristo, nos unimos a los discípulos de todos los tiempos y repetimos el mismo canto:«¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas». Tenemos que entender bien qué significa eso para nosotros.
Vamos a Jesús. Nunca iba Jesús así a las ciudades a lomos de un borrico, pero esta vez es él quien manda a sus discípulos a buscar el pollino en el que ha de montar y les dice cómo han de responder al dueño del animal, cuando les pregunte qué hacen: «El Señor lo necesita». Es una proclamación de realeza, y debe entrar sobre sus lomos para que los que esperan el cumplimiento de las promesas divinas puedan reconocerlo. Cuando llega a Jerusalén, los que se oponen a él le exigen que silencie a quienes lo aclaman como Rey: «Reprende a tus discípulos». Es decir: reconoce ante ellos que tú no eres el Mesías Rey, ¡y que callen! Pero, ¿qué les responde Jesús? «Si estos callan, gritarán las piedras». Es una rotunda forma de decir: «Soy el Mesías Rey y ellos deben proclamarlo». Más aún, toma esas palabras, «si estos callan, gritarán las piedras», del profeta Habacuc, que denuncia y decreta la ruina de los que se han hecho dueños de lo que no les pertenece. Los que quieren ocupar el lugar de Dios y ser dueños de sí mismos, nunca reconocen al Mesías. Así pues, sí, también Jesús, cuando llega al Monte de los Olivos y contempla el lugar santo y se dispone a bajar el valle y luego subir la ladera hasta atravesar los muros de la ciudad, también él vive este momento como Rey que toma posesión de su reino. Sin embargo, mientras que sus discípulos lo viven con una especie de entusiasmo ciego, él lo vive con la gravedad de quien sabe que el título de rey colgará de la cruz donde ha de morir, con una inteligencia clarísima de lo que le espera. Los discípulos aman a su maestro —aunque su amor sea pobre y endeble— no saben lo que ocurrirá y van alegres. Jesús avanza con un amor firme que le lleva, con otra alegría, al sacrificio por aquellos a los que ama.
Vengamos sobre nosotros mismos. El domingo de Ramos nos enseña a seguir a Jesús hasta su pasión y muerte. En un momento de la pasión le pregunta Pilato: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Pilato es el representante del gran poder de este mundo, Roma. Este es el ídolo de nuestro tiempo, el falso dios al que sirve nuestro tiempo, el ídolo al que quizá también nosotros sirvamos. Creemos que el poder está por encima de la verdad y ¡no nos importa la verdad! ¿A quién le importa si existe o no existe Dios? ¿Si existe la vida eterna y el infierno para los hombres? ¿Si tenemos un alma inmortal? ¿Si hay un camino para salvar el alma o un camino para perderla? Indiferentes a la verdad y tolerantes con la mentira.
No buscamos lo bueno y lo verdadero, solo nuestros deseos y caprichos. Nuestros deseos son nuestra ley y nuestro poder es nuestro Dios. Queremos decidir si somos varones o mujeres; si dejamos vivir o matamos en el vientre materno a los hijos que engendramos; así que nos damos leyes a nosotros mismos, contrarias a la ley de Dios, que nos permiten hacer lo que queramos. ¿Qué más nos da lo que realmente sea el aborto? ¿Qué más nos da si es o no un crimen? Decidimos que el mal está bien, lo aprobamos en el parlamento y lo hacemos ley. Nos casamos y hacemos un voto público de fidelidad para toda la vida, pero luego nos enamoramos de otro y, como nuestros deseos son ley, rompemos los votos, adulteramos, destrozamos a nuestro cónyuge y a nuestros hijos. Esta es nuestra verdadera religión, no el cristianismo, sino poder hacer lo que nos dé la gana, ser nuestros propios dueños, ser reyes y dioses de nosotros mismos. Nuestros deseos son nuestra ley y nuestro dios es el poder. Pilato, que representa el poder, le pregunta a Jesús: ¿tú eres Rey? La respuesta de Jesús: Tú lo dices, soy Rey.
Pero, ¡qué distinto! Es un rey sometido por amor al amor de Dios, su Padre, que ha dispuesto su muerte para salvar al hombre. Amor filial. Y un rey sometido por amor al hombre, al que quiere salvar con su sacrificio. Cristo nos muestra que el verdadero poder no es ese que idolatramos, sino el de la obediencia a la verdad y el bien. Jesús nos muestra que el verdadero poder está en la obediencia filial a la ley eterna de Dios. Este es el verdadero poder que nos abre el camino de la vida divina. Caminando hasta la cruz no hace sino llevar a su perfección la ley: el amor a Dios, su Padre, y el amor a los hombres, los dos preceptos que condensan la ley divina y eterna.
Al iniciar la entrada solemne hemos escuchado que Jesús caminaba delante de sus discípulos subiendo a Jerusalén. Sí, él va delante de los suyos. Este mínimo detalle nos dice lo que es la vida cristiana. Él va delante como Pastor que conduce a los suyos por los caminos de esta vida hasta la vida de Dios, nuestra meta. Va delante como Rey para afrontar, el primero, las heridas de la batalla y vencer con sus heridas. Va delante como profeta mostrando la verdad de Dios y del camino que lleva a él. Va delante como Sacerdote que ofrece el sacrificio de sí mismo en el altar de la cruz. Nosotros vamos detrás de él y con él. Él nos ha llamado a compartir su vida.
La pregunta es si nosotros le seguiremos. Si lo tomaremos como rey, de veras. Dijo un día como hoy el papa Benedicto XVI: «Reconocerlo como rey significa aceptarlo como aquel que nos indica el camino, aquel del que nos fiamos y al que seguimos. Significa aceptar día a día su palabra como criterio válido para nuestra vida. Significa ver en él la autoridad a la que nos sometemos. Nos sometemos a él, porque su autoridad es la autoridad de la verdad». Yo me pondría de rodillas para suplicaros que entréis dentro de vosotros mismos, en vuestra conciencia, donde solo Dios ve, y que os preguntéis allí si Cristo, el que os ha amado hasta la muerte, el que os ama porque está vivo, es vuestro Rey, si queréis que lo sea. Preguntaos si, en contra del espíritu de nuestra época, queréis renunciar a ser vuestros propios dioses, si renunciáis a la idolatría del poder, para seguirlo a él.
Hermano Rafael (VI). D. Juan Antonio Martínez Camino
Ejercicio de los Sábados
El Obispo Auxiliar de Madrid, D. Juan Antonio Martínez Camino, ofreció la sexta conferencia sobre el Hermano Rafael, San Rafal Arnaiz Barón. Es la sexta y última conferencia sobre este santo.
«Mirad que realizo algo nuevo». Las palabras que Dios nos dirige hoy se abren con esta llamada de atención: «Mirad que realizo algo nuevo». Algo distinto a todas las maravillas que hice al crear el mundo y de todas las que hice para salvar a Israel de la esclavitud. Eso nuevo se esconde en la escena de la mujer adúltera indultada por Jesús.
Queridos hermanos, este es un pasaje muy conocido, pero solemos hacernos una idea un tanto superficial de él, en la que se difumina la novedad que Dios anunciaba. Por eso, debemos mirarlo con atención.
Jesús está enseñando en el templo de Jerusalén, rodeado de un gran número de gente. Los escribas y fariseos le traen una mujer sorprendida en flagrante adulterio. Incluso en nuestra época licenciosa entendemos que el adulterio tiene algo de traición grave, con la que se ofende al cónyuge y se hiere a los posibles hijos. Pero, además, ofende a Dios. Es tan grave que la ley de Moisés mandaba dar muerte a las que adulterasen. La Tradición de la Iglesia distingue entre la ley dada expresamente por Dios en el Decálogo, una ley eterna y universal, que Cristo no abrogó, sino que llevó a plenitud; y los mandatos de Moisés, que fueron abrogados por la Nueva Alianza[1]. Cristo abrogó el castigo con el que la ley de Moisés castigaba el adulterio de las mujeres, pero mantuvo la gravedad del adulterio y llevó hasta su raíz el mandamiento que prohíbe adulterar: «Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pues yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón». Lo mismo hizo con los otros pecados contra la Ley de Dios. Cuando atentamos contra alguno de los mandamientos de la Ley de Dios «con pleno conocimiento y consentimiento deliberado»[2] cometemos un pecado mortal; mortal no porque seamos castigados con la muerte, sino porque rompe la comunión con Dios y nos lleva a la «pena eterna»[3], que es una forma de muerte sin fin. Y como una especie de fatídico anuncio, estos pecados dejan un rastro de muerte alrededor, en la tristeza y el dolor de los hijos, o de los esposos, o de las esposas… Digo todo esto para que no nos centremos solo en la hipocresía de los fariseos y escribas, sino que entendamos que el pecado de la mujer era realmente grave.
Así pues, los escribas y fariseos llevan hasta Jesús a aquella mujer que han sorprendido cometiendo adulterio. Y le dicen: «La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». El evangelista añade: «Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo». El centro de atención de escribas y fariseos no era la mujer, sino Jesús; buscaban algo con lo que acusarlo y darle muerte a él. Pero, ¿en qué consistía la trampa? La respuesta no es del todo segura, pero lo más probable es lo siguiente. Roma permitía que el Sanhedrín, el consejo de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas más importantes, gobernase la vida de Israel, según la ley de Moisés, pero no le permitía dictar y ejecutar sentencias de muerte. Acordaos cuando en la Pasión, los del Sanhedrín llevan a Jesús ante Pilato. Pilato, molesto, les dice: «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra ley». Pero los del Sanhedrín le responden: «A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie» (Jn 18,31). Efectivamente, no podían dictar una sentencia a muerte, porque Roma les había privado de esa capacidad. Hacerlo significaba un enfrentamiento directo con Roma. Y eso es lo que buscan con la adúltera. La llevan ante Jesús para ponerlo ante un dilema: o sigue la Ley de Moisés, dicta la sentencia de muerte de la mujer y así puede ser acusado ante el gobernador romano; o no lo hace y puede ser acusado ante el pueblo de no seguir la ley de Moisés, por lo tanto, de no ser un verdadero profeta[4].
El paso siguiente de la escena tiene también un cierto misterio. Ante la pregunta de los judíos, Jesús se inclina y se pone a escribir con el dedo en el suelo. Ha habido muchas hipótesis sobre lo que Jesús escribía o garabateaba en el suelo. Una, por ejemplo, dice que Jesús iba escribiendo los pecados escondidos de los acusadores, dejándoles desarmados. No tenemos seguridad. Pero Benedicto XVI[5], siguiendo a san Agustín, dice que Jesús, escribiendo, recuerda el dedo de Dios escribiendo el Decálogo sobre las tablas de piedra, y se muestra él mismo como el Señor de la ley. Y así, como legislador divino se yergue y dice: «Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra». Y vuelve a inclinarse para escribir en el suelo. Entonces, empezando por los más viejos, «envejecidos en días y en crímenes» (Dn 13,52), todos se fueron escabullendo.
No queda nadie alrededor de la mujer, ninguno de sus acusadores. Jesús se incorpora. Solo quedan la adúltera y él, miseria y misericordia[6]. La mujer no ha pedido perdón, el evangelista no nos dice que tuviese gesto alguno de arrepentimiento por el pecado, ni que expresase voluntad de no volver a caer. Ella representa sencillamente el pecado, la miseria del hombre. Es justo aquí donde brilla con más claridad que el perdón otorgado por Cristo es un don gratuito que no merecemos de ninguna manera. A esta mujer Jesús no la excusa, ni la propone como ejemplo de arrepentimiento y de amor a él, ni elogia su fe, cosas todas que había hecho en otra ocasión con una prostituta en la casa de un fariseo (Cf.: Lc 7,39-50). Nada tiene la mujer que la pueda salvar, es pura miseria, delante de Cristo, pura misericordia.
Y es aquí donde tenemos que ir al fondo de la escena del Evangelio. ¿En qué consiste esa misericordia? No sencillamente en decir: venga, yo miro para otro lado y hago que no es pecado grave y mortal lo que realmente sí lo es. La misericordia de Cristo consiste en un amor tal que lo lleva a ocupar el puesto de la adúltera en la muerte. El próximo domingo leeremos la Pasión y la muerte de Cristo, porque Cristo ha querido ocupar el lugar de esta mujer y nuestro lugar, derramando en su muerte un amor que es capaz de liberarnos del pecado. Si miramos bien, en la carne de Cristo, en su humanidad crucificada, contemplaremos nuestra propia carne[7]: Dios ocupando nuestro lugar en el castigo, Dios muriendo por la criatura que lo ofende. Esto es lo realmente nuevo anunciado por medio del profeta Isaías: «Mirad que realizo algo nuevo». Y esta misericordia y este amor —que no son la misma cosa— son una llamada a nuestra alma indultada de la muerte y librada del pecado: «Ve, y en adelante no peques más».
Nadie como san Pablo entendió esta llamada de Cristo amante y crucificado. Por eso dice —y así podemos resumir la segunda lectura— que todo le parece basura comparado con la unión con Cristo; y que solo quiere correr hacia la cruz, es decir, devolver amor por amor, hasta participar de la misma cruz donde él ha sido perdonado, amado y llamado.
Cristo, el inocente, muere por mí, derrama su amor, su amor me libera de la servidumbre de mis pecados, y me llama a una vida nueva: «Ve y no peques más». No podemos quedarnos en decir lo indulgente que era Jesús en comparación con los escribas y fariseos, debemos entender que su misericordia sangra en la cruz, y muere, que su misericordia ama, que con su amor recrea y llama a nuestra libertad: «Ve y no peques más».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
[1] Cf. SAN IRENEO DE LIÓN, Contra los herejes 4,16,2-5 —En el Oficio de Lecturas del viernes de la II Semana de Cuaresma
[4] Es un dilema muy similar al que le plantean a propósito del tributo al César. Cf.: Mc 12,13-17
[5] Cf.: BENEDICTO XVI, Ángelus 21.III.2010. Cf.: SAN AGUSTÍN, Comentario al Evangelio de Juan, 33, 5
[6] SAN AGUSTÍN: «Relicti sunt duo, misera et misericordia» (In Jo., XXXIII,5; PL 35,1650).
[7] Cf.: SAN LEÓN MAGNO, De passione Domini, 3-4: PL 54, 366-367: «El verdadero venerador de la pasión del Señor tiene que contemplar de tal manera, con la mirada del corazón, a Jesús crucificado, que reconozca en él su propia carne».