JUICIO ANTICIPADO: INFIERNO O GLORIA
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo XXVI
XXVI Dom. C – 28-IX-2025
«Bienaventurados los pobres …
¡Ay de vosotros, los ricos!» (Lc 6,20.24)
Queridos hermanos:
Hoy tenemos que enfrentarnos con el Evangelio como el que se enfrenta con un juicio anticipado de su vida. Es la forma de que este texto sea saludable para nuestra alma. Es como si Jesús pintase ante nosotros un gran cuadro con dos figuras en fuerte contraste, una junto a la otra. La primera: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día». Aquí se expresa lo que el mundo nos ofrece como vida idílica, vestir con lo mejor y comer cosas exquisitas: darse gusto. Este podría ser el lema de la mayoría: gozarse la vida. «¡Hombre, exageras! ¡La mayor parte no pasa una vida tan placentera!». Cierto, pero porque no puede, y por eso vive frustrado, a veces reconcomido por la envidia y la ira. Reconozcámoslo: gozar es nuestro objetivo inmediato cotidiano. Es decir, que el rico del evangelio somos un poco cada uno de nosotros, en mayor o menor medida.
Vamos a la segunda figura de este cuadro: Había también «un mendigo llamado Lázaro que estaba echado en su portal, cubierto de llagas, con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico». Es la imagen de un desgraciado. Está muy cerca del rico, «en su portal» y esto hace que el contraste entre ellos se vea mucho más: la vida disoluta de uno, el sufrimiento del otro. Se diría que hay una distancia insalvable entre ellos, pero la única distancia entre ellos es la indiferencia y la indolencia del rico. Los perros se acercan a lamerle las llagas, más compasivos que el rico. La compasión de los perros ayuda a entender la separación entre el rico y Lázaro: el rico, en su afán por darse gusto, ha endurecido tanto su alma que se ha vuelto más animal que los perros.
Si este hombre viniese por el confesionario, diría: «Con respeto al amor al prójimo, nada, padre. No hago daño a nadie. Yo vivo mi vida sin meterme con nadie. Dejo que la gente viva su vida como quiera y yo no hago mal a ninguno, ni hablo mal de nadie». No se daría cuenta de que la omisión puede ser un pecado contra la caridad tan grave como el homicidio. Su afán por darse gusto le ha hecho insensible para el bien, ha perdido su conciencia moral.
La parábola es una advertencia contra ese afán tan nuestro, tan de nuestros días, de darse gusto en todo: si somos ricos, ese afán puede llevarnos a una indiferencia homicida, como la que se ve en la parábola; si somos pobres, puede llevarnos a la amargura, al resentimiento, incluso al odio, también homicida. En la parábola, en ese cuadro que dibuja Jesús para que nos miremos en él, la falta de caridad del rico es un muro invisible pero muy real que lo aísla, y ¿sabéis en qué consiste el infierno? Precisamente en esto, en un aislamiento absoluto. A eso le conduce el deseo no moderado de darse gusto y la falta de caridad. Se da cuenta tarde, cuando llega la muerte, porque ella tira por tierra todo lo que es apariencia y muestra la verdad.
Eso es lo que vemos en la segunda parte de la parábola: con la muerte todo lo que es apariencia cae como el telón de un teatro, y detrás se ve lo que es para siempre: una vida de comunión o una soledad absoluta y total, el cielo o el infierno. La muerte pone todo patas arriba, todo lo pone del revés: Lázaro muere y son los ángeles los que le toman y le llevan al seno de Abraham, donde descansa y goza de la compañía de los justos, mientras que el rico es enterrado. Así se expresa lo distinta que es la muerte para el justo y para el injusto: los ángeles, que te toman; o la fría tierra que te sepulta. Lázaro está con Abraham y los justos del Antiguo Testamento, y el rico está en medio de los tormentos del infierno. Todo ha quedado al revés. Por otro lado, la separación que ya aparecía en la primera escena, la falta de caridad, ahora se ha convertido en una separación imposible de salvar: «Entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros». Por último, la nueva situación es para siempre. La primera escena representaba la vida de este mundo, y esa vida pasa. La segunda nos presenta lo que será para siempre: infierno o gloria. Ahora se entienden aquellas otras palabras de Jesús: «Bienaventurados los pobres […] ¡Ay de vosotros, los ricos!».
¿Es esto así, realmente? No parece que Jesús hable de broma, lo dice con una parábola sencilla, para que se nos grabe en la imaginación, pero no habla de broma: nuestro destino eterno está marcado por nuestro comportamiento en esta vida que pasa. Somos libres para amar y alcanzar al que es amor, y somos libres para construir un muro de falta de caridad, que nos aísla de quien nos ama y nos introduce en el infierno.
Pero la parábola tiene también otro mensaje: que Dios, justo, hace justicia al que sufre la injusticia de este mundo. Dios hace justicia a Lázaro. La justicia de Dios no es una losa que nos atenaza, es una esperanza: Dios nos hará justicia. Y sobre esto hay un detalle hermoso: el rico no recibe nombre, se habla simplemente de «el rico». Ya he dicho antes que, en mayor o menor medida, nos representa a todos. Sin embargo, el justo pobre sí tiene nombre, Lázaro, Eleazar, que significa «ayudado por Dios». Para el justo que sufre el pecado del mundo, la justica de Dios es la promesa de una ayuda definitiva y radical: la resurrección y la vida eterna, inaugurada por el primer Lázaro, Cristo, el primero que ha muerto por una falta de caridad homicida, la nuestra, y que ha sido rescatado de la fosa y ha sido glorificado por Dios, su Padre.
La parábola tiene una tercera parte, decisiva para nosotros. El rico le pide a Abraham que vaya Lázaro a avisar a sus hermanos para que no terminen también ellos en aquel lugar de tormento. Atendamos bien la respuesta que Jesús pone en boca de Abraham: «Tienen a Moisés y a los profetas. ¡Que los escuchen!». Moisés representa la ley: «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas las fuerzas […] y al prójimo como a ti mismo», una regla para vivir y alcanzar la vida de Dios. Y los profetas no hacen sino sacudir al pueblo, una y otra vez, para que no olvide esta regla de vida, como hemos escuchado hoy al profeta Amós: «¡Ay de aquellos que se sienten seguros en Sion […] y no se conmueven para nada por la ruina de la casa de José! [Es decir, el Pueblo de Dios]. Por eso irán al destierro, a la cabeza de los deportados, y se acabará la orgía de los disolutos».
Los pecados de omisión contra la caridad no son solo indiferencia ante las necesidades del cuerpo, también a las del alma. Al leer al profeta no podía sino acordarme de los que tenemos responsabilidad sobre otros: los reyes y los gobernantes sobre los pueblos; los padres sobre los hijos; los maestros sobre sus alumnos; los sacerdotes sobre los fieles; los obispos sobres los sacerdotes y sobre los fieles. Cuando estos se olvidan del bien que cada uno de ellos tiene el deber de custodiar para los otros y se encierran en sus propios intereses, en sus propios gustos, groseros o refinados, son como estos de los que habla Amós, que no se conmueven por la ruina de los hijos de Dios. Las palabras del profeta son tan terribles como infalibles: «Irán al destierro, a la cabeza de los deportados, y se acabará la orgía de los disolutos».
El juicio anticipado de la parábola pone ante nosotros infierno o gloria.
«Tienen a Moisés y a los profetas. ¡Que los escuchen!». Que sea nuestra norma de vida no el darnos gusto, sino la ley de Dios. Aprendamos del que ha encarnado la ley de Dios, su Hijo hecho hombre. Aprendamos de Cristo, que por caridad enseñó la verdad a todos, intentando corregir incluso a aquellos fariseos que lo detestaban. Aprendamos de él, que por caridad curó a los enfermos, perdonó a los que lloraban sus pecados y auxilió a los que sufrían. Aprendamos de él, que olvidándose de sí y de sus derechos, dio su vida para la salvación de todos los que le obedecen. No hay vida más bella que esta, y solo esta lleva hasta Dios. Salgamos de nosotros mismos para fijarnos en él, para unirnos a él, para caminar con él, para entregarnos con él. Al final, y para siempre, viviremos con él, en la comunión con los santos y con Dios.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
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Homilía del Domingo 28 de septiembre de 2025
XXVI TO ciclo C
en el Oratorio de San Felipe Neri de Alcalá de Henares
XXVI TO ciclo C
en el Oratorio de San Felipe Neri de Alcalá de Henares
LA MADRE DE JESÚS Y EL VINO BUENO
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- Escrito por P. Enrique Santayana c.O.
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NUESTRA SEÑORA DEL VAL
21-IX-2025
«No tienen vino» (Jn 2,3)
La Iglesia universal celebra hoy el domingo XXV del tiempo ordinario, pero en la ciudad de Alcalá celebramos la solemnidad de Nuestra Señora del Val, patrona de la ciudad. El evangelio nos enseña el verdadero sentido de la fiesta, de esta y de toda fiesta que sea realmente humana.
Jesús viene probablemente de Betania, no la ciudad de Lázaro y sus hermanas, cercana a Jerusalén, sino otra Betania, al Oriente del Jordán (Cf.: Jn 1,28, en la región de Perea), cuya localización ha sido descubierta no hace mucho tiempo. Tres días (Cf.: Jn 2,1) ha tardado en llegar desde allí, recorriendo unos 90 Km a pie, unas seis horas de marcha diarias. Él con los cinco primeros discípulos: Juan, Andrés, Simón (Pedro), Felipe y Natanael. Llegarían cansados a Caná.
La madre de Jesús —así es llamada siempre María por san Juan— ya estaba allí. Debían de ser las bodas de algún pariente o amigo cercano, para que fuera desde Nazaret, a unos diez kilómetros, e invitasen también a Jesús. No es difícil imaginar que María llegó allí y se puso a trabajar en lo necesario para la fiesta nupcial, que duraría varios días, como era habitual. Había ido corriendo bastante más lejos después del anuncio del ángel para ayudar a Isabel en el parto, ahora se comportaría de manera semejante, movida por una caridad solícita y servicial. Eso encaja con el hecho de que María se diese cuenta enseguida de que se acababa el vino: se percató de que faltaba el vino, porque estaba afanada en el servicio. La madre de Jesús se mueve por una caridad solícita.
A Jesús también le habían invitado y fue, porque no es una especie de hombre extraño que huya de sus familiares, de los hombres en general, y de sus cosas, de algo tan bueno como el matrimonio, por ejemplo. Pero seguramente fue también con el deseo de ver a su Madre. Es posible que fuese la primera vez que tenía oportunidad de verla desde que salió de Nazaret para empezar a predicar. Desde entonces había viajado al sur para encontrarse con Juan Bautista y ser bautizado, había pasado 40 días de oración y ayuno en el desierto, siendo tentado por Satanás. Había llamado a los primeros cinco discípulos… Querría también presentárselos a su madre, «para que ella recibiese en su corazón inmaculado a sus discípulos, para confiarle sus almas y su fe, aún inmadura»[1].
San Juan, el evangelista, no se para en narrar el encuentro y las presentaciones. Va enseguida a lo importante: María se da cuenta de que se acaba el vino y se dirige a su hijo: «No tienen vino». La caridad solícita de María se convierte enseguida en oración dirigida a su hijo. No necesita muchas palabras para hacerse entender por Jesús, tienen desde el principio una íntima unión: el vínculo natural entre madre e hijo en ellos es un vínculo mucho más perfecto. Y la respuesta que da Jesús a su madre nos centra en ese vínculo. La traducción que hemos escuchado decía: «Mujer, ¿qué tengo que ver yo contigo? Todavía no ha llegado mi hora». Pero me temo que es una mala traducción, porque ya interpreta el texto griego en una dirección que nos despista, como si Jesús quisiera marcar distancia con su madre. El texto griego dice más literalmente: «Mujer, ¿qué [hay] entre tú y yo? Todavía no ha llegado mi hora».
Antes he dicho que el evangelio de san Juan se refiere siempre a María como «la madre de Jesús». Pero Jesús la llama «mujer». Esto tiene un significado, porque un hijo no llama a su madre de forma natural «mujer». Al hacerlo así, Jesús situaba a María en el plan de Dios, por el cual él, Redentor del mundo, va a ser el principio de una nueva creación, el Nuevo Adán, y su Madre, junto a él, la Nueva Eva, madre de todos los creyentes, nuestra madre, Madre de la Iglesia. De forma que la maternidad de María con respecto a Jesús es también la maternidad espiritual de toda la progenie de su Hijo. Y ese es el vínculo al que Jesús apela, cuando le dice a su madre: ¿qué hay entre tú y yo? Como decirla: tú y yo estamos unidos por una misión y el momento de cumplirla no ha llegado.
Esto se entiende si nos referimos al momento clave de la vida de Jesús. ¿Sabéis cómo llama Jesús a ese momento en el evangelio de san Juan? «Mi hora». Y esa hora es su entrega en la cruz. Allí, en la cruz, Jesús llama a María para hacerla partícipe de su obra redentora: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Esa obra redentora en la cual, desde la cruz vierte su amor para transformar el corazón del hombre y desposarlo con él. Esa obra redentora por la cual el vino «que alegra el corazón del hombre», es decir, el amor divino, se vierte en el corazón de los que creen en él.
Así pues: «¿qué hay entre tú y yo, Mujer?» no es una forma de marcar distancia con su madre, sino la forma de apelar al vínculo que le une a él, el Redentor del mundo, con la que ha de ser la Madre de la Iglesia y, si lo queremos reconocer, la Corredentora. Y aún no ha llegado el momento en el que él haga brotar de su costado el vino nuevo de la gracia divina, del amor que lava, purifica y eleva la condición del que cree: «Todavía no ha llegado mi hora».
Pero como Jesús no puede no atender el ruego de su Madre, lo va a hacer signo de lo que ocurrirá en la cruz: cuando vierta el vino de su amor sobre el corazón de los que creen en él. Y así se entiende perfectamente todo lo que pasa a continuación: la madre no es ni se siente desplazada, sino que asume su lugar, junto a su Hijo, como la Señora de la casa, que ordena para dispensar el vino bueno a los invitados de su Hijo: «Haced lo que él os diga». Las tinajas de piedra, un número cuantioso, que habían servido el agua para los ritos judíos de purificación, estaban ya vacías. Jesús manda llenarlas de agua y llevarlas al mayordomo. El mayordomo, que no sabía nada de todo lo que había pasado, prueba lo que le llevan. Es vino. Y se extraña porque no era normal guardar el vino mejor para el final. Efectivamente, él no sabía lo que ahora nosotros sabemos: que el vino bueno es el que nos da Cristo, y que María nos proporciona, solícita, al ver que a nosotros nos falta la gracia de Dios.
El Evangelio nos hace entender que la alegría del corazón del hombre no viene de nada que no sea Cristo y su hora, su entrega en la cruz, a la que nos hacemos presente por la Eucaristía. Nuestros conciudadanos desconocen esto. Saben que van al concierto por la fiesta de la Virgen, pero para la mayoría el vínculo que nos une con el Redentor y su Madre, con su hora, con la cruz, se ha roto. Nuestro mundo, y en gran medida también nosotros, ya no entiende que aquellos motivos por los cuales el hombre ha hecho siempre fiesta, una boda, el nacimiento de un hijo, o cosas similares, pierde sentido si se aleja de aquel que nos da el vino bueno, el mejor vino. Y cuando eso ocurre, la fiesta, buena por las cosas buenas de la vida, degenera en ruido, en sinsentido, en suciedad, y, las más de las veces, en mal gusto, pecado y perversión.
María no dijo a aquellos novios que no celebrasen su amor humano. No dijo a los demás que no celebrasen el amor de los novios. Pero con su súplica, «no tienen vino», nos enseñó que el verdadero vino que alegra cualquier momento de la vida del hombre, que da sentido al gozo y al sufrimiento, al trabajo y a la fiesta, es el vino que se vierte del corazón de su Hijo, el que ella custodia, el vino de la Eucaristía.
Acudamos así a María. Escuchemos a Cristo: «Ahí tienes a tu Madre».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía en la Fiesta de NUESTRA SEÑORA DEL VAL, patrona de Alcalá.
En el Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
Domingo 20 de septiembre de 2025
En el Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
Domingo 20 de septiembre de 2025
[1] DOLINDO RUOTOLO, I Quattro Vangeli, (Casa Mariana Editrice, Frigento 2019) 1679.
EXALTACIÓN DE LA CRUZ
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Festivos y solemnidades
Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz
14-IX-2025
«Dios lo exaltó y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre» (Flp 2,9)
Queridos todos:
Quiero llamar vuestra atención sobre unas palabras de san Pablo que hemos escuchado en la segunda lectura:«Dios lo exaltó y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre». Está hablando del Hijo eterno de Dios: de cómo se despojó de su gloria eterna para hacerse hombre; de cómo siendo hombre verdadero se hizo siervo y esclavo de todos cargando con aquel peso que a todos nos destruía, el pecado; y que eso lo hizo en obediencia a su Padre eterno, al plan que su Padre eterno había trazado para salvarnos. Está hablando san Pablo de cómo por este camino de vaciamiento llegó hasta la muerte, a la muerte terrible y humillante de la cruz: «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz».
Y es aquí, donde dice: «Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre». Dios vio a su Hijo amado, que había llevado la humanidad tomada de María a la perfección de la obediencia a él, a la perfección de su condición de hijo, a la perfección del amor, del amor a Dios y del amor a sus hermanos. Y al ver eso, vio al primer hombre que se hacía digno del amor divino, al hombre que justificaba toda la creación, al hombre en el cual Él se podía complacer. Bajo el peso del pecado de todos los hombres, asumido libremente por amor, y bajo la mancha del pecado de todos los hombres, que Jesús hizo suya por amor, el Padre eterno vio al hombre perfecto, vio la humanidad llevada a su perfección en la humildad, en la obediencia, en la caridad, en el amor… Vio al hombre perfecto y lo exaltó: «Lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre».
Cuando Jesús salió de las aguas bautismales del Jordán, que anunciaban su muerte, Dios había mostrado su complacencia, su orgullo, no solo en su Hijo Eterno, sino en la obra que ese Hijo comenzaba y que concluiría en la cruz: «Este es mi Hijo, el amado» (Mt 3,17). Cuando en el Tabor, mostró la luz de su ser divino que se ocultaba bajo el peso del pecado de todos los hombres, y enseñaba a los tres Apóstoles que debía ir a Jerusalén para padecer allí, su Padre eterno vuelve a mostrar su complacencia: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco, escuchadlo» (Mt 17,5). Y cuando Jesús ya ha llevado, en la cruz, el amor hasta el final y ha muerto, el Padre infunde su Espíritu en la humanidad destruida por el pecado, lo vivifica, y a este Hijo suyo eterno, Dios de Dios desde toda la eternidad, pero ahora con esa humanidad que ha tomado como suya para siempre, a cuyo destino se ha unido para siempre, le exalta resucitado, y lo hace Señor de todo: «Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre».
La cruz, instrumento de la muerte de los siervos que han cometido delitos infames, símbolo de la humillación y del castigo por el delito, ha sido convertida por Jesús en un instrumento de amor filial y de amor al hombre. Y con la resurrección la ha convertido en símbolo de su victoria, de la victoria de su amor por su Padre y de su amor por nosotros, símbolo de su exaltación. Hablamos de la exaltación no de cualquier cruz, sino de la cruz de Cristo, donde se muestra su amor por los hombres y su amor a Dios, un amor que ha vencido la muerte. En esa Cruz brilla el amor de Cristo por nosotros, del Hijo hecho hombre, y también el amor del Padre Eterno: «Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna».
«Todo el que cree en Él». Nosotros creemos en Él. Con todas nuestras debilidades, con toda la pobreza de nuestra alma y de nuestro cuerpo, creemos en Él. Creemos que el crucificado es el Hijo de Dios que muere por amor nuestro. Creemos que en la cruz ocupa voluntariamente nuestro lugar. Creemos que en la cruz él muere por cada uno, que por cada uno lleva el pecado, que por cada uno ofrece a su Padre la ofrenda de su amor perfecto. Sí, creemos que él nos ama a cada uno con un amor exclusivo y único. Creemos que en la cruz él se nos entrega y que esa entrega permanece en la Eucaristía, hasta que podamos abrazarnos a él en el cielo.
Creemos que este amor suyo por nosotros es inmerecido, que no hay nada con qué pagar tanto amor. Creemos, con san Pablo, que este amor suyo es nuestra verdadera gloria: «yo no he de gloriarme, sino en la cruz de mi Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gal 6,14), porque nada hay comparable a este amor del Hijo de Dios hecho hombre, de Jesús, «que me amó y se entregó por mí» (Gal 2,16). Este amor es nuestra verdadera gloria, el amor que nos perdona, el amor que nos salva de nosotros mismos, el amor que no acaba, que rompe los límites del pecado y de la muerte, el amor inmortal.
Ante todos los miedos, nosotros nos abrazamos a esta cruz que nos habla del amor de Cristo y que nos da la vida eterna. Ante todas las dudas, nos abrazamos a esta cruz que nos da la certeza del amor de Dios. Ante todos los fracasos, nos abrazamos a esta cruz, a Cristo crucificado, que nos da la victoria. Ante la oscuridad que trae al alma nuestros propios pecados, nos abrazamos a esta cruz que destila el perdón del corazón de Cristo. Ante todas las mentiras de este mundo, nos abrazamos a esta cruz que nos enseña el amor verdadero, que nos enseña a ser hombres y el camino de la vida dichosa.
Jesús, tú te has entregado a nosotros en esta cruz. Y nosotros queremos entregarnos a ti. Tú has dicho: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). ¡Atráenos siempre hacia ti, Señor!
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
Enrique Santayana C.O.
Homilía del domingo 14 de septiembre de 2025, fiesta de la Santa Cruz
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares, Madrid
Oratorio de San Felipe Neri, Alcalá de Henares, Madrid
LA PRIMACÍA DE CRISTO
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- Escrito por P. Enrique Santayana C.O.
- Categoría: Domingo XXIII
XXIII Dom. C – 7-IX-2025
«Así se enderezaron las sendas de los terrestres» (Sb 9,18)
Queridos todos, después de los meses de julio y agosto, me alegro de volver a celebrar con vosotros la Misa del domingo.
¿Recordáis las últimas palabras del evangelio del domingo pasado? Os las recuerdo: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos». Es lo que hace el Señor con nosotros cada domingo. Al que es limpio, le disgusta juntarse con quien va sucio y huele mal; al que es inteligente e instruido, no le suele gustar perder el tiempo con quien es ignorante y tiene pocas luces, se aburre con él; al honrado, le asquea la compañía de mentirosos y ladrones; al virtuoso, le repele el vicioso… Así es el movimiento natural del corazón. Pensad, ahora, en el sentimiento de Dios hacia nosotros: no siempre sinceros, no siempre puros, no siempre justos. Al contrario: muchas veces embusteros o simuladores; a veces impuros, llevados de pensamientos y deseos vergonzosos; a veces desleales con el amigo o con la esposa; a veces egoístas y desagradecidos con los padres; a veces avaros y tacaños; a veces, insensibles al dolor de los otros, fríos e indiferentes; a veces duros en nuestros juicios con las debilidades de los demás, a pesar de que nosotros caigamos con frecuencia en sus mismos pecados; a veces tramposos; a veces iracundos con los débiles y cobardes con los poderosos; muchas veces perezosos o incapaces de controlar lo que comemos o lo que bebemos… ¡Y sobre todo el orgullo y la soberbia que nos hacen insufribles y odiosos! ¿Creéis que es plato de gusto para el que es santo entre los santos, puro, sabio, justo… convivir con nosotros? No, y hecho hombre, en su sensibilidad humanidad se levantaría una tormenta de sentimientos contrarios a nuestra compañía, tormenta de sentimientos contarios a nosotros que su libertad negó y contrarió con el movimiento opusto: el del amor, el de la misericordia que se entrega a lo miserable. Esto ocurre cada domingo, cuando él, verdadero hombre, resucitado, vivo, nos llama y nos ve acercarnos, «pobres, lisiados, cojos y ciegos», en el alma, moralmente. Y hace un acto de voluntad, un acto libre con el que decide amarnos y hablarnos de lo íntimo de sí, y darnos su propia persona como alimento.
San Pablo expresa de otra forma la misma realidad, teniendo a la vista a Cristo crucificado: «Cuando éramos enemigos suyos, él nos amó». Y podríamos decir que nuestros pecados, en la medida en que permanecen en nosotros, siguen haciéndonos, en cierto sentido, enemigos de Cristo. Y diré, sin ninguna duda, que Jesús, sigue reiterando, o actualizando, cada domingo ese acto libre de su voluntad, por el cual nos convierte en sus amigos y se nos da: la decisión de amarnos.
No es de extrañar que quien ama así, quien nos ha dado la primacía en su vida, quien nos ha amado más que a sí mismo, y ha cargado con nuestros pecados desde el pesebre hasta la cruz, se vuelva hacia nosotros y nos exija, con toda rotundidad, tener la primacía en nuestro corazón y en nuestra vida, la total primacía, y seguirlo en su amor. Eso es lo que aparece en el evangelio de hoy: Jesús ve una gran multitud que lo sigue y quiere, necesita, ser claro: su amor no es un sentimiento que va y viene, es una decisión por la que ordena toda su vida a la cruz, como acto extremo y final de amor con el que decide salvarnos. Y eso requiere de nosotros no un mero sentimiento de emoción o de agradecimiento, sino la decisión consciente, ponderada, de hacer de Cristo nuestro verdadero Señor: «Mucha gente acompañaba a Jesús. Él se volvió y les dijo: “Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío”».
Hay que pensarlo, hay que calcularlo, como el que quiere construir una torre y antes echa cálculos, como el que quiere emprender una guerra y antes tiene que valorar si va a poder vencer. Debemos valorar bien a Cristo y su amor, y entender que su amor exige nuestro amor, que él concreta en tres cosas: 1) amarlo a él más que a nadie y más que la vida misma; 2) llevar la propia cruz y seguirlo; y 3) renunciar a todas las posesiones.
Cada uno de nosotros ha de entender y vivir estas exigencias según su propia vocación, porque no quiere el Señor que todos seamos cartujos o carmelitas descalzas, o todos misioneros itinerantes como san Pablo, no. Lo que exige su amor es que lo ordenemos todo no a nosotros —que es lo que solemos hacer—, ni a ninguna otra criatura, sino a él.
¿Es esto un capricho? No, es que el amor pide amor, y no se contenta sino con el amor y solo puede pagarse con amor y solo puede llegar al fin al que tiende si es correspondido con un amor semejante. Pero hay algo más. Os preguntaba si esta exigencia de Cristo es un capricho. No lo es, porque solo en poseerlo a él por el amor el corazón del hombre descansa. Él, solo él, solo Cristo derrama gozo y plenitud en el corazón del hombre. Solo él es nuestro bien. Esta es la sabiduría desconocida en la antigüedad y por la que clamaba la primera lectura, aquello que los judíos justos anteriores a Cristo aún desconocían: que nuestro corazón está hecho para el Hijo de Dios, que habría de hacerse hombre y morir en la cruz. Este es el conocimiento que endereza nuestros caminos en la tierra hasta la vida verdadera.
«Grande eres, Señor […] y nos has hecho para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
Homilía del domingo 7 de septiembre de 2025, XXIII del TO, ciclo C
En la iglesia del Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
Madrid
En la iglesia del Oratorio de San Felipe Neri, de Alcalá de Henares
Madrid
MIRAR AL CIELO
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- Escrito por P. Enrique Santayana Lozano C.O.
- Categoría: Ascensión
La Ascensión del Señor
1 de junio, 2025
«Miraban fijos al cielo» (Hch 1,10)
Celebramos la Ascensión del Señor a los cielos, que es una de las verdades de la fe transmitida por los Apóstoles. Así en el Credo, después de la resurrección de Cristo, confesamos: «subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso».
El libro de los Hechos de los Apóstoles nos dice que vieron elevarse a Cristo hasta que una nube se lo quitó de la vista. Este subir en el espacio es el signo visible de un subir más real: adentrarse en Dios. Decimos “subir” porque no tenemos mejor forma de expresar este acrecentamiento del ser que significa pasar de este mundo creado a Dios, increado, eterno, que no está arriba, ni abajo, ni a derecha ni a izquierda, sino que lo llena todo y lo invade todo y está todo entero en todas partes sin confundirse con nada y es más alto, más perfecto, que todo lo que nosotros podemos ver, imaginar o concebir. Subir a los cielos significa adentrarse en Dios, en una vida que para nosotros es un misterio insondable, de la que sabemos lo que el Hijo nos ha revelado: que es una comunión trinitaria de amor. El Hijo de Dios vuelve a su Padre, pero no como había salido cuando bajó del cielo para hacerse hombre. Vuelve con su humanidad: con su cuerpo humano levantado del sepulcro, con su alma humana rescatada del sheol, con su corazón humano y con todo lo que él ama, con su Madre en el corazón, con Pedro, con Santiago, con Juan y con cada uno de aquellos por los que se entregó en la cruz. Es decir: asciende con esta naturaleza humana con la que se ha hecho hermano nuestro, y con nosotros en el corazón, en su voluntad amorosa. Así subió a los cielos. Y Dios le sentó a su derecha: le dio, como hombre victorioso, lo que ya tenía antes de la creación como Hijo eterno: ser Señor de todo.
La nube les quitó de la vista a Jesús. En todo el Antiguo Testamento la nube esconde el misterio de Dios que el hombre no puede penetrar. Conforme a ese significado de la nube, Jesús se adentró en ese misterio de Dios, que nuestra mirada no puede penetrar, que nuestra inteligencia no puede dominar. Y el relato dice que cuando la nube terminó por quitarles de la vista al Señor, los Apóstoles se quedaron mirando fijos al cielo, como tontos y embobados. ¡Qué natural me resulta esto! Querían seguir a su Maestro de alguna forma, aunque solo fuese con la mirada. Dijo sobre esto una vez el papa Benedicto XVI: «El Señor atrae la mirada de los Apóstoles —nuestra mirada— hacia el cielo», el Señor quiere hacernos crecer hasta Dios. Es verdad que la nube expresa una separación. Ya he dicho que Cristo se adentra en un misterio que ni nuestros sentidos pueden penetrar, ni nuestra inteligencia puede dominar. No podemos asaltar el cielo. No podemos forzar a Dios. Pero también he dicho que Cristo ascendió con nuestra naturaleza y con nosotros en la voluntad amorosa de su corazón. San Pablo reza por los cristianos de Éfeso —y yo lo hago por todos nosotros— para que comprendan lo que esto significa: que Jesús ha introducido en el seno de Dios nuestra naturaleza, para que lleguemos allí; que él nos lleva en el corazón, en ese corazón que gobierna el mundo, para tirar de nuestro amor con el suyo. Cristo en el seno de Dios es nuestro destino. Tenemos que comprender esto y tender hacia ello con el corazón, con la voluntad amorosa de nuestro corazón, por pobre y débil que sea: «El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, […] ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros». Que el Señor atraiga nuestro corazón hacia el suyo. La nube es solo temporal, la separación es solo temporal. Llegará el momento de reunirnos con él: «Volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros».
Mientras tanto, aunque esté en el cielo, no nos ha dejado solos y sin nada que hacer. Lo tenemos en su Palabra y en los sacramentos. Ya el domingo pasado os hablé de cómo Jesús promete una presencia espiritual en nosotros a través de su Espíritu; presencia espiritual más perfecta e inmediata que la corporal que tuvieron los apóstoles durante los tres años que convivieron con él. Es el Espíritu Santo quien nos trae su presencia real al alma. Y es también el que nos guía en la misión que Cristo nos da. Antes de ascender a los cielos, Jesús vuelve a recordarlo: «Aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que ya os he hablado […] dentro de no muchos días [se refiere a Pentecostés] seréis bautizados con Espíritu Santo». Con esta presencia de Cristo en el alma, unidos a él, pastores y fieles tenemos una misión que cumplir: «seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y “hasta el confín de la tierra”». Los confines de la tierra son también aquellos hombres que nos parecen imposibles de conquistar para el Evangelio. Pero Cristo no pide que nosotros los conquistemos, solo que demos testimonio de él, testigos de su amor que vence la muerte. Confiemos en el Espíritu que Cristo nos promete, para que sea él quien nos conduzca en la misión apremiante que tenemos; cada uno en su propio estado, cada uno según su propia vocación particular, cada uno conforme a los dones naturales que Dios le ha dado y los dones sobrenaturales que quiera darle. A veces esos confines están, en realidad, muy cerca de nosotros, y muchas veces nos olvidamos de que Cristo nos ha dado una misión. A veces es nuestro amigo; a veces nuestro hijo, que ha venido a ser un desconocido. Tenemos una misión con él, y no es solo darle ropa, o enseñarle cómo debe comportarse en público. El amor que les debemos, por el que todos seremos juzgamos, implica el testimonio del Evangelio. Ser testigos de Cristo es el más ineludible ejercicio de caridad. Parte importante de esta fiesta es la invitación divina a perseverar en la súplica de una nueva efusión del Espíritu Santo sobre cada uno de nosotros y sobre la Iglesia universal, que necesitamos para tener en nosotros a Cristo y para la misión que él nos ha dado. Estos días que median entre la fiesta de la Ascensión y Pentecostés son especialmente indicados para esta súplica.
Queridos hermanos, no podemos vivir como paganos. Somos cristianos, Dios nos ha dado algo que no merecemos y tenemos un deber que cumplir en esta vida, nos dediquemos a la banca o a fabricar coches. Por encima de todo, tenemos un deber: dar testimonio de quien ha dado la vida por nosotros. Queridos hermanos, Dios nos ha dado a su Hijo, y nosotros no podemos vivir con la ignorancia, la oscuridad y la tristeza escondida de los paganos, que guiados por el espíritu de este mundo, aman solo este mundo que pasa y decepciona, «sin Dios y sin esperanza». «Solo aspiran a cosas terrenas», como dice san Pablo: «Su paradero es la perdición, su Dios, el vientre; su gloria sus vergüenzas. Pero nosotros [sigue diciendo el Apóstol] somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo». Necesitamos mirar al cielo y aspirar al cielo. Celebramos la Ascensión del Señor para recordarnos a nosotros mismos que no tenemos otra meta que Dios.
Alabado sea Jesucristo
Siempre sea alabado
P. Enrique Santayana C.O.
Homilía de la solemnidad de la Ascensión del Señor (1 junio 2025)
Oratorio de san Felipe Neri. Alcalá de Henares. Madrid
Oratorio de san Felipe Neri. Alcalá de Henares. Madrid